Cine encontrado
Andrés Laguna
Podría jurar que la primera
vez que fui al cine sin compañía de adultos fue cuando tenía 9 o 10 años. Fue
idea de uno de mis mejores amigos de la infancia. Por esos días, el estreno más
esperado era Robin Hood: Prince of Thieves
(1991) de Kevin Reynolds, con Kevin Costner, Morgan Freeman, Mary Elizabeth
Mastrantonio y, ese excesivamente mefistofélico, Alan Rickman, en la que sonaba
ese hit romanticón interpretado por Bryan Adams, “(Everything I Do) I Do It for
You”. Aprovechando la publicidad de la mencionada producción hollywoodense y la
impaciencia de los amantes del cine de aventuras, en el superviviente cine Astor
estrenaron una de las menos recordadas versiones fílmicas de la historia del
héroe de Sherwood, titulada simplemente Robin
Hood (1991). Muchos años después supe que la cinta fue dirigida por John
Irving, el eficiente realizador británico de cine de género, entre otras, de la
fabulosa miniserie de fines de los ’70, Tinker
Tailor Soldier Spy, en la que el gran Alec Guinness encarnaba a Smiley.
Según lo que dicta mi memoria, la película no era mala, muy sangrienta y
bastante alejada de las versiones en las que el ladrón justiciero era
interpretado por Errol Flynn y por el zorro de Disney. Hacía especial hincapié
en problemas políticos, las disputas entre sajones y normandos. Pero lo que la
hace perdurable, eterna en mis recuerdos, es su Maid Marian. De elegancia y
luminosidad sorprendentes, de una belleza tan evidente como poco convencional,
llegó a incomodar a ese niño de 9 o 10 años que fui. Con el tiempo supe que esa
actriz era Uma Thurman. Salí de la sala enamorado, como tantas otras veces lo
haría el resto de mi vida.
Esa anécdota puede parecer
fuera de lugar, pues de lo debo escribir es de la reapertura del cine
Capitol.
No es un mero ejercicio solipsista, intenta ilustrar que en los tiempos en los
que las salas y las pantallas eran enormes, ir al cine era la organización
inmediata de un viaje, era un evento francamente especial. Marcaba ciertos
hitos en la vida de una persona, entre otras cosas, podía ser la primera salida
con los amigos sin supervisión o la primera escapada con una chica. Gracias a
lo que se nos revelaba en la pantalla y a la experiencia misma –al hecho de
encerrarnos en una sala oscura gigantesca, frente a una ventana gigantesca, que
nos revelaba otros mundos-, en el cine aprendimos a ser amantes y seductores,
héroes y villanos. Y más. Aprendimos casi todo lo que vale la pena aprender.
Capitol.
No es un mero ejercicio solipsista, intenta ilustrar que en los tiempos en los
que las salas y las pantallas eran enormes, ir al cine era la organización
inmediata de un viaje, era un evento francamente especial. Marcaba ciertos
hitos en la vida de una persona, entre otras cosas, podía ser la primera salida
con los amigos sin supervisión o la primera escapada con una chica. Gracias a
lo que se nos revelaba en la pantalla y a la experiencia misma –al hecho de
encerrarnos en una sala oscura gigantesca, frente a una ventana gigantesca, que
nos revelaba otros mundos-, en el cine aprendimos a ser amantes y seductores,
héroes y villanos. Y más. Aprendimos casi todo lo que vale la pena aprender.
Aunque los recuerdos
cinéfilos más preciados que conservo están ambientados en ese gigante
cotidianamente extrañado que es el cine Avaroa, guardo algunos otros
invaluables del Capitol. Los más remotos, evidentemente, son largometrajes de
animación, las matinées dobles que olían a caramelo, en las que ir al baño era
como adentrarse en un pantano, en las que escoger una butaca era como encontrar
una trinchera y comprar una golosina implicaba enfrentarse a una horda de
enemigos. Las versiones antropomórficas à
la Disney de ratones, gaviotas, patos, perros, entre otros, en películas
como Bernardo y Bianca en Cangurolandia
(1990) o PatoAventuras, la película
(1990), fueron algunos de los primeros viajes inofensivos en los que me
embarqué, conocí territorios lejanos y exóticos.
Ahora que lo pienso, años
antes me congelé de miedo con esa suerte de secuela de El mago de Oz (1939), titulada Return
to Oz (1985), ¡en la que Dorothy era encarnada por esa chica que sería una
de las groupies de Almost Famous, la
hija mutante del Dr. Moreau y la novia neo-nazi de Edward Norton en American History X (1998)!!! Tuve que
salir a tomar aliento a la calle, a la 25 de mayo, para poder terminar la
película. Ahí conocí el horror. De contraparte, de más mayorcito, en esa sala,
vi Para recibir el canto de los pájaros (1995).
Su bello afiche adornó esa esquina durante varias semanas y, por supuesto,
adorna parte de mi tiempo perdido. Ahí escuché la música del universo.
Una de las anécdotas que me
es más inolvidable del Capitol, está relacionada con el estreno de Jurassic Park (1993). Es la primera
película que se estrenó en más de una sala paralelamente que yo recuerde,
también se proyectaba en el extrañado Ópera, tal vez inaugurando la vigente y
cuasi apocalíptica política que hoy uniforma la cartelera. El grupo de amigos
de mi clase organizamos una, ya habitual por esos días, excursión al cine. No
me acuerdo a quién se le ocurrió invitar a unas cuantas chicas. Salvo uno
–sospecho que fue su idea-, ninguno tenía el menor interés amoroso. Por esos
días, nos parecía mucho más interesante ver a un dinosaurio que tomar de la
mano a una de las poco agraciadas púberes que iban a nuestra clase. Más allá de
eso, la promesa de su presencia le agregó una fuerte dosis de interés y
particularidad al evento. Todos estábamos medio nerviosos, expectantes.
La sala estaba abarrotada,
infinitas colas, un mar de almas esperando que Spielberg nos deslumbre. Un poco
de circo para poder aguantar la semana. Los chicos llegamos puntuales,
rápidamente compramos nuestras entradas en platea. Las chicas llegaron tarde y
las taquillas estaban agotas. Creo que ahí nació el sentimiento que
alimentaríamos con los años de aversión a las tardanzas femeninas. Los más
avispados del grupo –entre los que definitivamente no me encontraba-, negociaron
para que nos dejen entrar a galería a todos a cambio de las entradas que
habíamos comprado en platea. Galería en el Capitol era un eufemismo para
graderías. Entramos en una de las últimas filas, incómodos y apretados. Las
chicas estaban muchísimo más cerca de los que hubiésemos esperado todos. En esa
situación, todo pudor se diluía. A comparación, un baile pegado era un tímido
roce. Nos pasamos todo el metraje apachurrados y sudorosos. Entre el asombro
que nos producían los efectos visuales, el tiranosaurio y los velociraptores,
las teorías pseudo científicas y el rostro desfigurado de Laura Dern, todos,
chicos y chicas, aprendimos a lidiar de manera brusca con el sexo opuesto.
Aunque estaba alejado de ser el espacio más romántico, la galería/gradería del
Capitol supongo que era el lugar más idóneo para hacerlo. No lo olvido y lo
agradezco.
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