The Master: En el corazón de la pesadilla americana


Andrés Laguna

Cada año en la redacción de la Ramona estamos más atentos a las omisiones que se hacen en las premiaciones más comerciales, los Globos de Oro y los Oscar, que a los premiados. Aunque deberíamos estar acostumbrados a que la Prensa Extrajera de Hollywood y la Academia ignoren de manera aberrante a algunos de los artistas más importantes de nuestro tiempo, no podemos controlar nuestra furia y nuestra impotencia se traduce en algunas notas encendidas que no tiene mayor utilidad que evitar que nos ahoguemos en silencio en nuestra amargura y que nuestros fieles lectores estén atentos a las películas que consideramos que merecen mayor atención. 
Aunque no entró en nuestra lista de lo mejor de 2012 –básicamente porque hasta su publicación ningún miembro del equipo la pudo ver-, The Master es una de esas contadas películas estrenadas en la temporada pasada que merece el calificativo de obra maestra. Por el mismo hecho de que no haya recibido una nominación a mejor película en los premios mencionados, hay un altísimo riesgo de que la esperadísima obra de Paul Thomas Anderson nunca se estrene en salas locales. Pues si alguna importancia real tienen las estatuillas doradas con forma de circunferencia y de eunuco, es que hacen que sus nominadas tengan una mejor distribución y recaudación, cuestiones necesarias para las películas más arriesgadas y creativas. Aunque la cinta haya recibido nominaciones para sus tres actores principales, en los apartados de mejor actor principal, mejor actor secundario y mejor actriz secundaria, se la ignoró en Mejor Película, Mejor Guión Original y en los rubros técnicos. Lo que denota que una idiotez suprema reina entre los académicos y entre los periodistas extranjeros de Hollywood, pues la única de sus competidoras que está a su altura es Amour de Michael Haneke. A pesar de que es muy joven, tiene 42 años, ya es absolutamente vergonzoso que Paul Thomas Anderson no haya ganado un Oscar a lo largo de su impecable carrera. Pero que este año no tenga ni una triste nominación, cuando estrena probablemente su película más lograda, me parece un chiste de muy mal gusto.
Tengo entendido que The Master todavía no está programada en territorio nacional y ni siquiera se puede encontrar en versión pirata, espero que esta nota sirva para que nuestros lectores la esperen atentos, impacientes.
Ha pasado casi un lustro desde que Anderson presentó su celebrada There will be blood (2007) y durante este tiempo parece haber afianzado su voz como autor, ya casi no admite comparaciones, ahora su obra servirá de parámetro para los artistas emergentes. Ya no parece una brillante promesa de un nuevo Scorsese o Kubrick, se yergue como un nuevo faro, como un joven maestro.
Si There will be blood es una suerte de respuesta oscura y despiadada a Citizen Kane (1941), The Master es la cara más miserable y frágil, la contratara, de esos grandes metarelatos. Las tres son potentes crónicas de la historia de los Estados Unidos, son lecturas de ese sueño americano que irremediablemente termina trunco o corrupto, son grandes relatos de la modernidad. Lo que las diferencia es que las dos primeras retratan a personajes poderosos, que lo consiguen todo guiándose por su particular ética, sin hacer concesiones y recurriendo a sus propios códigos, pero que terminan siendo derrotados, sumidos en la nada, convertidos en humo o asfixiados por la ambición. En cambio, en The Master se retrata a un hombre de una debilidad avasalladora, pero que tiene grandes y breves arrebatos de fortaleza, que no posee nada, que es incapaz de encontrar un lugar en el mundo, pero que termina siendo más libre e iluminado que cualquier amo. The Master está sumida en el anti-sueño americano, en la gran pesadilla, en la promesa rota, pues la supuesta tierra de las oportunidades, no parece ser mucho más que un purgatorio en el que sobreviven los más feroces. 
En un principio, se esperaba que esta cinta fuera algo así como la historia de la Cienciología, ese culto/religión, que fascina a  tantas celebridades y que aparentemente tiene elementos de disciplina de autoayuda, de tratado de ciencia ficción y de red de extorsión –es decir, puntos tristemente comunes con la mayor parte de las religiones-. Se creía que sería la biografía no autorizada de L. Ron Hubbard, el padre fundador de esa polémica iglesia fundada a principios de los años 50, que se revelarían sus secretos más oscuros. Pero no podríamos haber estado más equivocados. Lo que decepcionó a muchos, a los que esperaban que esta sea una película de denuncia. La Cienciología es totalmente secundaria, un telón de fondo, se podría haber contado una historia muy similar con un pastor evangélico, con un sacerdote católico, con un rabino o con cualquier tipo de líder espiritual que ejerza poder sobre sus seguidores.
The Master se centra en dos personajes y su relación. Aunque se hace mayor hincapié en los movimientos internos y externos del “pupilo”, Freddie Quell (encarnado por ese engendro de la interpretación llamado Joaquin Phoenix), un veterano de la Segunda Guerra Mundial, destrozado por los horrores que vivió, por su historia personal y por su contexto familiar. Freddie es alcohólico, autodestructivo y disfuncional, está obsesionado con el sexo, su vida no tiene sentido, ni busca darle uno. Hasta que por su accidentado andar se encuentra con Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman en uno de sus trabajos más soberbios), líder supremo de una agrupación que en la película se llama la Causa. Dodd es un tipo carismático, inteligente, con grandes cualidades retóricas y parece ser la primera persona en mucho tiempo que le presta sincera atención a Freddie. Anderson ha reconocido que el fundador de la Cienciología no fue la única influencia para la construcción de Dodd, también lo fue Orson Welles, y como él parece estar erguido en un escalón más alto que sus semejantes. Siempre seguido por su esposa, Peggy (una sorprendente Amy Adams) y por su séquito de fieles, Dodd inicia a Freddie en los caminos de su disciplina, le da algún sentido a esa vida que no parecía tener ninguno, intenta encaminar a ese hombre que probablemente se perdió por completo en algún rincón de Iwo Jima. Esta es la historia de dos personajes que (sobre)vivieron en una época traumática, la más extrema de la contemporaneidad. Freddie está profundamente dañado y Dodd está dispuesto a aplicar sus cuestionables métodos terapéuticos para recomponerlo, para hacerlo superar lo inolvidable, a cambio de su fidelidad absoluta. Pero la cuestión es mucho más compleja, pues Dodd también parece haber sido seducido por la furiosa y autodestructiva libertad de Freddie. De alguna forma, de manera muy poco evidente, el maestro quiere ser como el pupilo. Pero el proyecto de Dodd no sólo es suyo, su mujer y sus seguidores jamás dejarán que abandone lo conseguido, una religión que promete curar a un país derruido por una guerra y, lo que no es desdeñable, por su condición misma, por su economía, por su estratificación social, por su forma de comprender el tiempo, el trabajo y el progreso. Dodd y la Causa tienen las respuestas para un país que es incapaz de formular preguntas, a pesar de estar atosigado por las dudas, por las patologías.
En uno de esos muchos momentos inolvidables de Citizen Kane (1941), el personaje inmortalizado por Orson Welles, le dice a sus colaboradores más cercanos algo así: “Si no hubiese sido tan rico, podría haber sido un gran hombre”. Probablemente, si Freddie Quell, no hubiese tenido una vida tan desgraciada, que llega a un punto crítico cuando se topa con el manipulador Maestro, también hubiese podido ser un gran hombre. Cualquiera podría ser un gran hombre, pero frecuentemente la sociedad nos quiebra.
La conmovedora fotografía Mihai Malaimare Jr., la hipnotizante banda sonora compuesta por el guitarrista de Radiohead Jonny Greenwood y el complejo guión de Anderson, completan una experiencia cinematográfica atormentadora, por su belleza, profundidad y ferocidad. Anderson confesó que parte de la película, en especial la primera, se inspiró de manera definitiva en ese conocido, aunque poco visto (pues estuvo prohibido por poco menos de tres décadas), documental de John Huston titulado Let There Be Light (1946), en el que se registra a veteranos de la Segunda Guerra siendo tratados de afecciones psicológicas. Más o menos, eso también es The Master, una película sobre una sociedad enajenada, sobre un tiempo enajenado, sobre dos personajes enajenados, sobre las enajenadas y enajenantes relaciones humanas y, de manera muy velada, sobre lo que nos puede redimir.
 

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