Los caminos del Salmón son misteriosos

Andrés Laguna
A pesar de ser uno de los artistas hispanos más conocidos y admirados, Andrés Calamaro siempre es un misterio. Los expertos y los fanáticos pueden conocer su discografía, saber de memoria todas las letras de sus canciones, seguir compulsivamente lo que escribe en su blog y en Twitter, estar enterados de las noticias relacionadas con su vida privada, conocer al dedillo su biografía, pero intuyo que nadie sabe con exactitud qué es lo que pasa por la cabeza del Cantante. Tanto mejor.
Con Calamaro nunca se sabe qué esperar. Basta repasar algunos de los momentos más importantes de su carrera. Siendo un jovencísimo desconocido terminó haciendo parte de una de las agrupaciones más míticas de las música popular en castellano, Los Abuelos de la Nada. Cuando comenzaba a consagrarse como uno de los solistas más brillantes y propositivos del rock argentino prefirió comenzar de cero y migrar a España, para después fundar una de las bandas más entrañables de la historia, Los Rodríguez. Las dos veces que sus bandas estaban en el punto más alto de su popularidad y de su creatividad, prefirió tomar la senda solista. Cuando todo el mundo esperaba a un Calamaro callejero, sucio y visceral, publicó el perfecto, sofisticado y urbanísimo Alta suciedad. Cuando nadie podía esperar más creatividad desmedida y excesos de brillantez, después de ese fenómeno que es el disco doble Honestidad Brutal, Andrés apareció con el quíntuple y genial El salmón. Cuando ya nadie pensaba que podría salir de una espiral autodestructiva y brumosa, llegó con el luminoso e iluminador El cantante. Cuando temíamos que jamás volvería a estar encima de un escenario y que no lo volveríamos a escuchar en una presentación en vivo, llegó El regreso, el Made in Argentina, el Made in Spain y el Dos son multitud. Cuando muchos sospechaban que no tenía otro camino más que consagrarse como el gran versionador de la canción latinoamericana, de la mano del gran Litto Nebia reescribió la tradición rockera argenta en El palacio de las flores. Cuando muchos pensaban que el tiempo de componer estándares y hits se había acabado, llegó La lengua popular. Cuando todos creían que había renegado del rock, a mediados de este año publicó el On the rock, un brillante disco compuesto por canciones independientes, que exploran diferentes géneros para reivindicar la esencia inventiva, exploradora y libre del rock. Uf. Podría seguir anotando y enumerando, pero el espacio, el tiempo y la fuerza no me lo permiten. Preveer lo que Andrés Calamaro hará mañana, lo que hará dentro de unos cuantos minutos, es imposible. Cuestiones salmónicas.
Por tanto, no debe sorprender que Calamaro sorprenda. Pero, lo que debo confesar que sí me sorprendió es que la crítica y el público no le hayan prestado la atención que merece el On the rock, un disco lleno de canciones extraordinarias, con colaboraciones notables. Son doce piezas ajustadas e intensas, algunas con ecos de días pasados que fueron mejores, las otras son imágenes de días futuros que, por cierto, también serán mejores. Piezas como “Los Divinos” (que podría haber sido parte del Alta suciedad), “Me envenenaste” (que parece salida de alguna sesión de Los Rodríguez) o “Te solté la rienda” (esa gran canción de Alfredo Domínguez, que Maná intentó destruir hace años, que aquí es recuperada en un memorable dueto con Enrique Búnbury y que con otro arreglo hubiese sido perfecta para El cantante), son vivas pruebas de que en el On the rock está registrado y latente lo esencial de la historia calamardiana, de ese monumental tiempo deepcamobayano –en el que el pasado, el presente y el futuro se funden en una especie de tiempo épico/musical/poético-. Las aflamencadas “Barcos” (en la que colabora con Diego “El Cigala” y el gran Niño Josele, figuras fundamentales de flamenco contemporáneo) y “Te extraño” (junto a Langui, tal vez el MC más respetado de España), las feroces “El pasodoble de los amigos ausentes” y “Flor de samurai”, la filosa y desfachatada “Insoportablemente Cruel” (notable colaboración con Calle 13 y Jerry Gonzáles), la cumbia sofisticada “Tres Marías” (en la que colabora con Vicentico), la politizada “Gomontorrea” y el futuro gran himno calamardiano que es “El perro”, demuestran la versatilidad y la inteligencia que tiene Andrés. Lo que más entusiasma es que cada vez parece hacer mejor lo que hacía mejor que casi todo el mundo, componer canciones ideales para la inmensa banda sonora de nuestras vidas.
Lamentablemente, lo que ha empañado un poco la publicación de un disco tan importante ha sido la atención que la prensa le ha prestado a cuestiones poco relevantes, como la posición de Andrés ante las redes sociales y sobre la cuestión taurina. Se sabe, a pocos les interesan las cuestiones musicales, poéticas y artísticas, el mundo está más interesado en los temas más mundanos. Pero lo que llama mi atención es que Calamaro, que desde que migró a España a principios de los ’90 ha vivido un inquebrantable idilio con el público, la crítica y la intelligentsia de la península ibérica, en los últimos meses se ha visto agredido y amenazado por tonterías. Cualquiera que conozca la obra de Calamaro, quien haya escuchado con mínima atención las letras de piezas como “Ansia en Plaza Francia” o la mismísima “Canal 69”, entre otras, sabe que la tauromaquia, las corridas de toros y todo lo que tiene que ver con ellas, son importantes dentro del universo artístico del Cantante. Por tanto, que recién ahora se lo crucifique resulta sospechoso. La cuestión es que en España el tema de los toros, más allá de los debates en torno a los derechos de los animales, se ha convertido en una bandera netamente política. Los progresistas, la gente de izquierda, los cultos, son antitaurinos. Los simpatizantes del Partido Popular, la gente reaccionaria, los de derecha, los españolistas, son protaurinos. Lo que le ha dado un alcance absurdo al debate. En medio, se encuentra un artista que denuncia que las ideologías ya no se asumen a partir de un proceso reflexivo o emotivo, que denuncia la masificación y la imposición de las ideas. Todo se complicó hace unos meses cuando Calamaro fue entrevistado por Andreu Buenafuente en su exitoso late-show y defendió la posibilidad de pensar individualmente y se burló de un argentino que está recolectando firmas en contra de las corridas de toros. Andrés intentó expresar sus ideas particulares, singulares, cuestionó a los activistas poco legítimos y terminó pagando los platos rotos, se convirtió en el villano para un montón de gente que no escucha ideas o razones, que sólo tiene oídos para slogans y para premisas prefabricadas. Más allá que uno esté en contra o a favor, personalmente nunca soporté las corridas, uno debe defender la libertad de discurso y se debe reivindicar la posibilidad de todo ser humano de defender sus ideas de manera pacífica y abierta. El romance entre Andrés y la intellingentsia española se llenó de fisuras, por razones inconsistentes. Y se manchó una obra que sólo merecía aplausos.
Hace unos días, tuve el privilegio de escuchar a Andrés y a su extraordinaria banda tocar en Barcelona. El concierto comenzó media hora antes de lo programado, como él mismo lo reconocía en su blog, no aguantaba más, quería entrar en interacción con el público lo antes posible. El concierto duró poco menos de tres horas, tocaron poco más de 30 canciones y Andrés quería hablar. La noche tenía todo lo necesario para ser una experiencia íntima e intensa. Y vaya que lo fue. El problema es que siempre hay gente que piensa tan raro, que se ponía a gritar y a insultar a Calamaro cuando hablaba, que se molestó porque tocó antes, que quería que el Cantante se dedique a entretenernos y nada más, que quería que se ponga en plan de bufón de una corte descerebrada. Andrés tenía toda la intención de compartir con el público una fracción íntima de lo que tiene guardado en lo más profundo, pero algunos sólo querían a un ente que los complazca. Felizmente, el poder de la creatividad siempre puede más que la violencia miope de los que conciben al arte como un mero espectáculo. Andrés se desnudo ante nosotros, tocó de manera descarnada, con una banda que suena muy bien, a la que le costó arrancar –posiblemente, porque comenzaron antes de lo planeado-, pero que se presentaba frente a nosotros con purísima Honestidad brutal. El concierto no sonó a grabación de estudio, no fue una tocada estéril en la que se respetó un guión y las pautas formales, Andrés planeaba junto a sus músicos, estaba desconectado de obligaciones insensatas, estaba ahí porque quería tocar e interactuar con un grupo de gente que lo ama, que lo entiende y que, lo más importante, que se siente amada y querida por Calamaro. Por no respetar los horarios los críticos lo tacharon de divo caprichoso, sí, muchos se perdieron los primeros acordes e incluso las primeras canciones, pero Andrés tocó hasta que lo dejaron los responsables de la sala, me imagino que si nadie lo bajaba hubiese tocado hasta que su cuerpo no responda. ¿Qué más se le puede pedir a un músico? Para escuchar a un Calamaro pulcro y perfecto, me quedaba en casa escuchando los discos. Tuve la suerte de ver a un Cantante sin temores, ni reparos, a un artista dispuesto a dar la cara, a mostrar lo que lleva por dentro. Desde que abrió con “Los divinos” hasta que cerró la tanda previa a los encores con “Bridge Over Troubled Water” (esa gran canción de Simon & Garfunkel), tuvimos la oportunidad de escuchar a un Calamaro genuino y entregado a la música, acompañado por una banda que suena más rockera y eléctrica que nunca, vimos a la genialidad en medio del hermoso caos, vimos lo esencial del rock. No fue una presentación efectista, fue una experiencia memorable, con puntos altísimos y otros medio desconcertantes, en los que sus composiciones originales (todos nos quebramos con piezas como “Mi enfermedad”, “El salmón”, “Más Duele” o “Paloma”) se intercalaron con algunos covers (“Jumping Jack Flash” de los Rolling Stones, “Walking on the Moon” de Sting, “No Woman No Cry” de Bob Marley, “Te solté la rienda” e “Imagine” de John Lennon), incluso enganchó canciones (es lo que pasó con “Nunca es igual” y “Get Up Stand Up” de Bob Marley, y en el bis con el tango “Volver” y “Flaca”). Andrés intentó hablar mucho entre cada canción, pero los gritos y los silbidos hacían que fuese ininteligible lo que decía, se escuchaban palabras sueltas, algunas frases, se intuía que eran provocadoras, hizo referencia a las drogas, a los catalanes, al español, a la victoria de la Argentina sobre la Roja (el 4-1) y, claro, a los toros. Algunas veces no lo dejaron hablar, le cerraron la boca. Andrés respondió con sus canciones. Volvió dos veces al escenario y creo que cuando cantó “Estadio Azteca” y “Crímenes Perfecto”, ya no había mucho más por hacer. El Salmón nos había intoxicado. Todos, incluso los que había silbado e insultado, terminamos rendidos ante el talento de uno de los más talentoso, de ese poeta divino, que a veces está maldito, que a veces está bendecido, pero que siempre está conectado con sus complejas musas, con un extraño espíritu trascendental. Nos rendimos ante un artista que siempre sigue la misma dirección, la difícil. Calamaro sigue siendo un misterio. Deslumbrante. Justamente, de eso se trata el acto creativo.
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