La patria profunda


Andrés Laguna

Desde mi punto de vista, La nación clandestina (1989) de Jorge Sanjinés es para el cine boliviano lo que Citizen Kane (1941) de Orson Welles es para el estadounidense, lo que À bout de souffle (1960) de Jean-Luc Godard es para la nouvelle vague, un momento de inflexión, un momento revolucionario artística y discursivamente, el punto más brillante de un momento brillante. La nación clandestina es la cinta mayor de la filmografía nacional.

La película cuenta el regreso de Sebastián Mamani (Reynaldo Yujra), de Sebastián Maisman, a Willkani, su comunidad altiplánica. Sebastián dejó a su familia de niño, sus padres lo dejaron a cargo de los patrones, vivió en la ciudad. Cuando creció se hizo militar represor, se cambió de apellido, fue matón de Inteligencia, volvió a su comunidad, se hizo líder, aprovechó su condición para hacer negociados y para hacer maniobras políticas, traicionó a su gente, lo expulsaron para siempre. La nación clandestina es una película sobre los constantes viajes de Sebastián, su viaje hacia la alienación, su viaje hacia la negación de sí mismo, su viaje hacia la bestialización, su viaje hacia la corrupción, su viaje hacia el arrepentimiento, su viaje hacia la redención a través del Jacha Tata Danzanti (Gran Señor Danzante). Pero, ante todo, La nación clandestina es el viaje de retorno a los orígenes. En la cinta, Sebastián camina desde La Paz hasta Willkani, el camino, algunos rincones e imágenes, le traen recuerdos. El camino de regreso remite al camino de salida, el volver contiene al irse. El lento desplazamiento de Sebastián lo conduce a su destino, lo conduce hacia lo que realmente es. El viaje de La nación clandestina es el viaje hacia uno mismo, hacia la patria verdadera, hacia la nación que nos acoge, hacia el lugar al que siempre pertenecemos. La reflexión que plantea la enorme obra del maestro Sanjinés, es la reflexión, es el camino que todo boliviano que se considera boliviano debería sentirse obligado a seguir.

Su influencia es enorme, no sólo es imposible pensar el cine político, social, indigenista, boliviano y latinoamericano sin ella, muchos de los realizadores nacionales actuales más propositivos le deben mucho a la Nación clandestina. Muchos artistas, sociólogos y políticos fueron iluminados por la lucidez del discurso ético y estético de esta cinta. Por ejemplo, Zona sur, la excelente cinta de Juan Carlos Valdivia, dialoga constantemente con ella, le rinde homenaje. La utilización del plano secuencia integral, uno de los recursos estéticos y discursivos más recurrentes, más característicos del cine de Sanjinés, es evidente en la cinta de Valdivia, está presente en casi toda la película. Ese movimiento de cámara circular, contiene una visión del tiempo y el espacio, contiene una visión del ser en el mundo, contiene la complejidad de la llamada “cosmovisión andina”, contiene la forma de mirar que tenemos los bolivianos.

En Zona sur, a través de la vida cotidiana y tediosa de una familia de clase alta paceña, de su interrelación con sus empleados, nos compenetramos con una parte del país, observamos de cerca lo que Bolivia también es. El gesto es muy parecido al que propone La nación clandestina. El desplazamiento siempre debe conducirnos al origen, esa es la única posibilidad para ser lo que debemos ser, el movimiento interno debe conducirnos al mismo lugar del que salimos. Sí, algo así como el eterno retorno que anunció Nietzsche.

Hay una escena especialmente emotiva e importante en Zona sur que me parece pertinente recordar: el entierro del niño. El mayordomo de la casa, Wilson (Pascual Loayza), debe volver a su comunidad para sepultar a su hijo muerto. Andrés (Nicolás Fernández), el hijo menor de la familia, se esconde en el auto y acompaña al empleado de su madre. El hijo de Wilson será enterrado en un ataúd pequeño, apropiado para su cuerpito inerte. El cajón se parece mucho a los que fabricaba Sebastián Maizman, Sebastián Mamani, en su carpintería, poco antes de iniciar su viaje de regreso a su comunidad, esos ataúdes enanos en los que se podría sepultar a una nación joven.

Cuando los comunarios levantan al ataúd del hijo de Wilson, todo se parece al entierro de Maizman, al renacimiento de Mamani. No estoy del todo seguro, tal vez mis emociones me jugaron una mala pasada, pero me pareció que en el chulo de uno de los comunarios estaba bordado el apellido Mamani.

La nación de la que nos hablaba Sanjinés está saliendo de la clandestinidad, se está haciendo visible.

Señores, esa escena de Zona sur lo dice: Bolivia ya no es un país de Maizmans, por fin, vivimos en un país de Mamanis.

Comentarios

(Diego Loayza) Oneiros ha dicho que…
Sin duda, La Nación Clandestina es lo mejor que tiene para ofrecer el cine boliviano y luego están Yawar Mallku, Ukamau, El Coraje del pueblo y Fuera de aquí... luego el que quieran de los demás.
Quizás LNC es la mejor porque la lucidez del director se sobrepone a cualquier atisbo de ideología o de idealización y es un momento de pureza autoreflexiva (a través de una poesía inigualable) como pocos en la historia nuestra.
Andrés Laguna ha dicho que…
Querido Diego,

Gracias por el comentario. Totalmente de acuerdo contigo. Creo que el artista mayor del nuestro país es Sanjinés. La Nación Clandestina es su obra maestra.