El queer cinema, la visibilización del otro




Andrés Laguna

El estreno en las salas locales de la multipremiada cinta Contracorriente de Javier Fuentes-León, que ha recogido aplausos en todos los festivales en los que se ha proyectado, y que tiene una temática abiertamente gay, es la justificación perfecta para hacer un breve y veloz repaso del cine queer, del cine gay, lésbico, bisexual y transexual. Lamentablemente, en una sociedad tan cerrada y mojigata como la nuestra, salvo por algunos festivales, muestras, ciclos y eventos relativamente pequeños, nunca se le ha prestado la atención que merece a este circuito de cine independiente que ha sido uno de los más propositivos, valientes y creativos de los últimos treinta años. Debo reconocer que no soy un especialista en el tema, pero admiro profundamente la obra de algunos de sus representantes principales –entre ellos, Gus Van Sant, Todd Haynes y Tom Kalin-, y agradezco la oportunidad de hacerles un pequeño reconocimiento.

Es muy difícil rastrear el origen del cine queer, inclusive en el cine mudo ya se pueden encontrar elementos y personajes homosexuales. No hay que olvidarlo, la historia de la homosexualidad es tan extensa como la historia de la humanidad. Por lo general, se afirma que la primera manifestación cinematográfica abiertamente gay es el célebre corto de Edison de 1895, curiosamente titulado The Gay Brothers, en el que una pareja de “hermanos” baila vals de manera extravagante. A partir de ahí, durante décadas y respondiendo a los principios de una sociedad falogocéntrica, que se empeña en excluir al otro, los homosexuales fueron retratados a partir de arquetipos, siempre de manera caricaturesca. Está demás recordar a tantos personajes secundarios amanerados, de virilidad muy cuestionable, que pueblan el cine desde siempre y que no suelen ser más que una nota de “color” en las películas, el contraste con el protagonista principal. Aunque, sin dudas, también se pueden recordar a algunos personajes homosexuales, más o menos camuflados, dignos y complejos, por ejemplo, el recordado John “Plato” Crawford de Rebelde sin causa, encarnado de manera brillante por un jovencísimo Sal Mineo.

A partir de los años ’40, la homosexualidad en el cine fue representada de manera más compleja y violenta, el arquetipo de la “killer queen” (“reina asesina”) se expandió de manera alarmante. El miedo a la homosexualidad y la creencia de que era una patología condujeron a un sin número de cineastas a imaginar asesinos implacables y sofisticados que eran gays. Tal vez el caso más curioso e interesante es el de Alfred Hitchcock, en dos de cuyas obras maestras, La cuerda (1948) y Strangers on a Train (1951), el asesino es homosexual. Es más, no se debe olvidar que en Psicosis (1960), su obra más conocida, Norman Bates (Anthony Perkins) es un psicótico travestido. Hitchcock, un auténtico genio del cine, que tenía graves y extrañas fijaciones sexuales, parecía tener una curiosa fascinación por la homosexualidad, difícil de comprender, pero que contribuyó a construir un mito perverso. La homosexualidad estuvo relacionada con algún tipo de trastorno psicológico, con algún tipo de patología, se convirtió en algo que debía producir miedo y desconfianza. Cuestiones que perduran hasta hoy día. Incluso la gente culta y progresista todavía le teme a los homosexuales, lo que puede parecer gracioso.

Felizmente, llegaron los años ’60 y lo revolucionaron todo, llegaron para demoler los cimientos de una civilización decadente. No lo lograron, pero algunas cuestiones se hicieron visibles y por tanto debatibles: se develó el rostro del otro. Durante esos años se estableció una iconografía de lo homoerótico a partir de las películas Scorpio Rising (1963), de Kenneth Anger, y The Chelsea Girls (1966), del artista pop por antonomasia, Andy Warhol. Años después, el cine europeo independiente, desenfadado y “aestético” de autores de la talla de Pier Paolo Pasolini, Rainer Werner Fassbinder y Werner Shroeter llegó para cambiarlo todo. Las cuestiones relacionadas con la homosexualidad se podían tratar más abiertamente, el mundo parecía haber madurado un poco. No en vano una cinta como Midnight Cowboy (1969), con escenas bastante “atrevidas” para la época, ganó tres de los Oscares más importantes, Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Adaptado.

Pero el momento real de inflexión del cine queer recién llegaría a fines de los años ’80, principalmente con las obra de Gus van Sant y Bill Sherwood, que con cintas como Mala Noche (1985) y Parting Glances (1986), respectivamente, fundaron lo que B. Ruby Rich bautizó como “New queer cinema”. Gracias al generoso festival de Sundance buena parte de los directores queers encontraron una vitrina para mostrar lo que estaban haciendo, para amplificar su discurso, para que sus palabras tengan mayor eco, para que sus cintas no sólo circulen en festivales y salas underground. En los primeros años de la década de los ’90, el “New Queer Cinema” tuvo su momento dorado con el éxito de cintas como Poison del enorme Todd Haynes, Swoon de Tom Kalin, The Living End de Gregg Araki' y The Hours and Times de Christopher Munch. A partir de ese momento, el cine queer nunca más fue menospreciado y se convirtió en el espacio perfecto para que se visibilice a los que habían sido excluidos, se convirtió en la herramienta para exigir derechos y reconocimiento civil, se convirtió en la bandera que proclamaba la posibilidad de existir libremente. El “New Queer Cinema” fue la respuesta, inteligente y sensible, a la tiranía heteronormativa, la respuesta a una sociedad violenta que no admite a los que no se ajustan a sus modelos, que excluye y agrede a los que considera peligrosos y extraños. El “New Queer Cinema” fue una herramienta política y creativa, que siempre se mantuvo fiel al gesto artístico y humano, al gesto auténtico y genuino.

En el cine boliviano, como en todos los aspectos de nuestra sociedad, las reivindicaciones homosexuales no son del todo manifiestas y mucho menos masivas. Si bien en películas como El Atraco y Dependencia sexual algunos personajes son gays, todavía estamos lejos de tener un discurso reivindicativo, estructurado y académico, que se aproxime al “New Queer Cinema”. Todavía hay cosas que no nos animamos a decir en público, pero estoy convencido de que eso cambiará. Si bien los gays, los transexuales, las lesbianas y los bisexuales han logrado construir en Bolivia espacios creativos importantes, lamentablemente, siguen haciendo parte de un submundo y se les siguen cerrando puertas, lo que debería ser inadmisible en un sociedad del siglo XXI.

Comentarios

Telugu News ha dicho que…
Thanks for the information.
Andrés Laguna ha dicho que…
Don’t mention it. I’m glad my text is useful.

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