Dos que nos dejaron en 2011
Sólo figuras como las de
Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Ingrid Bergman, Katherine Hepburn, Greta Garbo
o Grace Kelly, pueden equipararse a la de Elizabeth Taylor. Su belleza, su
presencia en la pantalla, su tormentoso estilo de vida y su genuino talento
actoral, han forjado una carrera de auténticas proporciones legendarias. Más
allá de que su particularísimo color de ojos, se haya hecho mundialmente
famoso, lo que hizo de la Taylor una actriz inolvidable no son cuestiones
relacionadas con lo meramente cromático. Su belleza y elegancia rayó en algo
mucho más profundo que las convenciones culturales y la genética. La magia de
Liz Taylor estuvo en la conexión que mantuvo con el espíritu dramático, con la
capacidad humana para ser uno y muchos a la vez, con su talento para ser una
legión de personajes inolvidables.
Aunque muchos la recuerden
por sus múltiples matrimonios, por su amistad con ese extraño ser llamado
Michael Jackson, por sus enfermedades, por sus operaciones, por su activismo
relacionado con el Sida o por haber encarnado la imagen definitiva de
Cleopatra, lo que es realmente trascendente de Liz Taylor es su arte. Como lo reconoció
el director manchego Pedro Almodóvar en un bello articulo publicado en El País,
titulado “Maggie, la eterna”, muy probablemente su trabajo supremo fue en La gata sobre el tejado de zinc, la
cinta escrita por Tennesse Williams, dirigida por Richard Brooks, en la que
compartió cartel con el gran Paul Newman. Esa es mi Liz Taylor personal, la que
guardo en mis íntimos recuerdos. Almodóvar escribió con brillantez: “La he
visto miles de veces y siempre me ha impactado su fuerza, su belleza, su garra,
su humanidad, su pasión, lo bien que le sienta la combinación y su ancestral
conocimiento y tolerancia de esa cualidad tan masculina (y femenina) que es la
homosexualidad”. En esta cinta se atestigua la versatilidad y el gran registro
actoral de la Taylor, en ella es seductora y despechada, feroz y sumisa,
victima y victimaria, frustrada y plena, despreciable y adorable, intensa y
sutil. Además, hace verosímil un final poco verosímil, más ajustado a los
tiempos en que se realizó la cinta, que al tenor real de la obra. En el texto
mencionado, Almodóvar apunta con lucidez: “La mujer que interpretó como nadie
la vulgaridad hortera (Reflejos en un ojo
dorado, de Huston, o su mítica ¿Quién
teme a Virginia Woolf?) fue también icono de moda, modelo de mujer
independiente que no escondía sus pasiones, ingeniosa, vital, inconformista.
Una mujer a la que su propia importancia no le impedía poseer algo que pocas
actrices guapas poseen: sentido del humor”.
Después de los años ’70 cada
vez era menos frecuente verla en la pantalla grande. Se sabe, esa maquinaria
que muchas veces puede ser perversa y suele ser estúpida llamada Hollywood,
siente miedo y repulsión por las actrices de más de cuarenta años.
Condenándonos a no poder envejecer junto a las mujeres que hemos amado y que nos
han hecho sentir vivos. La muerte de Elizabeth Taylor es un poco la muerte de
ese tiempo en el que Hollywood era una fábrica de sueños y no meramente una
industria de espejismos. Pero, también, su muerte, como la de toda la gente de
su estirpe, no hace más que confirmar su destino inmortal. Ya sea cerrando los
ojos para ver las imágenes que guarda nuestra memoria o abriéndolos bien
grandes frente a una pantalla, volvemos a esa mansión situada en el conservador
y profundo sur estadounidense, para enfrentarnos a esa visión: el cabello corto
y oscurísimo, la ropa interior blanca y larga… ¿Y el color de los ojos? Poco
importa. Lo que importa es lo que nos dicen cuando los miramos.
Maria
Schneider (1952–2011): La muñeca rota por el cine
Maria Schneider fue uno de
esos numerosos e invaluables símbolos de ese cine por el que sentimos tanta
nostalgia. Su rostro, su voz y su presencia se hicieron inmortales cuando le prestó
su cuerpo a la jovencísima Jeanne, en esa perturbadora obra maestra que es El último tango en París del director
italiano Bernardo Bertolucci. Schneider encarnó, con intensidad y fogosidad, a
una joven que tiene una aventura con un perturbado viudo cuarentón, Paul
(Marlon Brando en todo su esplendor creativo). En un departamento de París, los
amantes no tienen nombre, no saben nada de su pasado, se aman con pasión y
desenfado. Si bien Jeanne en un principio es dominada y sometida por Paul, es
ella quien descubre que la relación no es más que una ilusión y quien termina
con la agonía de su amante. Pocas veces una heroína conjugó con tanto talento
fragilidad y fortaleza, confusión y determinación, placer y dolor, furia y
alegría.
Se sabe que después del
estreno de la cinta Schneider se convirtió en una estrella y en un sex symbol internacional. Tenía más que
lo necesario para conquistar al mundo del cine. Pero las emociones y las
situaciones a las que fue arrastrada en la película que la hizo famosa,
terminaron por perturbarla y por marcarla por el resto de su vida. Así como el
matrimonio de Tom Cruise y Nicole Kidman no pudo sobrevivir a Eyes wide shut, así como Jon Voight
nunca más pudo adentrarse en registros emocionales similares a los logrados con
su Joe Buck en Midnight Cowboy, Maria
Schneider no pudo salir ilesa de los territorios a los que fue llevada por
Bertolucci y Brando, que actuaron con irresponsabilidad y perversión.
Transgredieron los límites y rompieron por dentro a la joven actriz. Fue una
víctima de esa fuerza incontenible que puede ser el cine, de ese gesto
perturbador que puede llegar a ser la creación artística.
Aunque trabajó con Michelangelo
Antonioni y Jack Nicholson en The
Passanger, con David Hemmings y David Bowie en Sólo un Gigolo, con Jaques Rivette en Merry-Go-Round, con Franco Zeffirelli y William Hurt en Jane Eyre, entre otros, jamás tuvo la
carrera que pudo haber tenido. Jamás tuvo la vida que seguramente quiso.
Supongo que El último tango en París no
valió la pena para ella, contribuyó a que su compleja historia personal sea
infatigablemente atormentadora.
De todas formas, los
espectadores la seguiremos recordando y soñando. Frágil, bella y letal.
Esperemos que haya encontrado la paz y la armonía que tanto buscó durante toda
su vida.


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