Sobre la elección de la 10 novelas fundacionales: Una hebra de la metanovela boliviana
Andrés Laguna
Durante el fin de semana pasado, en el Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño, se llevaron a cabo las sesiones finales y decisivas para definir la lista de las 10 novelas fundacionales bolivianas. Convocados por el Ministerio de Culturas y por la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, con apoyo del Centro Patiño, un grupo de académicos, de especialistas, de escritores, de representantes de las casas editoriales más grandes de nuestro medio y de periodistas culturales, nos reunimos a discutir sobre qué novelas merecen hacer parte de este pequeño canon (muchos intentaron evitar este término, pero inevitablemente se terminó elaborando uno). Si bien el trabajo realizado durante la pasada Feria Internacional del Libro de La Paz y durante el Cuarto Foro de Escritores Bolivianos, más o menos ya había esbozado una larga lista de novelas sobre la que se debía debatir, nada estaba totalmente definido. Por cuestiones prácticas se organizó dos mesas, una de académicos y otra de escritores, editores y prensa especializada. La primera coordinada por Raquel Montenegro y la segunda por Guillermo Mariaca.
Se nos informó que debíamos trabajar bajo dos criterios fundamentales, las novelas elegidas debían ser social y estéticamente representativas. Lamentablemente, los criterios nunca fueron aclarados del todo, creo que muchas cuestiones quedaron en el aire ¿qué es lo que se entiende por “representativo”? ¿representativo de qué? ¿del país? ¿de las corrientes literarias? ¿de las escuelas literarias? ¿de momentos históricos específicos? ¿de grupos y sectores sociales? ¿de las corrientes de pensamiento? ¿de las tendencias políticas? ¿de los géneros? ¿de las regiones? Además, ¿qué mecanismos son los pertinentes para hacer esta calificación y/o clasificación? Ante la imposibilidad real de tener criterios de selección objetivos, creo que se debió partir por algunos que fueran específicos y claros. Si bien toda experiencia de este tipo es hasta cierto punto arbitraria, excluyente y violenta, para elaborar una lista de estas características se debía partir con un concepto claro y delimitado de novela. Es decir, se debía aclarar y delimitar lo que se entiende por novela, para que sólo hagan parte de la lista las obras que cumplan con los requisitos adoptados. Creo también que se debió definir qué es lo que se entiende por novela boliviana, ¿la escrita por gente nacida en nuestro país? ¿la que fue escrita dentro de nuestras fronteras? ¿la que se desarrolla en escenarios nacionales? Por otro lado, en la convocatoria se decía que debían ser escogidas las novelas republicanas, pero en ningún momento se dijo qué se entiende por eso ¿las novelas escritas durante este periodo? ¿las que fueron publicadas después de 1825? ¿las que retratan de una u otra forma esta época? ¿las que fueron determinantes para pensar la República? Ante todos esos huecos metodológicos, la selección se resolvió con el voto de los participantes, siguiendo nuestra vocación electoralista, sin seguir criterios académicos, la “democracia” y sus mecanismos se impusieron. Por momentos, que no fueron pocos, tuve la impresión de estar jugando a algo de lo que no conocía las reglas. Todos terminamos votando guiados por nuestros presupuestos, por nuestros gustos personales, por nuestra singularidad como lectores, con una arbitrariedad e, incluso, con una especie de irresponsabilidad sorprendentes. Me animo a afirmar que esta lista no es más que el fruto de los gustos de los que tuvimos la suerte de ser invitados a participar del evento. Tal vez esta fue la única posibilidad práctica para elegir los diez títulos, pero creo que si las instituciones convocantes hubiesen tenido criterios más claros, se podría haber realizado un trabajo más estructurado, ordenado y responsable.
Diez novelas fueron elegidas, a esta altura casi todos ya saben cuales son, pero se sugirió que se considerara la posibilidad de publicar otros cinco libros, que se pensaran fundamentales y fundacionales, aunque algunos no fueran novelas en el sentido más clásico del término. El Ministerio se comprometió a publicar las diez primeras este año y en los meses posteriores las sobrantes. La lista, siguiendo el orden de las más votadas, es la siguiente:
Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre
Felipe Delgado de Jaime Sáenz
Jonás y la ballena rosada de Wolfango Montes
Los deshabitados de Marcelo Quiroga Santa Cruz
Tirinea de Jesús Urzagasti
La Chaskañawi de Carlos Medinacelli
El otro gallo de Jorge Suárez
Aluvión de Fuego de Oscar Cerruto
Matías, el apóstol suplente de Julio de la Vega
Raza de bronce de Alcides Arguedas
Las cinco obras sugeridas son:
Íntimas de Adela Zamudio
Historia de la villa imperial de Potosí de Bartolomé de Arzans Orzúa y Vela
El loco de Arturo Borda
La virgen de las 7 calles de Alfredo Flores
El run run de la calavera de Ramón Rocha Monroy
Además, se llegó a un acuerdo fundamental, el Ministerio se comprometió a dar continuidad a esta iniciativa realizando un trabajo equivalente con otros géneros literarios (cuento, poesía, ensayo, testimonio, crónica), otras textualidades de la tradición moderna (artes plásticas, artes visuales y preformativas, música) y con textos de las otras tradiciones culturales (textiles, danzas, tradición oral). Todas estas ediciones deben cumplir algunos requisitos, deben ser ediciones masivas, accesibles, cuidadas y comentadas (deben contar con tres textos de apoyo, uno de carácter académico, otro de difusión masiva y otro de soporte pedagógico). Eso es algo magnífico. Ahora lo único que queda es esperar a que se cumplan los objetivos y los compromisos.
Pero hay algunas cuestiones más que no me dejan en paz. Si bien lo que se nos pidió era que eligiéramos novelas fundacionales y que justificáramos nuestra elección, si bien se respetó lo que se discutió en las mesas, hay cuestiones prácticas que creo que se desatendieron. Desde muchos puntos de vista las obras elegidas son incuestionablemente fundacionales y son obras importantísimas dentro de nuestra tradición literaria, pero me pregunto si vale la pena volver a publicar obras como Juan de la Rosa, La Chaskañawi o Raza de bronce, libros reeditados permanentemente, de los que se puede encontrar incontables ediciones en cualquier librería o puestito de venta del país, ¿realmente se necesita una reimpresión masiva de obras que son reimpresas masivamente todo el tiempo? Por otro lado, ¿es pertinente e inteligente reeditar obras como Felipe Delgado, Aluvión de Fuego o Íntimas, que cuentan con publicaciones recientes, accesibles y cuidadas? Personalmente, creo que estamos desperdiciando recursos. Pero, la cuestión no es tan simple, tampoco se podía hacer una lista de “novelas fundacionales” con textos desconocidos, poco difundidos y/o no reeditados, pues esa no era la convocatoria. Es decir, no pongo en duda que se eligieron diez novelas fundacionales, porque lo son, pero ¿es realmente necesario volver a publicar a muchas de ellas? Tal vez lo relevante serán los textos de apoyo que acompañen a las obras, pero, en ese caso, ¿para qué publicar las novelas de nuevo?
Algunos de los académicos, entre ellos Ana Rebeca Prada, Marcelo Villena, Mauricio Souza y Mónica Velásquez, con quienes comparto criterios, insistían en que obras como Historia de la villa imperial de Potosí y El loco debían hacer parte de la lista. Pues si bien estos dos textos no son rigurosamente novelas, su aporte a la novela nacional es fundamental. Además, difícilmente podrían hacer parte de otra clasificación. La importancia de su publicación también pasa por otras cuestiones que me parecen relevantes, son obras muy presentes en el “imaginario” del país pero curiosamente han sido muy poco leídas. La obra de Arzans, teniendo la importancia que tiene, nunca ha sido publicada in extenso en Bolivia, eso es casi criminal. En esa obra se contiene buena parte de los gestos germinales de la narrativa nacional. Me daría vergüenza vivir en un país en el que mis hijos no puedan leer una obra tan relevante y bella, simplemente, porque no se cuenta con un reedición de ella. Por otra parte, El loco de Borda es una obra que no se ha reimpreso, los pocos afortunados que tenemos la suerte de haber leído los tres volúmenes, somos concientes de que su influencia es inconmensurable, que es una obra que se debe redescubrir con urgencia. Pero, muchos de los que hicieron parte de la selección, en especial los representantes de las casas editoriales, prefirieron elegir novelas en sentido clásico, considerando que los géneros literarios son cerrados. Gracias a esta actitud, fue difícil incluir a El otro gallo de Suárez, pues muchos la consideran un cuento largo o una novela corta (nouvel), desatendiendo su relevancia. Creo que las lecturas estrechas de la literatura son nocivas, creo que la incapacidad de partir con criterios claros y definidos, aunque estos fueran agresivos, hizo que el trabajo fuese menos efectivo.
Se reimprimirán 10 novelas fundacionales de la literatura boliviana, eso es un hecho, eso es importante. Más allá de las deficiencias, de los desacuerdos, más allá de las críticas que se pueda hacer a la lista, se llegó a un acuerdo. Más allá de que la votación se impuso al consenso, de que el proceso merece un montón de revisiones, se dio un paso hacia adelante, una nueva biblioteca nacional se refundará. Tal vez con la reivindicación de estas obras se renovarán imaginarios o se reproducirán y se mantendrán algunas de las mismas visiones que configuraron al país. De todas formas, la posibilidad de volver a leer al país y a su literatura más representativa, más “fundacional”, siempre es fértil. Para entender a Bolivia, entre otras cosas, hay que leer a su literatura, esa es una posibilidad que esta experiencia nos abre. Debemos recibirla con los brazos abiertos. Las 10 novelas que hacen parte de esta lista son hebras del gran tejido narrativo del país, son parte del gran metatexto nacional, (volver a) leerlas es un acto de responsabilidad, es una acto de hospitalidad, es un acto de amor. Al fin y al cabo eso es lo más importante.
Durante el fin de semana pasado, en el Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño, se llevaron a cabo las sesiones finales y decisivas para definir la lista de las 10 novelas fundacionales bolivianas. Convocados por el Ministerio de Culturas y por la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, con apoyo del Centro Patiño, un grupo de académicos, de especialistas, de escritores, de representantes de las casas editoriales más grandes de nuestro medio y de periodistas culturales, nos reunimos a discutir sobre qué novelas merecen hacer parte de este pequeño canon (muchos intentaron evitar este término, pero inevitablemente se terminó elaborando uno). Si bien el trabajo realizado durante la pasada Feria Internacional del Libro de La Paz y durante el Cuarto Foro de Escritores Bolivianos, más o menos ya había esbozado una larga lista de novelas sobre la que se debía debatir, nada estaba totalmente definido. Por cuestiones prácticas se organizó dos mesas, una de académicos y otra de escritores, editores y prensa especializada. La primera coordinada por Raquel Montenegro y la segunda por Guillermo Mariaca.
Se nos informó que debíamos trabajar bajo dos criterios fundamentales, las novelas elegidas debían ser social y estéticamente representativas. Lamentablemente, los criterios nunca fueron aclarados del todo, creo que muchas cuestiones quedaron en el aire ¿qué es lo que se entiende por “representativo”? ¿representativo de qué? ¿del país? ¿de las corrientes literarias? ¿de las escuelas literarias? ¿de momentos históricos específicos? ¿de grupos y sectores sociales? ¿de las corrientes de pensamiento? ¿de las tendencias políticas? ¿de los géneros? ¿de las regiones? Además, ¿qué mecanismos son los pertinentes para hacer esta calificación y/o clasificación? Ante la imposibilidad real de tener criterios de selección objetivos, creo que se debió partir por algunos que fueran específicos y claros. Si bien toda experiencia de este tipo es hasta cierto punto arbitraria, excluyente y violenta, para elaborar una lista de estas características se debía partir con un concepto claro y delimitado de novela. Es decir, se debía aclarar y delimitar lo que se entiende por novela, para que sólo hagan parte de la lista las obras que cumplan con los requisitos adoptados. Creo también que se debió definir qué es lo que se entiende por novela boliviana, ¿la escrita por gente nacida en nuestro país? ¿la que fue escrita dentro de nuestras fronteras? ¿la que se desarrolla en escenarios nacionales? Por otro lado, en la convocatoria se decía que debían ser escogidas las novelas republicanas, pero en ningún momento se dijo qué se entiende por eso ¿las novelas escritas durante este periodo? ¿las que fueron publicadas después de 1825? ¿las que retratan de una u otra forma esta época? ¿las que fueron determinantes para pensar la República? Ante todos esos huecos metodológicos, la selección se resolvió con el voto de los participantes, siguiendo nuestra vocación electoralista, sin seguir criterios académicos, la “democracia” y sus mecanismos se impusieron. Por momentos, que no fueron pocos, tuve la impresión de estar jugando a algo de lo que no conocía las reglas. Todos terminamos votando guiados por nuestros presupuestos, por nuestros gustos personales, por nuestra singularidad como lectores, con una arbitrariedad e, incluso, con una especie de irresponsabilidad sorprendentes. Me animo a afirmar que esta lista no es más que el fruto de los gustos de los que tuvimos la suerte de ser invitados a participar del evento. Tal vez esta fue la única posibilidad práctica para elegir los diez títulos, pero creo que si las instituciones convocantes hubiesen tenido criterios más claros, se podría haber realizado un trabajo más estructurado, ordenado y responsable.
Diez novelas fueron elegidas, a esta altura casi todos ya saben cuales son, pero se sugirió que se considerara la posibilidad de publicar otros cinco libros, que se pensaran fundamentales y fundacionales, aunque algunos no fueran novelas en el sentido más clásico del término. El Ministerio se comprometió a publicar las diez primeras este año y en los meses posteriores las sobrantes. La lista, siguiendo el orden de las más votadas, es la siguiente:
Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre
Felipe Delgado de Jaime Sáenz
Jonás y la ballena rosada de Wolfango Montes
Los deshabitados de Marcelo Quiroga Santa Cruz
Tirinea de Jesús Urzagasti
La Chaskañawi de Carlos Medinacelli
El otro gallo de Jorge Suárez
Aluvión de Fuego de Oscar Cerruto
Matías, el apóstol suplente de Julio de la Vega
Raza de bronce de Alcides Arguedas
Las cinco obras sugeridas son:
Íntimas de Adela Zamudio
Historia de la villa imperial de Potosí de Bartolomé de Arzans Orzúa y Vela
El loco de Arturo Borda
La virgen de las 7 calles de Alfredo Flores
El run run de la calavera de Ramón Rocha Monroy
Además, se llegó a un acuerdo fundamental, el Ministerio se comprometió a dar continuidad a esta iniciativa realizando un trabajo equivalente con otros géneros literarios (cuento, poesía, ensayo, testimonio, crónica), otras textualidades de la tradición moderna (artes plásticas, artes visuales y preformativas, música) y con textos de las otras tradiciones culturales (textiles, danzas, tradición oral). Todas estas ediciones deben cumplir algunos requisitos, deben ser ediciones masivas, accesibles, cuidadas y comentadas (deben contar con tres textos de apoyo, uno de carácter académico, otro de difusión masiva y otro de soporte pedagógico). Eso es algo magnífico. Ahora lo único que queda es esperar a que se cumplan los objetivos y los compromisos.
Pero hay algunas cuestiones más que no me dejan en paz. Si bien lo que se nos pidió era que eligiéramos novelas fundacionales y que justificáramos nuestra elección, si bien se respetó lo que se discutió en las mesas, hay cuestiones prácticas que creo que se desatendieron. Desde muchos puntos de vista las obras elegidas son incuestionablemente fundacionales y son obras importantísimas dentro de nuestra tradición literaria, pero me pregunto si vale la pena volver a publicar obras como Juan de la Rosa, La Chaskañawi o Raza de bronce, libros reeditados permanentemente, de los que se puede encontrar incontables ediciones en cualquier librería o puestito de venta del país, ¿realmente se necesita una reimpresión masiva de obras que son reimpresas masivamente todo el tiempo? Por otro lado, ¿es pertinente e inteligente reeditar obras como Felipe Delgado, Aluvión de Fuego o Íntimas, que cuentan con publicaciones recientes, accesibles y cuidadas? Personalmente, creo que estamos desperdiciando recursos. Pero, la cuestión no es tan simple, tampoco se podía hacer una lista de “novelas fundacionales” con textos desconocidos, poco difundidos y/o no reeditados, pues esa no era la convocatoria. Es decir, no pongo en duda que se eligieron diez novelas fundacionales, porque lo son, pero ¿es realmente necesario volver a publicar a muchas de ellas? Tal vez lo relevante serán los textos de apoyo que acompañen a las obras, pero, en ese caso, ¿para qué publicar las novelas de nuevo?
Algunos de los académicos, entre ellos Ana Rebeca Prada, Marcelo Villena, Mauricio Souza y Mónica Velásquez, con quienes comparto criterios, insistían en que obras como Historia de la villa imperial de Potosí y El loco debían hacer parte de la lista. Pues si bien estos dos textos no son rigurosamente novelas, su aporte a la novela nacional es fundamental. Además, difícilmente podrían hacer parte de otra clasificación. La importancia de su publicación también pasa por otras cuestiones que me parecen relevantes, son obras muy presentes en el “imaginario” del país pero curiosamente han sido muy poco leídas. La obra de Arzans, teniendo la importancia que tiene, nunca ha sido publicada in extenso en Bolivia, eso es casi criminal. En esa obra se contiene buena parte de los gestos germinales de la narrativa nacional. Me daría vergüenza vivir en un país en el que mis hijos no puedan leer una obra tan relevante y bella, simplemente, porque no se cuenta con un reedición de ella. Por otra parte, El loco de Borda es una obra que no se ha reimpreso, los pocos afortunados que tenemos la suerte de haber leído los tres volúmenes, somos concientes de que su influencia es inconmensurable, que es una obra que se debe redescubrir con urgencia. Pero, muchos de los que hicieron parte de la selección, en especial los representantes de las casas editoriales, prefirieron elegir novelas en sentido clásico, considerando que los géneros literarios son cerrados. Gracias a esta actitud, fue difícil incluir a El otro gallo de Suárez, pues muchos la consideran un cuento largo o una novela corta (nouvel), desatendiendo su relevancia. Creo que las lecturas estrechas de la literatura son nocivas, creo que la incapacidad de partir con criterios claros y definidos, aunque estos fueran agresivos, hizo que el trabajo fuese menos efectivo.
Se reimprimirán 10 novelas fundacionales de la literatura boliviana, eso es un hecho, eso es importante. Más allá de las deficiencias, de los desacuerdos, más allá de las críticas que se pueda hacer a la lista, se llegó a un acuerdo. Más allá de que la votación se impuso al consenso, de que el proceso merece un montón de revisiones, se dio un paso hacia adelante, una nueva biblioteca nacional se refundará. Tal vez con la reivindicación de estas obras se renovarán imaginarios o se reproducirán y se mantendrán algunas de las mismas visiones que configuraron al país. De todas formas, la posibilidad de volver a leer al país y a su literatura más representativa, más “fundacional”, siempre es fértil. Para entender a Bolivia, entre otras cosas, hay que leer a su literatura, esa es una posibilidad que esta experiencia nos abre. Debemos recibirla con los brazos abiertos. Las 10 novelas que hacen parte de esta lista son hebras del gran tejido narrativo del país, son parte del gran metatexto nacional, (volver a) leerlas es un acto de responsabilidad, es una acto de hospitalidad, es un acto de amor. Al fin y al cabo eso es lo más importante.
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