Navegantes y viajeros, algunas reflexiones a partir de los Talleres de Literatura y Cine

Leí este texto en la presentación boletín literario Nº14 “Taller Literatura y Cine 2008” del Centro Simón I. Patiño en diciembre del 2008. Es un texto que me gustó mucho escribir.
Andrés Laguna
Régis Debray, el gran intelectual francés, fundador y exponente mayor de la mediología, en su fabuloso e interpelante libro Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada de occidente, afirma que desde hace algún tiempo dejamos de vivir en la grafósfera, el universo, el espacio, la edad del libro, del texto escrito, del texto impreso. Ahora, desde la invención del soporte audiovisual, vivimos en la edad de la videósfera, es el tiempo de la imagen en movimiento. No me parece pertinente entrar en muchos más detalles de la teoría del maestro Debray, por cuestiones de contexto, pero creo que vale la pena recalcar que esa es una afirmación difícilmente contestable. Aunque algunos amigos comunicólogos podría comenzar a especular, a citar algunos nombres, teorías y textos más de moda.
Lo que me interesa apuntar es que, evidentemente, en cada momento de su historia el ser humano siempre tuvo un inconciente visual, un foco central de sus percepciones. Un arte de las artes que a partir de sí mismo integra o modela a las otras artes a su imagen y semejanza. Un arte que está conectado con la ciencia, la tecnología y el mercado. Un arte que sea consumido masiva y vorazmente. Creo que incontestablemente el arte que reinó el siglo XX y reina el XXI es el cine. En ese espacio nacen las modas y los hábitos, se adoptan y popularizan las expresiones y los modismos, los íconos y las imágenes conquistan el mundo. Incluso, corrientes políticas e ideológicas encuentran en el séptimo arte a su mejor canal de difusión y de adoctrinamiento. También vale la pena recordar que, popularmente, se dice que la realeza de los Estados Unidos son los actores, los nobles de la mayor potencia mundial son los rostros del cine. La élite del imperio debe ser y es cinematográfica.
El cine -desde que los célebres hermanos Lumière filmaron a ese célebre tren llegando a esa célebre estación, desde que George Méliès imaginó su alucinante rostro lunar, desde que Buster Keaton decidió ser un navegante-, conquistó al mundo con su magia, con toda su capacidad ejecutante, con sus posibilidades de expresar la singularidad de una visión. El cine ha conquistado a grandes y a chicos, ha derrumbado barreras y se ha impuesto como la expresión artística más universal. Eso es evidente. Pero lo que el cine jamás logrará es ser tan interactivo como la literatura, pues en cuanto uno lee una obra literaria, la obra no se revela en su totalidad, el lector debe complementarla, el lector debe participar activamente para dar vida a la obra. El cine es una experiencia completa e independiente que llega a tener proporciones titánicas cuando es asimilada por el espectador, pero sólo la literatura depende absolutamente del lector y, por tanto, le da tanta importancia. El lector es tan autor de la obra literaria como el escritor, puede convertirse en un personaje y ser protagonista de una escena narrada, todo gracias a la herramienta humana más divina, la imaginación. Eso no pasa con el cine, uno se puede identificar con un personaje, uno puede abstraerse, embarcarse en un viaje y olvidarse del mundo, pero, por cuestiones simplemente fisiológicas y físicas, no puede convertirse en el protagonista de la película. La literatura y el cine tienen diferentes caminos. Ambos son maravillosos.
Si la pregunta es: ¿Cuál es el arte mayor? La respuesta sería imposible para las mentes lúcidas y cuidadosas. En el fondo no hay artes mayores, sólo artes dominantes, y su dominación depende nada más que de un contexto histórico, es decir, de situaciones finalmente irrelevantes.
Toda experiencia artística es por excelencia una experiencia profundamente humana. Y siempre merece ser vivida.
Creo que el objetivo de los Talleres de Literatura y Cine que organizó la biblioteca del Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño tuvieron por objetivo principal motivar la lectura. Conducir a nuevas generaciones no lectoras al sacro espacio de la biblioteca, a la experiencia religiosa que sólo se puede sentir cuando uno lee un libro. A través de un arte dominante, el cine, se quiso provocar a las nuevas generaciones a que recurran a un soporte más complejo y exigente, el texto escrito. Creo que sólo la lectura nos permite tener una capacidad de abstracción inmensurable y estimula nuestra imaginación de manera feroz, de manera única. En países como el nuestro, en países en los que se lee muy poco, este tipo de iniciativas son fundamentales.
La biblioteca del Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño invitó a un conjunto de “especialistas”, de amantes de la literatura y del cine, para que hablen sobre esos dos amores. Nos pidieron que escojamos una novela que haya inspirado una película y que hablemos sobre ambas obras, sobre sus puntos en común, sobre su relación, sobre sus similitudes y sobre sus diferencias. Por cuestiones de tiempo no pude asistir a ningún otro taller además del que me tocó impartir, pero, tuve la suerte de leer los textos que hacen un intento por resumir lo dicho en las sesiones. Todas las aproximaciones son distintas, se hacen desde territorios diversos y creo que ahí se encuentra la riqueza de este tipo de actividades.
Debo reconocer que para mí fue un espacio privilegiado, pues si hay algo que me gusta tanto como ver una película o leer un libro es hablar sobre películas y sobre libros. Fue una oportunidad preciosa para mí poder compartir y, claro, delirar junto a otras personas. Creo que el diálogo es el espacio privilegiado e ideal para tratar temas como estos. El cine y la literatura sólo maduran cuando uno habla sobre ellos, cuando uno los comparte, cuando uno se suma a un gesto de generosidad. Creo que si existe un público dispuesto a hablar sobre arte, a reflexionar, a pensar, no todo está perdido.
De todas formas, no creo que haya sido una tarea fácil para ninguno de los panelistas ordenar las ideas y armar una exposición medianamente coherente. Es difícil trabajar sobre una obra literaria y sobre su adaptación cinematográfica porque se parte con un sinnúmero de prejuicios. Por ejemplo, siempre se dice que no se puede hacer una gran película de una gran novela o que sólo se hacen grandes películas de malas novelas. Yo no creo que estas dos afirmaciones sean del todo ciertas. Los talleres lo prueban. Todas las novelas escogidas por los panelistas son grandes obras literarias y todas las películas son, hoy día, piezas clásicas. Sí, es cierto que es muy difícil llevar a la pantalla grande una gran obra literaria. Conocemos incontables fracasos que van desde El hombre de la máscara de hierro hasta El amor en los tiempos del cólera, pasando por una inacabable lista de títulos que no merecen otra cosa que la hoguera. Pero, muchos directores nos demostraron lo contrario, algunos ejemplos no incluidos en los talleres que personalmente me hubiese gustado mucho trabajar son Jean-Luc Godard con Alphaville, los hermanos Coen con No Country for Old Men y con Oh Brother, Where Art Thou?, Jonathan Demme con El silencio de los inocentes, Ridley Scott con Blade Runner, Orson Welles con Falstaff y David Fincher con El Club de la pelea.
Por otro lado, me imagino que a la crítica especializada y al público en general les entusiasma más que se haga una gran película a partir de una mala novela porque, simplemente, el hecho de convertir la basura en oro es casi un milagro. Todos sabemos que Stanley Kubrick era un genio para hacerlo, que Coppola lo hizo con la saga de El Padrino, pero no se me vienen a la cabeza muchos casos más.
Creo que la cuestión fundamental ante la que debíamos enfrentarnos los que participamos en los talleres era comprender que, como decía antes, el cine y la literatura tienen caminos distintos, se hacen grandes, cuando tienen caminos distintos, cuando tienen lenguajes propios. Cuando un guionista y un director buscan traducir en imágenes lo que está escrito con palabras fracasan rotundamente. Una cinta basada en un libro sólo se hace importante cuando desarrolla su propio lenguaje, su propio universo, sus propios símbolos. Si bien no se debe olvidar que el cine siempre contiene una actitud primigenia que es evidentemente literaria -el guión, o en su caso la escaleta-, sabemos que una cinta siempre se aleja, o al menos debe hacerlo, del guión original. Siempre debe buscar su independencia, su particularidad, su propio lenguaje, su propio ser. Existe un parentesco entre cine y literatura pero son artes independientes.
En pocas palabras, las cintas y las novelas que se recomendaron durante estos talleres valen la pena porque son obras maestras independientes. Eso es lo que se debe buscar.
Entonces, podríamos preguntarnos ¿se debe leer el libro antes de ver la película o se debe hacer al revés? Creo que las dos experiencias son absolutamente distintas y una no tiene porqué estar antes que la otra. Lo que importa es disfrutar del cine y de la literatura con los cinco sentidos, con cada una de las células del cuerpo, con nuestro espíritu. Una gran película, una gran novela, desde lo que son, deben alimentarnos, transportarnos, arrullarnos, acogernos. De eso se trata.
El cine y la literatura son viajes distintos y alucinantes. Lo único que espero es que estos talleres hayan servido para reclutar nuevos viajeros.
Andrés Laguna
Régis Debray, el gran intelectual francés, fundador y exponente mayor de la mediología, en su fabuloso e interpelante libro Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada de occidente, afirma que desde hace algún tiempo dejamos de vivir en la grafósfera, el universo, el espacio, la edad del libro, del texto escrito, del texto impreso. Ahora, desde la invención del soporte audiovisual, vivimos en la edad de la videósfera, es el tiempo de la imagen en movimiento. No me parece pertinente entrar en muchos más detalles de la teoría del maestro Debray, por cuestiones de contexto, pero creo que vale la pena recalcar que esa es una afirmación difícilmente contestable. Aunque algunos amigos comunicólogos podría comenzar a especular, a citar algunos nombres, teorías y textos más de moda.
Lo que me interesa apuntar es que, evidentemente, en cada momento de su historia el ser humano siempre tuvo un inconciente visual, un foco central de sus percepciones. Un arte de las artes que a partir de sí mismo integra o modela a las otras artes a su imagen y semejanza. Un arte que está conectado con la ciencia, la tecnología y el mercado. Un arte que sea consumido masiva y vorazmente. Creo que incontestablemente el arte que reinó el siglo XX y reina el XXI es el cine. En ese espacio nacen las modas y los hábitos, se adoptan y popularizan las expresiones y los modismos, los íconos y las imágenes conquistan el mundo. Incluso, corrientes políticas e ideológicas encuentran en el séptimo arte a su mejor canal de difusión y de adoctrinamiento. También vale la pena recordar que, popularmente, se dice que la realeza de los Estados Unidos son los actores, los nobles de la mayor potencia mundial son los rostros del cine. La élite del imperio debe ser y es cinematográfica.
El cine -desde que los célebres hermanos Lumière filmaron a ese célebre tren llegando a esa célebre estación, desde que George Méliès imaginó su alucinante rostro lunar, desde que Buster Keaton decidió ser un navegante-, conquistó al mundo con su magia, con toda su capacidad ejecutante, con sus posibilidades de expresar la singularidad de una visión. El cine ha conquistado a grandes y a chicos, ha derrumbado barreras y se ha impuesto como la expresión artística más universal. Eso es evidente. Pero lo que el cine jamás logrará es ser tan interactivo como la literatura, pues en cuanto uno lee una obra literaria, la obra no se revela en su totalidad, el lector debe complementarla, el lector debe participar activamente para dar vida a la obra. El cine es una experiencia completa e independiente que llega a tener proporciones titánicas cuando es asimilada por el espectador, pero sólo la literatura depende absolutamente del lector y, por tanto, le da tanta importancia. El lector es tan autor de la obra literaria como el escritor, puede convertirse en un personaje y ser protagonista de una escena narrada, todo gracias a la herramienta humana más divina, la imaginación. Eso no pasa con el cine, uno se puede identificar con un personaje, uno puede abstraerse, embarcarse en un viaje y olvidarse del mundo, pero, por cuestiones simplemente fisiológicas y físicas, no puede convertirse en el protagonista de la película. La literatura y el cine tienen diferentes caminos. Ambos son maravillosos.Si la pregunta es: ¿Cuál es el arte mayor? La respuesta sería imposible para las mentes lúcidas y cuidadosas. En el fondo no hay artes mayores, sólo artes dominantes, y su dominación depende nada más que de un contexto histórico, es decir, de situaciones finalmente irrelevantes.
Toda experiencia artística es por excelencia una experiencia profundamente humana. Y siempre merece ser vivida.
Creo que el objetivo de los Talleres de Literatura y Cine que organizó la biblioteca del Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño tuvieron por objetivo principal motivar la lectura. Conducir a nuevas generaciones no lectoras al sacro espacio de la biblioteca, a la experiencia religiosa que sólo se puede sentir cuando uno lee un libro. A través de un arte dominante, el cine, se quiso provocar a las nuevas generaciones a que recurran a un soporte más complejo y exigente, el texto escrito. Creo que sólo la lectura nos permite tener una capacidad de abstracción inmensurable y estimula nuestra imaginación de manera feroz, de manera única. En países como el nuestro, en países en los que se lee muy poco, este tipo de iniciativas son fundamentales.
La biblioteca del Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño invitó a un conjunto de “especialistas”, de amantes de la literatura y del cine, para que hablen sobre esos dos amores. Nos pidieron que escojamos una novela que haya inspirado una película y que hablemos sobre ambas obras, sobre sus puntos en común, sobre su relación, sobre sus similitudes y sobre sus diferencias. Por cuestiones de tiempo no pude asistir a ningún otro taller además del que me tocó impartir, pero, tuve la suerte de leer los textos que hacen un intento por resumir lo dicho en las sesiones. Todas las aproximaciones son distintas, se hacen desde territorios diversos y creo que ahí se encuentra la riqueza de este tipo de actividades.
Debo reconocer que para mí fue un espacio privilegiado, pues si hay algo que me gusta tanto como ver una película o leer un libro es hablar sobre películas y sobre libros. Fue una oportunidad preciosa para mí poder compartir y, claro, delirar junto a otras personas. Creo que el diálogo es el espacio privilegiado e ideal para tratar temas como estos. El cine y la literatura sólo maduran cuando uno habla sobre ellos, cuando uno los comparte, cuando uno se suma a un gesto de generosidad. Creo que si existe un público dispuesto a hablar sobre arte, a reflexionar, a pensar, no todo está perdido.

De todas formas, no creo que haya sido una tarea fácil para ninguno de los panelistas ordenar las ideas y armar una exposición medianamente coherente. Es difícil trabajar sobre una obra literaria y sobre su adaptación cinematográfica porque se parte con un sinnúmero de prejuicios. Por ejemplo, siempre se dice que no se puede hacer una gran película de una gran novela o que sólo se hacen grandes películas de malas novelas. Yo no creo que estas dos afirmaciones sean del todo ciertas. Los talleres lo prueban. Todas las novelas escogidas por los panelistas son grandes obras literarias y todas las películas son, hoy día, piezas clásicas. Sí, es cierto que es muy difícil llevar a la pantalla grande una gran obra literaria. Conocemos incontables fracasos que van desde El hombre de la máscara de hierro hasta El amor en los tiempos del cólera, pasando por una inacabable lista de títulos que no merecen otra cosa que la hoguera. Pero, muchos directores nos demostraron lo contrario, algunos ejemplos no incluidos en los talleres que personalmente me hubiese gustado mucho trabajar son Jean-Luc Godard con Alphaville, los hermanos Coen con No Country for Old Men y con Oh Brother, Where Art Thou?, Jonathan Demme con El silencio de los inocentes, Ridley Scott con Blade Runner, Orson Welles con Falstaff y David Fincher con El Club de la pelea.
Por otro lado, me imagino que a la crítica especializada y al público en general les entusiasma más que se haga una gran película a partir de una mala novela porque, simplemente, el hecho de convertir la basura en oro es casi un milagro. Todos sabemos que Stanley Kubrick era un genio para hacerlo, que Coppola lo hizo con la saga de El Padrino, pero no se me vienen a la cabeza muchos casos más.
Creo que la cuestión fundamental ante la que debíamos enfrentarnos los que participamos en los talleres era comprender que, como decía antes, el cine y la literatura tienen caminos distintos, se hacen grandes, cuando tienen caminos distintos, cuando tienen lenguajes propios. Cuando un guionista y un director buscan traducir en imágenes lo que está escrito con palabras fracasan rotundamente. Una cinta basada en un libro sólo se hace importante cuando desarrolla su propio lenguaje, su propio universo, sus propios símbolos. Si bien no se debe olvidar que el cine siempre contiene una actitud primigenia que es evidentemente literaria -el guión, o en su caso la escaleta-, sabemos que una cinta siempre se aleja, o al menos debe hacerlo, del guión original. Siempre debe buscar su independencia, su particularidad, su propio lenguaje, su propio ser. Existe un parentesco entre cine y literatura pero son artes independientes.
En pocas palabras, las cintas y las novelas que se recomendaron durante estos talleres valen la pena porque son obras maestras independientes. Eso es lo que se debe buscar.
Entonces, podríamos preguntarnos ¿se debe leer el libro antes de ver la película o se debe hacer al revés? Creo que las dos experiencias son absolutamente distintas y una no tiene porqué estar antes que la otra. Lo que importa es disfrutar del cine y de la literatura con los cinco sentidos, con cada una de las células del cuerpo, con nuestro espíritu. Una gran película, una gran novela, desde lo que son, deben alimentarnos, transportarnos, arrullarnos, acogernos. De eso se trata.
El cine y la literatura son viajes distintos y alucinantes. Lo único que espero es que estos talleres hayan servido para reclutar nuevos viajeros.
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