lunes, 21 de mayo de 2012

Rodrigo Fresán, el escritor que no es más que la consecuencia de un lector




Texto: Andrés Laguna
Foto: Isabel Carroll
Cuando se decide dedicar la vida a una actividad creativa, supongo que algo definitivo debe suceder, un hecho puntual impulsa a tomar el riesgo. Aunque desde que tengo uso de razón intuí que no tenía ninguna otra alternativa, para vivir debía escribir, asumí que esa sería mi ocupación cuando una serie de cuestiones se alinearon, y una enormemente importante fue descubrir la literatura de Rodrigo Fresán. Mi vida jamás volvió a ser la misma después de leer Historia argentina, Mantra o, en especial, Jardines de Kensington. La escritura dejó de ser eso que, en mayor o menor medida, todos practicaban en mi casa, y se convirtió en un camino personal, en una búsqueda. Esa impúdica confesión, que no debe sorprender a los lectores de la Ramona, pues las huellas de Fresán son profundas en nuestros siete años de vida, sirve para ilustrar que junto a Roberto Bolaño, Ricardo Piglia y Juan Villoro, el autor de Esperanto es una de las voces más influyentes de la literatura latinoamericana de las últimas décadas. Aunque desde hace un par de años coincidimos en los mismos lugares, en un concierto de Bob Dylan o en una charla de Alan Pauls, recién en la presentación de la novela Arrecife de Juan Villoro, me aproximé a pedirle una entrevista. Padre devoto, me pidió que la hiciéramos un par de semanas después, pasando las vacaciones escolares. Cumplida la fecha quedamos para vernos y dialogar en el café de una de sus librerías favoritas, una de las librerías barcelonesas favoritas de cualquier lector, La Central de la calle Mallorca. Me acompañó a la cita mi carnal Javier Rodríguez. Antes y después de la charla, Fresán pasó varios minutos en la sección de libros infantiles, buscando nuevas lecturas para su hijo. Como no podía ser de otra forma, hablamos mucho de música, de Dylan, de Bruce Springsteen y, entre otras cosas, Fresán, en vivo y directo, nos confirmó su ya conocida falta de aprecio a los Beach Boys. Presenciamos en primera fila ese derroche de ingenio que lo caracteriza, su celebre y celebrada erudición, tuvimos tiempo de tratar temas de coyuntura, de literatura, de cine y televisión. Comenzamos la entrevista cuando me dijo, “Pregúntame lo que quieras”. Javier prefirió ser un “testigo de lujo” y ambos disfrutamos del inteligente sentido del humor, de la extraordinaria cultura y de las palabras siempre estimulantes de Rodrigo Fresán.
Tu obra tiene muchas referencias a la cultura popular. ¿Crees que de alguna forma la escritura es una aproximación creativa a esas? ¿Se puede definir así a tu literatura?
- Es una de las varias formas de las que se puede definir. Es una definición con la que estoy de acuerdo, pero también empieza a cansarme un poco cuando se limita a una idea y se piensa que con eso queda zanjado el asunto. Lo de “El Borges pop”, que no deja de ser un elogio; pero también es una cuestión demasiado fácil, una manera amigable y elegante de sacarse el problema, ponerme en esa categoría. Es cierto que están las referencias pop, pero también es cierto que no hay ninguna literatura, incluyendo los clásicos del siglo XIX como Jane Austen, que no hayan hecho exactamente lo mismo. Cuando Jane Austen en una novela hace una descripción puntual y exhaustiva de cómo se baila una determinada danza en los salones de las casas de campo inglesas, está siendo tan pop como yo cuando hago una referencia a Bob Dylan, a Stanley Kubrick o a Kurt Vonnegut. Me parece que lo que parece pop en el momento, o novedoso, no es más que el perfume de una época. Lo que hicieron escritores como Fitzgerald o como Kerouac, cuando hablaban del jazz de los años ’20 o el bebop de los ’50, pudo haber sonado muy novedoso, pero leído desde ahora, no son más que referencias espacio temporales, necesarias a la hora de retratar una época. Otra manera de verlo es que, para mí, tanto la lectura como la escritura son actividades placenteras. Me gusta escribir, tengo algún tipo de mal resuelta intención evangélica, que también se ve claramente en mi periodismo. Me gusta mucho esa frase de Truffaut: “Hablemos solamente de las cosas que nos gustan”. En tanto la intelectualidad argentina siempre se ha definido más por lo que no le gusta que por lo que le gusta, prefiero que se me conozca más por lo que me gusta. Puedo decir que me gustan muchísimas más cosas que las que no me gustan. En cuanto a mis libros, hay una cuestión como de juego, de agradecimiento, de guiños y de referencias a los escritores que más me gustan, ya sea Kurt Vonnegut, Denis Johnson o Enrique Vila-Matas. Todos son escritores maniaco-referenciales, en el buen sentido de la palabra…
Pero, justamente, lo que se ve en tu literatura es que todas esas referencias no son más que el andamiaje que sostiene otras cosas…
- Obviamente. Si eso fuera todo, sería bastante triste. Es el esqueleto o el telón de fondo. Cuando me han preguntado esto, intenté responder de dónde viene, cuál es la pulsión original para este síntoma. Probablemente sea… tengo un recuerdo muy claro de mí mismo de niño, con cuatro o cinco años, cuando salió el Sgt. Pepper’s viendo la portada y todas esas caras, preocupado por saber quiénes eran, qué hacían ahí. Un poco mis libros fueron ensamblados a la manera de la portada del Sgt. Pepper’s. La historia está adelante, serían los Beatles, pero atrás hay una serie de cosas sin las cuales, no podría haber existido, ni se me habría pasado por la cabeza ponerme a escribir. El escritor no es más que la consecuencia de un lector, de un espectador. Me gusta poner en evidencia mis influencias, mis vínculos con el pasado. La mayoría de los escritores prefieren barrer todo debajo de la alfombra, no ser demasiado claros en cuanto a cómos y porqués. En ese sentido soy saludablemente exhibicionista (risas).
Algo que también es una marca de tu literatura, es el constante ejercicio de memoria, un ejercicio de -citando tus palabras- “encontrar sin dejar de buscar”…
- Todo libro está hecho de memorias, pueden ser distantes, tal vez de algún tipo de acontecimiento que tardó años o décadas en sedimentar. En ese sentido, todo libro es autobiográfico. Pero también, en el solo acto de la escritura estás haciendo memoria, entre el tiempo que se te ocurre una frase y la terminas de poner en el teclado, estás haciendo memoria, mínima, acerca de lo que se te ocurrió. Además, distorsionándolo, porque lo mejoras o lo cambias un poquillo, en esa mínima, pero inmensa distancia, que va del cerebro a la punta de los dedos, a la pantalla del ordenador. Es un tema muy interesante. La capacidad de memoria y de amplitud del ser humano, además de los pulgares prensiles [nos muestra sus dos dedos, casi simulando estar jugando con una de esas consolas portátiles], es lo que nos diferencia de muchos animales. Cuando me dicen que los peces de acuario doméstico, de todas maneras no puedo entender cómo lo han medido, tienen cinco segundos de memoria, me parece un poco angustiante… al mismo tiempo puede ser muy interesante. Toda una cultura construida alrededor, como Memento, de porciones de cinco segundos debe ser bastante interesante (risas). Los grandes libros, los que más me interesan, están hechos sobre la base de la memoria, Proust, Nabokov, Melville… todos esos libros generalmente abren la puerta con una invocación a hacer memoria.
En tus dos últimas novelas es muy expreso. Son ejercicios de memoria, dentro de ejercicios de memoria, como una suerte de mise en abyme memorioso…
- Tal vez, en esa especie de recurrencia y de dar vueltas de tuerca, de rizar sobre el rizo, hay una especie de temor inconfesable o confesable, una especie de cábala o superstición, hacia el terror de eventualmente perder la memoria. Lo peor que le puede pasar a un escritor son estas enfermedades degenerativas, ir perdiendo la memoria y la capacidad del recuerdo. Es un tema interesante la memoria. No sólo es interesante la memoria, sino también lo que se olvida, implica una decisión importante.
Justamente, es el tema de la novela de Juan Villoro (Arrecife), que presentaste hace unas semanas…
- Sí. La literatura está llena de memoriosos y amnésicos.
Otro elemento de tu literatura, fundamental y, desde mi perspectiva, encantador, es ese constante retorno a la infancia. Aunque parece que nunca la has abandonado…
- Ya me gustaría volver (risas). En la infancia pasa todo. Lo único que queda fuera de la infancia es la iniciación sexual, aunque tengo entendido que cada vez menos, los niños cada vez son más precoces. Pero, después, todas las áreas sobre las que se componen todas las variaciones que se te ocurran, tienen lugar en la infancia. Hay un lugar muy común que habla de una determinada edad o de la madurez como el sitio en el que uno empieza a releer cosas y a rever cosas. La infancia es el lugar en el que más se relee y más estás repitiendo, donde mayor capacidad tienes de que te cuenten la misma historia quinientas veces, todo el tiempo estás grabando información, versiones sobre versiones, sobre versiones, sobre versiones, sobre versiones de lo mismo.
Desde hace algún tiempo, en algunas entrevistas y en tus columnas periodísticas, confesabas que estás en el proceso de releer los clásicos. ¿Estás recuperando ese gesto primigenio?
- Sí, además, en términos personales, es una época que coincide con mi propia paternidad. Tengo un hijo de cinco años, de alguna forma, es una paternidad tardía. Cuando mi mujer estaba embarazada, me encontré con John Irving, me decía que tuvo el primer hijo a los dieciocho años y el último a los sesenta y algo, fue padre toda su vida. Me decía que una de las cosas más interesantes que me iban a pasar era que iba a empezar a recordar cosas de mi propia infancia que pensaba que había olvidado por completo. Una infancia tan estrecha es una carga de profundidad que te despierta. Me pasa todo el tiempo, me acuerdo cosas puntales que me pasaban y que ahora le pasan a mi hijo…
Me imagino que también estás releyendo lo que leías teniendo su edad…
- También, y viendo películas. Bastante interesante eso…
¿Cuál es el espectro de las cosas que estás revisitando?
- Muy amplio para responder… quiero decir, las lecturas y las películas de mi hijo no creo que sean las de la mayoría de los niños de su edad.
Además, qué mejor que te cuente cuentos un escritor…
- Es una responsabilidad muy grande, te das cuenta que cada cuento tiene que contar, en el sentido más amplio del verbo. Los niños son lectores muy exigentes.
Me gustaría que hablemos un poco de tus contratapas para Página/12, de la saga Rodríguez, esa suerte de folletín existencial y confesional…
- Rodríguez no soy yo…
Claro, claro… pero es un personaje…
- Rodríguez surgió por una cuestión de comodidad. Desde el ’99 soy corresponsal extranjero de Página 12 en España, pasados varios años, ya nacionalizado español, me di cuenta de que me empezaba a costar o cansar el mero rol de estar reportando, informando, despachando, sobre cosas puntales. Con cierta cantidad de años vividos y con cierto conocimiento, dije, me voy a poner la máscara, sin ser yo, voy a invocar al espíritu de un español para que cuente a partir de su personalidad. Mucha gente me escribe, “¿estás bien?”, “¿qué te pasa?”… la mujer de Rodríguez tiene un amante. Pero es que no soy yo (risas). De hecho, estoy contemplando, de tanto en tanto, aparecer junto a él, para que la gente se dé cuenta de que somos dos personas diferentes (risas).
Lo que es muy interesante es que es un personaje muy coherente, no es un arquetipo…
- Finalmente, en la vida de un escritor todo pasa por no aburrirse. Hay muchas puertas aburridas que se abren. Uno tiene que trasponer algunas por obligación o por una cuestión alimenticia. Intento divertirme lo más que pueda. También, me pareció que las cosas en España han llegado a un punto de absurdo y de irritación, que me parecía bien que sea un español el que levante el puño a los cielos (risas). Me parecía que le correspondía más a un español que a mí.
Seguro…
- Pobre Rodríguez (risas).
¿En ese ánimo de “no aburrirse”, es que cada vez que reeditas un libro lo aumentas y lo corriges?
- Pero eso no es divertido. Tiene su gracia, pero también es un constante recordatorio de que todo siempre podría ser mejor y de que nunca se llega a un final. Creo que es Marsé el que dice que toda novela es un fracaso porque nunca se corresponde con la idea primera que uno tenía. Además, que es una idea completamente abstracta hecha como de nubes y de agua. O de arena. Se te escurre entre los dedos. De todas maneras, las correcciones que hice a El fondo del cielo han sido mínimas. Entonces, no sé si cada vez escribo mejor o es que estoy más cansado (risas). Pensamos que cada vez escribo mejor (risas). Cada vez estoy más satisfecho conmigo mismo. Me asombra, me despierta cierta admiración y envidia la gente que cuando termina un libro lo terminó, y no vuelve a pensar nunca más en él.
Pero tampoco se garantiza que en la próxima edición de El fondo del cielo no aumentes más cosas…
- De hecho, El fondo del cielo es una especie de hito en mi obra porque fue el primer libro donde corté muchísimo. Por una vez el movimiento fue inverso. Era cinco o seis veces más largo. Hubo un momento en el que decidí que el libro tenía que ser otra cosa. Por eso es un libro que para mucha gente es un poco desconcertante. Lo que no dejo de vivir como el mejor de los elogios involuntarios. También es cierto que mi forma de escritura fue cambiando bastante. A veces, extraño y añoro la época en que las historias venían completas. Cuando escribí Historia argentina, cuando empecé a publicar, la sensación que tenía era que estaba parado en la punta de un muelle, llegaba un trasatlántico y bajaban los pasajeros, sólo tenía que tomar notas y pasar en limpio. La sensación que tengo ahora es que llego a la punta de un muelle, el barco no llega, empiezo a inquietarme, tengo que alquilar un bote, un traje de buzo, remar hasta mar adentro, sumergirme en una zona en la que veo que flotan algunas materias dispersas, ver si encuentro algo, traerlo a la superficie, llevarlo a tierra firme y empezar a armar el esqueleto. De hecho, el libro que estoy escribiendo ahora está hecho a partir de frases sueltas. Es como una especie de gigantesco rompecabezas. Después tengo que encontrar el hilo de la historia. Es más interesante y divertido para un escritor, probablemente. Pero también es más complejo y agotador.
¿Partes de aforismos?
- No son aforismos. Son descripciones sueltas o cosas referidas a algo que no sé lo que es. El libro tiene siete u ocho partes, no estoy del todo seguro. Voy dejando caer frases en las partes, donde me parece que corresponden, donde hay un mínimo, mínimo esqueleto, sin nada de carne, de músculo o de sangre, al que tengo que ir armando y vistiendo. A ver qué pasa. En ese sentido es un libro que sería un poco el hermano gemelo o siamés, separado y distante, de La velocidad de las cosas. Es un poco volver al inicio, a esa idea de un género que no es ni relato, ni nouvelle, ni ensayo. No se sabe muy bien lo que es.
Tus novelas suelen inscribirse en géneros temáticos, pero géneros reinventados a partir…
- ¿Por ejemplo cuál?
Se podría decir que Esperanto es una especie de novela rock o…
- Esperanto es el libro más normal, el que escribí más rápido. Lo cuento al final, a partir de un sueño, lo escribí en una semana. No creo que es una experiencia que vuelva a tener. Desgraciadamente, porque no estaría mal escribir un libro por semana. Pero, aún así tiene que ver con la novela de iniciación y de rock, de drogas, de nocturnidad. Incluso con la novela de desaparecidos, hay una cantidad de focos encendidos ahí. En un libro que para mí tiene una cosa bastante apreciable, más allá de lo estructural –que es el más logrado-, es uno de los pocos libros que desmitifica la figura del rocker. Generalmente, cuando se escribe una novela, el rocker siempre es una especie de superhéroe, semidios, hermoso, maldito, etc., etc. De lo que muy poca gente se da cuenta es de que Esperanto es un tipo bastante cretino, pusilánime, cobarde y lleno de imperfecciones, al que haber sido rockero no le sirve para nada.
Pero tiene un carisma especial…
- Tiene el carisma de los antihéroes. Si habría que ponerlo en un género más amplio, pero también más preciso que el de novela rock, para mí sería el de las novelas que tienen el apellido del protagonista en la portada. Generalmente, es un protagonista catastrófico, el Herzog de Bellow, el Jernigan de David Gates, o los libros de Conejo de Updike. Me gustan mucho los libros que tienen títulos de apellido. En los que el apellido de los personajes está en letra más grande que la del autor.
Pero tanto Mantra como Jardines de Kensington también parecen inscribirse en géneros que se transfiguran…
- Sí… en ese sentido, para bien y para mal todo está filtrado por mí persona, por mi ADN particular. No me gusta ir a los géneros, me gusta que vengan a mí. Y que muten como una especie de monstruo radioactivo, como La mosca. En ese sentido, la ciencia ficción en El fondo del cielo, lo que decías de la novela rock, la novela biográfica-histórica en Jardines de Kensington o lo que incluso, en su momento era el tratamiento de la historia argentina en Historia argentina.
El fondo del cielo es un gran tributo a la ciencia ficción. Escribías que no es una novela de ciencia ficción, sino que es una novela con ciencia ficción. Aunque sospecho que es una novela para la ciencia ficción…
- También, podría ser…
A lo que voy, es algo muy lindo de tu literatura, es que no sólo escribes sobre lo que te gusta, escribes con generosidad sobre lo que te gusta…
- Creo que un buen libro es el que te da ganas de leerlo. Si me pones contra una pared con un revolver y me preguntas, “¿qué es lo que buscas con lo que escribes?”, es dar ganas de leer. Lo que me produjeron mis autores favoritos, los libros tienen que funcionar como eslabones en una cadena. Si lo que escribo no sólo da ganas de leer, da ganas de escribir y lo que escriba esa persona resulta ser bueno, mejor todavía. Me gustaría ser un poco como el primer disco de la Velvet Underground. No se vendió mucho en su momento, pero generó un montón de bandas. Es un buen destino para un escritor.
Un destino que estás teniendo, eres un escritor muy influyente…
- Qué se yo… (risas), no sé, no lo sé. Quizá es un poco pronto para hablar de influencias. Pero, en principio, no puedo quejarme. Bueno, sí puedo quejarme, pero qué sentido tiene. De hecho, me quejo… (risas).
Haces mucho trabajo de edición…
- Eso es algo que empieza a pesar un poco, quisiera poder experimentar por una vez en la vida como es ser escritor de ficción full time. Cosa que no he conseguido todavía. Tal vez podría hacerlo, pero implicaría un riesgo importante. También está la sospecha de mi parte de que si tengo todo el tiempo para escribir ficción, no escribiría nada. Tal vez necesito la contra cara ante la cual indignarme, un combustible para lo otro. Nunca he podido serlo, por una cuestión u otra… Antes me resultaba más fácil, siempre digo la misma frase, antes pasar del rango, del voltaje de la no-ficción a la ficción era como cambiarme de sombrero, ahora es como cambiarme de traje de astronauta, es un proceso más laborioso, tienes que estar chequeando que todos los precintos estén bien, que no haya fuga de oxígeno, que no esté cortada alguna parte del traje. También es cierto que escribo mucho por semana, no sé cuanto escribes tú por semana, pero yo escribo un promedio de ocho a nueve artículos, es un poco demasiado.
Sí, porque son artículos largos, no son columnas breves… es una monstruosidad…
- Ahora había el ofrecimiento de armar un libro de no-ficción mío, con artículos y prólogos. Es un trabajo monstruoso elegir, parcelarlo, darle forma. Ese trabajo se lo voy a dejar a la viuda de mi nieto (risas). Va a ser tan largo… Van a ser varias generaciones de viudas haciéndose cargo del asunto (risas).

Entrevista originalmente publicada en la Ramona de Opinión, el 20 de mayo de 2012.

martes, 15 de mayo de 2012

Sobre Morir en La Paz: Ante la muerte, al Gran Poder


Andrés Laguna

El cariño y la admiración que los miembros de la Ramona sentimos por el escritor chileno Bartolomé Leal no es un secreto para ninguno de nuestros lectores habituales. Desde el primer número, ha sido nuestro colaborador de lujo, el más regular y comprometido, ha sido algo así como nuestro garante, una especie de padre espiritual, siempre atento a cada uno de nuestros gestos y, en más de una ocasión, nuestra voz de la razón. Jamás podremos agradecer su confianza de la manera que lo merece. Pero a la hora de aproximarse a una obra literaria los afectos personales y el respeto por el trabajo periodístico, poco tienen que ver o poco tendrían que ver. Por tanto, siempre que he leído una novela de Leal he tenido una dificultad, pues no sólo debía intentar hacer una lectura que se deba exclusivamente al texto como pieza literaria, también debía evitar que los lazos emotivos nublen mi capacidad apreciativa y valorativa. Desde luego, toda lectura es personal, toda lectura se hace desde una compleja subjetividad y hay afectos que son insuperables, toda lectura es determinada por nuestros prejuicios, por nuestras cargas. Lo que me alegró enormemente fue que, en algún momento, cuando me enfrenté a Morir en La Paz olvidé al autor y a nuestra larga amistad. La trama, los personajes y los escenarios, me liberaron de toda responsabilidad, de toda deuda, con él. Cuando una obra logra matar a su autor, cuando deja de depender de su prestigio y de su personalidad, es cuando la novela demuestra su verdadero valor y su calidad. Cuando las páginas del texto me gritaron: “Bartolomé Leal ha muerto, ¿quién vive ahora?”.  Feliz, respondí en voz baja y dibujando una media sonrisa: “Melgarejo… Isidoro Melgarejo Daza”.
Protagonizado por un imprentero, que conjuga ideas anarquistas con católicas, que en su tiempo libre ejerce de detective privado, que tiene el nombre y los apellidos –nada casuales- de tres de los espectros más poderosos y determinantes de la historia republicana boliviana, Morir en La Paz es un thriller andino, una novela negra que siendo fiel a la larga tradición a la que pertenece, se ocupa de la violencia, de la corrupción, de los crímenes, de la ambigüedad humana, pero ante todo es un retrato crítico e implacable de la sociedad. Como muchos de sus pares, todo comienza con un asesinato y con su investigación, pero pronto se nos revela que el verdadero enigma no es el nombre del culpable y las causas del crimen, sino más bien el destino de un puñado de personajes que responden a códigos éticos muy personales y que intentan sobrevivir en un mundo que parece estar demasiado podrido. Melgarejo Daza deberá enfrentar a toda una mafia narcotraficante y deberá sobrevivir a dos brutales asesinos a sueldo, en especial a uno, el más duro, que lo perseguirá hasta el final de la narración y que, en mi humilde opinión, debería ser encarnado por Mickey Rourke en la posible adaptación cinematográfica. A lo largo de la trama, Isidoro coqueteará con la muerte, se enamorará, será figura paterna postiza, se implicará con un sinnúmero de coloridos personajes y recorrerá algunos de los lugares más entrañables de la geografía nacional.
Una marca fundamental de la literatura de Leal es que se aproxima a una suerte de etnografía noir o como el mismo suele denominar, haciendo uso de un término acuñado por la tradición francesa, a la novela policial etnológica. No son libros exotistas, ni construidos a partir de caricaturas o de clichés, son textos escritos por un viajero en el amplio sentido del término que, con asombro y perspicacia, describe lo que ha descubierto en su camino, lo reinventa, se apropia de lo experimentado. En su universo literario lo otro se convierte en lo propio. Así como Leal nos ofrece su Nairobi particular, su Kenia personal, a través de la aventuras de su ya emblemático detective, Tim Tutts, también nos regala el enorme placer de redescubrir Chuquiago marka, a través de los ojos de un observador atento, de un cronista agudo, de un creador de intrigas, que ha sido adoptado por el escenario de sus obras o, todavía mejor, que ha adoptado e incluido en su propio yo al escenario de sus obras.
Pero, además, esta La Paz que conjura y posibilita toda esta historia, todas esas historias dentro de la historia, es un gran homenaje a uno de los elementos esenciales de la peceñidad: Jaime Sáenz. La ambientación es deudora de textos como La Noche, Isidoro Melgarejo Daza camina por las calles que recorrió Felipe Delgado, se cruza con los conocidos de Narciso Lima Achá. Pero, si bien en un primer gesto, la ciudad de Morir en La Paz es el territorio de Sáenz, con la evolución de la trama y de la psicología de sus  protagonistas, termina siendo el dominio de Melgarejo Daza, de sus compinches y de sus enemigos.
Como en muchas novelas, la ciudad-escenario termina siendo el gran personaje que a través de sus caprichos y costumbres, de alguna forma, decide los destinos del los otros protagonistas y determina la resolución de la trama. La alineación de esas estrellas que, como se describe en la novela, son un espectáculo único cuando están encima de la hoyada, será mucho más efectiva y determinante que todas las artes de Melgarejo Daza y que las de sus mordaces perseguidores. La revelación de La Paz, sus hechizos, misterios y espejismos, están en el fondo de esta trama policial y de la sucesión de hechos sangrientos, brutales, sexuales, así como también de situaciones tiernas, solidarias y de gran calidez humana.
Al leer las últimas páginas del libro el lector comprende que el desarrollo de la novela sólo es posible en y por La Paz. Esa extraña ciudad habitada por extraños seres que conviven de manera extraña, y que suelen alcanzar sus limites sustanciales en el calor de la celebración. Hay que decirlo, de muy extrañas celebraciones. Morir en La Paz es una novela negra que no se justifica con un crimen o un enigma. La trama encuentra su razón de ser gracias a un espacio geográfico, el espacio geográfico escrito y representado en sus páginas. Después de todo lo leído, después de todo lo narrado, después de todo lo descrito, después de entrar y salir de un espacio fúnebre y a la vez vital, era imposible morir en ningún otro lugar.

lunes, 7 de mayo de 2012

Diálogo en torno a la novela Arrecife: Juan Villoro, coleccionista de memorias



 
Andrés Laguna

Generalmente, el mes de abril en Barcelona está marcado por un evento literario que viste a la ciudad de fiesta, Sant Jordi, el día de San Jorge, patrón de la ciudad. Cada año las calles se llenan de puestos de libros y de autores que firman sus obras. La tradición reza que a los hombres se les debe regalar un volumen y a las mujeres rosas. La liberación femenina ha hecho que ahora las mujeres reciban ambos regalos. Pero, abril de este año será recordado por muchísimos por las dolorosas derrotas del Barça, en la Champions, la Liga y por la renuncia de su ya mítico técnico, Pep Guardiola. Para un círculo más íntimo de personas, para un grupo de lectores, abril de 2012 será uno de esos meses en los que el escritor mexicano Juan Villoro dejó su marca indeleble. En la más reciente de las periódicas visitas a la ciudad de su padre, el autor de El Testigo, impartió clases en la Universidad Pompeu Fabra –como lo hace desde hace años-, dictó una magistral conferencia sobre la obra de Jorge Luis Borges y estuvo presente en la presentación de dos libros. El primero, publicado por la heroica editorial Candaya, que hace parte de su exquisita colección ensayística, titula Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica, un extenso volumen en el que José Ramón Ruisánchez y Oswalo Zavala recopilan textos firmados por autores de la talla de Juan Antonio Masoliver, Roberto Bolaño, Javier Marías, Sergio Pitol, Jorge Herralde, Antonio Skármeta y Carlos Fuentes, entre varios otros. El segundo es su más reciente novela, Arrecife, publicada por Anagrama.
Según mi experiencia, por esa enorme generosidad y amabilidad que lo caracterizan, en casi todos los libros que Juan Villoro firma, además de alguna frase iluminadora, escribe: “Por el gusto de encontrarnos en Barcelona”. Evidentemente, el nombre de la ciudad no debe ser una constante, lo que no dudo es que su cortesía siempre lo es. Esa actitud del escritor mexicano nada tiene que ver con la hipocresía o la mera diplomacia, es una estricta etiqueta personal, Villoro es irremediablemente hospitalario. Así como sus textos siempre se abren al lector y lo hacen sentir tan cómodo que nunca quiere abandonarlos, Villoro como persona siempre está dispuesto a compartir su tiempo, a ofrecer la claridad y la profundidad de sus opiniones, la inteligencia de sus observaciones y su afable erudición.
A pesar de saber que le quedaban muy pocos días en Barcelona, me aventuré a pedirle una entrevista, prometiendo que no sería tan larga como la que le hice en 2010. Sacando tiempo al tiempo, la jornada que el Barça jugaría el partido de vuelta contra el Chelsea, Villoro me dio cita, a las seis de la tarde, en el café Wembley. El mismo lugar de nuestra primera conversación frente a una grabadora, un lugar que fue bautizado en homenaje al estadio en el que el equipo culé ganó su primera Champions, un lugar al que Villoro le guarda gran afecto. Y, gracias a nuestras charlas ahí, yo también.
La entrevista giró en torno a Arrecife, una obra que ha sido aplaudida por la crítica especializada y que esperemos que pronto llegue a librerías bolivianas. En la presentación de la novela, Rodrigo Fresán aseguró que tuvo la impresión de que fue escrita con gran placer, sin pretender manufacturar La Gran Novela Mexicana. Aunque, El Testigo ya recibió ese calificativo, en este texto Villoro nos presenta una brillante metáfora de la realidad en la que su país está sumergido. Tal vez sin pretenderlo, Arrecife es otra Gran Novela Mexicana. El libro cuenta la historia de dos amigos de infancia, Mario Müller y Tony Góngora, exintegrantes de la banda de rock Los Extraditables, que se encuentran trabajando en un resort en el Caribe mexicano, que ofrece experiencias extremas a turistas ávidos de adrenalina y feromonas. Mario es el genio maligno de esa suerte de Isla de la Fantasía para amantes del peligro y del miedo controlado.  Tony, narrador de los hechos, está ahí para darle una mano a su amigo, para recomponer su vida, para recuperar los recuerdos que los años de excesos y las drogas han hecho borrosos. Como en varias de sus obras, en Arrecife Villoro escribe sobre “prófugos de la contracultura”, sobre personajes quebrados, sobre un país quebrado, sobre un mundo quebrado, sobre una humanidad quebrada, sobre una memoria quebrada. Ambos amigos deberán enfrentarse a un asesinato, lidiar con una colección de personajes y de situaciones que aunque parecen una alucinación, son un reflejo desenfadado del mundo contemporáneo. En Arrecife la tierra prometida, que promete sensaciones intensas, esa Utopia para aventureros, se convierte en una prisión, en una especie de manicomio, que sirve para recuperar la memoria, pero del que se debe escapar antes de sumirse en la más profunda enajenación.
Villoro llegó puntual a la charla, lo acompañaba un compatriota suyo, el reconocido periodista Diego Osorno, especialista en temas relacionados con el narcotráfico y la corrupción, esta vez su misión era hacer un perfil del escritor. Pedimos unas cervezas. Casi inmediatamente después, entró en el bar un africano vendiendo artesanías. Cuando se acercó a nuestra mesa Osorno y yo estábamos hablando, desafortunadamente, no le presté atención a la interacción entre Villoro y el vendedor. Cuando se fue, Juan nos entregó a cada uno, un pequeño elefantito de cerámica, más o menos del color de la borra del vino. “Para que nos de suerte”, dijo. En ese momento, supuse que toda la suerte debía estar concentrada en el Barça. Ahora entiendo que el azar serviría para tener una charla inolvidable.
Hace poco Villoro pasó una temporada en Nueva York dando clases, le comenté que había leído en una de sus columnas para El Periódico de Cataluña que había estado cerca de una balacera en Brooklyn, de lo que dijo: “A tres o cuatro metros de mí unos negros se pusieron a disparar. Me metí a una lavandería junto a otra gente, para refugiarnos. Me dijeron: ‘Estos tipos siempre están dando balazos’. Fue horrible la cosa”.  Sentenció: “No hay mundos perfectos. La ciudad de México se supone que ahora es más insegura que Nueva York, aunque cuando yo era chavo era mucho más insegura. Era el centro del hampa. Daba miedo. La primera vez que fui, esos callejones solitarios con pandilleros… era una ciudad muy brava. Antes de (Rudolph) Guliani”. Volviendo al hecho dijo: “La lavandería fue peor lugar para esconderme. En esos locales de lavadoras, ¿dónde te metes? Eran lavadoras del suelo a la pared, la única manera de esconderte era meterte dentro de una. Pero para eso uno tiene que ser un contorsionista chino. Quedamos todos súper iluminados, como peces en un acuario”. Villoro es muy alto, alguna vez leí que alguien lo describió diciendo que tiene una altura “cortaziana”. Es absurdo imaginarlo tratando de entrar en una lavadora, pero esa breve anécdota ilustra bien mucho de lo que trata Arrecife: a fin de cuentas, el ser humano siempre está expuesto a cualquier cosa, sin importar el lugar en el que se encuentre.
Encendí la grabadora, naturalmente, eso le quitó espontaneidad a la charla, pero también la ordenó para poder tratar los temas relacionados con la novela. Aunque no pude aguantar hacer una pregunta personal más. Haciendo referencia a una confesión que Villoro hace en su extraordinaria crónica del terremoto de Chile, titulada 8.8 El miedo en el espejo, le pregunté:
¿Sigues prefiriendo las camisetas de Led Zeppelin para dormir o ya has sucumbido al “vicio burgués”…
- ¿A la pijama? No. Una amiga, Laura Lecona, lo cuento al final de 8.8 [El miedo en el espejo], que compartió conmigo esa experiencia, tuvo el detalle extraordinario de regalarme una. Pero me siento anticuado con pijama, duermo con camisetas hasta la fecha. De vez en cuando me pongo la pijama para honrar ese regalo.
Arrecife trata muchísimos temas sugerentes, como la adicción de occidente por el exotismo, la adrenalina y el peligro. Es una reflexión sobre México, sobre el mundo contemporáneo y sobre la condición humana. Pero creo que, ante todo, es una exploración de grandes cuestiones como la violencia, la amistad, la redención y la familia. Tu literatura suele aproximarse a los grandes temas. ¿Es expreso e intencional o es un “efecto secundario” en el proceso de narrar una historia singular y específica?
- Lo primero que quería con Arrecife era contar una historia interesante. Una de las cosas más difíciles de lograr en la literatura es una trama que sea a un tiempo lógica y sorprendente. Es decir, que las cosas que sucedan tengan una congruencia y de alguna manera vayan intrigando y asombrando al lector. Quería hacer una novela de trama. El testigo, mi novela anterior es una novela de tramas, en plural. Muchas historias se entrecruzan. Varias se cierran, pero otras permanecen abiertas. Aquí quería que hubiera un entendimiento total de la trama, que se supiera perfectamente qué había pasado –se indaga un crimen-, saber quién es el culpable, pero al mismo tiempo enfrentar temas morales insolubles… ¿quién es el bueno? ¿quién es el malo? Uno de los personajes es un integrista del bien y es justamente la víctima, muere al principio de la novela, cree fanáticamente en mejorar las cosas. Queriendo hacer el bien, se mete en problemas y mete en problemas a otros. Por otra parte, hay gente que no actúa concientemente de manera positiva y quizá tiene un efecto más provechoso que este personaje aquejado de buenismo. La novela es una reflexión sobre los claroscuros morales, me interesaba eso, una vez que dilucidara el misterio policíaco. Quería que fuera una novela con una resolución del crimen, pero que también realizara un predicamento moral.

Pero tiene un final relativamente abierto…
- Respecto a la historia policiaca tiene un final cerrado. Respecto a la posteridad del personaje, a lo que va a pasar con él, tiene un final abierto, en la medida en que quería hacer un final esperanzado. No quiero revelarlo, porque parte del misterio de la trama es ese, para que los lectores mantengan cierto interés. En un momento de gran violencia, como el que atraviesa México o, en general, en cualquier momento de zozobra, de crisis, una de las cosas más complejas es ofrecer una respuesta de ilusión, de esperanza, de placer. La novela apunta un poco a eso. Las personas que han sido víctimas de una realidad devastada se unen en una especie de Sagrada Familia y buscan un futuro. No sabemos qué va a pasar con ellos, pero se trata de una cuestión de esperanza, se presenta una alternativa.

En ese momento, nos distraen las acaloradas discusiones que mantienen en la barra los camareros y algunos de los parroquianos en torno al partido que se jugaría en un par de horas y que resultaría en la horrenda desclasificación de la Champions. Al día siguiente de la entrevista y de la batalla, Diego Osorno me comentó que la habían visto en la redacción de El Periódico, que las sillas volaron, que se ensayaron furiosos titulares en contra de Messi y de Guardiola. Me dijo que nunca había visto a Villoro tan triste. Lo que me pareció curioso es la atención que Juan le puso a la charla de la barra. No la comentó, la escuchó con media sonrisa. Aunque es algo que se intuye en sus textos, Villoro es un escritor que escucha. Y mucho. Y bien. Muy bien. Cuando las voces en el bar bajaron de volumen, hice una nueva pregunta: 

Los personajes principales de Arrecife son dos exrockeros, amigos de infancia. Por las drogas, uno de ellos –Tony- ha perdido buena parte de la memoria. En el desarrollo de la trama, el otro –Mario- le implanta sus propios recuerdos. Más allá de las razones de esta cuestión, ¿Ese gesto puede sugerirnos que, de alguna forma, la literatura es una suerte de ejercicio de memoria creativo?
- Creo que eso está muy bien visto. Me parecía desafiante escribir desde la perspectiva de un personaje que cuenta su propio pasado sin estar seguro de él. Toda escritura se basa en una inseguridad expresiva. El escritor más interesante no es el que sabe todo antes de narrar, sino el que lo va descubriendo a medida que narra. Todos somos un poco como Tony, el narrador, que al contar una historia la estamos indagando, la estamos investigando. En su caso, esto tiene que ver con su propio pasado, del que no está muy seguro. Probablemente, recuerda más de lo que cree. Sabe que ha tenido problemas de memoria por las drogas. No son problemas de amnesia total. Simplemente, es alguien que tiene recuerdos flojos. Lo que hace que sea convincente que alguien le diga, “oye es que eso no fue así”, y él lo crea. Tiene desmemoria, no amnesia. Me parecía interesante esa condición de incertidumbre, que alguien pueda estar más seguro de lo que fue el pasado que él, que desde esa inseguridad construya su pasado. Su mejor amigo estuvo con él, le dice cosas y no sólo cosas ciertas, sino probablemente algunas añadidas. Su amigo quiere que tenga el pasado que compartieron, pero también un pasado que le pertenece más al amigo, que quiere que lo conserve, que sea como un depositario, un albacea de la memoria común. Luego se va a saber porqué tiene este objetivo.

En ese sentido una cuestión atormentadora que tiene Arrecife es que el yo termina siendo una afirmación del otro
- Sí, Tony va absorbiendo los recuerdos de su amigo, la vida de su amigo, en cierta forma, se va convirtiendo en él. También quería hacer una novela sobre la herencia, sobre las cosas que vamos heredando de los demás. De cómo un amigo que está en los últimos encuentros que puede tener contigo te puede convertir en el archivo de su propia memoria, te puede legar lo que le queda de vida, lo que tiene para heredar. Quería hacer una novela sobre eso, no sólo sobre lo que se destruye con la violencia, sino sobre lo que se hereda, lo que resiste, lo que se puede legar. Sobre la tradición afectiva que construimos. Recordamos las cosas como queremos evocarlas. Todas las familias tienen memorias inventadas o escogidas, que tienen que ver con una casa idílica que perdieron o con la tía que era guapísima y seducía a todos los hombres… En fin, leyendas familiares que engrandecen el pasado. Necesitamos este tipo de recuerdos sentimentales, sean ciertos o no.  La novela reflexiona un poco sobre eso a partir de recuerdos más o menos recientes en personajes de cincuenta y tantos años que pasaron por la contracultura y que luego se reúnen en un enclave turístico en el Caribe.

Eso devela una especie definición de su concepción del otro…
- Hay una relación de dependencia entre los dos. La amistad puede generar estas relaciones de codependencia. En principio, la relación se funda en que uno de los dos es el fuerte. Como en tantas relaciones de amistad, el otro lo sigue, lo obedece, se siente protegido por él. Pero, esa relación, en su origen, tiene que ver con que el débil salvó al otro. En un momento en el pasado, Tony, el vulnerable, permitió que Mario Müller se salvara. La novela los presenta muchos años después en una circunstancia en la que por primera vez eso se repite. Nuevamente, Tony tiene que salvar al otro. En la historia del rock, suelen ser comunes este tipo de vinculaciones, la más conocida es la de Keith Richards y Mick Jagger. Los críticos suelen idolatrar a Richards como el gran bohemio, el genio oscuro del cuarteto –bueno, quinteto, según la formación que utilicen-, el que mantiene la flama pura de la rebeldía. Pero, solamente, se ha podido cumplir a sí mismo como músico gracias a que han estado para levantarlo cuando ha tenido sobredosis, cuando ha vomitado. Alguien lo ha respaldado, quizá con menos talento, pero ha administrado el destino de ambos, ese es Mick Jagger. Los dos se necesitan, son como el Ying y el Yang. Algo parecido pasa entre estos dos miembros de un grupo totalmente fracasado que se llamó Los Extraditables, en el que el bajista, Tony Góngora, cumplía la función de Keith Richards, y Mario Müller que era el líder del grupo, el cantante, el frontman, cumplía de Mick Jagger. Lo que me interesaba en esa dialéctica es que en ocasiones el fuerte de la ecuación necesite del apoyo del otro. La historia de los Rolling Stones se entiende perfectamente con esta dinámica que acabo de describir. Pero, si en algún momento es Keith Richards el que tiene que levantar del escenario a Mick Jagger, eso ya es una novela. Cambia de signo la relación.

Como buena parte de tu obra, Arrecife es muy referencial. Las colecciones de objetos ajenos encontrados, los recuerdos implantados, toda esa genealogía rockera particular y propia, son elementos fundamentales de la novela… ¿Eres coleccionista?
- Fíjate que no. Sólo de memorias o de sensaciones. Tengo una superstición muy grande al escribir, prácticamente, no confío en las notas que tomo. En ocasiones tomo notas, pero para los textos de ficción casi nunca lo hago. Tengo la superstición de que si yo no recuerdo algo, no lo merezco. Se me ocurre una idea para un cuento para una novela, pasa el tiempo, si se me olvida es que no era para mí. En ese sentido, soy un coleccionista de recuerdos que con el tiempo, se van articulando, se van combinando y producen historias. El germen de una historia nunca es una historia completa, es una especie de imagen, como una fotografía en la que se cristalizan misterios. Me interesa saber como los personajes llegaron a esa fotografía y que van a hacer después, pero eso no lo tengo claro. En ocasiones tengo una imagen, pienso en un tema, en una atmosfera, a veces pasan años hasta que eso se condensa con otras cosas. Muchas veces se me olvidan y resurgen. Nunca las apunto. No lo digo como un consejo metodológico para escribir, lo digo como una superstición personal para escribir, que es la única manera que tengo de escribir. Si es algo suficientemente fuerte, va a salir a flote en algún momento. Ahora hay una gran masa de chatarra que se está desplazando desde Japón hasta las costas de América, se calcula que los próximos cinco años va ha estar llegando chatarra del tsunami. La memoria es un poco eso, esa chatarra, esos restos, esos desperdicios, que van a llegar a una playa, donde eso va a significar algo, ser un mensaje. Soy coleccionista de eso, pero no tengo ninguna afición para la colección. Nunca la tuve. Ni siquiera libros, he perdido muchos, otros los he prestado y no se donde están. No tengo ningún sentido de la colección. Me interesa mucho el coleccionismo…

¿Y de llaves?
- No. De llaves, sí, pero no coleccionista. Tengo mis llaves especiales para pensar, con algunas llavecitas que no abren nada, que estimulan el tacto y para mí la imaginación [Me muestra un llavero del que he escuchado y leído, con muchas menos llaves de las que imaginaba, llaman mi atención unas pequeñas y doradas, como las que abren candaditos de maletas o de diarios, pero son tan limpias y bonitas que parecen dijes]. Necesito frotarlas. Pero no tengo juegos de llaves, por ejemplo. Mi padre colecciona búhos. Mario Vargas Llosa colecciona hipopótamos. No tengo colección de nada. Esa colección dispersa serían los recuerdos.

En griego hay dos palabras para memoria, anamnesis y memo. La anamnesis implica una acción, eso me hace pensar que el gesto creativo y la memoria compartida de los dos personajes de Arrecife, son un proceso de anamnesis, una anamnesis compartida…
- Estoy completamente de acuerdo. Alguna vez escribí sobre Sergio Pitol diciendo que utilizaba la memoria como una cantera. No la utilizaba como la certeza de que algo ya estaba ahí. No era un museo organizado, no era la memoria de un erudito, que sabe perfectamente como están todas las salas de las colecciones, que conoce sus jerarquías, que las tiene clasificadas, la memoria que ya está establecida. En el caso de Sergio Pitol, recuerda para sorprenderse, para ser el primero en descubrir cosas, que lo sorprenden y que activan su literatura. Su memoria tiene una función de cantera. En mi caso, no soy un escritor tan memorioso como él, ni mezclo tantas cosas personales, pero en este libro quería jugar con esa idea de un tipo que tiene una memoria incierta y desde ahí narra la historia. Por supuesto, la historia también avanza hacia delante. En sus flashbacks tiene una memoria incierta, pero las cosas están ocurriendo hacia el futuro, en la investigación del asesinato de un buzo norteamericano que ha muerto en este extraño hotel donde hay programas recreativos que tienen que ver con el miedo. Ahí empieza una rehabilitación, se sentía en la última zona de su vida y llega a este resort, donde la gente se comporta de alguna manera de forma distinta. En esos espacios, en esas ciudadelas del turismo, totalmente aisladas, encapsuladas, la gente está ahí porque no quiere estar en otro lado. Hay algo de voluntaria deportación. Los huéspedes llegan como turistas, pero los que los atienden de cierta forma son deportados voluntarios. Gente que ha roto con sus amarras y está ahí.

Algo que me parece muy curioso de Tony es que, además, de tener una memoria frágil, tiene un cuerpo frágil…
- Me interesaba trabajar un personaje que, sin ser viejo, se siente en una situación de debilidad ante la vida, cree que la vida ya no le puede brindar una siguiente oportunidad. Le falta una parte de un dedo, cojea de una pierna y tiene mala memoria, no son cosas particularmente dramáticas, por supuesto, son molestias graves. Pero se siente en estado de prejubilación cuando llega la historia. Y la historia lo despierta, le permite un tercer acto. Se pregunta al principio, “mi vida tuvo un primer acto, ha tenido un segundo, ¿esta historia tiene un tercer acto?”. La novela es ese tercer acto y casi desemboca en un cuarto acto.
Pero a pesar de su fragilidad es muy fuerte, sobrevive constantemente…
- Sí, a veces no hay nada más resistente que la fragilidad. Me gusta mucho las heroínas rusas de Chéjov o de Dostoievski, en donde mujeres aparentemente destinadas a ser humilladas, vencidas y vejadas, tienen una resistencia extraordinaria, que se basa en su propia fragilidad, en la fuerza que sacan de esa aparente debilidad. Los personajes que finalmente resisten son personajes heridos, lastimados, que integran no una familia ideal, no un grupo humano perfecto diseñado por la publicidad para anunciar leche u otro producto de consumo domestico. Es gente que entiende que gracias a su debilidad y a sus heridas puede tener fortaleza. Una de las pocas cosas que te hacen fuerte es reconocer tu debilidad. Nadie es más débil que alguien que cree que no tiene debilidades. Esta novela también es un aprendizaje de la debilidad, en un momento en el que muchos mexicanos nos sentimos precisamente débiles. Pero también es un aprendizaje de la fuerza que puede salir de esta debilidad.
“Aprender a encontrar fuerza en la debilidad”, pocas cosas pueden ser más contundentes, pocas cosas son más necesarias en los tiempos que vivimos. Aunque hubiese querido seguir hablando de la novela, entendí que era tiempo de terminar la entrevista. Juan nos había dicho que antes de ir a ver el partido quería pasar por su casa para llamar a su mujer. Dio tiempo de pedir unas cervezas más, de hablar de Skármeta, de la torpeza de los editores a la hora de cambiar el título de un artículo, de la entrevista que le hizo a Mick Jagger, del texto que escribió hace poco sobre la relación Piqué/Shakira, de Roberto Bolaño, del cine de lucha libre, de la obra, la vida y la muerte de Mario Santiago (el Ulises Lima de Los Detectives Salvajes), de Bob Dylan, de Enrique Vila-Matas, de su reciente encuentro con Marcelo Bielsa y Jorge Valdano... Con el tiempo Villoro será recordado como uno de los grandes conversadores de nuestro tiempo, estoy convencido de que es uno de los genios de la retórica castellana. Insistió en pagar la cuenta, cuando traté de adelantarme, me hizo una especie de suave tackle de fútbol americano. Confirmando, en un gesto juguetón, que como pocos Villoro es poseedor de una auténtica genialidad literaria y de lo que raramente la acompaña, una enorme y franca gentileza. En la calle ninguno se animó a hacer un pronostico para la noche, nuestra plegaria era por un gol rápido. Nos esperaba un momento triste que, por contraste, engrandece en mi memoria a nuestra feliz conversación. 
* Entrevista originalmente publicada en la Ramona (parte 1 y parte 2) de Opinión.