Perros cautivos
Andrés Laguna Tapia
El año pasado, Santiago
Espinoza y yo hicimos un breve especial titulado Todos los perros van al cine, pues nos sorprendió la importancia de
los personajes caninos en algunas películas que se estrenaron la pasada
temporada, como The Artist, Begginers, Hugo, 50/50 o la
magnífica El Havre. Además,
aprovechamos para recordar algunos de nuestros perros favoritos de películas
clásicas, como A dog’s life (1918), El Mago de Oz (1939) o Umberto D (1952), entre otras. Ambos
somos de esos que disfrutamos de la buena utilización de una mascota, de esos
que sufrimos cuando les pasa algo malo en la pantalla. Lo que tampoco quiere
decir, al menos en mi caso, que aguante esos objetos infestos como Hachi: A Dog's Tale (2009), Marley & me (2008) o todos esos
esperpentos protagonizados por un Golden Retriever deportista.
Curiosamente, este año la
presencia de los perros en dos películas ha vuelto a llamar mi atención, en Killing them softly de Andrew Dominik y Seven psychopaths de Martin McDonagh,
obras que no han recibido la atención y los reconocimientos que merecían. Tanto
Dominik como McDonagh con estas cintas confirman que son dos de las voces más
frescas e interesantes del cine actual, que son injustamente ignorados por
muchos críticos y por un público que parece no tener la capacidad de disfrutar
de un cine arriesgado y crítico.
Por cuestiones de espacio no
podré detenerme en la lectura puntillosa de ambas películas, pues me gustaría
concentrarme en algo que comparten, además de sus retratos violentos,
disparatados y feroces de la sociedad de consumo y de los Estados Unidos: la
presencia de perros raptados/robados como elementos de importancia en tramas
llenas de asesinatos y de situaciones imposibles. Killing them softly es una historia de mafiosos, de
ajusticiamientos, en un país en el que todo es un negocio, en un país que es un
negocio, en el que los ideales y principios no son más que cháchara que legitiman
al capitalismo en su forma más básica y cruda. La cinta gira en torno al robo
de una casa de juegos clandestina, a la sucesiva cacería de los dos maleantes
de medio pelo que perpetúan dicho atraco. Uno de ellos, el más irresponsable y
disfuncional, Russell (Ben Mendelsohn) se dedica a robar y traficar perros. Es
un tipo que huele, según lo que dicen en el filme, a caca, a animal, vive al
día, al margen de casi toda convención social. Su falta de inteligencia
conducirá a su perseguidor, Jackie (un enorme Brad Pitt), a que de con ellos.
Este ser excluido, adicto a la heroína, es incapaz de hacer algo bien. Trata
con animales, pero se comporta y vive peor que ellos. Los perros que roba
tienen mayor valor para la sociedad que su vida.
En Seven psychopaths, digna seguidora de In Burges (2008) –la película anterior de McDonagh-, el rapto de un
perro tiene mucha más importancia. En esta cinta, Marty (Colin Farrell), un
guionista en crisis creativa, se ve envuelto con un conjunto de criminales, de seres
excéntricos, de sicópatas. Su mejor amigo, Billy (un divertido Sam Rockwell),
junto a su veterano socio (el siempre magnífico Christopher Walken), se dedica
a raptar perros de ricos para luego pedir millonarios rescates. Todo va bien
hasta que cometen el grave error de raptar al Shih Tzu que adora un capo de la
mafia (interpretado por el siempre exquisito Woody Harrelson). Todo se pudre
por el amor a un perro. Y por la fragilidad mental de los protagonistas. Por
una sociedad que propicia estas situaciones.
Estas dos cintas confirman
algo que me ha rondado durante años. Estamos viviendo un tiempo en el que las
relaciones con los animales, el amor hacia las mascotas, es mucho más intenso
que el que se tiene hacia la pareja, la familia o los amigos. En este tiempo, en
el que eludimos los compromisos emocionales, nos entregamos a nuestros animales
de compañía. Sin duda, algo que caracteriza a la civilización, a la evolución
social del ser humano, es la domesticación de los animales. Pero lo fue por
motivos utilitarios, ya sea por cuestiones muy básicas –para que nos provean de
alimentos, de vestimentas y de protección-, así como también por cuestiones más
sofisticadas y/o complejas –para ritos religiosos, para compañía y para tener
más status-. Ahora creo que estamos rompiendo los límites y estamos generando
una extraña dependencia de ellos, que trasciende lo práctico y lo lógico. No
por nada, uno de los accesorios casi obligatorios de esas celeridades que no
tienen ningún talento y que son famosas por el hecho de ser famosas, estilo
Paris Hilton, es un perro que pueda caber en un bolso de mano. Si quieres
humanizarte, debes tener un can, un gato o cualquier otro animal de compañía.
En las últimas tres décadas,
el estudio de las relaciones entre seres humanos y otras especies de animales
ha crecido de manera considerable. La disciplina llamada antrozoología cada vez
es más respetada entre las ciencias sociales (por ejemplo, incluso tiene su
propia agrupación de académicos, en 1991 se fundó la IZAS, International
Society of Anthrozoology en Cambridge, Inglaterra). Sus estudios se han
concentrado en mostrar los beneficios de las relaciones entre humanos y otras
especies de animales, se habla de los efectos psicológicos, pero también se
dice que, por ejemplo, pueden reducir los riesgos de enfermedades cardiacas,
entre otras cuestiones que escapan a mi comprensión o interés. Podemos suponer
que todo ser humano necesita dar y recibir afecto. Pero, se sabe, toda relación
humana es demandante, uno debe hacer ciertos compromisos y concesiones, tomar
ciertos riesgos. Los perros por su condición de incondicional fidelidad, requieren
de poco más que alimento, de un rincón para dormir y de otro para defecar. Pero
lo que es más importante, prometen relaciones cómodas, fáciles.
Algo llama la atención
poderosamente, según lo que leía hace poco, recientes estadísticas aseguran
que, al menos en los Estados Unidos y Europa –donde se hacen estadísticas de este
tipo-, miles de millones de dólares se gastan en perros, gatos y demás animales
domésticos. Sólo en los Estados Unidos se gasta anualmente más de 14 mil
millones de dólares en su alimentación y cuidados básicos, además de 5 mil
millones en accesorios y gastos más frívolos. Cada quien puede gastar su dinero
en lo que vea más conveniente, pero convengamos que, por lo menos, es polémico
que alguien prefiera salvar la vida de un caniche en lugar de la de un niño o
un anciano. Hasta los perros que supuestamente son los mejores amigos del
hombre, se identifican más con sus semejantes que con sus amos.
En países del tercer mundo,
como el nuestro, los animales todavía no tienen claras prioridades sobre los
humanos, pero vamos por ese camino. Por el mismo hecho de ser países en los que
la vida rural y la vida urbana están muy entrelazadas, tenemos una relación muy
específica con los animales, están relacionados con el trabajo y las
actividades de supervivencia. Basta recordar ese desagradable episodio que
protagonizaron los Ponchos rojos hace unos años, que aterrorizó a las señoras emperifolladas,
que en países más desarrollados hubiese desatado ríos de cólera,
manifestaciones de ecologistas y repudio de ONG’s, pero que en Bolivia no llegó
a mayores. En nuestros países, por lo general, un perro debe servir para algo,
al menos para cuidar la casa y a sus habitantes, no para que los habitantes de
la casa lo cuiden. Pero más de una vez he escuchado cosas que me chocan, como
que los perros son mucho mejores que los humanos o que los animales producen
más lástima. Olvidamos que todos los valores y cualidades positivas que les
atribuimos a los perros y a cualquier animal, son cualidades humanas. Nos
gustan los animales cuando responden a nuestro lenguaje (“La patita”,
“sentado”, “muertito”), cuando tienen hábitos civilizados (que hagan caca en
una caja o que bailen con la música), es decir, cuando se humanizan, cuando
renuncian a su naturaleza, a su animalidad. Además, olvidamos que si sentimos
piedad por ellos es justamente porque tenemos la capacidad de sentirla.
Humanizamos a los animales por nuestra humanidad, no por la de ellos, ni por su
animalidad. Lo que no quiere decir que no tengan derechos, ni que no merezcan
respeto, pero al ajustarlos a nuestra medida, al hacerlos vivir como nosotros,
los tenemos cautivos. Y lo que es peor, al depender de ellos, nosotros también
terminamos estando cautivos.
Dos secuencias
horrorosamente similares de dos películas muy distintas pueden servir de
conclusión para este extraño texto. Tanto en También la lluvia (2010) de Iciar Bollain, como en la recientemente
estrenada Django Unchained, vemos la
más escalofriante utilización de los perros que se conozca, como cazadores de
hombres. En la cinta de Bollain los conquistadores los utilizan para atacar y
aniquilar a los indígenas, en la de Tarantino para rastrear y despedazar a un
esclavo cautivo. Muchos han cuestionado la veracidad de estos hechos, semejante
salvajada parece ajena a la verdad. Pero los documentos históricos demuestran
que fue cierto. Por ejemplo, hace poco más de seis años el profesor de la
Universidad de Barcelona, Ricardo Piqueras publicó un escalofriante e interesante
artículo titulado “Los perros de guerra o el ‘canibalismo canino’ en la
conquista”, en el que da testimonio de esta práctica (muy utilizada en la
Colonia, pero por ejemplo también en la conquista de las islas Canarias y
tantos otros procesos de conquista). Desde su domesticación, los perros han
sido herramientas del ser humano, lamentablemente, a veces han servido para
cuestiones despreciables y/o para fines un poco lamentables, patéticos. Ahora
los utilizamos para paliar nuestros desajustes psiquiátricos y emocionales.
Obviamente, el problema no está en ellos. Está en los amos, en los
domesticadores, que al ser incapaces de mantener relaciones sanas, horizontales,
abiertas y urgentes con sus semejantes, con los seres de su misma especie, deben
buscar un sucedáneo. Un sucedáneo que respira y que es peludo, pero que no interpela
como el rostro del semejante.
* Una versión de este texto fue publicada en la Ramona el 10 de marzo de 2013

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