Después del fin del mundo
Andrés Laguna El mundo debía acabarse. Al menos, nos querían hacer creer que lo mayas lo habían predicho. Muchos sacan provecho de la histeria que se desata cada vez que se nos anuncia que el fin está cerca. Hubo un boom turístico en la rivera maya y alrededores, los pueblitos que supieron venderse como el último rincón que se mantendría en pié después del cataclismo recibieron miles de afiebrados visitantes, muchos comerciantes se enriquecieron vendiendo kits de supervivencia. Otros aprovecharon para festejar el inicio de ya-no-se-qué en el lago Titicaca. En un mundo en el que todo se convierte en mercancía, la amenaza de nuestra desaparición –o la promesa de nuestro renacimiento-termina siendo rentable para los aprovechadores de siempre. Eso es sintomático. Y triste. El mundo sigue y sigue igual, sin darnos el menor indicio de que algo pueda cambiar a corto plazo. Justamente, por eso debo confesar que varias veces me pareció muy atractiva la posibilidad de que todo se ac...