Winter's bone: Buscando a Jessup


Andrés Laguna

Además de las grandes producciones, frecuentemente, la Academia nomina a los Oscar a un puñado de películas “pequeñas”, independientes, que no tienen detrás a la maquinaria de los grandes estudios, que suelen ser la gran sorpresa a la hora de revelar los nombres de los candidatos, pero que difícilmente se llevan un eunuco dorado, salvo alguno de los premios a mejor guión o a actores de reparto. Son la nota de diversidad, de variedad, de pluralidad, el guiño “políticamente correcto”, el gesto para hacernos creer que los artistas independientes tienen alguna oportunidad en el cruel mundo de la industria hollywoodense. Frecuentemente, esas películas son mucho más interesantes y propositivas que las otras nominadas y, a veces, que las ganadoras. Ahora mismo pienso en Good Night, and Good Luck (2005), Little Miss Sunshine (2006) o Juno (2007), entre tantas otras. Este año no es la excepción, una de las “pequeñas” películas nominadas, es Winter’s bone de Debra Granik, que ya se llevó dos de los premios mayores del festival de Sundance –el Gran premio del jurado y el premio “Waldo Salt” de guión-. La película, que tiene cuatro nominaciones (Mejor película, mejor actriz, mejor actor de reparto y mejor guión adaptado), está pasando más o menos desapercibida para muchos críticos y para la mayoría de los espectadores, lo que puede terminar siendo un error fatal, pues si me lo preguntan, esta es una obra muy superior a sus competidoras.

La cinta no tiene la pirotecnia de la historia de un nerd misántropo, acomplejado y amoral que supuestamente revolucionó las relaciones interpersonales, tampoco la de la gesta de un británico tartamudo, ni la de las aventuras de un grupo de impertinentes, sufriditos y elegantes dormilones, ni la de la desesperada incursión quirúrgica de un desapegado montañista. No. Los personajes de Winter’s bone no son multimillonarios, no convirtieron a Internet en una mina de oro, no pertenecen a la realeza, no tienen que dar discursos ante una nación, no visten ropa de diseñador, no repiten parlamentos pseudo-filosóficos/científicos, no se dedican a los deportes extremos, no sueñan con tener locas aventuras. Los personajes de Winter’s bone viven en el lado más oscuro y olvidado de los Estados Unidos. Lo curioso es que no son víctimas de la crisis económica, de catástrofes naturales o de ataques terroristas. No. Simplemente, viven en un territorio que parece que siempre ha estado quebrado, que está al margen de la ley, que está fuera de las fronteras del estado, que siempre es doloroso.

Ree Dolly (Jennifer Lawrence) es una chica de 17 años que vive en las montañas de Ozarks, en Missouri, en una zona rural muy pobre, llena de cicatrices que dan testimonio de su contacto con el implacable mundo contemporáneo. Debe cuidar de una miserable granja, de su casi catatónica madre (Valerie Richards) y de sus dos hermanitos menores, Sonny (Isaiah Stone) y Ashlee (Ashlee Thompson). Su padre está ausente. Su vida pasa entre cortar leña para enfrentar el duro invierno, en cazar ardillas o lo que sea para combatir el hambre, en enseñarle a sus hermanitos a sobrevivir y en evitar que todo lo que ama se caiga a pedazos. Un día, el Sheriff del pueblo (Garret Dillahunt) le dice que una vez más su padre, Jessup, fue detenido por tráfico de drogas, que para pagar su fianza utilizó los documentos de propiedad de la granja familiar y que si no se presenta a su audiencia, perderán su hogar. Ree, que ha tenido que crecer prematuramente porque la realidad se lo exigió, le asegura que ella lo encontrará, que ella hará que su padre asista a su juicio, que hará todo lo posible para que su familia no pierda lo único que tiene. A partir de ese momento, Ree se enfrenta a una de las tareas más duras de su vida, buscar a Jessup, su padre, un fabricante y traficante de metanfetaminas. En su camino se cruzará con algunos de los personajes más sórdidos imaginables, recorrerá un mundo que es tan peligroso, como imprevisible, se enfrentará al verdadero antisueño americano, se enfrentará al mundo en el que ha crecido, pero al que íntimamente le teme. No tiene alternativa. En su pesquisa, se enterará que la desaparición de su padre tiene que ver con Thump Milton (Ronnie Hall) y su familia, una jauría de mafiosos que controlan el mundo de la metanfetamina en la zona. En su desesperación recurre a su tío, el hermano de Jessup, Teardrop (John Hawkes), un peligroso drogadicto que, después de intentar vanamente que su sobrina abandone su búsqueda, se convertirá en su volátil protector.

Basada en la novela homónima de Daniel Woodrell, la cinta es difícil de clasificar, es una suerte de thriller rural, de western moderno, de film noir montañés. Pero es mucho más que eso. Winter’s bone es una película que tiene un fuerte contenido político y de denuncia, nos muestra que el país más poderoso del mundo guarda bajo la alfombra, espacios de inhumanidad y desamparo impensables, que hacen que el mundo de Mad Max parezca Disneylandia, nos muestra que el ser humano se puede degradar de formas impensables para sobrevivir. El gran acierto de Granik está en que jamás caricaturiza a sus personajes, jamás los mira desde arriba, no se siente superior, no los juzga. A pesar de ser muy realista, dura y oscura, la cinta no es maniquea, los personajes, cada uno, están llenos de matices y de genuina humanidad. Hasta los seres más repugnantes tienen un código de honor férreo. Pero los puntos fuertes de la cinta no se agotan ahí, pues el extraordinario lenguaje cinematográfico se manifiesta en cada secuencia. A pesar de estar llena de tiempos casi muertos, de situaciones cotidianas y aparentemente triviales, jamás pierde la tensión, jamás debilita su propuesta. Tampoco recurre a escenas explícitas o abyectas para revolvernos el estómago, Granik entiende que lo que está fuera de campo, que lo que no se ve, puede ser mucho más poderoso y sugerente. Se me ocurre que si los hermanos Dardenne y los hermanos Coen trabajaran juntos, posiblemente, harían una película parecida a Winter’s bone.

Sorprende y enoja que Debra Granik –que ya sorprendió con su ópera prima Down to the Bone (2004), en la que Vera Farmiga interpreta a una madre cocainómana-, no haya sido nominada al premio de Mejor director, pues lo que consigue al orquestar esta obra es anonadante. En gran medida lo que sostiene a Winter’s bone son las interpretaciones, todas impecables, de gran realismo y emotividad, sorprende saber que muchos de los actores no son profesionales, que casi todos son pobladores de la región en la que se rodó, salvo por los protagónicos. Evidentemente, todo es resultado del impecable trabajo Granik. Por su lado, Jennifer Lawrence y John Hawkes, encarnando a Ree y a Teardrop, respectivamente, son M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-O-S, justifican de sobra sus nominaciones a Mejor actriz y Mejor actor de reparto. Natalie Portman y Christian Bale, dos grandes actores, que hicieron grandes trabajos en Black Swan y The fighter, pueden ser los favoritos en esas categorías, los virtuales vencedores, pero si dependiera de mí, las estatuillas debieran ser para los protagonistas de Winter’s bone. Hawkes, a quien muchos conocimos en un pequeño e inolvidable papel en Lost, interpreta a Teardrop de manera brillante, es un tipo rudo, de pocas pulgas, que sabe que tiene que golpear primero y preguntar después, que conoce los peligros de la vida, que está resignado a existir malamente, con sus miserias y adicciones, pero que guarda una gran ternura, una gran calidez, una gran fragilidad. Por su lado, Lawrence nos presenta a una Ree exquisita, una chiquilla de una belleza quebrada y latente, de una fortaleza y un tesón ejemplar, que nos transmite con su caminar que tiene una gran carga sobre los hombros, que en su mirada contiene una mezcla de resignación y de angustia. Ree es estoica, inamoviblemente centrada, comprometida, heroica, genuinamente, heroica.

Winter’s bone es una especie de odisea contemporánea, en la que la protagonista no se somete a las más feroces aventuras para volver a casa, para volver a su familia. No, no hace el viaje de Ulises. Ree se embarca en la peligrosa búsqueda de Jessup para no perder lo que ama, para no perder lo poco que la vida no le ha arrebatado, para no perder sus invaluables dones. En la búsqueda de su padre, en la búsqueda de Jessup, Ree se encuentra con todo lo peor que el humano puede ser. Pero, lo que es más importante, en el fondo de la oscura y espesa brea, traspasando el grueso hielo que cubre las aguas en el frío invierno, descubre lo mejor que el ser humano puede ser, descubre la luminosidad de la vida. Esa es una odisea que se debe atestiguar.

Comentarios