El asalto de la inteligencia a la televisión: La venganza de los nerds

Andrés Laguna

Durante los años ochenta y buena parte de los noventa, la televisión estaba repleta de series mediocres protagonizadas por hombres rudos, llenos de músculos, de testosterona y de esteroides. Tipos que preferían recurrir a la fuerza bruta antes que al intelecto. El auto fantástico (1982-1986), Los magníficos (1983-1987), Lobo del aire (1984-1986), Miami vice (1984-1989), Hunter (1984-1991), El renegado (1992-1997), Walker, Texas Ranger (1993-2001), entre varias otras, compusieron el arquetipo del héroe, del protagonista, del leading man. Fuck, por esos días, hasta el líder mundial más notorio era un héroe de acción, un ex cowboy cinematográfico: Ronald Reagan. Era el tiempo en que ser rudo y fuerte era sexy. Uf. Recuerdo a los galancillos de esos días, vestidos de blanco, con mocasines, sin calcetines, cadenillas de oro en el cuello, lentes de sol, el saco remangado hasta los codos. La moda impuesta por Don Johnson, la moda de la Miami de los ’80 se paseaba por nuestras calles. Uf.

Años después series como Twin Peaks (1990-1991), Seinfeld (1990-1998), Frasier (1993-2004) y Monk (2002-hasta ahora) llegaron para revolucionarlo todo. No sólo sus argumentos eran mucho más interesantes, sus protagonistas eran inteligentes, llenos de obsesiones, sujetos disfuncionales, que explotan sus capacidades racionales, su cultura y su educación para sobrevivir en el mundo. El tiempo de Stallone, Schwarzenegger, Van Damme y Seagal estaba llegando a su necesario fin. Una nueva época había nacido, la del héroe intelectual. Los detectives místicos y gastronómicos, los comediantes escépticos y ácidos, los psiquiatras refinados y aristócratas, los investigadores neuróticos y perfeccionistas, entre otros, enterraron a los brutos descerebrados. Sin que la cuestión sea muy explícita, los nerds comenzaron a tomar espacios en la televisión y en el cine, en la cultura popular, exigían protagonismo, se imponían como héroes.

El termino “nerd”, ése que ahora casi todos utilizamos, tiene un origen disperso y difícilmente rastreable. Su definición tampoco es muy clara y precisa, se sabe que hace referencia a la gente que tiene inclinaciones intelectuales, que disfruta más de la ficción que de la realidad, que tiene tendencias al fanatismo y que sufre de graves problemas de relacionamiento social. Por lo general, los nerds son geniecillos, amantes de la ciencia ficción, del género fantástico, de los juegos de rol, de los cómics, incapaces de entablar relaciones con el resto del mundo En la primer mitad del siglo XX fue un término recurrente en estudios académicos sociológicos y psicológicos, para caracterizar a sujetos con gran inteligencia pero socialmente retraídos. La popularización de la palabra probablemente comenzó con la serie Happy days (1974-1984). Este programa de televisión, ambientado en los años ’50, diseñó algunos de los arquetipos más sólidos que hoy día se utilizan para etiquetar a los jóvenes. Por ejemplo, Arthur Fonzarelli (Henry Winkler), Fonzie, The Fonz, siempre será el modelo de los chicos rudos y populares, mujeriegos y triunfadores, de los cools. Recuerdo bien que cuando tenía seis o siete años, cuando Happy days se transmitía por el canal 13, todos los que seguíamos la serie queríamos ser como Fonzie. La palabra “nerd” cobró sentido cuando se la comenzó a utilizar con recurrencia en el programa, adquirió las connotaciones negativas que todavía tiene.

La tristemente clásica película La venganza de los nerds (1984) de Jeff Kanew, más allá de su mal gusto y de su humor fácil, llevó la cuestión a nuevos límites. Esta cinta protagonizada Robert Carradine (hermano del gran David) y por Anthony Edwards, además de haber sido la precursora de unas insufribles secuelas, proponía algo muy fresco: si los ratones de biblioteca, los “perdedores”, los “losers”, los “cerebritos”, se lo proponen podrían conquistar al mundo y a las chicas de los chicos “populares”. Seguramente, esta serie de películas tuvo éxito porque no podía despegarse de las caricaturizaciones, de los clichés, de los facilismos. Los nerds a pesar de triunfar, de conseguir lo que buscaban, seguían siendo patéticos, desagradables, hasta repulsivos. Uno los aplaudía, con algo de asco, porque su victoria no era del todo verosímil. Además, se sabe, las historias triunfalistas siempre le gustan al gran público. Creo que la reivindicación que supuestamente es La venganza de los nerds no hace mucho más que reforzar las prejuicios que se tenían. En el mejor de los casos no es más que una propuesta optimista, inocentona y bastante grotesca.

Cuando Judd Apatow, el genio supremo de la comedia actual estadounidense, produjo la célebre serie de culto Freaks and Geeks (1999-2000), en la que hicieron sus primeras armas estrellas de la talla de James Franco y Seth Rogen, más allá de su genialidad, el público todavía no estaba listo para aproximarse íntimamente al mundo de esos excluidos de coeficiente intelectual alto. Pero las cosas cambiarían. Felizmente.

La enorme ola de series sobre médicos, para mi gusto insufribles, antecedió de alguna forma a lo que iría a pasar. Si bien en ER (1994-2009), Scrubs (2001-hasta ahora) y Grey’s anatomy (2005-hasta ahora), buena parte de los protagonistas tienen pinta de supermodelos, por lo menos son héroes que fueron a la universidad, que están obsesionados con su trabajo y que sólo tienen relaciones entre ellos. La verdad, todos lo saben en el fondo, pocos son tan nerds como los médicos, aunque se los quiera mostrar como ardientes objetos de deseo.

La cosa se puso realmente buena hace unos años. Junto al mejor momento de la televisión desde su invención, junto a la tan aplaudida época dorada de la caja boba, llegaron series fuera de serie, con personajes protagónicos memorables. Tipos brillantes, de una inteligencia extraordinaria, carismáticos y cerebrales se apropiaron de la pantalla chica. Hijos directos del agente especial Dale Cooper (Kyle MacLachlan ) de Twin Peaks, estos personajes son algo así como nerds creciditos y con amor propio, son tan excéntricos como brillantes, disparan diálogos filosos, hacen referencias a la cultura erudita, tienen sentido del humor y una lucidez impresionante. El súper diagnosticólogo Gregory House (Hugh Laurie) de House M. D. (2004-hasta ahora), la bella antropóloga forense Temperance Brennande (Emily Deschanel) de Bones (2005-hasta ahora), el escritor frustrado Hank Moody (David Duchovny) de Californication (2007-hasta ahora), la brillante guionista Liz Lemon (Tina Fey) de 30 Rock (2006-hasta ahora), el psicoterapeuta Paul (Gabriel Byrne) de In Treatment (2008-hasta ahora), el psiquiatra Jack Gallagher (Chris Vance) de Mental (se emite desde el 2009) y el exquisito experto en lenguaje corporal Cal Lightman (Tim Roth) de Lie to me (se estrenó el 2009), llegaron para demostrar que ser inteligente es ser cool, que ser adictos al conocimiento da buenos resultados, que uno puede salvar el mundo con el poder del cerebro. Ahora recuerdo a Barton Fink (John Turturro), ese entrañable personaje de los hermanos Coen, gritándole a un rudo marinero: “¡Soy un escritor, monstruo! ¡Yo creo! ¡Vivo de crear! ¡soy un creador! ¡soy un creador! (apuntando su cabeza) ¡Este es mi uniforme!”. Pienso en la célebre frase del autor de best-sellers, Charles J. Sykes: “Sean buenos con los nerds. Probablemente terminaran trabajando para uno”. No puedo dejar de sonreír. La inteligencia está de moda.

Pero los nerds en su estado puro, en la televisión, están en dos series que se transmiten por Warner Channel, The Big Bang theory (2007-hasta ahora) y Chuck (2007-hasta ahora). Estas dos comedias no disfrazan a los geeks, los muestran en su estado más puro, son unos perdedores adorables que, en el fondo, siempre terminan ganando. The Big Bang theory centra su argumento en la vida de cuatro nerds muy nerds, Leonard (Johnny Galecki), Sheldon (Jim Parsons), Howard (Simon Helberg) y Raj (Kunal Nayyar), en su interacción con la sexy vecina del apartamento de enfrente, Penny (Kaley Cuoco). La serie tiene la capacidad de explotar los clichés de una manera muy fresca e ingeniosa, los guiones son apretados e inteligentes, los diálogos están tan bien pensados que los disfrutan tanto el público masivo, como los verdaderos nerds. Los personajes son extraordinarios, en especial Sheldon, el nerd robotizado, el nerd en su máxima expresión. La tensión sexual entre Leonard y Penny es el ingrediente perfecto para atrapar a los públicos amplios, a los que están más acostumbrados a las telenovelas. El slogan de esta serie lo resume todo: “Smart Is The New Sexy” (quitándole toda la gracia, quiere decir algo así como: “La inteligencia es lo que ahora es sexy”).

Por su lado, Chuck es una parodia al género del espionaje, el personaje del título (Zachary Levi) es algo así como una endulzada mezcla entre Maxwell Smart y Hal 3000. Chuck es un nerd que por un accidente descarga en su cerebro información secreta del gobierno. Ayudado por dos agentes especiales (Adam Baldwin y la magnífica Yvonne Strahovski), Chuck se convierte en una de las piezas fundamentales en la lucha en contra del terrorismo. Repleta de referencias al cine clásico (en especial a Casablanca), al género al que pertenece (la parodia de espías), con personajes protagónicos y situaciones disparatadas que sostienen las carencias en el guión, Chuck nos demuestra que nuestro futuro podría depender de un nerd. Y no tendríamos mucho que temer.

Seguramente, las series con héroes intelectuales, con nerds protagónicos, se reproducirán. Eso es bueno. Una de las que se viene a Latinoamérica, en Fox ya se transmitió el primer capítulo, es Glee. En Estados Unidos, su piloto se emitió en mayo y recién se estrenó hace unas semanas, pero supuestamente ya es un éxito. Ambientada en una secundaria típica, un grupo de estudiantes entra a un club de canto, a pesar de no ser bien visto por el resto, Será el primer musical televisivo de gran envergadura. Más o menos el mensaje de la serie es: “Con orgullo, saca al nerd que hay en ti”. Y canta.

Indudablemente, hoy por hoy los grandes guionistas del cine y de la televisión son nerds. Ellos son los culpables de la reivindicación de su “clase”, ellos son la vanguardia de la revolución en la industria del entretenimiento, ellos están construyendo la televisión que siempre merecimos y que se nos negó hasta ahora.

Barton Fink estaría orgulloso.

Un fantasma recorre el entretenimiento, el fantasma de los nerds. Hay que agradecerlo.

¡Nerds del mundo, uníos!

¡Los nerds al poder!

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