El secreto de sus ojos: El espejo del alma


Andrés Laguna

Hay películas que no se pueden dejar de ver. Hay películas que deben hacer parte de la charla de café diaria. Hay películas que tienen la capacidad de contar historias esenciales e inolvidables. Esas películas son los grandes clásicos. El secreto de sus ojos del director argentino Juan José Campanella es un clásico. La cinta está nominada al Oscar, ganó un par de Goyas, entre otros premios, eso puede ser un buen signo, pero me atrevo a afirmar que ningún reconocimiento le hace verdadera justicia. La película está condenada a quedarse en la memoria del espectador para siempre. Ese es su destino, ser recordada. Eso es lo que merece.

El secreto de sus ojos, curiosamente, es una película sobre el recuerdo, sobre la imposibilidad de olvidar ciertas cuestiones: amores imposibles, amistades entrañables, imágenes violentas, injusticias e impunidades, vivencias vitales, vivencias mortales. Ese es un tema recurrente en el cine, en la literatura, en general, en el arte argentino post-dictadura. Lo que es perfectamente entendible, pero por momentos agotador. Lo notable de El secreto de sus ojos es que es una película perfecta, con todo lo que ese rótulo implica, tiene un excelente ritmo, un guión brillante, interpretaciones de primerísima, una estructura irreprochable, un discurso coherente, ético e inteligente.

La cinta gira alrededor de Benjamín Espósito (el siempre excelente Ricardo Darín), ex funcionario de un juzgado de la Ciudad de Buenos Aires, que después de jubilarse decide escribir una novela basada en un caso en el que trabajó veinticinco años antes, que lo conmovió y que le cambió la vida, el brutal asesinato y la violación de una joven maestra. Su obsesión con el horroroso crimen lo lleva a revivir aquellos años, lo obliga a remover fantasmas del pasado. Las imágenes de esa época lo inundan: la presencia de su buen amigo Pablo Sandoval (Guillermo Francell, de lejos, en la mejor interpretación de su endeble carrera), las charlas con el esposo de la víctima (Pablo Rago, en una interpretación súper intensa), la corrupción y la violencia, los partidos del gran Racing Club de Avellaneda y, sobre todo, la juvenil sonrisa de Irene Menéndez Hastings (Soledad Villamil, en un trabajo aplaudidísimo), su jefa directa y amor imposible. Benjamín Espósito tiene deudas con el pasado, debe resolverlas, debe enfrentarse a sus fantasmas personales. Ambientada, paralelamente, en los años ’90 y en los ’70, en los años de la ilusión menemista y en el horror de Isabelita, El secreto de sus ojos es un thriller brillante, que mantiene al espectador atento y conmovido, pero además reflexionado, cuestionándose. Es una cinta policial, influida por el género negro, pero también es una drama existencial y amoroso, que tiene elementos del cine de denuncia, del cine político.

Juan José Campanella es un gran director. Lo demostró de sobra en películas como El mismo amor, la misma lluvia y El hijo de la novia. Si bien su última obra, la cursi y empalagosa Luna de Avellaneda, fue un desastre, con El secreto de sus ojos cambia por completo de rango, deja a un lado las historias tragicómicas urbanas, para firmar su mejor largometraje. Además, tiene el buen olfato de escapar de todos los clichés de los géneros en los que se inscribe su cinta, proponiendo siempre respuestas narrativas y argumentales frescas, verosímiles y emocionantes. Sólo un auténtico artista puede aproximarse a un momento tan oscuro de la historia de un país, de la historia de la humanidad, sin caer en lugares comunes, desde un territorio distinto, sin ser pretencioso y/o banal, sin perder la fuerza, sin intentar rodar algo absurdamente definitivo o pretenciosamente canónico. A su manera, contando una historia particular, mínima, Campanella retrata con inteligencia y sensibilidad al nefasto régimen de la nefasta Isabelita de Perón, pero también atrapa la esencia de personajes que a través del lente de un gran director obtienen vida propia. El guión parece que hubiera estado escrito a cuatro manos por Osvaldo Soriano y Manuel Puig. No sólo por la fluidez, la naturalidad y por la utilización correcta del lenguaje coloquial, sino porque la historia, la profunda psicología de los personajes y el retrato de una nación se construye a través de un recurso fundamental: los diálogos. De ninguna manera con esto quiero decir que los parlamentos sean excesivos, largos o tediosos, todo lo contrario, están tan bien pensados que a través de ellos se arma toda la película. Pero el elemento culminante es la gran visión de Campanella, los encuadres y las secuencias son típicos del cine negro, lo que es muy bello. Pero lo que es realmente genial es como le presta atención a los ojos de los personajes, a sus miradas. Muchas de las palabras las pronuncian las retinas, muchos de los sentimientos los transmite el titilar de los ojos, por momentos el logos se rinde ante otro lenguaje que parece estar más conectado con el alma, un lenguaje que parece ser más perfecto y justo, uno que guarda los secretos. Recordar es mirar al pasado, es escudriñar la mirada del otro, es recuperar el secreto de los ojos, es encontrarse con uno mismo, es una forma de llegar a ser lo que uno es, es sobrevivir.

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