Goya 2010: El triunfo del cine de género


Andrés Laguna


Las ceremonias de premiación, en especial en el ámbito cinematográfico, nos son más que jornadas en las que la industria aplaude a la industria, valga la redundancia. Poco tienen que ver con el arte. Pero hay que reconocer que son entretenidas y, lo que es más importante, es que a través de ellas se puede diagnosticar el estado en el que se encuentra la industria cinematográfica de un país. Lo que, a su vez, puede dejar ver el estado del territorio en el que el arte se desarrollará. Por ejemplo, en los Oscares se deja ver que las condiciones para hacer cine propositivo en Hollywood son muy complicadas, en Cannes se hace evidente que no es un buen tiempo para ser un director joven y no consagrado, en los Independent Spirit Awards se percibe que el concepto de “cine independiente” tiene más matices de las que imaginamos.

Los Goya, los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, tienen mucha relevancia porque son los galardones más pomposos y publicitados del mundo iberoamericano. La XXIV edición de los Premios se celebró el día 14 de febrero en Madrid y, a diferencia de casi todos los años, fue una ceremonia entretenida, con algunos momentos emotivos y memorables. Además contó con la inteligente y graciosa conducción del genio de los late shows españoles, Andreu Buenafuente. El gran director de cine Álex de la Iglesia (recordado por las magníficas cintas El día de la bestia y Crimen Ferpecto), en sus primeros Goyas como presidente de la Academia, se vino con todo. Fue una premiación casi espectacular, llena de efectos especiales, de números musicales (hay que reconocer que inevitablemente algunos daban un poco de vergüenza ajena), con presentadores de lujo, con un anfitrión de primera y con un homenaje que conmovió a todos. En su discurso, de la Iglesia dijo: “Estamos aquí para que esta gala sea divertida, para promocionar películas, y que la gente vaya al cine”. Y más tarde afirmó: “El cine hecho en este país ha vivido en 2009 uno de sus mejores años. No sólo por la taquilla. Este año nos hemos sentido vivos. Más vivos que nunca. Somos así, con desacuerdos y desencuentros, como una imagen grotesca de nuestro propio entorno. Sin embargo, podemos cambiar. Miradme, 35 kilos menos”. Eso es lo que esperamos todos.

Más allá de que Penélope Cruz y Javier Bardem, la insufrible y oscarizada pareja real del cine español, aparecieran juntos por primera vez, de que Pedro Almodóvar hiciera una aparición inesperada (para presentar el galardón a Mejor Película, con la que selló una reconciliación con la Academia, con la que se robó un poco el show), que el homenaje al gran Antonio Mercero (director de la serie “Verano azul” y del telefilme ganador de los Emmy, La Cabina, entre otros) fue más conmovedor de lo que se esperaba (en gran medida, porque cuando de la Iglesia le entregó el galardón al veterano realizador, le dijo algo así: “en parte hago cine por ti”), de que a nivel de espectáculo todo haya sido casi impecable, no hubieron grandes sorpresas en la noche. Ganaron las grandes producciones y las más taquilleras, por las que todos habían apostado.

Sin duda, la gran triunfadora de la noche fue Celda 211 de Daniel Monzón. Se llevó un total de 8 premios: actor revelación, actriz de reparto, actor, sonido, guión, montaje, director, película. Este thriller carcelario funciona de maravilla, mantiene la tensión, tiene un desarrollo sorpresivo, constantes inyecciones de adrenalina y personajes memorables. Sí, es una muy buena pieza de género, algo para lo que los españoles no son muy buenos. Pero desde ningún punto de vista es una gran obra maestra del cine, no tiene una propuesta estética y discursiva renovadora, creativa. Es una película muy bien hecha, excelente en su género, pero nada más.

La otra gran ganadora de la noche fue Agora, también una película de género, un drama épico-histórico, dirigido por el impersonal y efectivo Alejandro Amenábar. Se llevó casi todos los premios técnicos: efectos especiales, fotografía, dirección artística, maquillaje y peluquería, vestuario, dirección de producción, guión original. La cinta protagonizada por la cada vez más descolorida Rachel Weisz, tiene como protagonista a Hipatia, una filósofa griega neoplatónica, y cuenta una historia que tenía todo lo necesario para ser apasionante. Pero, en manos de Amenábar, todo termina siendo pulcro y correcto, frío y estéril. Es que el director de Mar adentro y The Others se perfila como un perfecto Spielberg ibérico, alguien que hace las cosas bien, pero sin mucha alma, ni visión artística. Desde mi perspectiva, los premios de Agora son reconocimientos a la capacidad de hacer una cinta de género épico que no sea vergonzosa. Nada más.

Las otra favorita, El baile de la victoria del gran Fernando Trueba, se quedó sin ningún “cabezón”. Lo que era de esperar, la cinta fue fríamente recibida por la crítica y no es uno de los mejores trabajos de Trueba. El secreto de sus ojos del venerable director argentino Juan José Campanella, tal vez la cinta más redonda de las nominadas, ganó dos premios, mejor película iberoamericana y mejor actriz revelación (lo extraño es que fue para Soledad Villamil, una actriz conocida internacionalmente). La magnífica Lola Dueñas se llevó el galardón a mejor actriz, por su impecable trabajo en Yo también. Alberto Iglesias, el enorme compositor fetiche de Almodóvar, se llevó su octavo Goya, convirtiéndose en uno de los artistas más premiados por la Academia, por la partitura de Los abrazos rotos. Lo que puede ser interesante para los cinéfilos bolivianos es que dos de los actores que participaron del rodaje de También la lluvia, la cinta de Icíar Bollaín que se rodó en el Chapare, ganaron premios importantísimos, mejor actor protagónico y mejor actor de reparto. El gran Luis Tosar, por su encarnación de el Malamadre en Celda 211, se llevó el primero y Raúl Arévalo por Gordos se llevó el segundo. No muchas sorpresas, la prensa, el público, las encuestas, ya lo anunciaban.

Lo que llama mi atención es que este año se reconoció la capacidad de hacer cine de género. Si bien el cine español tiene enormes representantes, grandes figuras, sus directores más importantes siempre han realizado cine de autor, pienso en Luis Buñuel, en Carlos Saura, en Pedro Almodóvar, en Fernando León de Aranoa, en José Luis Cuerda o en Isabel Coixet. Por lo general, les ha costado hacer películas simples, de género, con objetivos claros, sin más pretensiones que las anunciadas, sin intimismos, sin una visión artística singular omnipresente. Celda 211, Agora y Planet 51, llegan para inaugurar una nueva etapa del cine español, una etapa de cine de entretenimiento más o menos bien hecho.

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