Después del fin del mundo
Andrés Laguna
El mundo debía acabarse. Al
menos, nos querían hacer creer que lo mayas lo habían predicho. Muchos sacan
provecho de la histeria que se desata cada vez que se nos anuncia que el fin
está cerca. Hubo un boom turístico en la rivera maya y alrededores, los
pueblitos que supieron venderse como el último rincón que se mantendría en pié
después del cataclismo recibieron miles de afiebrados visitantes, muchos
comerciantes se enriquecieron vendiendo kits de supervivencia. Otros
aprovecharon para festejar el inicio de ya-no-se-qué en el lago Titicaca. En un
mundo en el que todo se convierte en mercancía, la amenaza de nuestra
desaparición –o la promesa de nuestro renacimiento-termina siendo rentable para
los aprovechadores de siempre. Eso es sintomático. Y triste.
El mundo sigue y sigue
igual, sin darnos el menor indicio de que algo pueda cambiar a corto plazo.
Justamente, por eso debo confesar que varias veces me pareció muy atractiva la
posibilidad de que todo se acabe, de que alguien apague la luz de este miserable
espectáculo que nos toca vivir. No nos extinguimos de manera espectacular, pero
seguimos en nuestra larga, lenta y fatídica carrera autodestructiva.
Para el cine, en especial
para el más comercial, el fin de los tiempos ha sido material de inspiración.
Varios medios han aprovechado para hacer un repaso de todas esas películas de
catástrofes, que de diferentes maneras imaginaron el punto final de nuestra
especie y/o de nuestro planeta. Idea atractiva e ingeniosa aunque no del todo
original. Sin duda, nos atraen los finales espectaculares, épicos y trágicos.
Pero lo cierto es que, así como aquí estamos, así como aquí seguimos, así como
el fin no llegó con sus fuegos de artificios, con un espectáculo apocalíptico,
nuestros destinos en este mundo contemporáneo parecen prolongarse con una
sensación muy parecida a la mala resaca. Hemos perdido las grandes ilusiones y
las ideologías, estamos lejísimos de tener un destino trágico o uno glorioso.
Parecemos estar sumidos en el más profundo tedio y desesperanza. Esa sensación,
que tiene algo de angustia y de melancolía. Evidentemente, eso también ha sido
material privilegiado del cine, en especial del más intelectual o artístico.
Por tanto, no debe llamar la atención que algunas de las películas que hacen
parte de las listas más prestigiosas de lo mejor del año, sigan esa estela.
Muchos filmes retratan de manera interesante esa condición existencial del ser
humano contemporáneo, ese nihilismo que nos contamina, esa mezcla entre
desasosiego y tedio.
Dos propuestas que han
tenido gran éxito comercial y que aparentemente son inofensivas, son muy
interesantes para tomarle el pulso al espíritu de nuestro tiempo, Ted de Seth MacFarlane y Magic Mike del cada vez más asombroso
Steven Soderbergh. A primera vista, la primera no es más que una comedia
cachonda sobre un oso de peluche que cobra vida y que pasa sus días fumando
marihuana con su inepto dueño. Y la segunda es una película sobre el mundo de
los strippers masculinos, que no parece ser más que una excusa para ver los
músculos de Channing Tatum y Matthew McConaughey. Pero Ted, con ese humor que hizo famoso a MacFarlane en sus series de
animación Family guy y American dad!, nos muestra a un triste
personaje (Mark Wahlberg) que depende de su osito, Ted (con la voz de MacFarlane), para poder vivir la vida. Es un
tipo que se resiste a crecer, a superar su infancia, a preocuparse por
cuestiones relevantes de la vida. Es un tipo que anhela ser Peter Pan, pero la
realidad, la naturaleza y la vida no se lo permiten. Ese personaje, ese tipo
miserable y frustrado, me recuerda tanto a esos amigos que le dan sentido a la
vida a través de los video juegos (a no olvidarlo, los que más los compran ya
pasaron la mayoría de edad hace mucho) y que quieren prolongar todo lo posible
su adolescencia, que son víctimas de esa propagada incapacidad para madurar.
Nuestras generaciones de adultos quieren eludir su adultez. Esa será una importante
marca de nuestro tiempo. Más o menos, en ese camino va Magic Mike. En esta cinta, el stripper principal, Mike
(interpretado por Tatum), es un tipo que vive de los encantos de su juventud,
quiere sacarle el jugo a esa época en la que se supone que nos debemos
exclusivamente a la diversión. Pero aunque la ciencia nos proporcione más y más
años de calidad de vida, tarde o temprano la belleza, la energía y la masa
muscular se diluyen con el paso de los días. En cierto momento, Mike se da
cuenta de que en su vida sólo ha cultivado lo efímero. Este tiempo nos obliga a
vivir para lo efímero, nos condena a enfrentarnos tarde o temprano con la nada,
a vivir sumidos en la angustia, tratando de escaquearla consumiendo productos o
estupefacientes. Tarde o temprano tomamos conciencia de nuestra finitud –que
por cierto, en la gran mayoría de los casos es personal, individual y no
masiva, ni apocalíptica-. Eso de por sí es atemorizante, pero lo que realmente
es grave, es que nos demos cuenta de que no sólo moriremos, sino de que nuestras
vidas valen poco, de que son irrelevantes. Justamente, a eso se enfrentan los
personajes de Magic Mike y Ted. La condición finita del ser humano también
es el gran tema de una de las verdaderas obras maestras estrenadas en 2012, Amour de Michael Haneke, una dura cinta
en la que el amor, la lealtad y la entrega al otro, son las únicas alternativas
para enfrentarse a la vida y a la muerte.
Otra cinta que es muy
interesante es Una pistola en cada mano
del director barcelonés Cesc Gay, construida a partir de varias historias que
se entrecruzan, con mucho humor y con personajes complejos (interpretados por
actores de la talla de Ricardo Darín, Javier Cámara, Luis Tosár y Eduardo
Noriega, entre otros). En ella los protagonistas masculinos deambulan por la
absoluta sin razón de la sociedad actual, viviendo farsas y frustraciones,
siendo incapaces de comunicarse con sus semejantes, despersonalizados y casi
disfuncionales, ensimismados en sus pequeñas individualidades. Estos personajes
no sólo toman conciencia de su finitud, de lo vacías que son sus vidas, se dan
cuenta de que en un mundo súperpoblado viven verdaderamente solos.
Una película que
de alguna forma pretende ser el gran tratado de la sociedad contemporánea es Cosmopolis de David Cronemberg. Una obra
que produce sentimientos encontrados, alejada de esa narrativa implacable de la
que el director había hecho gala en A
Dangerous Method y en Eastern
Promises, basada en la novela homónima de Don DeLillo, puede ser
interesante y exasperante a la vez. En la cinta un joven multimillonario
(Robert Pattison, tratando de hacer menos visible esa profunda cicatriz que es
la saga Crepúsculo), circula por la
ciudad en su blanca y lujosa limusina, en la que virtualmente vive, va en
camino de cortarse el pelo. Pero en el trayecto dialoga con sus empleados y con
su esposa, tiene relaciones con su amante, trabaja, le hacen una revisión
médica (incluso de la próstata), entre otras cosas. La ciudad está revuelta y
hay un tráfico infernal, el presidente está de visita, una estrella de la
música ha muerto y hay manifestaciones sociales. Pero, él quiere cruzar la
ciudad para cortarse el pelo. Además, nos enteramos de que alguien quiere
matarlo. La película muchas veces pretende más de lo que consigue y los
personajes no logran ser vitales. La empatía con ellos es imposible. Todo
parece una gran alegoría. Este tipo parece ser el dueño del mundo, se pasea por
él, lo observa a través de su ventana, pero no lo toca. En el peor de los casos
juega con la suerte de los demás para tratar de sentir algo. La sinrazón y la desazón
de una vida que parece ser la materialización del sueño de la sociedad
contemporánea es el gran tema de Cosmopolis.
Vivimos tiempos
en los que los pocos pueden ver desde sus terrazas como se cae el mundo a
pedazos, cómodos, pero totalmente vacíos. Lo que es peor es que las grandes
mayorías viven ese lento y horroroso cataclismo, en el que la miseria física
sólo es superada por la pobreza interna. Creemos que hemos sobrevivido al fin
del mundo, cuando lo único que estamos haciendo es vivirlo de manera poco
espectacular y extendida. Y, curiosamente, no hacemos nada para cambiarlo.

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