Aprender a ver crecer la hierba de estío

Andrés Laguna

La filosofía vive tiempos duros, se la simplifica, se la deforma, se la populariza de manera descuidada, se la utiliza para justificar cualquier cuestión irrelevante y frívola. Los súper comerciales productos de autoayuda, los falsos artistas y los intelectuales impostores, han sido más dañinos para Sócrates que la cicuta misma. Más Platón y menos Prozac de Lou Marinoff, Avatar (2009) del monstruoso James Cameron o Abre los ojos (1997) del efectista Alejandro Amenábar, no son más que tres ejemplos de esta tendencia contemporánea: sin reparos, echar mano de lo que sea sin que importe mucho el resultado. Incluso, las películas más pipoqueras tienen algunos momentos de “profundidad”, en los que se ensaya tocar el alma de los espectadores con reflexiones empalagosas, superfluas y cursis. Así que, por lo general, cuando en una película, en un libro o en una canción se mencionan los nombres de Platón, Nietzsche, Kant, Sartre, Maquiavelo o Confucio, todo promete ser una enorme farsa. Repetir frases hechas, disparar citas trilladas, citar de manera descontextualizada a un pensador, no es más que una impostura de quienes quieren hacerse un lugar en el mundo a punta de falsedades. Por eso, cuando una cinta comienza con una cita “sesuda” o con un monólogo “iluminador” tengo un escalofrío y espero lo peor.
Leaves of grass abre con un monólogo sobre Sócrates. Uf. Me toma por sorpresa. No era lo que me esperaba. Pero la siempre excelente interpretación de Edward Norton evita que pierda la fe en la película. Luego, el desarrollo del monólogo, le inteligencia de sus conclusiones y la extraña austeridad de sus recursos retóricos, me asombran. En los primeros cinco minutos, Leaves of grass deja en claro que no es una película que debe pasar desapercibida, que lo que le ofrece al espectador es una propuesta desenfadada, seria y sincera. No es una película que quiere encontrar su lugar en el mundo a través de la filosofía, es una película que tiene un lugar en el mundo y la filosofía hace parte de su código genético. Escrita y dirigida por Tim Blake Nelson, conocido actor secundario de primera (recordarlo por su formidable papel de O Brother, Where Art Thou?) y notable realizador (responsable de tres cintas de gran factura, Eye of God, O y The Grey Zone), Leaves of grass (2009) es una pequeña y ambiciosa obra maestra, que podría haber sido firmada por los hermanos Coen, por Quentin Tarantino o por Charlie Kaufman. O por los tres al mismo tiempo. De ninguna manera quiero decir que es un cinta poco personal y copiada, todo lo contrario, tiene la creatividad desenfadada de los geniales autores mencionados.
La cinta cuenta la historia de Bill Kincaid (Edward Norton), un exitoso profesor de filosofía de Brown, la prestigiosa universidad estadounidense, que está en el punto más alto de su carrera, sus ensayos se publican con éxito, es portada de las revistas especializadas, sus alumnas están enamoradas de él, todos lo admiran y lo respetan. Kincaid es el intelectual de moda, una súper estrella de la academia. Sin esperarlo, la universidad de Harvard le ofrece la oportunidad de dirigir su propio departamento, de cumplir con el sueño de todo docente. Todo parece perfecto. Hasta que recibe una llamada, su hermano gemelo Brady acaba de fallecer. Bill debe volver a su pueblo, a Little Dixie, Oklahoma, el lugar del que salió hace tiempo y al que nunca quiso volver. El sofisticado y brillante profesor universitario debe volver a lo salvaje, a lo barbárico, al sur profundo, al lugar en el que prácticamente nadie conoce el Fedro o el Lisis.
El mejor amigo de su hermano, Bolger (Tim Blake Nelson) lo espera en el aeropuerto. Después de un trayecto por demás accidentado, se entera de que su hermano no ha muerto. Brady (también interpretado por Norton) es un criminal de poca monta, productor, traficante y, sobre todo, consumidor de marihuana. Ignorante, pero perceptivo, inteligente y carismático, Brady trajo a su hermano por dos motivos. Primero, para que vea a su madre (interpretada de manera deliciosa por la enorme Susan Sarandon), una mujer que vivió intensamente los años sesenta y que no los ha podido superar. Y, segundo, para que sea su coartada, para que la gente del pueblo confunda a Bill con él, mientras que él resuelva asuntos urgentes. Pero las cosas se complicaran. Los asuntos que Brady debe resolver son con un el traficante mayor de la zona (un Richard Dreyfuss descomunal) y Bill se encontrará con una mujer que hará tambalear su mundo, Janet (la bella Keri Russell), una poeta y profesora de literatura. A partir de ahí, momentos absurdos, dramáticos, conmovedores, lúcidos e hilarantes se intercalan en la película. Esta es una cinta de aprendizaje, una cinta de iniciación, lo curioso es que quien se inicia y quien aprende es el personaje más culto y educado, el intelectual, el hombre que parece tener una visión clara de la vida, el hombre que parece controlar su mundo. Bill, que escapó de su pueblo, que viajó lejos en busca de sí mismo, en busca de un terreno que lo nutra y que le permita crecer, sólo regresando a su origen cumplirá con su acometido. Su madre le enseñará que los humanos son incapaces de ser perfectos, que son incapaces de cumplir con todas las expectativas que se depositan en ellos, pero que son capaces de amar desmedida e incondicionalmente. Brady, con irreverencia e intuición, le mostrará, que existen lazos más fuertes que la razón, que la memoria y los recuerdos son un terreno de salvación, que el hombre es incapaz de conocer lo que conocen los dioses y con los actos le dirá: “Cuando doy, me doy a mí mismo”. Janet, citando a Whitman, estando en contacto con lo más natural, con lo más puro, con lo más sincero, con lo más esencial, rebatiendo a la modernidad occidental con el poder de las hojas de la hierba, lo acompañará en el camino que lo conduzca a sí mismo.
Leaves of grass, entre chiste y chiste, entre disparo y disparo, entre cita y cita, entre guiño y guiño, nos ofrece un guión memorable, interpretaciones magníficas y cuestionamientos genuinos, intensos. Al final del filme, después del largo camino recorrido, Bill nos invita a cantar junto a él: “Vago... e invito a vagar a mi alma./ Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra/ para ver cómo crece la hierba del estío./ Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,/ de esta tierra y de estos vientos./ Me engendraron padres que nacieron aquí,/ de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,/ de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también”.

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