In memoriam Leanord Nimoy (1931–2015): La larga y próspera presencia del Sr. Spock
Andrés Laguna Tapia
Existen actores que terminan
siendo sus personajes. Eso es lo que en la industria, se suele conocer como typecasting. Identificamos tanto a un
intérprete con el papel que lo hizo célebre, que nos es imposible verlo
encarnando a nadie más. A nivel laboral, eso puede ser una catástrofe, sobran
los ejemplos de carreras que no han podido tener más que una sola dirección, más
que un solo camino, que han sido una sucesión frustraciones. El cine y la
televisión, al tener como materia prima a las imágenes en movimiento, gravan en
la memoria de los espectadores los rostros que contienen la personalidad, el
carisma, el ser de un personaje. Mucho más cuando este es memorable.
En la cultura
popular contemporánea, pocos rostros son más reconocibles y queridos que el de
Leonard Nimoy encarnando al Sr. Spock, el racionalísimo primer oficial de la
nave USS Enterprise. De orejas puntiagudas y voz profunda, desde que lo encarnó
en la versión clásica de la serie Star
Trek (Viaje a las estrellas) y en
las películas que la sucedieron, Nimoy es
Spock. Spock es Nimoy (Olvidemos la versión a la Dumb and Dumber del personaje de Zachary Quinto). Imagino que en un
principio esa rígida identificación debió frustrar a Nimoy. Hoy estoy seguro
que ella fue el camino seguro a su inmortalidad.
Personalmente,
no soy un trekkie, estoy lejísimos de ser un fanático de la saga y su mitología.
Aunque no me la perdía, cuando la televisión boliviana llenaba su programación
de las mañanas de fin de semana con series estadounidenses de la década del ’60
y del ’70. Desde niño los argumentos de los capítulos me parecían poco
inteligentes, los efectos especiales me eran casi ridículos y el Capitán
William T. Kirk me parecía un petulante insoportable. Durante años, al igual
que el personaje de Edward Norton en Fight
Club, me hubiese gustado pelear a golpes con el actor que hacía de él: William
Shatner (hasta que lo volví a ver en la serie Boston Legal y aprendí a amarlo). La razón más poderosa por la que Star Trek me gustaba era Spock. De niño
me parecía inconcebible que no sea el indiscutido líder de la flotilla
espacial. Era brillante, carismático, leal y dueño de una de las mejores frases
de la historia de las series de televisión: “Larga vida y prosperidad”. Spock
era lo suficientemente humano como para ser sujeto de cariño y era lo
suficientemente extraterrestre como para sentir admiración incondicional por
él. Casi siempre estaba en lo correcto y explicaba todo con tanta claridad: Era
inamoviblemente centrado. Eso me sigue pareciendo cautivante.
Lo que
humanizaba al casi infalible Spock era su evidente e inquebrantable relación
con el fondón de Kirk. A pesar de ser infinitamente superior al Capitán,
siempre, siempre, terminó siéndole leal. Todos los que siguieron la serie
recordarán su célebre declaración: “Siempre he sido, y siempre seré, su amigo”.
Para este sujeto, vulcaniano por parte de padre y humano por parte de madre, esa
promesa podía significar entregar la vida por el amigo. Por muy inepto que este
sea. Como sucedía con Kato y el Avispón verde, el segundón era mucho más atrayente
y poderoso que el personaje principal, el galán desangelado. Resultaba un
misterio casi irresoluble que se mantengan fieles a un sujeto inferior. Pero
eso mismo los hacía más interesantes. Por eso si existen dos personajes
entrañables en la ciencia ficción, esos son Han Solo y el Sr. Spock. El
impulsivo por antonomasia y el lógico por excelencia. El aventurero
irresponsable que en el fondo tiene un gran corazón y el ser ultrarracional que
en el fondo justifica sus acciones a través de la emotividad. Y, por tanto, de
su gran corazón. A más de uno nos hubiese gustado ver interactuar esa dupla,
ver ese cruce de mitologías. Aunque, pensándolo bien, tampoco sería
despreciable ver un romance entre la Princesa Leia Organa y la Teniente Nyota
Uhura.
Más allá de su Viaje a las estrellas, Nimoy durante
años fue anfitrión de esos programas en los que se intentaba aclarar diferentes
tipos de misterios. Al menos para quien escribe, en ellos no parecía ser más
que una expansión del personaje que lo hizo célebre. Spock fue maravilloso
porque era misterioso como lo es la razón más pura. Pero también porque era
conciente de que esa razón se justificaba en el compromiso más emotivo, en la
amistad capaz de sobrevivir a lo que sea. Tal vez por eso funciona tan bien
como espíritu tutelar de Sheldon Cooper, el excéntrico físico teórico de The Big Bang Theory, otro personaje que
detrás de su ultra racionalidad esconde su más pura sensibilidad, su
dependencia de lo social y de la amistad. Aunque esto pueda implicar
complicaciones mayores.
Si podemos
intuir que la inmortalidad es larga y próspera, supongamos y esperemos que esa
es la existencia después de la muerte que le espera a Leonard Nimoy, al genuino
Sr. Spock.

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