Machete: Una para machos
Andrés Laguna
Este año los amantes del cine de acción –ése que nutrió nuestras fantasías infantiles, que hace de los viajes en flota momentos francamente cinematográficos, que hace de las pollerías marginales una experiencia completa, que le da sentido a la programación de trasnoche-, esperábamos dos películas con especial impaciencia: The Expandables dirigida por Sylvester Stallone y Machete dirigida por Robert Rodríguez y el montador Ethan
Maniquis. La primera inexplicablemente no se estrenó en salas locales pero, a pesar de que la distancia impida que lo constate, estoy seguro que ya es un clásico de los circuitos alternativos más exquisitos del género –las flotas y las pollerías mencionadas-. The Expandables es una cinta sobre la que estaba esperando escribir en cuanto se estrene, pero las distribuidoras no me dieron el gusto. La película es algo así como una obra maestra u obra total de un género en peligro de extinción, no sólo recupera a las estrellas de acción de los años ’80 (Mickey Rourke, Dolph Lundgren, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, además de Stallone, nos regalan momentos que ya son auténticos clásicos), está impregnada de una hilarante incorrección política, de escenas tan inverosímiles que se hacen inolvidables, está tan llena
de testosterona que uno sale de la sala con ánimos de buscar desmadre y nos recuerda a plan de golpes que si bien hubieron tiempos que no eran mejores, seguro que fueron muchísimo más divertidos. The Expandables, de una extraña manera, hace eco de algo que afirmaba el gran Jean Baudrillard: “Cuando lo real ya no es lo que era, la nostalgia cobra todo su sentido”.
Maniquis. La primera inexplicablemente no se estrenó en salas locales pero, a pesar de que la distancia impida que lo constate, estoy seguro que ya es un clásico de los circuitos alternativos más exquisitos del género –las flotas y las pollerías mencionadas-. The Expandables es una cinta sobre la que estaba esperando escribir en cuanto se estrene, pero las distribuidoras no me dieron el gusto. La película es algo así como una obra maestra u obra total de un género en peligro de extinción, no sólo recupera a las estrellas de acción de los años ’80 (Mickey Rourke, Dolph Lundgren, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, además de Stallone, nos regalan momentos que ya son auténticos clásicos), está impregnada de una hilarante incorrección política, de escenas tan inverosímiles que se hacen inolvidables, está tan llena
de testosterona que uno sale de la sala con ánimos de buscar desmadre y nos recuerda a plan de golpes que si bien hubieron tiempos que no eran mejores, seguro que fueron muchísimo más divertidos. The Expandables, de una extraña manera, hace eco de algo que afirmaba el gran Jean Baudrillard: “Cuando lo real ya no es lo que era, la nostalgia cobra todo su sentido”.
Por su lado, Machete se estrenó en Cochabamba y no pudo alegrarme más la noticia. Pero, gracias a las más recientes peripecias de ése insoportable mago adolescente y de las caprichosas programaciones de las salas comerciales, ya no está siendo proyectada. Sólo duró una semana. Lástima. Así, como hay quienes esperan la llegada de un mesías, yo espero que alguna vez nuestra ciudad tenga un cine que se respete y que nos respete.

Machete es una cinta que tiene un origen curioso, pues en un principio era un falso trailer que, junto con otros igual de sabrosos, acompañaba a Grindhouse, el díptico conformado por Planet terror (Robert Rodríguez) y Death Proof (Quentin Tarnatino), esa suerte de homenaje al programa doble de las salas de barrio y de los autocines –que en nuestro país se conocía como la entrañable y extrañada “matiné doble”-, un homenaje al cine de género y a la serie B, a las películas de zombies y a la carsploitation, respectivamente.
Según cuenta Robert Rodríguez, tenía escrito el guión de Machete poco después del estreno de su primer gran éxito hollywoodense, Desperado, pero fue la entusiasta acogida de los fans que lo impulsó a realizarlo en forma de largometraje. Lo que es sugerente, pues es una película hecha por un amante del cine, que llega a ser lo que es porque los amantes del cine la querían. Inscrita en ese subgénero que se ha convenido en llamar mexploitation, cine de súper acción, repleto de explosiones, de sangre y de sexo-no-explicito, protagonizado por mexicanos y chicanos, Machete es Robert Rodríguez en estado puro, con todos sus aciertos y vicios, es decir, cine 100% de género, divertido, valiente, pero que a veces recae en excesos que pueden llegar a ser algo agotadores. El argumento es tan disparatado como aud
az, pues si bien en líneas generales no es más que una historia de venganza, termina siendo una especie de manifiesto político, sazonado con una lectura irónica y hasta auto-paródica de ciertos fenómenos, que nos recuerda los fuertes lazos de filiación entre el cine de Rodríguez y el de su mentor/compinche/hermano de armas, Quentin Tarantino. El personaje principal, Machete (interpretado por el poco versátil, aunque siempre poderoso Danny Trejo), es un ex policía federal mexicano que después de sufrir una gran traición, de presenciar la ejecución de su mujer, de enterarse que su hijita ha sido asesinada y de hacerle el quite a la muerte, escapa a los Estados Unidos, vive como un migrante ilegal, trabajando de lo que puede. Hasta que el destino lo lleva a contactarse con un empresario corrupto, Michael Booth (Jeff Fahey, que muchos recordamos por su papel en Lost), que le ofrece 150,000 dólares a cambio de que mate al senador John McLaughlin (un Robert De Niro, con un acento sureño tan caricaturizado como divertido), un político ficcional que ha construido su carrera fomentando la xenofobia y las leyes antiinmigración. Cuando uno menos lo espera, Machete termina siendo víctima de otra traición. Ya ha tenido suficiente: Jodieron con el mexicano equivocado. Decidirá cobrar venganza y aniquilar a todos los que se interpongan en su camino, haciendo uso de casi todos los objetos cortopunzantes imaginables. En
su camino se cruzará con una serie de personajes tan entrañables como improbables, desde una especie de guerrillera/activista/vendedora-de-tacos que lidera una red de migrantes (encarnada por una Michelle Rodríguez más sexy que nunca), una correcta y sensual agente de aduana (Jessica Alba, que casi logra palidecer lo que hizo en Sin city), un vigilante que asesina mexicanos sin compasión (Don Johnson, haciendo el intento de repetir lo que le pasó a John Travolta en Pulp Fiction), una niña rica tronada (Lindsay Lohan haciendo una especie de parodia de sí misma), un cura de armas tomar –literalmente- (el siempre infalible Cheech Marin), un lord de la droga que sabe manejar una catana (Steven Seagal, cada vez más parecido a Jabba The Hutt), entre varios otros. Es muy característico del cine de Rodríguez que sus cintas estén repletas de personajes memorables que pasan fugazmente por la pantalla, que nunca llegan a desarrollarse y que cuando más cariño se les tiene, alguien les vuela la cabeza. Lo que es tanto una muestra de valentía del director, como una falta de pericia narrativa, se desaprovecha mucho la materia prima con la que se trabaja, pero eso se justifica de alguna forma cuando se entiende que este es cine de excesos y nos consuela saber que a Rodríguez no le temblará la mano si en algún momento se le ocurre revivir a cualquiera de ellos en sus siguientes obras.
az, pues si bien en líneas generales no es más que una historia de venganza, termina siendo una especie de manifiesto político, sazonado con una lectura irónica y hasta auto-paródica de ciertos fenómenos, que nos recuerda los fuertes lazos de filiación entre el cine de Rodríguez y el de su mentor/compinche/hermano de armas, Quentin Tarantino. El personaje principal, Machete (interpretado por el poco versátil, aunque siempre poderoso Danny Trejo), es un ex policía federal mexicano que después de sufrir una gran traición, de presenciar la ejecución de su mujer, de enterarse que su hijita ha sido asesinada y de hacerle el quite a la muerte, escapa a los Estados Unidos, vive como un migrante ilegal, trabajando de lo que puede. Hasta que el destino lo lleva a contactarse con un empresario corrupto, Michael Booth (Jeff Fahey, que muchos recordamos por su papel en Lost), que le ofrece 150,000 dólares a cambio de que mate al senador John McLaughlin (un Robert De Niro, con un acento sureño tan caricaturizado como divertido), un político ficcional que ha construido su carrera fomentando la xenofobia y las leyes antiinmigración. Cuando uno menos lo espera, Machete termina siendo víctima de otra traición. Ya ha tenido suficiente: Jodieron con el mexicano equivocado. Decidirá cobrar venganza y aniquilar a todos los que se interpongan en su camino, haciendo uso de casi todos los objetos cortopunzantes imaginables. En
su camino se cruzará con una serie de personajes tan entrañables como improbables, desde una especie de guerrillera/activista/vendedora-de-tacos que lidera una red de migrantes (encarnada por una Michelle Rodríguez más sexy que nunca), una correcta y sensual agente de aduana (Jessica Alba, que casi logra palidecer lo que hizo en Sin city), un vigilante que asesina mexicanos sin compasión (Don Johnson, haciendo el intento de repetir lo que le pasó a John Travolta en Pulp Fiction), una niña rica tronada (Lindsay Lohan haciendo una especie de parodia de sí misma), un cura de armas tomar –literalmente- (el siempre infalible Cheech Marin), un lord de la droga que sabe manejar una catana (Steven Seagal, cada vez más parecido a Jabba The Hutt), entre varios otros. Es muy característico del cine de Rodríguez que sus cintas estén repletas de personajes memorables que pasan fugazmente por la pantalla, que nunca llegan a desarrollarse y que cuando más cariño se les tiene, alguien les vuela la cabeza. Lo que es tanto una muestra de valentía del director, como una falta de pericia narrativa, se desaprovecha mucho la materia prima con la que se trabaja, pero eso se justifica de alguna forma cuando se entiende que este es cine de excesos y nos consuela saber que a Rodríguez no le temblará la mano si en algún momento se le ocurre revivir a cualquiera de ellos en sus siguientes obras.
Rodríguez fundamentalmente es un director visual, Machete es impecable en ese sentido, pues logra equilibrar la estética del cine B con la espectacularidad de una producción de proporciones mayores, dando la sensación que este es un filme muy influido por el cómic. Por otro lado, vuelve a repetir las fórmulas que lo han hecho famoso y que remiten a lo hecho en sus películas más famosas. Sus frases siguen sin dar lugar a cualquier doble interpretación y tampoco pretenden mucho, cada parlamento es cortante y potencialmente puede llegar a ser una suerte de slogan troglodita, no hay sutilezas, todo es explícito. Pero, si hay algo que de ninguna forma se le puede reprochar a Robert Rodríguez es que en cada una de sus películas hace lo que le place, sin concesiones con nadie, divirtiéndose como un niño, dándole rienda suelta a su retorcida imaginación que, por cierto, a veces es muy caprichosa y puede terminar perjudicando a la estructura narrativa, al guión. Además, Rodríguez no le teme a repetirse, si hay algo que le parece cool, lo utiliza una y otra vez, hasta que se le acaben las ganas, hasta que le deje de parecer gracioso. Sí, Rodríguez es un director temerario que siempre hace las cosas a su manera, sólo pensando en su propio gusto. Un gusto que es muy kitsch, muy sobrecargado, muy chicano, a veces hermoso de una extraña manera, a veces morboso. Lo que me hace pensar que Rodríguez sólo le teme a su Dios. Está bien, la libertad de culto otorga licencias. Pero, intuyo que a veces hay que temerle a nuestros propios excesos.
De lo contrario, pasa lo que pasa en Machete, esa intensidad, ese despilfarro de acción, de mujeres ardientes, de hombres rudos, de matanzas “creativas”, de armas bizarras, de frases ingeniosas, de gadgets letales, terminan perdiéndose en una nube brumosa, divertida, pero desajustada. Desde El Mariachi, incluso en sus películas para niños, Rodríguez ha construido y transitado un mismo universo cinematográfico, lleno de violencia, de romances intensos, de historias de venganza y redención, que siempre tienen esa estética de historieta, de viñeta ultraviolenta, pero a veces olvida que está narrando una historia, no sólo detonando sensaciones, olvida que todos ya conocemos sus terruños a la perfección y se vuelve previsible. El cine de Robert Rodríguez es súper machista, los hombres siempre son rudos, las mujeres siempre son fatales pero se mueren por ellos –a veces literalmente-, amor a la mexicana, ése es un discurso que se agota, da la impresión de ser la versión high luxe y sanguinaria de las telenovelas. No creo que ni el mismo Tarantino podría aguantar ver sin pausas una retrospectiva de Rodríguez. Entonces, Machete, al ser su obra suma, a veces agota y se agota. Pero, sólo a veces, pues durante casi todo el metraje uno no puede dejar de pegar gritos d
e aprobación y de lanzar carcajadas incrédulas.
Tal vez el mayor mérito de la película está en que alcanza a ser una simbiosis perfecta entre el cine de género y el cine político, algo que sólo habían logrado los títulos más brillantes de John Carpenter y George A. Romero. Aunque Machete no pierde tiempo en honduras y tiene un discurso burdo, gira en torno a verdades irrefutables: la migración cada vez es un tema más incómodo en los Estados Unidos –y en el resto del mundo-, las leyes cada vez son más injustas e inhumanas, el sistema está roto, la única alternativa parece ser que los migrantes nos organicemos entre nosotros mismos, que construyamos nuestro propio sistema. La cinta no reflexiona sobre las causas de la migración, tampoco sobre los fenómenos socio-económicos detrás de ella, ni mucho menos, tampoco pretende analizar las razones de las leyes xenófobas. No es una película ensayo, ni de denuncia. Nada más alejado. Pero, a su manera, es una película contestataria y panfletaria: llama abiertamente a que los migrantes nos articulemos en redes, que conformemos un gigantesco movimiento social, que tomemos las armas y que nos rebelemos, que exijamos justicia.
El filme en ningún momento se congracia con el sueño americano, nunca muestra la cara bonita de los Estados Unidos, ni la razonabilidad de su gobierno: llama a la rebelión. Ni más ni menos. Machete no es violencia, acción y sexo gratis, a su manera está más cerca de Bread & roses de Ken Loach, que de ser una mezcla entre Coyote Ugly y Sangre por sangre. De manera más o menos simplona y explosiva parece gritar: ¡Inmigrantes del mundo uníos!
El filme en ningún momento se congracia con el sueño americano, nunca muestra la cara bonita de los Estados Unidos, ni la razonabilidad de su gobierno: llama a la rebelión. Ni más ni menos. Machete no es violencia, acción y sexo gratis, a su manera está más cerca de Bread & roses de Ken Loach, que de ser una mezcla entre Coyote Ugly y Sangre por sangre. De manera más o menos simplona y explosiva parece gritar: ¡Inmigrantes del mundo uníos!
Machetes en alto. Listos para la lucha.
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