Chupasangres: adolescentes e inmortales

Andrés laguna

En el momento en el que me dispongo a escribir este artículo encuentro una nota en la página de El Deber que abre así: “Una invasión de más de un centenar de murciélagos obligó a evacuar y cerrar por tiempo indeterminado la sede de los tribunales de la ciudad argentina de Bahía Blanca (685 km al sur), informó este miércoles una fuente judicial”. La idea que me conduce a escribir esta nota se confirma: Los vampiros están en todas partes.
Por alguna razón que todavía no puedo entender del todo, la saga escrita por la mormona Stephenie Meyer, Twilight (2005-2008), y las cintas basadas en su obra, han convertido a los vampiros en un auténtico fenómeno. Buena parte de los adolescentes de todo el mundo están fascinados por las insípidas y arquetípicas aventuras de Bella Swan (Kristen Stewart) y Edward Cullen (Robert Pattinson), la parejita de enamorados de la saga Crepúsculo. Sí, sí, está bien, ella es bonita y tiene un algo que la hace parecer más interesante de lo que en realidad es, y él es algo así como el objeto más deseado por las mujeres desde Brad Pitt y las carteras Louis Vuitton. Pero, francamente, la saga no tiene mucho más de interesante. Salvo por un pequeño detalle: Edward es un vampiro que está enamorado de una mortal. La fascinación de los mortales por esos seres pálidos, alérgicos a la luz solar y al ajo, fóbicos a las cruces y a las estacas, que se alimentan de sangre, que son virtualmente inmortales y que sufren de enamoramientos obsesivos compulsivos, siempre ha sido potente y curiosa.

La sangre entra con letra
Los vampiros hacen parte del folclore europeo prácticamente desde siempre, fueron protagonistas de poemas y de cuentos clásicos de la literatura del viejo continente. Pero alcanzaron verdadera relevancia en el imaginario popular cuando un escritor irlandés narró la historia de un noble transilvánico. Cuando Bram Stoker publicó en 1897 su extraordinaria novela Drácula. En esa pieza clásica de la literatura de terror, el lector sufre la omnipresencia de un monstruo que parece ser omnipotente. Narrada de manera cuidadosa, inteligente y casi vanguardista para la época, a partir del género epistolar y de las múltiples voces, Drácula se impone como una de las piezas más bellas de la literatura de terror.
También se debe reconocer que no son pocos los grandes y memorables escritores que transitaron territorios vampíricos. Muchos, muchísimos, tal vez demasiados, escribieron libros sobre chupasangres sedientos, por supuesto, algunos más logrados que otros. Autores de gran peso firmaron obras importantes. Stephen King con su Drácula à la USA, Salem’s Lot, que ya cuenta con dos adaptaciones para la televisión, logra una de las más inteligentes reinvenciones de la mitología de Stocker. Kim Newman escribió la conocida, divertida y delirante serie que se inicia con Anno Dracula, en la que el Conde se casa con la Reina Victoria de Inglaterra y, además, Jack el destripador está suelto por las calles de Londres. Richard Matheson escribió su oscura e interpelante Soy leyenda que, si bien no trata sobre Drácula, es de lejos una de las mejores obras sobre vampiros, fue llevada al cine por lo menos tres veces, incluida una muy mala versión de 2007 con Will Smith, en la que los vampiros parecen zombies. Las Crónicas de vampiros de Anne Rice no están mal, hace parte de ellas la célebre Interview with a vampire que en el cine contó con los rostros de Brad Pitt, Antonio Banderas, Kirsten Dunst y Tom Cruise. Guillermo del Toro, el notable director de El laberinto del Fauno y de Hellboy, junto al escritor Chuck Hogan, también firmó una extraña novela sobre bebedores de sangre, Nocturna. Incluso, hace unos meses el académico y especialista en Drácula, Ian Holt, junto al sobrino bisnieto de Bram, Dacre Stoker, publicaron una secuela de la novela que lo inició todo, Drácula, el no muerto, me dijeron que no está mal del todo. Nada más que una muestra de lo bueno y de lo más pasable. Todo, lo aseguro, infinitamente más interesante y divertido que la saga Crepúsculo, de autores infinitamente más talentosos que Stephenie Meyer. Pero que no son un fenómeno comercial. Lo que tampoco puedo entender.

Imágenes que muerden
En el cine Drácula es uno de los personajes más mimados, sólo compite con Sherlock Holmes en la cantidad de adaptaciones. Los vampiros no transilvánicos también abundaron y no hicieron un mal papel. Desde el Nosferatu de Murnau hasta el de Herzog, desde el Drácula de Tod Browning hasta el de Francis Ford Coppola, pasando por las célebres encarnaciones del conde transilvánico a cargo de leyendas como Max Schreck, Klaus Kinski, Frank Langella, Christopher Lee, Bela Lugosi, Paul Naschy y Gary Oldman, la historia de la relación cine/vampiros fue fructífera y venerable por mucho tiempo. Incluso, cintas del género mucho más hollywoodenses lograban ser entretenimiento sólido y correcto, pienso en Blade (que está basada en un nada irrelevante cómic) y en Buffy the Vampire Slayer (la franquicia se hizo mucho más célebre por la serie de televisión, protagonizada por Sarah Michelle Gellar, que sucedió al largometraje). Otra manifestación de Drácula que vale la pena celebrar es su enfrentamiento con el otro murciélago más famoso de la cultura popular, el mismísimo Caballero oscuro, Batman, en una película de animación magnífica e imperdible. Aunque, por otro lado, derrapes como Underworld, sus secuelas y esa casi parodia del género que es Van Helsing son para olvidar. Lo que es definitivo es que, de manera general, el vampiro humano es el monstruo privilegiado del séptimo arte.
Incluso en la caja boba, en la pantalla chica, símiles del Príncipe de las tinieblas tuvieron manifestaciones memorables, “Dark Shadows”, que narraba las aventuras del vampiro caballeresco Barnabas Collins, era un deleite puro (corren rumores de que la célebre y perfecta dupla Tim Burton/Johnny Depp, está preparando una adaptación cinematográfica contemporánea). La aplaudidísima serie de HBO "True Blood" y, la mucho menos fresca, "Vampire Diaries", parece que también tratan de dejar una estela brillante.

Monstruo, demasiado Monstruo
Drácula y los vampiros siempre se caracterizaron por ser monstruos elegantes y seductores, que hipnotizaron a generaciones. Lo que no me deja de parecer curioso es que los vampiros de hoy, en especial los de Crepúsculo, migraron de oficio, ya no son protagonistas de historias de terror, ya no son monstruos peligrosos, son objetos del deseo, íconos de la moda, héroes de culebrones románticos. Para rematar, el personaje de Pattinson en Crepúsculo y su familia, son algo así como una especie de vampiros vegetarianos, ¡no prueban sangre humana! ¡Pamplinas! Los vampiros de hoy son una vergüenza para su estirpe, no son más que niños emo con súper poderes. Aunque a muchas les duela, Christopher Lee, Bela Lugosi y Frank Langella, tenían más clase, sensualidad y habilidad actoral en la punta de sus pies, que el joven Pattinson y toda su pandilla.
Crepúsculo, su secuela, las novelas en las que se basan y sus protagonistas, no son más que un flojo producto de entretenimiento, poco consistente, que en relación con productos similares no vale mucho. No entiendo su éxito. Lo que sí entiendo es que los vampiros estén de moda, que sean un fenómeno mundial. Este es el tiempo en que todo el mundo hace lo posible por prolongar su adolescencia. Los adultos no quieren, ni pueden crecer. Se resisten a asumir la madurez antes de los 40, escapan a las responsabilidades y a los compromisos, disfrutan de sus “juguetes para adultos”, de sus consolas súper preciadas, de sus cachivaches tecnológicos de entretenimiento, de la moda juvenil y de los Converse más estrafalarios. El sueño es ser jóvenes por siempre. La ciencia, en la medida de sus posibilidades, está cumpliendo con los anhelos de la gente, pero no del todo, no a la velocidad que quisieran. El complejo de Peter Pan es cosa del pasado. Ha sido desplazado por el gran mito en el que quisiéramos vivir, el de los jóvenes chupasangres, de los vampiros adolescentes: hermosos, pálidos, súper bien vestidos, elegantes y, lo que es más relevante, poseedores de juventud eterna. Los vampirillos crepusculares que se dejan morir por amor, que son indiferentes a todo lo que está más allá de sus necesidades adolescentes, se han convertido en un extrañísimo modelo a seguir por los jóvenes y, lo que es más preocupante, por los menos jóvenes. Es, lamentable, pasó el tiempo en el que soñábamos con vivir en el País de Nunca Jamás, el lugar en el que se puede volar, nadar con sirenas y ser niños por siempre. Ahora, nos interesa estar impecablemente vestidos por toda la eternidad. Y succionar sangre.

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