La voz de Dios


En diciembre del 2008 escribí esta nota, por alguna razón, me parece pertinente sacarla de su escondite ahora.

Andrés Laguna

Cuando la semana pasada mi buen amigo Javier Rodríguez me avisó que Odetta, una de las voces más importantes e influyentes del folk y del blues, acababa de morir sentí que el mundo había perdido buena parte de su belleza. Descubrí a Odetta hace relativamente poco tiempo, pero, desde que la escuché nada volvió a ser igual, sentí que había desperdiciado buena parte de mi vida escuchando a artistas menores, de poca relevancia. Porque cuando uno escucha por primera vez la voz de Odetta cada una de las células del cuerpo tiemblan, los ojos se llenan de lágrimas, una sensación muy parecida a un orgasmo recorre cada uno de nuestros rincones, los objetos comienzan a dar vueltas. La intensidad de la pureza nos invade. No creo haber escuchado jamás a una mujer con una voz tan potente, no creo haber escuchado jamás a una voz con una mujer tan potente. Cuando Odetta cantaba no era tan glamorosa y seductora como Etta James, no era tan oscura y resquebrajada como Billie Holiday, no era tan versátil y eléctrica como Nina Simone, no era tan luminosa y prolija como Ella Fitzgerald, no era tan espiritual y popular como Aretha Franklin. Pero tenía algo más, algo muy difícil de describir. Odetta era un fenómeno de la naturaleza, su voz era como un terremoto, mejor, como un tsunami. Su voz se conectaba con la audiencia emocionalmente, sí, pero también lo hacía de manera física. Impresionante.
Odetta (Birmingham, Alabama, 1930-Nueva York, 2008) comenzó a cantar desde muy chica, algunos dicen que su voz fue descubierta en la iglesia y otros en la escuela. Pero, recién tuvo algún tipo de entrenamiento a los trece años, su madre, haciendo todos los sacrificios del mundo, pagó para que recibiera lecciones de canto lírico. Gracias a esa formación, más allá de que la voz de Odetta haya tenido un timbre muy particular, su registro es envidiablemente amplio y su técnica es impecable, con la misma comodidad con la que cantaba notas altas, cantaba notas bajas. Comenzó siendo soprano, luego pasó a ser mezzo-soprano, hasta que descubrió la música popular y comenzó a cantar casi como una especie de barítono, fue la contra-alto más extraordinaria de la historia del blues. Se dice que Odetta fue descubierta a nivel profesional en el legendario club de folk “Blue Angel” por el gran Pete Seeger y Harry Belafonte, dos de las figuras mayores de la música popular del siglo pasado. Ellos intercedieron con la industria para que Odetta pudiera grabar su primer LP, The tin angel, un disco inaugural que revolucionó la forma de cantar.
Sin duda, la década más activa de Odetta fue los 60’s, grabó dieciséis discos, entre los que se encuentran Odetta at Carnegie Hall, Christmas Spirituals, Odetta and the Blues, It's a Mighty World y Odetta Sings Dylan. Este último es el primer disco de homenaje al gran Bob y se dice que es uno de los mejores; lo que es curioso es que el mismo Dylan reconoce que el brillante disco doble Odetta Sings Ballads & Blues fue una fuente de inspiración para él y lo llevó a interesarse en el folk. En 1999 grabó su primer disco después de 14 años, Blues Everywhere I Go, y los siguientes años no dejó de trabajar. Grabó placas maravillosas como Livin' with the Blues, Looking for a Home (un magnífico álbum de canciones compuestas o popularizadas por el venerable Leadbelly) y Gonna Let It Shine (del 2005, su último disco, una joya que fue nominada a los Grammys y que no ganó injustamente).
Odetta fue la voz del renacimiento del folk y del movimiento de los derechos civiles, fue un símbolo en contra del racismo y fue una artista extraordinaria. Clinton, cuando era presidente, le dio un premio en el que se la reconocía como uno de los grandes tesoros de la música estadounidense, Scorsese la nombró en su maravilloso documental No Direction Home: Bob Dylan y no son pocos los artistas que la reconocen como una influencia determinante en su carrera, entre ellos se encuentran gigantes de la talla de Janis Joplin y Joan Baez. Pasó sus últimos años atada a una silla de ruedas, pero, siguió cantando y su voz parecía intacta. No. Con los años se puso más hermosa, jamás perdió potencia, jamás se desgastó con el tiempo. Verla y escucharla, diminuta, con el cabello casi blanco, sentada, sin poder caminar, pero derrumbando muros, pilares y rostros con su voz es una experiencia arrolladora. Si Dios existe y tiene voz, se debe parecer a la de Odetta. Sus versiones de piezas como “Take This Hammer” de Leadbelly, “How Long Blues”de Leroy Carr, “Water Boy” de Hooker, “Blowin’ on the wind” de Bob Dylan, y la tradicional “Oh, Papa”, son manifestaciones perfectas de la grandeza humana, del poder de la naturaleza.
La voz de Odetta podía explotar y perforarnos el cuerpo con sus filosas y calientes esquirlas, así como podía arrullarnos en el más dulce y profundo sueño. Su potencia a veces parecía que iba a quebrarse, pero jamás lo hacía, se deslizaba como el viento que mece el trigo. Y todo eso es bellamente desgarrador.

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