In memoriam Yapita

Pasaron varios días. Recién ahora me animo a ordenar mis ideas y mis sentimientos, me animo a escribir unas cuantas líneas, líneas insuficientes.

Mi gran amigo, mi compañero querido, mi hermano del alma, Juan José Claure, el Yapita, murió y el hecho todavía me hace tambalear. Cuando mi mamá nos dio la nefasta noticia, Vania y yo ensombrecimos. El dolor y la impotencia nos invadieron con ferocidad. La distancia no nos permitió acompañar a la familia, compartir el dolor con nuestros amigos.

El azar a veces nos juega en contra.

A pesar de que siempre, siempre, siempre, permanecerá intocable en nuestra memoria, en nuestros recuerdos más felices, duele mucho no poder sumar más imágenes junto a él, no poder disfrutar de su presencia, de su calidísima presencia. Pero, las imágenes que guardamos los que lo quisimos incondicionalmente, las imágenes que guardamos son fuertes, vitales, llenas de alegría.

Ahora mismo se me vienen a la cabeza tantas cosas. Me acuerdo de su primera chupa. Era el último día de clases. No podría precisar qué año fue. Salimos del colegio. Fuimos a comprar trago en una de las licorerías de la Santa Cruz. Volvimos al colegio. Bebimos en las canchas de fútbol. Reímos mucho. Compré un pollo sobre preciado para que comamos todos. Estábamos el Lafuco, el Claver, el Pichicate y los hermanos de siempre –MinMin, el Rata y yo–. Una botellita de un nefasto ron fue suficiente para dejarnos como queríamos. El Yapita, poco después, zapateaba y repetía el nombre de su amor de esos días. Al día siguiente nos contó que su abuelito, que su querido “Papá Juan”, descubrió que había bebido. Siempre recordábamos esa historia.

Recuerdo las innumerables veces que me ayudó con la tarea de artes plásticas, de las veces que yo lo ayudé en ciencias sociales y literatura. Recuerdo algunos de sus goles, que parecían en cámara lenta. Recuerdo la vez que en un partido de básquet casi metió un aro en contra de nuestro equipo. Recuerdo la vez que, junto al Vinchu, revolvió al curso por la desaparición de una pinche llave de auto. Recuerdo cuando, en Cancún, tuvo que cargar al Fer, recuerdo cuando se puso a provocar al salvavidas, cuando cantó como los más grandes esa célebre estrofa: “Canta y no llores”. Recuerdo los interminables almuerzos en el Rodizio, las cenas en Thuesday. Recuerdo su wilstermanismo incondicional. Recuerdo la vez que para una exposición MinMin y él se vistieron de mineros. Recuerdo los paseos en su Samurai celeste. Recuerdo los días de los Tres Chiflados. Recuerdo sus páginas del anuario en blanco y negro. Recuerdo sus impecables trabajos de dibujo técnico. Recuerdo la noche en que las "historias de fantasmas" de Vania lo aterraban, cuando nos contó el encuentro de su Papá Juan con un duende. Uf, podría seguir escribiendo tantas cosas…

Recuerdo su risa y sus abrazos.

Los amigos de siempre -MinMin, el Ratita y yo-, nunca dejamos ni dejaremos de hacerlo, de celebrar sus triunfos como nuestros. Cada vez que terminaba un edificio, cada vez que ganaba un campeonato, cada vez que nos narraba una nueva aventura, nos llenaba de felicidad.

Seguramente, por ser el más verborrágico de los amigos, fui algo así como el consejero oficial, el confidente de oficio, el Yapita siempre me contó lo que pensaba, lo que le estaba pasando. Me enorgullece haber sido depositario de sus palabras, me alegra que las mías le hayan sido útiles alguna vez.

Siempre creí que él nos enterraría a todos, era el más sano y el más fuerte de los amigos. Siempre creí que vería crecer a sus hijos, que sería algo así como el símbolo de la estabilidad, era el que tenía un perfil de padre de familia, de hombre responsable, de tipo confiable. Siempre creí que él enseñaría a jugar baseball a mis hijos, que los llevaría a sus obras, que amaneceríamos charlando; MinMin, el Ratita y yo tomando vino, el Yapita durmiéndose de rato en rato. Siempre creí que compartiríamos cenas y bacanales por el resto de nuestras vidas. Ahora no nos queda mucho más que la memoria, que los recuerdos.

El azar a veces nos juega en contra.

Fue un placer conocerlo, un verdadero placer. Nos hace falta a todos. Desde ahora. Para siempre.

Jamás nos abandonará.

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