Balada para el retador






Andrés Laguna

La ceremonia de los Oscar de la noche del 22 de febrero del 2009 pasará a la historia por ser un larguísimo evento que no tuvo muchas sorpresas. Casi todos los premios importantes recayeron sobre Slumdog Millionaire y Hugh Jackman demostró que puede hacer algo más que sacar garras de adamantium de manera convincente, canta y baila bastante bien. Pero muchos la recordaremos con amargura. Cuando se anunció que Sean Penn era el ganador del Oscar a mejor actor protagónico, el sueño se rompía, el tan celebrado regreso de Mickey Rourke no tuvo un final hollywoodense. Nadie puede negar que Penn es uno de los actores más talentosos e intensos de nuestros tiempos, todos sus trabajos son impecables, siempre se entrega a sus papeles sin medir los riesgos, es imposible que un actor de sus características reciba malas críticas, siempre es un candidato serio al Oscar. Lo que Penn hace en Milk, la historia del primer político abiertamente gay de los Estados Unidos, es notable. Nadie lo niega. Por su lado, Mickey Rourke, el otro favorito por su trabajo en The Wrestler, el gran perdedor de la noche, es un hombre al que desde hace mucho los estudios y el público le daban la espalada, un actor por el que casi nadie apostaba. Es inevitable pensar que Sean Penn era algo así como el campeón defensor y que Rourke era el retador renacido. Ya lo dije varias veces, no creo que no haya nadie que se merecía más esa estatuilla dorada que Rourke y que, sí, los Oscares son irrelevantes, pero hubiese sido lindo ver al malogrado protagonista de The Wrestler en el escenario del Kodak Theatre. Me tragué toda la ceremonia para ser testigo de la victoria de Mickey. Todo se pudrió cuando escuché: “Sean Penn”. A los Estados Unidos y a sus ciudadanos en crisis sólo le gustan los ganadores. Los apostadores experimentados, los que le van a lo seguro, pusieron su dinero en Sean Penn. A pesar de ser de izquierda, de no tener pelos en la lengua, era el contendiente más sólido, el campeón que defendía el título. Rourke era la apuesta de los tontos sentimentales, de los hombres que nos conmovemos con las proezas, con las odiseas, con las batallas titánicas. Perdimos una vez más.
Lamento, que el regreso de Rourke no haya tenido un “happy end”, porque estoy acostumbrado a los finales felices, pero que haya ganado cada uno de los premios importantes excepto el “más” importante, no hace más que demostrar que esta historia es mucho más interesante de lo que creíamos. Este es un final abierto, en el que el triunfo y el fracaso son posibilidades tangibles, posibilidades que sólo serán aclaradas por la imaginación de los espectadores o por el futuro y la historia. Un final digno de una gran película, de una obra maestra.
En los años 80 se decía que Mickey Rourke era la gran promesa de un nuevo Marlon Brando o, en su defecto, de un nuevo James Dean. Recuerdo que en los extras del DVD de Angel Heart (1987), la formidable película de Alan Parker, se decía constantemente que era el heredero directo de Robert de Niro. Temprano le llegó la fama y la fortuna. Trabajó en clásicos instantáneos y memorables. Creo que su trabajo en Rumble Fish (1983) de Coppola fue la primera prueba concreta de su capacidad. Poco después, con Nueve semanas y media (1986), se convirtió en un indiscutible símbolo sexual (fanáticos abstenerse de ver la fallida secuela de esta cinta que se realizó once años después ¡sin Kim Basinger!). Pero pronto las cosas comenzaron a hacerse pedazos. Rourke, un tipo que se había criado en uno de los barrios más duros de Miami, que tenía una familia totalmente disfuncional y nefasta, que tenía amigos rudos y peligrosos, que vivía montado en su motocicleta, que se codeaba con la mafia y con las pandillas, que no se tragaba una mala mirada, que tenía pocas plumas, un cuerpo enorme, el alma frágil y maltratada, se aburrió de todo. Mandó por el caño a la industria, a los estudios, a las grandes productoras, volvió a hacer lo que le había permitido sobrevivir de chico, boxear. Nunca perdió una pelea hasta que se retiró. Nunca le dieron la oportunidad de competir por el título, a pesar de mantenerse invicto. Sólo perdió la cara, ésa que podría haber sido la de un ángel, ésa que las cirugías no pudieron recomponer del todo. Rourke era un ángel que le vendió el corazón al demonio, para que ese músculo que bombea sangre deje de doler tanto, le regaló su cara porque esa era la mercancía que le interesaba a la industria. Y el retador se hundió, todos los que lo amaban, todos los que lo rodeaban lo abandonaron, su madre nunca tuvo la fuerza para protegerlo, su hermano murió con cáncer en sus brazos, nadie quería darle un papel protagónico, un papel que pueda pagar sus cuentas, sus mujeres no aguantaron su vida. Terminó viviendo en un apartamento sin ventanas, sólo lo acompañaban sus perros, unos viejos y fieles chihuahuas. Algunos amigos que lo admiraban le dieron pequeños papeles en sus películas y pequeños sueldos. Vincent Gallo, Steve Buscemi y Sean Penn, adornaron sus películas con la entrañable presencia de Rourke. Y todo parecía casi perdido. Tony Scott y Robert Rodríguez le dieron papeles más importantes en Un hombre en llamas y Sin city, respectivamente, pero Rourke todavía no estaba listo para su gran pelea de campeonato, las negociaciones con el diablo aún no eran fructíferas. Hasta que el talentoso Darren Aronofski llegó con un guión magnífico, escrito para Rourke. El director tuvo que pelear con los estudios, nadie quería financiar una cinta que tenga a un perdedor de esas proporciones cómo protagonista. Con poca plata se rodó The Wrestler. Y la pelea estaba lista. Y el diablo le devolvió el corazón. Y por instantes fugaces, le devuelve la belleza de su rostro.
The Wrestler cuenta la historia de Randy “The Ram” Robinson, un ex campeón de lucha libre. Un hombre que después de conocer la gloria, sólo tiene una opción, sobrevivir de la única forma que puede, peleando. Pero el cuerpo ya no le da, el cuerpo se resiste. Randy debe salir del ring, volver al mundo. Pero no tiene donde volver. En The Wrestler la historia empieza donde todo parecía haber terminado. La carrera de Rourke llega a su punto más alto cuando parecía terminada. Todo es descarnadamente hermoso. Rourke, es el prototipo del hombre rudo, grande y musculoso, de pocas pulgas, es un tipo peligroso. Pero al mismo tiempo es un tipo frágil, delicado, con una feminidad muy rara, cuando uno mira sus ojos tiene la impresión de que se va a desplomar, de que va a romperse. Esa complejidad se traduce en el más puro talento, en uno de los triunfos del cine contemporáneo.
Ahora, después de los premios, las nominaciones y los sendos reportajes que se le han dedicado, el retador parece tener una segunda oportunidad, se anuncia que estará implicado en varios proyectos, la secuela de Sin City, tal vez encarnará a un villano en Iron Man 2, protagonizará junto a Stallone The Expendables (una peli sobre un grupo de mercenarios que deben derrocar a un dictador o algo así), entre otros rumores.
El retador está listo para conquistar el campeonato, pero no debemos olvidar que toda su vida entrenó para ser un perdedor, para desplomarse ¡Qué el destino no lo quiera! Pero si cae sobre la lona y no se levanta más, estaré orgulloso de haber sido testigo de sus peleas y de haberlas aplaudido. Si Sean Penn le vuelve a ganar por puntos, esperaré con esperanza a la próxima. Si la industria le vuelve a negar la entrada al cuadrilátero, esperaré paciente hasta que Rourke vuelva a vencernos por knockout a todos, esperaré a que se abra camino a golpes. Recibiéndolos y dándolos. Viviendo la única vida que puede vivir, la del luchador, la del retador.

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