La Fogata de Iván Gutiérrez: En busca de la condena y la salvación



Este texto fue leído el 8 de noviembre de 2014, en la presentación de la novela en el cuadro de la VIII Feria del libro de Cochabamba.

Muy buenas noches. Quiero comenzar dando las gracias a todos por su presencia. Me siento muy honrado por estar esta noche junto a ustedes y por compartir este momento con Iván. Es un genuino placer comentar su tercera novela publicada, La Fogata.
Conocí a Iván en 2007, si no me equivoco, cuando ambos éramos editores de dos revistas culturales. Él se estaba iniciando en el oficio junto a dos amigos suyos y me buscaron para intercambiar experiencias. Hace relativamente poco, me confesó que esa charla que tuvimos en un café de la Plaza Principal fue importante para él. Lo que me alegra, pues también lo fue para mí. Muchos de los presentes y de sus lectores saben que encontrar a una persona como Iván Gutiérrez no es algo que se haga cada día. Desde ese encuentro, nuestra amistad ha crecido y he tenido el placer de ser un lector más o menos silencioso de su obra. Qué no quepa duda, por ambas cuestiones me considero un privilegiado.
La Fogata es una novela que, como sus antecesoras, Laura se ve hermosa así y El pulpo, tienen un ritmo impecable, jamás se cae de las manos, jamás agota. Son novelas que pueden ser el antídoto perfecto para esa languidez, ese sopor, esa gravidez, de la que sufre una parte importante de la narrativa boliviana contemporánea. A diferencia de algunos escritores de su generación y de la generación que lo antecede, la obra de Iván Gutiérrez no tiene por materia prima al tedio, sus personajes no se la pasan haciendo nada, todo lo contrario. Lo que se agradece de sobremanera. Hay algo genuino en lo que escribe, es una obra emocionante. Y emocional. Aunque, obviamente, con esto no quiero decir que sea emo (ja).
No me deja de sorprender que en un tiempo en el que las emociones y sus expresiones artísticas parecen haber sido inyectadas con diazepam o propofol y se revuelcan en la banalidad, la obra de Iván Gutiérrez sigue el camino contrario, exacerba a los sentimientos. Justamente, esos son los principios motor de sus personajes. Eso es algo que ya se dejaba leer desde Laura se ve hermosa así y se confirma en La fogata. Lo que me hace intuir que Iván Gutiérrez está a la cabeza de una suerte particular de neorromanticismo de la narrativa boliviana. Algo más que me lleva a hacer esta aseveración es justamente lo que decía anteriormente, se enfrenta y transgrede a las tendencias dominantes de su medio literario más cercano.
Si en una lectura crítica de una obra por lo primero que se debe escudriñar es por la definición de literatura que propone una obra, después de experimentar La fogata creo concluir que Iván Gutiérrez lo que quiere es escribir obras adictivas, que los lectores no puedan dejar de leer. Por tanto, la definición de literatura perfecta que nos propone La fogata se parece mucho a la metanfetamina –aunque sin implicaciones para nuestra dentadura-. Pero hay algo que también es muy relevante y que se confiesa en alguna de las páginas de esta su tercera novela, Iván Gutiérrez lo último que quiere ser es un autor impostor, que necesite de disparar nombres de autores poco conocidos o de bandas de música perdidas para encandilar a sus lectores. Es decir, va en contra de esa extendida tendencia de la literatura contemporánea que confunde su verdadera naturaleza con la de la Wikipedia. Al esquivar la falsa erudición en los tiempos de Internet, al encontrar en los sentimientos íntimamente humanos sus herramientas principales para organizar el viaje inmediato del lector, Iván Gutiérrez configura una obra auténtica, aprueba de bostezos. Pongo como prueba mi experiencia personal, leí esta novela entre largos vuelos y esperas en aeropuertos, ni el jet lag, ni el agotamiento del viaje, pudieron con los seductores encantos de La fogata.
De manera muy básica, la novela es sobre una historia de amor. Sobre una historia de amor que se perdió en el camino, en los recovecos del tiempo. Pero es mucho más que eso. Si Laura se ve hermosa así puede ser considerada como una especie de escritura en clave contemporánea de Romeo y Julieta, La fogata podría ser una suerte de revival narrativo del Cantar de los cantares, del Cantar de Salomón. Sabemos que el mencionado libro Bíblico es un poema protagonizado por dos amantes, un joven pastor y una sulamita, que se han separado, que se buscan con desesperación, que se encuentran y se vuelven a perder, pero que se consuelan bajo la premisa de que “El amor siempre triunfa”. Por su lado, La fogata se articula a través de un falsa investigación para un reportaje encargado a una periodista por el Ministro de Cultura de la pequeña isla homónima de la novela: La Fogata. La reportera, que es la narradora y el personaje central, debe buscar el paradero y la historia de Adolfo Mena González, así como organizar el archivo de este sujeto, que es un héroe nacional para los isleños y que, además, es un escritor maldito. Lo que complejiza la cuestión es que la narradora es el gran amor de juventud de Adolfo, que ha seguido con su vida. El encargo del Ministro de Culturas, hace que ella escarbe en su memoria, en la de Adolfo –a través de sus escritos- y en la de los curiosos personajes con los que se cruza. Poco a poco, casi en clave de novela de misterio o de novela negra, la investigación adquirirá una forma similar a la historia del joven pastor y la sulamita. A lo largo de las páginas del libro, la narradora irá en busca del hombre al que jamás dejó de amar, a pesar de no estar totalmente conciente de ello. Por tanto, en el momento culmen de la novela, Iván Gutiérrez podría haber puesto en los labios de su inolvidable heroína, los versos de Salomón: “¡Oh, si él me besara con besos de su boca!/ Porque mejores son tus amores que el vino./ 1:3 A más del olor de tus suaves ungüentos,/ Tu nombre es como ungüento derramado;/ Por eso las doncellas te aman./ Atráeme; en pos de ti correremos”.
Aunque pueda sonar contradictorio, estéticamente, los personajes y las situaciones que se suceden en La Fogata están en un territorio que parece situarse en medio de la obra de Manuel Puig y la de Charles Bukowski,  pues el encantador melodrama a veces es cínico, a veces patético, a veces es intencionalmente inverosímil y, con mucha frecuencia, es intenso, entrañable, hasta llegar a coquetear con ser un anecdotario de la decadencia. Pues, si bien los personajes principales son los dos amantes que han sido separados por la vida y por su propia inmadurez, por sus impulsos salvajes, pero que se buscan hasta sin saberlo, para poder reconstruir su historia compartida y sus enrevesadas historias separadas, por la novela desfilan un sinnúmero de personajes secundarios que son perdedores por antonomasia, llenos de tics y manías coloridas, justo como en la novelas de Puig y Bukowski. La narradora y Adolfo se cruzan con guerrilleros casi delincuenciales, con editores eruditos, con tatuadores excéntricos, con músicos en desgracia, con actores de cine porno de bajo presupuesto, con viejos indecentes, con floristas new age, con ingenieros civiles bonachones, con meseros seductores, con prostitutas extraviadas, con policías que están al margen de la ley, con padres desesperados, con gente que por lo general tiene animo de amar, pero a la que se le niega de una u otra forma esa posibilidad. Más o menos como pasa en Laura se ve hermosa así, su primera novela a la que se le hace un sutil guiño en uno de los pasajes finales de La fogata. Tal vez ahí radique la gran constante de la obra literaria de Iván Gutiérrez, ahí también está su coincidencia con el Cantar de los cantares, sus personajes actúan en pos del amor, que puede haber sido arrebatado o simplemente perdido por negligencia, pero que no se tiene cerca, que no se tiene fácil. Si hay algo que me parece formidable de esta cuestión es que los protagonistas jamás sufren en silencio o inmóviles, se embarcan en la aventura hasta incluso poder sacrificar lo más valioso, lo más preciado. Jamás se quedan inmóviles al borde del camino. La narradora atraviesa el tiempo, el espacio, se enfrenta a los distintos rostros del otro, a todos los peligros e incomodidades que eso puede implicar, en pos del ser amado. En su búsqueda incluso llega a convertirse en él, a resolver asuntos que Adolfo había dejado pendientes. Su aventura, su faena, su investigación, es un camino de redescubrimiento y de reafirmación de sus sentimientos, de sus emociones y, por tanto, de sí misma. A través de la búsqueda del ser amado, se descubre a sí misma, encuentra su lugar en este mundo.
Para concluir me animo a jugar con unos bellos versos de Jaime Sáenz. Aunque La fogata da testimonio de que el amor condena, también nos recuerda que es lo único que salva.
Muchas gracias.

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