While My Guitar Gently Weeps: Llorar hasta romperse
Andrés Laguna
Aunque probablemente el
mejor disco de la historia del rock y de la carrera de The Beatles, es el Sgt. Pepper’s, pocos contienen tantas
canciones tan perfectas como el maravilloso Álbum
Blanco, esa rara e imperfecta joya, compuesta de mil pedazos perfectos. El
sonido básicamente rockero, sin pretensiones conceptuales, la condición de gran
recopilación de magníficas canciones individuales, convierten al Álbum Blanco en uno de las más brillantes
y extraños tesoros de la discografía de los de Liverpool –en la que abundan los
tesoros-. Acá se anuncian las verdaderas posibilidades individuales de cada uno
de los ángulos de ese “cuadrado perfecto”. Pero, si me lo preguntan, el momento
más trascendental de la placa llega cuando comienza “While My Guitar Gently
Weeps”, compuesta por el no suficientemente venerado George Harrison. Los
fanáticos, los expertos y el público masivo recuerdan con más fuerza, con más
pasión las canciones compuestas por Lennon y McCartney, personalmente, mi
reverencia se la dedico a Harrison, el beatle más joven, más espiritual y menos
mediático.
Harrison es autor de cuatro
canciones del Álbum Blanco (“While My
Guitar Gently Weeps”, “Savoy Truffle”, “Long, Long, Long” y “Piggies”) y en
esta placa se consagró como un compositor que no tenía nada que envidiar a sus
compañeros de banda. Nadie debe
olvidar que de la cabeza, del espíritu y de la creatividad de Harrison salieron
algunas obras maestras como “Something” (para muchos la mejor canción de los
Fab Four), “Here comes the sun”, “My Sweet Lord” (pieza por la que The Chiffons
demandaron a Harrison por plagio y le ganaron), “You”, “Bangla Desh”, “I Need
You” y “Taxman”. Debemos recordar
que su disco triple de 1970, All Things
Must Pass, probablemente es el mejor disco en solitario de un beatle.
George Harrison era un genio y creo que todo su talento se encuentra contenido
en “While My Guitar Gently Weeps”.
No recuerdo exactamente
cuando fue la primera vez que la escuché, pero lo que me impresiona es que
nunca dejó de causarme ese efecto letal. “While My Guitar Gently Weeps” no es
la clase de piezas que crecen cada vez que uno la escucha, pero porque no tiene
donde más crecer, es una pieza que invade, que está en todas partes, que
despedaza. Cuando comienzan
a sonar los apurados acordes de piano tocados por Paul, la sólida y mínima
línea de bajo (también a cargo de McCartney), la guitarra acústica de George y
el charles de la batería de Ringo, los astros se alinean. La apertura de “While
my guitar gently weeps” anuncia la entrada de una urbanísima guitarra eléctrica
(a cargo del Eric Clapton más inspirado) y de la sutil voz de Harrison que, con
registros notablemente distintos, se debaten entre el lamento y la plegaría. La
evolución de la canción parece tener por objetivo principal estrujarnos el
corazón. Y, como la guitarra de Harrison, nuestro corazón llora. De alegría, de
tristeza, de éxtasis, de emoción.
Llora plenamente.
Se dice que George la
compuso inspirándose en el principio del I
ching que reza que nada en el mundo es casual. Y acá todo está
perfectamente orquestado. Todo está al servicio de una elegía, del renacimiento
de la guitarra rockera “expresionista”, de la consagración como compositor de Harrison
y, sobre todo, de la ratificación de la naturaleza mística y emocional del
auténtico arte. Y todos sollozamos. Sin parar.
“While My Guitar Gently
Weeps” es un poema trágico, sonoro y guitarrístico. Pero es más que eso, es una
forma de ver el mundo, es una forma de pararse ante el mundo, es un acto de fe,
un canto religioso. Los solos de guitarra nos desangran, pero sólo para que
dejemos de lado nuestra corporeidad y nos elevemos como seres espirituales. Con
“While My Guitar Gently Weeps”, Harrison tocó la mano de Dios.
Se decía que George era The
Quiet Beatle (el beatle tranquilo), me parece un apodo gracioso y raro. Tenía
la imagen del beatle más sereno, el más zen, el que buscaba la trascendencia.
También se decía que era el más romántico de los cuatro. Tal vez eso sea cierto,
si entendemos este término en el sentido más amplio. Era alguien que pretendía romper
las reglas clásicas e iba más allá de lo racional, le devolvía el protagonismo
a los sentimientos. Cuando los guitarristas de su época hacían explotar con
ferocidad a sus instrumentos, Harrison hacía llorar a su hipnotizadora viola. “While My Guitar Gently Weeps” es
trascendental.
Una
versión de este artículo fue publicada hace más o menos cuatro años en la Ramona
de Opinión, cuando la hicimos un extenso
homenaje al The Beatles, el White
Album. Publico este texto en tributo a
George Harrison, a tono con el homenaje que le hicimos en la Ramona, hace un
par de semanas.

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