Recibiendo 400 golpes

Andrés Laguna

Hace ya varios años, el maestro Yves Froment me hizo entender, con la paciencia, la inteligencia y sensibilidad que sólo tienen las personas de su talla, que una obra alcanza el estatus de “clásico” cuando tiene una fuerte influencia en otras obras relevantes y cuando su vigencia nunca se aminora con el tiempo. Poquísimas películas son verdaderos clásicos. Entre esas se encuentra Les 400 coups (Los 400 golpes) de François Truffaut. El primer largometraje del fundacional realizador francés es una de las cintas mayores de la nouvelle vague, es una de las cintas mayores de la historia del cine mundial. Hace no mucho volví a verla, todo seguía siendo perfecto, el film sigue siendo una poderosa lección de cine y de ética, todos mis sentimientos se revolvieron. Igual que la primera vez.
Por estos días Los 400 golpes cumple cincuenta años, debemos celebrarlo, desde hace medio siglo los espectadores del mundo tenemos la posibilidad de disfrutar de uno de los retratos más duros y hermosos de la infancia, de la adolescencia. Desde hace más de medio siglo que existe en el mundo una obra que es prueba fecunda de la humanidad del hombre.
Los 400 golpes es la primera de una serie de cintas que tienen como personaje principal a Antoine Doinel, algo así como el alter ego de Truffaut. Siempre encarnado por Jean-Pierre Leaud (el actor fetiche del director francés), en las películas lo vemos crecer, pasar por la adolescencia y hacerse adulto. Las cuatro películas que le siguieron a Los 400 golpes son Antoine y Colette (un mediometraje), El amor tiene veinte años, Besos robados, Domicilio conyugal y El amor en fuga. Esta última es una recapitulación de toda la serie e integra varios flash-backs de los filmes precedentes. Me parece que esta serie, es el manifiesto de Truffaut sobre la vida moderna, es su retrato de las relaciones humanas, es el reflejo -a través de sus ojos- del alma humana.
La película tiene dos grandes y reconocibles influencias. La primera es la cinta Cero en conducta de Jean Vigo, una mirada a la vida cotidiana de un grupo de chiquillos, y la segunda es la obra del maestro Ingmar Bergman. Las referencias a estos dos directores, no hacen más que fortalecer la visión que tiene Truffaut del cine, pues esta cinta también es un manifiesto cinematográfico. Alguna vez el director dijo algo así: “Yo exijo que un film exprese la alegría de hacer cine o la agonía de hacer cine. No estoy interesado, para nada, en algo distinto”. Creo que Los 400 golpes es una cinta que expresa de manera extraordinaria ambos sentimientos, la alegría y la agonía.
La cinta está dedicada a André Bazin, renombradísimo crítico y teórico, fundador de Cahiers du cinéma, probablemente la publicación de cine más legendaria e importante de la historia. Bazin fue algo así como el padre adoptivo de Truffaut, el hombre que lo ayudó a salir de un período oscuro. Fue el padrino intelectual de casi toda esa generación de directores, compuesta por Jean-Luc Godard, Pierre Kast, Eric Rohmer, Claude Chabrol y, claro, François Truffaut, entre algunos otros. Bazin murió en 1958, días después del comienzo del rodaje de Los 400 golpes, nunca vio una sola escena de la cinta. Estoy seguro de que si hubiese visto algo se habría arrodillado. Se habría puesto a llorar.
Los 400 golpes es la confesión o, más bien, el relato simple y sincero del drama que vive un niño de poco menos de catorce años, la narración de las experiencias de un niño que lo único que busca es un poco de amor, un poco de felicidad, un poco de abrigo, un poco de hospitalidad. Es la historia de un niño al que todo esto le ha sido negado. Es la historia de un niño al que sus padres, sus maestros, sus guías le han dado la espalada. Los 400 golpes es un testimonio desgarrador, es un testimonio que hace temblar los cimientos de la sociedad occidental moderna. Antoine Doinel, el niño, es la víctima de la indiferencia y de la falta de sensibilidad de sus padres, es la víctima de un sistema educativo violento y autoritario, es la víctima de una sociedad que no se detiene cuando alguno de los suyos está caído. Doinel no quiere, se resiste a ser una víctima. Y es aplastado, irremediablemente, por ese destino trágico e implacable. Y Doinel, miente, escapa, se esconde, corre. Y es castigado. Y es encerrado. Pero Antoine Doinel o, más bien, François Truffaut siempre preferirá la libertad, la felicidad y el calor de un abrazo. El calor del abrazo de un amigo. Al final de la película, en su más celebre y copiada secuencia, Antoine se da la vuelta hacia el público, tiene el inmenso mar a sus espaldas, nos mira a los ojos, con melancolía y fuerza. Nos pide el abrazo. Nosotros, los espectadores, tendríamos que ser muy malas personas para negárselo. Tendríamos que ser muy malas personas para negárselo a cualquiera. Y lo abrazamos.
Los 400 golpes es la película de todos los que alguna vez nos hemos sentido fuera de lugar, de todos los que nos hemos sentido castigados sin razón, de todos los que somos un engranaje imperfecto de una maquinaria perversa. Los 400 golpes es la película de los incomprendidos. Es la película de todo adolescente.
Los 400 golpes es una obra crítica, como cualquier ejercicio reflexivo, pero ante todo es la historia de un sobreviviente, de alguien que ha podido evitar que su familia, el sistema educativo, la sociedad, las tendencias del mundo lo maten, lo sofoquen, lo hagan desaparecer o lo cosifiquen. Los 400 golpes es el testimonio de la sobrevivencia del humano sobre el humano, es el renacer del hombre que no quiere someterse a un orden en el que no cree. Los 400 golpes es la historia del niño que se hace hombre. Y libre.
Uno entiende que el cine salvó a Truffaut, Los 400 golpes nos hace intuir que el mismo destino tendrá Antoine. Todos podemos volver a respirar.
Truffaut es uno de los directores más respetados y amados de la historia del cine, las razones sobran, las películas memorables firmadas por él también, pero creo que sin lugar a dudas la serie en torno a la vida de Antoine Doinel y, en especial, Los 400 golpes son sus piezas maestras. Felizmente, gracias al mercado pirata, se puede conseguir buena parte de la obra de Truffaut y casi toda la serie de Doinel, no creo que haya un mejor homenaje a una cinta que (volver a) verla. Eso es lo que haré yo, eso es lo que le recomiendo a todo lector, a todo ser humano.
Sin duda, Los 400 golpes es la clase de película que cambia la vida, pero lo intenso, lo lindo, lo entrañable, es que es una obra que nos acompaña cuando envejecemos, que dialoga con nuestras experiencias. Cuando uno vuelve a ver las calles de esa París en blanco y negro, uno no puede dejar de sentir nostalgia por una vida que no vivió. Mejor, que sólo vivió frente a una pantalla. Creo que esa es la mayor gloria del cine. Ese es el triunfo del séptimo arte.

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