The Men Who Stare at Goats: Miradas que matan

Andrés Laguna
Vivimos tiempos extraños. No cabe duda. Tiempos en los que una milenaria y apocalíptica “profecía” maya parece confirmarse, tiempos en los que los periódicos parecen ser pasquines de ciencia ficción, tiempos en los que los líderes mundiales parecen caricaturas y guiñoles, tiempos en los que la iglesia católica está perdiendo toda credibilidad y prestigio, tiempos de guerras santas, tiempos en los que las noticias empalidecen a los argumentos de las películas de James Bond, tiempos en los que las series de televisión parecen reproducciones fieles de la realidad. Por tanto, si alguien afirma que el ejercito de los Estados Unidos, el ejercito más temido del mundo, tiene un equipo súper secreto de soldados con poderes paranormales ya no nos parecería una mala broma totalmente inverosímil. La coyuntura lo aguanta todo. Justamente, de eso trata The Men Who Stare at Goats, proyectada en Bolivia con el poco certero título: Hombres de mentes.
La película cuenta la historia de una unidad de caballeros Jedi terrícolas, estadounidenses y contemporáneos. Sí, sí, sujetos que mueven cosas con el pensamiento, que desafían las leyes de la física, sujetos que pueden matar con el pensamiento. Nada muy novedoso para el cine de ficción. Lo interesante es que la apertura de The Men Who Stare at Goats anuncia algo así: “Más de lo que podría imaginar es verdad”. No es broma.
El filme comienza con Wilton (Ewan McGregor), un reportero de un diario pequeño, entrevistando a un subnormal que asegura haber sido miembro del Ejercito de la Tierra Nueva, la ya mencionada unidad de soldados paranormales. En teoría, asegura el entrevistado, este grupo de “élite”, había sido entrenado para espiar a distancia, para matar con el pensamiento, para penetrar en espíritu a las líneas enemigas, para ser un mero, mero jedi.
Wilton, obsesionado con la historia, lleva su investigación al extremo, viaja por el mundo en busca en busca de más información. En 2002 llega a Kuwait, donde se cruza con Lyn Cassady (George Clooney), miembro legendario del Ejercito de la Tierra Nueva, el recluta estrella, el mejor, el más talentoso, algo así como una mezcla otoñal entre Rambo y el Profesor Xavier. Wilton y Cassady se envuelven en un puñado de absurdas situaciones, convencidos de que algo, seguramente la “Fuerza”, los hizo encontrarse, que algo los estaba llevando a cumplir con su destino, a realizar una misión trascendental. En el transcurso de su aventura, Cassady narra la historia del Ejercito de la Nueva Tierra y la de su fundador, Bill Django (Jeff Bridges), un militar que después de vivir una experiencia paranormal en una batalla en Vietnam, se sumerge en la contra cultura estadounidense: alucinógenos, espiritualidad, paz, amor y toda la cháchara hippie. Django utiliza todo lo aprendido para crear al Ejercito de la Nueva Tierra, para entrenarlo y para intentar revolucionar la forma de hacer la guerra. Pero, el Némesis de Cassady en la unidad, otro recluta destacado llamado Larry Hooper (Kevin Spacey), un tipo con talento, se encargó de refutar los métodos de Django, condujo a la experimental unidad a la ruina y dinamitó todo lo que el Ejercito de la Nueva Tierra pretendía ser.
Basada en un libro de non-fiction de Jon Ronson, la cinta está repleta de momentos absurdos e hilarantes, lo mejor que tiene son las extraordinarias interpretaciones de un casting maravilloso, pocas veces tantos actores excelentes habían hecho fuerza en un mismo proyecto. Clooney no sobreactúa, lo que suele hacer en las comedias que interpreta –corriendo suertes dispares–, y consigue encarnar a un hombre sensible que genuinamente cree en lo que está haciendo. Spacey, que vuelve al cine después de un largo periodo dedicado al teatro, hace un trabajo magnífico interpretando a un villano tan insoportable como entrañable. McGregor parece ser la antítesis patética de su Obi-Wan Kenobi y supera por mucho a todos los papeles flojos que interpretó en los últimos años. Pero, Jeff Bridges se roba la película, su Bill Django es una especie de apócrifo del “Dude” de The Big Lebowski. Retoma el rol y lo reinventa, lo lleva a extremos insospechados, escribe una biografía alternativa de uno de los personajes de culto más recordados, copiados y queridos de la historia del cine. Además, lo hace en el mismo año en el que, por fin, la Academia decidió darle la consagratoria estatuilla, el Oscar a mejor actor protagónico, por su extraordinario y desgarrador papel en Crazy Heart. Bridges es un actor de primer nivel, que ha sido extremadamente generoso con la historia del cine, versátil, intenso y sutil a la vez, carismático y consecuente. En The Men Who Stare at Goats vuelve a entregar una interpretación que permanecerá en la memoria de todo cinéfilo que se respete.
Lamentablemente, la cinta no llega a ser una obra maestra, lo que es gran problema considerando que contaba con la materia prima para serlo: un argumento interesante, una aproximación fresca, un reparto de primerísima y un guión lleno de buenos parlamentos. El director de la cinta, Grant Heslov, definitivamente no es un genio. The Men Who Stare at Goats parece una hermana bastarda de las comedias de los hermanos Coen, una hermana cuerda, medida y descafeinada. De ninguna manera quiero decir que The Men Who Stare at Goats no vale la pena, todo lo contrario, es una de las mejores radiografías paródicas que se han hecho en los últimos años del ejercito gringo y de la sociedad que lo mantiene, además es una bocanada de oxigeno para los amantes del cine que deben sufrir la ausencia de buenas películas en las salas nacionales. Lo que es un lástima, es que la película podría haber sido un pieza maestra y se queda en medio camino.
Dicen que la realidad supera al arte. Tengo serias dudas. Pero si alguna vez veo a un militar mirando fijamente a una cabra, intentando fulminarla con los ojos. Si tengo noticias de soldados atravesando muros, espiando a distancia o haciendo algo parecido, tendré escalofríos. Y rogaré, muy seriamente, para que la “profecía” maya desate toda su ira.
Vivimos tiempos extraños. No cabe duda. Tiempos en los que una milenaria y apocalíptica “profecía” maya parece confirmarse, tiempos en los que los periódicos parecen ser pasquines de ciencia ficción, tiempos en los que los líderes mundiales parecen caricaturas y guiñoles, tiempos en los que la iglesia católica está perdiendo toda credibilidad y prestigio, tiempos de guerras santas, tiempos en los que las noticias empalidecen a los argumentos de las películas de James Bond, tiempos en los que las series de televisión parecen reproducciones fieles de la realidad. Por tanto, si alguien afirma que el ejercito de los Estados Unidos, el ejercito más temido del mundo, tiene un equipo súper secreto de soldados con poderes paranormales ya no nos parecería una mala broma totalmente inverosímil. La coyuntura lo aguanta todo. Justamente, de eso trata The Men Who Stare at Goats, proyectada en Bolivia con el poco certero título: Hombres de mentes.
La película cuenta la historia de una unidad de caballeros Jedi terrícolas, estadounidenses y contemporáneos. Sí, sí, sujetos que mueven cosas con el pensamiento, que desafían las leyes de la física, sujetos que pueden matar con el pensamiento. Nada muy novedoso para el cine de ficción. Lo interesante es que la apertura de The Men Who Stare at Goats anuncia algo así: “Más de lo que podría imaginar es verdad”. No es broma.
El filme comienza con Wilton (Ewan McGregor), un reportero de un diario pequeño, entrevistando a un subnormal que asegura haber sido miembro del Ejercito de la Tierra Nueva, la ya mencionada unidad de soldados paranormales. En teoría, asegura el entrevistado, este grupo de “élite”, había sido entrenado para espiar a distancia, para matar con el pensamiento, para penetrar en espíritu a las líneas enemigas, para ser un mero, mero jedi.
Wilton, obsesionado con la historia, lleva su investigación al extremo, viaja por el mundo en busca en busca de más información. En 2002 llega a Kuwait, donde se cruza con Lyn Cassady (George Clooney), miembro legendario del Ejercito de la Tierra Nueva, el recluta estrella, el mejor, el más talentoso, algo así como una mezcla otoñal entre Rambo y el Profesor Xavier. Wilton y Cassady se envuelven en un puñado de absurdas situaciones, convencidos de que algo, seguramente la “Fuerza”, los hizo encontrarse, que algo los estaba llevando a cumplir con su destino, a realizar una misión trascendental. En el transcurso de su aventura, Cassady narra la historia del Ejercito de la Nueva Tierra y la de su fundador, Bill Django (Jeff Bridges), un militar que después de vivir una experiencia paranormal en una batalla en Vietnam, se sumerge en la contra cultura estadounidense: alucinógenos, espiritualidad, paz, amor y toda la cháchara hippie. Django utiliza todo lo aprendido para crear al Ejercito de la Nueva Tierra, para entrenarlo y para intentar revolucionar la forma de hacer la guerra. Pero, el Némesis de Cassady en la unidad, otro recluta destacado llamado Larry Hooper (Kevin Spacey), un tipo con talento, se encargó de refutar los métodos de Django, condujo a la experimental unidad a la ruina y dinamitó todo lo que el Ejercito de la Nueva Tierra pretendía ser.
Basada en un libro de non-fiction de Jon Ronson, la cinta está repleta de momentos absurdos e hilarantes, lo mejor que tiene son las extraordinarias interpretaciones de un casting maravilloso, pocas veces tantos actores excelentes habían hecho fuerza en un mismo proyecto. Clooney no sobreactúa, lo que suele hacer en las comedias que interpreta –corriendo suertes dispares–, y consigue encarnar a un hombre sensible que genuinamente cree en lo que está haciendo. Spacey, que vuelve al cine después de un largo periodo dedicado al teatro, hace un trabajo magnífico interpretando a un villano tan insoportable como entrañable. McGregor parece ser la antítesis patética de su Obi-Wan Kenobi y supera por mucho a todos los papeles flojos que interpretó en los últimos años. Pero, Jeff Bridges se roba la película, su Bill Django es una especie de apócrifo del “Dude” de The Big Lebowski. Retoma el rol y lo reinventa, lo lleva a extremos insospechados, escribe una biografía alternativa de uno de los personajes de culto más recordados, copiados y queridos de la historia del cine. Además, lo hace en el mismo año en el que, por fin, la Academia decidió darle la consagratoria estatuilla, el Oscar a mejor actor protagónico, por su extraordinario y desgarrador papel en Crazy Heart. Bridges es un actor de primer nivel, que ha sido extremadamente generoso con la historia del cine, versátil, intenso y sutil a la vez, carismático y consecuente. En The Men Who Stare at Goats vuelve a entregar una interpretación que permanecerá en la memoria de todo cinéfilo que se respete.Lamentablemente, la cinta no llega a ser una obra maestra, lo que es gran problema considerando que contaba con la materia prima para serlo: un argumento interesante, una aproximación fresca, un reparto de primerísima y un guión lleno de buenos parlamentos. El director de la cinta, Grant Heslov, definitivamente no es un genio. The Men Who Stare at Goats parece una hermana bastarda de las comedias de los hermanos Coen, una hermana cuerda, medida y descafeinada. De ninguna manera quiero decir que The Men Who Stare at Goats no vale la pena, todo lo contrario, es una de las mejores radiografías paródicas que se han hecho en los últimos años del ejercito gringo y de la sociedad que lo mantiene, además es una bocanada de oxigeno para los amantes del cine que deben sufrir la ausencia de buenas películas en las salas nacionales. Lo que es un lástima, es que la película podría haber sido un pieza maestra y se queda en medio camino.

Dicen que la realidad supera al arte. Tengo serias dudas. Pero si alguna vez veo a un militar mirando fijamente a una cabra, intentando fulminarla con los ojos. Si tengo noticias de soldados atravesando muros, espiando a distancia o haciendo algo parecido, tendré escalofríos. Y rogaré, muy seriamente, para que la “profecía” maya desate toda su ira.
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