Sandro: el romancero gitano


Andrés Laguna

Clásico recurrente de los karaokes, sueño erótico de las “otoñales” nenas, incondicional de “Qué tiempos aquellos” –el programa de Raúl Cardona-, ícono de la cultura popular latinoamericana, arquetipo del súper macho, ídolo de masas, estrafalario, protagonista de algunas de las películas más curiosas de la filmografía argentina, leyenda absoluta. Todo eso fue Sandro de América. Su muerte llamó la atención del mundo hispano, despertó afiebradas declaraciones de fanatismo, frases de admiración desmedida, llantos descontrolados, obituarios súper elogiosos, casi 45 mil personas se acercaron al Congreso nacional argentino durante su velorio, buena parte de las personalidades de la farándula latina se reconocieron como sus íntimos amigos y confidentes. Todo lo de rigor cuando una celebridad estira la pata. Un fenómeno curioso y, francamente, fastidioso, que llegó a su punto máximo con la muerte de Jacko, que espero no desgaste de la misma manera a la imagen del Gitano.

Es imposible dejar de recordar a Sandro, todos crecimos escuchando su voz grave, potente y temblorosa, viendo sus extravagantes interpretaciones en la televisión, sufriendo sus películas domingueras. Para mi generación, más para los hombres, Sandro era algo así como un placer culposo. Tenía algo que gustaba mucho, una fogosidad tan rockera, una desfachatez envidiable. Pero era tan teatral, las letras de sus canciones eran tan cursis, era tan histriónico, que daba una enorme vergüenza ajena. Hoy, a la distancia, me doy cuenta que Sandro sólo es comparable con interpretes de la talla de Rafael, cantantes que son mucho más que eso, que sobreactúan, que exageran sus ademanes, que divierten enormemente, son entertainers, verdaderos showmen, son hombres de espectáculo.

Como ya todos lo deben saber, el nombre verdadero de Sandro era Roberto Sánchez, logró con habilidad que su identidad de civil permanezca en el espacio de la intimidad. Para todos los mortales Roberto era Sandro de América, la leyenda gigantesca construida por su interpretaciones impetuosas, por su sex-appeal, y sostenida por sus nenas, por su ejercito de fanáticas. Dicen que en la vida cotidiana era un tipo muy humilde, simpático, con un gran sentido del humor, que jamás olvidó de sus orígenes populares. Se paseaba por su barrio, en Banfield, como cualquier mortal, charlando con quien se le cruzaba, era amable con todos. Pero siempre se lo recordará como el Gitano. Siempre será el tipo de pelo en pecho que con un movimiento de caderas derretía a millones de mujeres y, no vamos a negarlo en estos tiempos, de hombres. Sandro será inmortal a través de su faceta más glamorosa y menos humana. Lo que tal vez sea una pena.

Roberto Sánchez comenzó a convertirse en Sandro, entonando acordes rockeros y beats, cantando versiones en castellano de piezas de The Rolling Stones, de The Beatles, de Elvis, de The Animals y de Pete Seeger, entre varios otros. Frecuentó los mismos lugares y los mismos espacios físicos y creativos que los pilares fundamentales del rock argentino. Junto a su legendaria agrupación Los De Fuego, se inició junto a músicos como Moris, Tanguito, Miguel Abuelo y Litto Nebia, tocando en los boliches más nefasto del Gran Buenos Aires.

Fuertemente influido por la pinta, el estilo, la vocalización y la inquieta pelvis de Elvis Presley, se convirtió en una especie de símil criollo. Pero, Sandro tenía en común con The King algo más que todo lo mencionado. Protagonizó un puñado de películas realizadas con el único objetivo de alimentar su imagen pública, que por lo general compartían título con sus canciones más célebres. Además, lo que me parece más relevante, es que era un auténtico pionero del rock de su país que terminó cantando baladas y melodías románticas, algo melosas y un poco grasas, que conquistaron de manera definitiva al gran público y le dieron un espacio privilegiado en el imaginario popular. No fueron sus versiones traducidas de hits rockeros lo que lo convirtieron en una leyenda, en una celebridad de proporciones mayores, en un referente del pueblo, fueron piezas pegajosas e inolvidables como “Rosa, Rosa”, “Dame el fuego de tu amor”, “Penumbra” o, el punto de quiebre de su carrera, “Quiero llenarme de ti”. Lo que también es interesante es escuchar y ver algunas de las versiones en vivo de sus canciones más icónicas, muchas tienen arreglos muy rockeros y divertidos. Lo que nos permite entender que las estructuras de sus grandes éxitos no renegaban del todo de las raíces musicales del Gitano. Vistiendo sus atuendos estrafalarios, cantando con compromiso, moviéndose como una especie de James Brown porteño y menos agraciado, Sandro arranco los gritos y los aplausos de tres generaciones. El público masivo, a pesar de su característico gusto poco refinado, no puede estar equivocado del todo.

Sus particulares movimientos de pelvis le generaron problemas, se lo acusó de ser pornográfico. Algunas de sus canciones fueron prohibidas por la dictadura, no porque hayan sido peligrosas social y políticamente, sino porque los fascistas generalmente son conservadores y les parecía que el Gitano cantaba versos heréticos. Ja. Muchos lo criticaron por no asumir una posición en contra de la dictadura, por no ser más contestatario, por no ser de izquierda, por no ser más rebelde, por ser conservador. Pamplinas. Sandro nos entretenía y afiebraba a sus seguidoras, lo que también era un espectáculo divertidísimo, no había que pedirle mucho más. Con su dramatismo romántico forjó una leyenda. Una leyenda kitsch, pero leyenda al fin. No era un cantante militante, era un cantante romántico. Era un amante, no un guerrero. Ja.

Su enorme adicción al tabaco lo fundió. Había recibido un doble trasplante cardiopulmonar en el Hospital Italiano de Mendoza. Fue mucho para él. Hoy lo lloran su familia, sus amigos, sus nenas, su gente, y tantos otros lo despedimos con cariño.

Somos muchos, millones, los que disfrutamos de beber alcoholes fuertes, escuchando y, de acuerdo a la cantidad de copas, entonando canciones del Gitano, del Sandro de América. Y nos regocijarnos en nuestro más íntimo y placenterísimo momento kitsch. Cantar con la voz medio quebrada y muy eufórica: “Penas y penas y penas/ hay dentro de mí/ y ya no se irán/ porque a mi lado tu no estás./ Te recordaré/ como algo que fue/ sólo un sueño hermoso/ nada más”.

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