El guerrero y la flauta


Hace unas semanas tuve la suerte de experimentar una de las últimas películas de John Woo, el gran maestro del cine de acción asiático. La cinta se llama Red Cliff (2008), es la primera parte de un monumental proyecto dividido en dos. La historia está basada en uno de los eventos históricos más importantes de la monumental historia de China, recuerda mucho a los relatos que puso tan de moda en occidente Zhang Yimou. Relatos que pretenden rescatar la gloriosa historia del Imperio. Evidentemente, la película es espectacular, prueba que nadie coreografía combates y escenas de acción como el gran Woo, es fiel al género y le hace justicia de sobra. Pero lo que más me conmueve de este tipo de cintas no son sus grandes artificios, son los momentos sensibles, cuidados, metafóricos, minimales. En especial, una escena magistral me emocionó, una de las más austeras y bellas que haya visto en mi vida. Zhuge Liang (Takeshi Kaneshiro), el embajador de un señor feudal está en búsqueda de Zhou Yu (interpretado por el enorme Tony Leung), un famoso y respetado virrey, para que los socorra en problemas bélicos. El embajador es un experto en estrategias de guerra y es un músico refinado, cualidades que comparte con el hombre al que busca. Cuando llega a las dominios del virrey, admira a su ejercito entrenando. Funcionan como un perfecto y elegante ser. Una bella criatura de guerra. De pronto se escucha la frágil música de una flauta. Los batallones interrumpen sus ejercicios maciales. Buscan con la mirada el origen de la música. Identificamos que el interprete es un niñito, que baja de la montaña junto a su abuelo. Las notas que salen de su instrumento calman al mundo.
El virrey, al que todavía no le hemos visto el rostro, abandona su puesto de comando, de dirección. Aparece frente al niño y al anciano. Velozmente saca una daga y pide la flauta. Todos esperamos lo peor. Pero, el virrey se pone a corregir el ancho de los orificios de la flauta. Después de hacerlo, devuelve el instrumento a su legítimo dueño. Le sugiere al niño que vuelva a intentarlo. Un gesto que me parece tan delicado y extraordinario, que sólo es digno de un hombre de proporciones mayores. El gran guerrero, convertido en luthier, perfeccionando la flauta de un niño, al servicio de un niño y de la música, de la calma del mundo.
Maravilloso.

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