In memoriam: El extraño caso de Michael Jackson

Andrés Laguna
Es jueves por la noche y CNN todavía no confirma la muerte de Michael Jackson. Se resisten a la noticia o algo así. Otros medios ya proclamaron el deceso de rey del pop. Mientras tecleo estas palabras, CNN acaba de confirmar la noticia. Sergio de la Zerda me llamó hace unos minutos para contarme la noticia, como siempre lo hace cuando algún célebre fallece, aunque yo ya estaba enterado, mi amada me llamó para contármelo. Me ofrezco a escribir la nota pertinente. La edición del domingo estaría incompleta sin un “in memoriam”. Jackson ha muerto. ¿Quién vive ahora?
Es viernes por la mañana, me propongo continuar con la nota que dejé medio escrita, en mi casilla encuentro un mail que Giovanna Rivero le mandó a algunos de sus contactos, que dice: “En ocasiones como ésta es que me pesa sinceramente no tener un blog. De modo que me aferro a las direcciones electrónicas más queridas para compartir mi tristeza (y quizás alivio: la angustia para MJ ha terminado). Como seguramente piensan y sienten muchos de ustedes, para mí también Michael Jackson es una de las marcas existenciales más profundas y expresivas de mi generación, del Siglo XX, de esta transición fascinante, algo inmoral, y dolorosa al XXI. El pasito "retro" onda autómata será para siempre la resistencia desesperada (pero digna y artística) al paso del tiempo. Mi mutante preferido is over”. Me doy cuenta que para todos los que vimos a Jackson sobre un escenario nos es imposible guardar distancia, lo amamos o lo odiamos, pero de una u otra forma dejó una huella en nosotros. Debo aclarar, que mi mutante favorito hasta que se estrenó la pésima cinta de Gavin Hood era Wolverine, pero sin duda MJ, estaba entre los que más recordaba a la hora de enumerar freaks importantes en mi vida. Cuando era un niño chiquito tenía todos sus discos, que por esa época no eran muchos, lo adoraba. Seguramente, si él me hubiese conocido, también me hubiese adorado. Pero, muy probablemente, de una manera ilegal y mucho menos sana. Todos mis compañeritos de curso lo imitaban en las fiestas y varios le copiaban el look. Esos podrían ser los recuerdo de cualquiera que fue niño en los años ochenta. Felizmente, antes de poder afeitarnos con regularidad, nos llegó el grunge. Y el pop fue aplastado por esa dionisiaca depresión, por esa vital melancolía. Sin vergüenza, reconozco que hasta hoy guardo con cariño los discos de Jackson, no los escucho, pero todavía tienen un lugar privilegiado entre mis CD’s. Siempre lo tendrán, hacen parte de mi historia. De la historia de muchos. Esa podría ser la confesión de cualquiera que creció viendo los videos de “Beat it”, “We are the world”, "Black or white", “Smooth criminal”, entre tantos otros.
Michael Jackson no sólo marcó a una generación, a diferencia de mi amado grunge, marcó al género humano, es un artista universalmente reconocible, influyente como pocos, su imagen dentro de la historia de la música popular ocupa un lugar, tal vez, sólo comparable con el de The Beatles y con el de Elvis. Murió y vivió trágicamente, de manera extraña, como todo Rey, terminó sumido en la más profunda decadencia, esa que es tan, pero tan baja que irremediablemente es gloriosa, por lo menos para los fans más fieles. En mi computadora, gracias al “shuffle” comienza a sonar “A Day In The Life” y todo parece tener sentido.
A esta altura de la semana, cuando este artículo se publique, ya habrán pasado cuatro días desde que se anunció oficialmente la muerte del autoproclamado Rey del Pop, los homenajes y semblanzas ya inundaron casi todos los medios de comunicación, así que me encuentro en una posición difícil, diga lo que diga, corro el riesgo de repetir lo que todos escuchamos y leímos hasta el cansancio. No me queda otra, al final siempre lo hago, que escribir desde mi más profunda singularidad, hacer un ejercicio literario, escribir, recordar y remover emociones.
Michael fue un prodigio, cuando comenzó su carrera junto a los Jackson 5, en el célebre sello Motown, tenía una voz magnífica. Sin duda, esa fue su época más impresionante como cantante, era un niñito que tenía una técnica asombrosa, un carisma inigualable y un talento incuestionable. Los Jackson Five llegaron a ser tan célebres que incluso hicieron dibujos animados sobre ellos, exactamente a la inversa de lo que sucede ahora con los ídolos adolescentes, tenían mucho talento y su éxito en la escena musical les consiguió un lugar en la pantalla chica. Pero, Michael sólo tenía cinco años cuando comenzó a subirse a los escenarios con regularidad. Se sabe, eso no es bueno para un chico. Su carrera solista y su relación profesional con Quincy Jones, lo consagraron como súper estrella, fue en ese momento en el que Jackson comenzó a dejar una verdadera marca indeleble. Su primera placa como solista, Off the wall, tuvo un enorme éxito, es uno de los poquísimos álbumes de música disco que no envejeció tan mal, todavía se lo puede escuchar sin querer saltar de un séptimo piso. Pero, todo el mundo lo sabe, Jackson conquistó el mundo con Thriller, el disco más vendido de la historia, la obra que cambió la historia de la música popular, que introdujo un nuevo concepto al video musical, la placa por la que siempre será recordado y venerado. Poco después grabó Bad, un muy buen disco de menor éxito, pero que confirmó su estatus de mega astro. Después, todo comenzó a despedazarse de apoco. Dangerous no se aproximó a tener el éxito que se esperaba. El delirante, excesivo y megalómano disco doble HIStory no pasó de ser una excentricidad. Finalmente, el disco Invincible tuvo un único elemento memorable, en el video de uno de los singles Jackson interactuaba con otra leyenda en decadencia, el enorme Marlon Brando. Eso en cuanto a lo musical, en lo privado todo es más irreal y truculento. Cambios de pigmentación, cambios de nariz, cambios de rostro, incontables cambios de looks, dos matrimonios rarísimos (uno con la hija de Elvis, otro con una enfermera), muchos negocios dudosos, problemas judiciales relacionados con la pedofilia, delirios de grandeza, malabarismo con bebes, el camino a la locura. Ya debían hacernos parar la orejas, y los pelos, esos atuendos medio militares que utilizó durante buena parte de su carrera, con charreteras, lentes oscuros y lentejuelas, hacían sospechar que Jackson era el líder de milicias fascistas afincadas en Las Vegas.
Todo el mundo dice que Jackson estaba desequilibrado, su vida no fue fácil, vivió sus primeros años en la pobreza, durante la infancia cargó con la responsabilidad de sostener a toda su familia, nunca se sintió contento consigo mismo y, hace no mucho, reconoció que su padre abusaba de él física y mentalmente. Se dice que por eso Jackson era un niño grande, un tipo que se negaba a crecer, un niño que construyó un enorme rancho con parque de diversiones incluido, llamado Neverland, un rancho en el que podía jugara a ser Peter Pan. Un lugar en el que podía refugiarse del mundo, llevar a sus niños perdidos a jugar íntimamente, donde nadie podía hacerle daño, donde era el héroe, el amo y el señor. En Neverland estaba protegido de los paparazzis, de la ley, de la luz del sol, de los virus y de las bacterias, de todo lo que lo atemorizaba.
Michael se enfrentó a una tremenda e insuperable tragedia, incluso en ese manufacturado País de Nunca Jamás, la vejez siempre llega. El niño que no quería crecer, creció y terminó pareciéndose más a uno de los extrañísimos seres creados por el extrañísimo Dr. Moreau, que al niño volador imaginado por James Matthew Barrie. No debemos olvidar que a Peter Pan siempre lo perseguía el Capitán Garfio. La niñez siempre es perseguida, acosada y atrapada por la adultez. Cuando Jackson fue atrapado por su enemigo más acérrimo no fue asesinado, pero lo dejó totalmente desequilibrado, más bien, absolutamente loco. Eso lo saben todos. Y como dice el admirado pensador George Steiner, a fin de cuentas, los límites sustanciales del ser humano son la locura y la muerte, ahora Michael cruzó ambos. Está más allá de la condición humana. Garfio no aniquiló al niño, lo dejó delirante y lo exilió del mundo. Pero, creo que hay algo que no debemos olvidar, casi siempre, toda locura contiene genialidad. Jackson era el mejor ejemplo, en el escenario, incluso en su mayor decadencia, fue un prodigio del baile, un cantante extraordinario, un músico repleto de intuición y de buen gusto.
Después de ver a esa desequilibrada multitud, frente el UCLA Medical Center de Los Angeles, acompañando al cadáver de su ídolo, recuerdo la importancia que puede tener alguien como Jackson, puede convertir a millones en pequeños clones de Wacko Jacko. Supongo que eso es inevitable y, tal vez, necesario.
Después de ver CNN por varios minutos, de escuchar declaraciones de los “expertos” y de los que lo conocieron, se me vino a la cabeza otro recuerdo, imágenes, sonidos y un nombre: Leon Kompowsky. En el primer episodio de la tercera temporada de los Simpsons, Homero es internado en un hospital psiquiátrico por utilizar camisetas rosadas en el trabajo (Bart metió su gorra roja en la máquina de lavar y tiñó toda la ropa). Allí conoce Kompowsky, un “tipo blanco y grande que cree que es el tipo negro y chiquito”, el capítulo es muy emotivo y está repleto de ternura simpsoniana, concluye proponiéndonos que la fe puede más que los hechos. Esa fue la única vez que Micheal Jackson prestó su voz para un capítulo de los Simpsons. Creo que ese es un buen ejemplo de lo que representaba, fue un ícono popular que podía llenar de emociones a sus seguidores y que, a pesar de estar totalmente pirado, podía despertar los más profundos sentimientos. El ícono de una época murió, su presencia está intacta, hoy está en el mejor lugar en el que podría estar. En la tierra que habitan las leyendas.
Es jueves por la noche y CNN todavía no confirma la muerte de Michael Jackson. Se resisten a la noticia o algo así. Otros medios ya proclamaron el deceso de rey del pop. Mientras tecleo estas palabras, CNN acaba de confirmar la noticia. Sergio de la Zerda me llamó hace unos minutos para contarme la noticia, como siempre lo hace cuando algún célebre fallece, aunque yo ya estaba enterado, mi amada me llamó para contármelo. Me ofrezco a escribir la nota pertinente. La edición del domingo estaría incompleta sin un “in memoriam”. Jackson ha muerto. ¿Quién vive ahora?
Es viernes por la mañana, me propongo continuar con la nota que dejé medio escrita, en mi casilla encuentro un mail que Giovanna Rivero le mandó a algunos de sus contactos, que dice: “En ocasiones como ésta es que me pesa sinceramente no tener un blog. De modo que me aferro a las direcciones electrónicas más queridas para compartir mi tristeza (y quizás alivio: la angustia para MJ ha terminado). Como seguramente piensan y sienten muchos de ustedes, para mí también Michael Jackson es una de las marcas existenciales más profundas y expresivas de mi generación, del Siglo XX, de esta transición fascinante, algo inmoral, y dolorosa al XXI. El pasito "retro" onda autómata será para siempre la resistencia desesperada (pero digna y artística) al paso del tiempo. Mi mutante preferido is over”. Me doy cuenta que para todos los que vimos a Jackson sobre un escenario nos es imposible guardar distancia, lo amamos o lo odiamos, pero de una u otra forma dejó una huella en nosotros. Debo aclarar, que mi mutante favorito hasta que se estrenó la pésima cinta de Gavin Hood era Wolverine, pero sin duda MJ, estaba entre los que más recordaba a la hora de enumerar freaks importantes en mi vida. Cuando era un niño chiquito tenía todos sus discos, que por esa época no eran muchos, lo adoraba. Seguramente, si él me hubiese conocido, también me hubiese adorado. Pero, muy probablemente, de una manera ilegal y mucho menos sana. Todos mis compañeritos de curso lo imitaban en las fiestas y varios le copiaban el look. Esos podrían ser los recuerdo de cualquiera que fue niño en los años ochenta. Felizmente, antes de poder afeitarnos con regularidad, nos llegó el grunge. Y el pop fue aplastado por esa dionisiaca depresión, por esa vital melancolía. Sin vergüenza, reconozco que hasta hoy guardo con cariño los discos de Jackson, no los escucho, pero todavía tienen un lugar privilegiado entre mis CD’s. Siempre lo tendrán, hacen parte de mi historia. De la historia de muchos. Esa podría ser la confesión de cualquiera que creció viendo los videos de “Beat it”, “We are the world”, "Black or white", “Smooth criminal”, entre tantos otros.
Michael Jackson no sólo marcó a una generación, a diferencia de mi amado grunge, marcó al género humano, es un artista universalmente reconocible, influyente como pocos, su imagen dentro de la historia de la música popular ocupa un lugar, tal vez, sólo comparable con el de The Beatles y con el de Elvis. Murió y vivió trágicamente, de manera extraña, como todo Rey, terminó sumido en la más profunda decadencia, esa que es tan, pero tan baja que irremediablemente es gloriosa, por lo menos para los fans más fieles. En mi computadora, gracias al “shuffle” comienza a sonar “A Day In The Life” y todo parece tener sentido.
A esta altura de la semana, cuando este artículo se publique, ya habrán pasado cuatro días desde que se anunció oficialmente la muerte del autoproclamado Rey del Pop, los homenajes y semblanzas ya inundaron casi todos los medios de comunicación, así que me encuentro en una posición difícil, diga lo que diga, corro el riesgo de repetir lo que todos escuchamos y leímos hasta el cansancio. No me queda otra, al final siempre lo hago, que escribir desde mi más profunda singularidad, hacer un ejercicio literario, escribir, recordar y remover emociones.
Michael fue un prodigio, cuando comenzó su carrera junto a los Jackson 5, en el célebre sello Motown, tenía una voz magnífica. Sin duda, esa fue su época más impresionante como cantante, era un niñito que tenía una técnica asombrosa, un carisma inigualable y un talento incuestionable. Los Jackson Five llegaron a ser tan célebres que incluso hicieron dibujos animados sobre ellos, exactamente a la inversa de lo que sucede ahora con los ídolos adolescentes, tenían mucho talento y su éxito en la escena musical les consiguió un lugar en la pantalla chica. Pero, Michael sólo tenía cinco años cuando comenzó a subirse a los escenarios con regularidad. Se sabe, eso no es bueno para un chico. Su carrera solista y su relación profesional con Quincy Jones, lo consagraron como súper estrella, fue en ese momento en el que Jackson comenzó a dejar una verdadera marca indeleble. Su primera placa como solista, Off the wall, tuvo un enorme éxito, es uno de los poquísimos álbumes de música disco que no envejeció tan mal, todavía se lo puede escuchar sin querer saltar de un séptimo piso. Pero, todo el mundo lo sabe, Jackson conquistó el mundo con Thriller, el disco más vendido de la historia, la obra que cambió la historia de la música popular, que introdujo un nuevo concepto al video musical, la placa por la que siempre será recordado y venerado. Poco después grabó Bad, un muy buen disco de menor éxito, pero que confirmó su estatus de mega astro. Después, todo comenzó a despedazarse de apoco. Dangerous no se aproximó a tener el éxito que se esperaba. El delirante, excesivo y megalómano disco doble HIStory no pasó de ser una excentricidad. Finalmente, el disco Invincible tuvo un único elemento memorable, en el video de uno de los singles Jackson interactuaba con otra leyenda en decadencia, el enorme Marlon Brando. Eso en cuanto a lo musical, en lo privado todo es más irreal y truculento. Cambios de pigmentación, cambios de nariz, cambios de rostro, incontables cambios de looks, dos matrimonios rarísimos (uno con la hija de Elvis, otro con una enfermera), muchos negocios dudosos, problemas judiciales relacionados con la pedofilia, delirios de grandeza, malabarismo con bebes, el camino a la locura. Ya debían hacernos parar la orejas, y los pelos, esos atuendos medio militares que utilizó durante buena parte de su carrera, con charreteras, lentes oscuros y lentejuelas, hacían sospechar que Jackson era el líder de milicias fascistas afincadas en Las Vegas.
Todo el mundo dice que Jackson estaba desequilibrado, su vida no fue fácil, vivió sus primeros años en la pobreza, durante la infancia cargó con la responsabilidad de sostener a toda su familia, nunca se sintió contento consigo mismo y, hace no mucho, reconoció que su padre abusaba de él física y mentalmente. Se dice que por eso Jackson era un niño grande, un tipo que se negaba a crecer, un niño que construyó un enorme rancho con parque de diversiones incluido, llamado Neverland, un rancho en el que podía jugara a ser Peter Pan. Un lugar en el que podía refugiarse del mundo, llevar a sus niños perdidos a jugar íntimamente, donde nadie podía hacerle daño, donde era el héroe, el amo y el señor. En Neverland estaba protegido de los paparazzis, de la ley, de la luz del sol, de los virus y de las bacterias, de todo lo que lo atemorizaba.
Michael se enfrentó a una tremenda e insuperable tragedia, incluso en ese manufacturado País de Nunca Jamás, la vejez siempre llega. El niño que no quería crecer, creció y terminó pareciéndose más a uno de los extrañísimos seres creados por el extrañísimo Dr. Moreau, que al niño volador imaginado por James Matthew Barrie. No debemos olvidar que a Peter Pan siempre lo perseguía el Capitán Garfio. La niñez siempre es perseguida, acosada y atrapada por la adultez. Cuando Jackson fue atrapado por su enemigo más acérrimo no fue asesinado, pero lo dejó totalmente desequilibrado, más bien, absolutamente loco. Eso lo saben todos. Y como dice el admirado pensador George Steiner, a fin de cuentas, los límites sustanciales del ser humano son la locura y la muerte, ahora Michael cruzó ambos. Está más allá de la condición humana. Garfio no aniquiló al niño, lo dejó delirante y lo exilió del mundo. Pero, creo que hay algo que no debemos olvidar, casi siempre, toda locura contiene genialidad. Jackson era el mejor ejemplo, en el escenario, incluso en su mayor decadencia, fue un prodigio del baile, un cantante extraordinario, un músico repleto de intuición y de buen gusto.
Después de ver a esa desequilibrada multitud, frente el UCLA Medical Center de Los Angeles, acompañando al cadáver de su ídolo, recuerdo la importancia que puede tener alguien como Jackson, puede convertir a millones en pequeños clones de Wacko Jacko. Supongo que eso es inevitable y, tal vez, necesario.
Después de ver CNN por varios minutos, de escuchar declaraciones de los “expertos” y de los que lo conocieron, se me vino a la cabeza otro recuerdo, imágenes, sonidos y un nombre: Leon Kompowsky. En el primer episodio de la tercera temporada de los Simpsons, Homero es internado en un hospital psiquiátrico por utilizar camisetas rosadas en el trabajo (Bart metió su gorra roja en la máquina de lavar y tiñó toda la ropa). Allí conoce Kompowsky, un “tipo blanco y grande que cree que es el tipo negro y chiquito”, el capítulo es muy emotivo y está repleto de ternura simpsoniana, concluye proponiéndonos que la fe puede más que los hechos. Esa fue la única vez que Micheal Jackson prestó su voz para un capítulo de los Simpsons. Creo que ese es un buen ejemplo de lo que representaba, fue un ícono popular que podía llenar de emociones a sus seguidores y que, a pesar de estar totalmente pirado, podía despertar los más profundos sentimientos. El ícono de una época murió, su presencia está intacta, hoy está en el mejor lugar en el que podría estar. En la tierra que habitan las leyendas.

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