Django, el Emancipador
Andrés Laguna Tapia
Quentin Tarantino tiene una
cualidad que, me parece, sólo comparte con Martin Scorsese, es capaz de causar tanta
admiración en la crítica, como entusiasmo en el público masivo. No por nada su
última película, Django Unchained
(2012), que se estrena en salas locales, ganó dos Globos de Oro (Mejor guión y
Mejor actor de reparto), está nominada a cinco Oscar y ya es un rotundo éxito
de taquilla. Pero, como también suele ocurrir con sus obras, tiene un
importante número de detractores, de criticas a su excesivo uso de la
violencia, a su incorrección política, a su trivialización de la historia o de
hechos sociales, a sus frecuentes y previsibles soluciones “ingeniosas”. El
rabioso y no por ello menos brillante director de cine Spike Lee, que ya mostró
su enojo por el uso del término “nigger” o “nigga” (que en los Estados Unidos
es impronunciable, salvo por afroamericanos) en Jackie Brown (1997), volvió a declararle la guerra a Tarantino.
Aseguró que Django Unchained es una
total falta de respeto a sus ancestros y llamó al público a boicotear la
película. Arenga que, por las cifras de la recaudación, no dio resultado. Además, dijo que la esclavitud en los
Estados Unidos no fue nada parecido a un spaghetti
western, que fue un Holocausto. Tal vez Spike Lee no consideró que
justamente la película anterior de Tarantino fue Inglourious Basterds (2009), una cinta sobre la Segunda Guerra
Mundial y, relativamente, sobre el Holocausto, estaba en clave de película
bélica clase B. Es que con sus códigos tan reconocibles y por momentos cómodos,
el director de Reservoir dogs (1992),
tiene el valor de tocar cualquier tema y corre el riesgo de ser crucificado por
quienes creen que hay algunas cuestiones que sólo pueden ser tratadas con
solemnidad. Tarantino es un canalla, un tipo que está dispuesto a romper
cualquier límite para no dejar indiferente al espectador. En ese intento, sus
historias pueden perder intensidad, pues los excesos pueden adormecer,
anestesiar. Pero lo que es indudable es que es un director de cine prodigioso,
con oficio, conocedor de su materia, un genuino apasionado.
Si con True Grit (2010) los hermanos Coen se encargaron de actualizar al western clásico, al western que tiene como figura patronal a John Ford, ese que tanto
añoran los académicos, en Django
Unchained Tarantino hace algo similar con el spaghetti western. Desde el inicio de su carrera se ha encargado de
darle prestigio al cine que no lo tenía, de homenajear a todas esas obras, a esos
autores, a esos géneros y subgéneros que fueron despreciados por la crítica ortodoxa
y por el orden establecido, pero venerados por hordas de leales espectadores.
Convirtió productos de explotación en objetos de arte o, mejor, en fuentes de
verdaderos objetos de arte. Sus películas son articulaciones de lo más
brillante y perdurable de todo ese cine menor, que muchas veces ni siquiera es
de culto y que su aporte creativo es totalmente involuntario. Al ser también un
formidable conocedor del cine mayor, echa mano de él, aunque de manera menos
evidente, hace referencias más sutiles y poéticas, con las que puede llegar a
tener resultados formidables. Pero el cine de Tarantino no es un ocioso ejercicio
enciclopédico, ni un catálogo de rarezas. Aunque el arte siempre cuenta las
mismas historias, aunque es una constante reescritura, y Tarantino es uno de
los autores que mejor lo ha comprendido, tiene la gran cualidad, de plasmar en sus obras una visión propia y
singular del cine. Aunque a veces da la impresión de que hace uso de una
formula que sabe que funciona, lo hace con tanta convicción e invención que
logra obras de una potencia notable, que mueven y conmueven al espectador en su
espectro amplio.
Django Unchained, a primera vista podría parecer un remake de la película de Sergio Corbucci Django (1966), pero no pretende ser un spaghetti western modélico, sino también es una historia clásica, una
epopeya en la que el héroe, iniciado y preparado por un maestro, va en busca de
su amada, de su damisela en peligro, dispuesto a vencer todos los peligros con
los que se encontrará en el camino. No en vano, se hace directa referencia al
fundamental mito nórdico, protagonizado por Siegfried, que inspiró a Richard Wagner
para componer su célebre ópera.
La película comienza cuando
el Dr. King Schultz (ese delicioso Christoph Waltz), un supuesto dentista
ambulante, intercepta a unos esclavistas que están transportando a hombres
encadenados para venderlos. Schultz quiere adquirir un esclavo que pueda
reconocer a los hermanos Brittle, unos bandidos buscados por la ley. El único
que puede hacerlo se llama Django (Jamie Foxx). En ese momento comenzará la
relación de dos hombres que tiene poco en común, pero que, por diferentes
razones, son incapaces de soportar la esclavitud. Schultz, confiesa que no
practica su oficio desde hace años y que ahora es un caza recompensas. Le
propone a Django darle la libertad a cambio de que identifique a los hombres
que busca. El esclavo le responde que lo que le interesa es encontrar y liberar
a su esposa, Broomhilda (Kerry Washington), una esclava que comparte nombre con
la amada de Siegfried, el héroe nórdico. Tal vez seducido por el romanticismo
de la historia, tal vez empujado por razones puramente humanas, Schultz se
compromete a convertir a Django en “la pistola más rápida del oeste” y a
ayudarlo en su misión. La primera mitad de la película es la preparación del
héroe del título y de las aventuras que vivirá junto a su mentor. Tarantino,
que quiere mantenerse fiel a su vocación de resurrección de carreras, hace que
se enfrenten a un terrateniente llamado Big Daddy Bennett, encarnado por ese
rancio Don Johnson (sí, el de Miami Vice),
y nos regala un inolvidable enfrentamiento con un germen del Ku Klux Klan,
entre otras situaciones que se pueden atesorar. Desde esa primera mitad,
Tarantino dibuja a un mundo bestial, poblado de seres repugnantes, miserables,
racistas, patéticos.
Cuando están preparados para
rescatar a Broomhilda, saben que no será fácil hacerlo. Pues está en Candyland,
la plantación de Calvin Candie (un Leonardo DiCaprio en inmejorable forma), un
violento, francófilo, pseudosofisticado, incestuoso, señor sureño (Tarantino
tiene debilidades por el cliché y este personaje es una interesante
construcción a partir de los lugares comunes que se tienen de los
terratenientes del sur de los Estados Unidos). Candie, además de vivir de la
agricultura esclavista, es un empresario de peleas mandinga, en las que dos esclavos combaten hasta la muerte. Esta
afición servirá para que Schultz y Django puedan infiltrarse, haciéndose pasar
por compradores de luchadores. En la plantación se cruzan con algunos de los
personajes más sanguinarios y viles que se puedan imaginar, pero uno es
especialmente interesante y es un pilar para la película, Stephen (Samuel L.
Jackson, más brillante que nunca), el mayordomo de Candie. Este personaje, una
suerte de Tío Tom de hierro, me recordó tanto a esos innumerables personajes de
la novelas indigenistas clásicas y, claro, a muchos de esos “Jóvenes por la
democracia” que salieron a la calle en ese nefasto 11 de enero de 2007. Es
alguien tan colonizado (ah, ese término tan trivializado en nuestro medio hoy
día), tan esclavizado mentalmente, tan acomplejado, que odia lo que es, que es
el más feroz represor de sus semejantes y el guardián de los intereses de sus
victimarios.
A partir de ahí el
difícilmente igualable talento de Tarantino como corógrafo de secuencias de
acción se hace evidente, sus incontables diálogos afilados se apilan en la
memoria y los hechos se suceden,
entre la violencia y la emoción, de la forma más obvia en una histórica
modélica, en un cuento clásico, en una narración lineal y efectiva.
Se supone que esta película
es la segunda parte de una trilogía dedicada al revisionismo histórico, que evidentemente
comenzó con Inglourious Basterds. Lo
que parece curioso e interesante es que para el director de Pulp Fiction (1994) ese revisionismo es
más una suerte de revanchismo histórico, en la que las victimas se convierten
en verdugos de sus victimarios, un ajuste de cuentas cinematográfico. En el caso
de Inglourious Basterds, el grupo de
soldados judíos estadounidenses –que dan título al filme- se encargan de
ajusticiar al Coronel Hans Landa (Christoph Waltz) y la dueña de un cine, Shosanna
(Mélanie Laurent), una joven judía, le prende fuego a la cúpula de Tercer Reich,
incluidos Hitler (Martin Wuttke) y Goebbels (Sylvester Groth). En esta última
cinta Django, el esclavo liberado, es el responsable de mandar al infierno a
sus opresores. Tarantino le pone rostro a ese ser que el cine quería olvidar,
el sanguinario esclavista, Candie, es un arquetipo de toda una casta que según
el director merecía la extinción más cruel, además, a manos de sus víctimas. Esta
historia tiene poco que ver con, por ejemplo, con las gestas abolicionistas de John
Brown y sus insurrecciones armadas. A través del cine, Tarantino no sólo nos
permite ver que es lo que piensa de algunos momentos de la historia de la
humanidad, destila sus más viscerales sentimientos hacia ciertos sectores
sociales y hacia ciertos personajes, se cobra cuentas, hace su “justicia”. A
través del cine reinventa la historia del mundo, plasma ciertos anhelos.
Supongo que hace realidad sus sueños y, sí, muchas veces hace que los
compartamos. Hace una reescritura de esa historia que lo configura y, de alguna
forma, la ajusta a su medida. Ese gesto que puede ser infantil o inocente,
tiene un gran poder. Pues, al fin y al cabo, nuestra historia, nuestra verdad,
no sólo son los hechos objetivos, sino principalmente son la narración que
hacemos de ellos, la historia que nos contamos a nosotros mismos y que
terminamos creyendo.
Uno de los puntos fuertes
del cine de Tarantino es que va con ligereza de la parodia al homenaje, para
disfrute de los cinéfilos más enciclopédicos. El producto final, cargado de
lugares comunes, de guiños, de situaciones revisitadas, suele terminar siendo
fresco, divertido y poderoso, en especial, para un público que busca en el cine
la evasión más pura y salvaje. Y, ahí está la madurez del cine de este venerado
director, revisita la historia, la historia que ha escrito para adoptar, está
llena de sentido del humor, sin ningún tipo de grandilocuencia.
Django
Unchained dura
2 horas y 45 minutos, lo que suena excesivo, pero no se siente. La cinta no es
perfecta, a veces es bastante predecible, el soundtrack está un poco
sobrecargado de referencias cinéfilas innecesarias, muchas veces se
desaprovechan oportunidades para ser más punzante con algunos temas y se
trivializan otros, no llega a ser una obra maestra. Pero en esta película hay
un auténtico intento de redimir nuestra triste historia, lo que es tan irreal
como sugerente. Si la palabra crea y transforma, el poder creador del cine no es
despreciable. Tarantino está reescribiendo una historia con la que se siente
más cómodo, con la que muchos se sentirán más cómodos. Más allá de contarnos o
no entre ellos, resulta fascinante atestiguar la historia que otros hubiesen
querido heredar.
* Una versión de este texto fue publicada en la Ramona de Opinión, el 3 de febrero de 2013.
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