Recordando a Kurt Cobain a 15 años de su muerte: About a boy


Andrés Laguna

Todos los que fuimos jóvenes en los años 90 crecimos tratando de sacar el punteíto de “Come as you are” en guitarra. Los días pasaban lento, todos teníamos el pelo largo e intentábamos copiar la moda de Seattle. Esos eran días dulces que se hacían pasar por amargos. La imagen que lo inspiraba todo, la imagen que más se repetía en las poleras era de la Kurt Cobain.
Cuando Nirvana se hizo verdaderamente famosa y masiva en Bolivia, Cobain ya estaba muerto hace tiempo, el grunge como movimiento daba sus últimos alaridos a la cabeza de la vanguardia musical mundial y el rock alternativo ya no era muy alternativo. Eso no importó mucho. Vivimos el grunge con la misma intensidad que lo vivieron en Seattle y todavía se escucha su (mal asimilada) influencia en el rock nacional. Aquí se sufría la muerte de Cobain todos los días, era el mártir de una generación que no creía en mucho.
Nirvana, el grunge y Kurt nacen de un contexto específico. Las medidas liberales de las administraciones de Reagan y Bush padre sumergieron a los Estados Unidos en el capitalismo más cruel y violento. Sí, los pobres eran mucho más pobres y los ricos eran mucho más ricos. Los Estados Unidos eran la única potencia mundial, el dinero era Dios. Los pobres no tenían a Dios. Los pobres no creían en nada. Y estaban furiosos. Ahí nació Cobain, en el seno de una familia pobre, desmoronada y sin esperanzas. Él terminó siendo un nómada, depresivo y enfermo. Un chico que cantaba desde donde estaba sin saber muy bien qué hacer, el profeta del nihilismo grunge. Cuando Nirvana llegó con fuerza a Bolivia, el neoliberalismo se hacía fuerte, el Estado era débil, los mineros ya no eran mineros, nadie sabía muy bien hacía dónde íbamos. Nos entregamos a las palabras de un trovador de la nada.
Después del enorme éxito que consiguió Nirvana con su álbum de 1991, Nevermind, Kurt se convirtió en el símbolo de una generación, se convirtió en el ícono de los jóvenes, popularizó al punk, al post-punk y al indie rock, hizo que los ojos del mundo se enfocaran en Seattle, abrió camino a un fantástico movimiento musical y compuso algunas de las canciones más memorables de la historia del rock (lo que parece que pocos recuerdan). Cobain no sólo es un mártir y un símbolo, es una de las piezas fundamentales del rock, uno de los compositores más importantes de la música popular, su verdadera revolución, su verdadera rebelión, no fue contra el orden establecido, fue musical. Su talento residía en hacer melodías fantásticas, de una simpleza fundamental, de una transparencia furiosa. Jamás debería ser relacionado con una postura política, pues nunca tuvo una muy clara. La complejidad de Cobain residía, justamente, en que no era complejo. Era un chico descontento como muchos y talentoso como pocos. Era un chico que trataba de sobrevivir las arremetidas de la nada, del no creer en nada, del vivir haciendo nada.
Kurt nació condenado, siempre fue conciente de eso, la incapacidad de vivir la vida lo llevó a componer algunas canciones que nos salvaron a muchos, que nos llenaron. Junto a Chris Novoselic y a Dave Grohl, respectivamente, el bajista y el baterista de Nirvana, Cobain cambió la historia de la música, fue el eco, no el portavoz, de una generación y con su muerte nos salvó a todos. Su suicidio sin sentido, dio más sentido a la vida de todos los que estuvimos siempre atentos a cada uno de sus movimientos.
En cualquier lugar del mundo hay una edición del Nevermind o del MTV Unplugged de Nirvana y eso es muy bueno. Personalmente, cuando tengo una nueva queja en contra del mundo, todavía pongo en mi reproductor el Bleach, el Incesticide y, en especial, mi favorito, el In Utero. La voz quebrada y la guitarra furiosa de ese chico ronco y zurdo me hacen eco. Eso es todo lo que espero. Me siento mejor. La vida puede continuar. Y estoy salvado.

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