Sobre la jornada electoral en Barcelona: “Aquí de verdad se siente ser boliviano”

Para Vania Landívar, en ella encuentro cada día a mi patria

Andrés Laguna


La estación de metro Vall d’Hebron no es la más concurrida de Barcelona, está lejos de serlo. El 6 de diciembre de 2009, el pasado domingo, se transformó, se convirtió en un lugar en el que millones de bolivianos se reencontraron con la patria. Salir de la boca del metro, salir del subterráneo, salir de las profundidades de la tierra, sentir el viento frío, el viento húmedo, los rayos pálidos del sol y ver a miles de compatriotas haciendo una fila casi interminable, es encontrarse con la patria. Es enfrentarse con la patria.

Todo el mundo lo sabe, las pasadas elecciones, que ratificaron a Evo Morales, fueron las primeras en las que se votaría en el extranjero. La polémica que precedió a la decisión definitiva de permitir a un determinado número de bolivianos que viven en Estados Unidos, Argentina, Brasil y España, termina derrumbándose, termina siendo banal e irrelevante. Ante la presencia impresionante de miles y miles de personas que acudieron voluntariamente a los recintos para elegir al Presidente y al Vice-Presidente, no hay mucho que decir. Más de cincuenta mil bolivianos votaron en España, la mayoría lo hizo en Cataluña –más de veinte mil-, eso es un hecho. Un hecho feliz.

En el recinto del Palacio de los deportes de Vall d’Hebron, la gente tuvo que hacer una cola de dos o tres horas para depositar su voto, casi nadie desfalleció. Los bolivianos se apoderaron de la zona, la transformaron, la llenaron de emoción, la convirtieron en un pequeño enclave del país. En un pedacito hermoso del país.

Toda la gente con la que hablé, todos a los que entrevisté, me confesaron su felicidad, su alegría. Muchos, la mayoría, prefirieron guardar el anonimato, pero lo hicieron sonriendo. Los bolivianos todavía prefieren ser anónimos, pero ahora muestran su rostro con dignidad. Y son rostros sonrientes. Una cochabambina, que vive hace poco más de cinco años en Barcelona, confiesa: “Es una alegría. Hace muchos años estuve en la Argentina y no se podía votar, este es el primer año. Lo estoy viviendo de otra manera. Creo que estando fuera tenemos derecho a votar porque nuestra gente está en nuestro país. Ya era hora. Si bien estamos lejos, está bien que nos tomen en cuenta”. Otro cochabambino, un señor de edad avanzada, que migró hace tres años, un hombre de palabras lentas y elegantes, dice que votar: “Es un derecho legítimo que tienen todos los bolivianos. La comunidad boliviana ha respondido con mucha responsabilidad. La gente en el exterior está asistiendo a las urnas no por obligación, sino por responsabilidad con la patria”. Además, hizo una observación interesante: “Por lo general, los migrantes han trasladado las tendencias de sus ciudades. Aunque hay algunos que pueden sorprender y no siguen la tendencia de sus ciudades, casi todos lo hacen”. Cuando nos despedimos, lanza una frase contundente, que me perseguirá toda la vida: “Aquí de verdad se siente ser boliviano”. Tiene toda la razón. El olor a los rellenitos de papa que vende una señor al frente de la fila, es el más delicioso que jamás hayamos sentido todos los que estamos lejos de nuestro país.

Poco antes de que entren a votar, después de horas de cola, dialogué con “Jaime Máximo Pérez Pérez, azúcar de las mujeres”, un potosino que vive en Barcelona hace 10 años. Estaba tan feliz de votar que días antes había festejado con sus amigos la posibilidad que tenía de cumplir con su deber ciudadano. Jaime me confesó que la mayor parte de la comunidad boliviana apoya al MAS, me dijo: “Por Evo van, pero yo no”. Comprobando lo que aseguró “el azúcar de las mujeres”, un grupo de chicos que salía del recinto, que acababa de votar, cantaban suavito: “MAS, MAS, MAS, somos MAS”, el conocido Tinku del partido de Morales. El único de ellos que quiso hablar conmigo fue Juan Carlos Mairana, un joven que está en Barcelona hace cuatro años. Me aseguró que los bolivianos en el extranjero, en su mayoría, apoyan a Evo. Si bien casi todos los entrevistados, me dijeron esa frase algo antipática, “el voto es secreto”, se sentía la simpatía por el MAS en la gran mayoría.

La gente se agolpaba, daba la impresión que la espera sería eterna, pero casi nadie desfalleció. Todos se mantuvieron fieles a sus intenciones, fieles al país. Las salteñas, los rellenos, los choclos, los platitos, alimentaban el amor por la patria, nos transportaban a nuestro el país. La gente estaba orgullosa de cumplir con su responsabilidad, todos me hablaron sin reparos, con compromiso, siendo concientes de la importancia de su participación en el ejercicio democrático. Fue conmovedor.

Además de mi carnal Javier Rodríguez –que me acompañó a entrevistar a la gente-, creí ser el único periodista boliviano en el lugar, hasta que divisé a una reportera y a un camarógrafo de Unitel –ay, la mala hierba está en todas partes-. Intentaron filmar a los votantes sin permiso y a la fuerza. Como no podría ser de otra forma, la gente no lo tomó bien, pero no se desanimaron, siguieron enseñado sus rostros, con toda la dignidad del mundo. Unitel tuvo que retroceder.

Fuera del Palacio de los deportes, prácticamente no se veía a ningún funcionario de la Corte Nacional Electoral, sólo a los guardias de seguridad. Daba la impresión, desde afuera, que todo estaba muy desordenado, muy mal organizado. Pero, cuando consulté a los que ya habían votado me aseguraron que todo estaba funcionando bien. Víctor Hugo Cuellar, un cruceño que ya lleva nueve años en Cataluña, aseguró que lo único que hacía falta era aumentar el número de mesas, sin tomar en cuenta eso, todo le pareció excelente. Por otro lado, Reina, una potosina que vive en España hace cuatro años, nos aseguró que el trabajo de la CNE fue impecable el día de la elecciones, pero que el punto flaco estuvo en las inscripciones. Muchos, muchos bolivianos se quedaron sin votar a pesar de haberlo intentado con tesón. “Mi hermana no pudo hacerlo, las colas eran inmensas”, afirmó.

Pude comprobar que dentro del recinto todo era sorprendentemente ordenado, incluso más que en territorio nacional. La Corte hizo un gran trabajo, sus esfuerzos tuvieron buenos resultados. El pueblo estaba profundamente contento. La dicha se respiraba en todas partes.

Los resultados de las elecciones nos indican que, en cuestión de números, en cuestión de porcentajes, fríamente, los votos de España, los votos de Cataluña, los votos de Vall d’Hebron no influyeron mucho en los resultados finales. Pero hicieron historia. Si el logro más importante del gobierno de Evo Morales ha sido hacer visibles a quienes no lo eran, las elecciones en el exterior son otro gran hito en ese sentido. Votar fuera del país, significó para miles de migrantes recuperar su nacionalidad, recuperar a la patria, recuperar a su Bolivia. Su país los llamó y ellos acudieron, firmes, con la frente en alto.

La próxima vez que alguien me pregunte, “¿qué es la patria?”, pensaré en cada uno de los rostros con los que me crucé el 6 de diciembre de 2009, pensaré en los migrantes bolivianos, pensaré en la gente que fue expulsada del país por la situación económica, pero que jamás dejó de amar a Bolivia. Para miles de personas que viven en el extranjero depositar su voto en una urna fue un compromiso, una responsabilidad, un acto de amor. Por lo general, Bolivia duele. Creo que duele más cuando se está lejos. Pero, el 6 de diciembre del 2009, todos los que estuvimos en Vall d’Hebron nos llenamos de dicha. De la dicha de ser bolivianos.

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