Diario de una ninfómana: Porno suave de autoayuda
Andrés Laguna
Siempre es una noticia reconfortante saber que en las salas locales se estrenan cintas producidas por una industria que no sea la hollywoodense. Siempre se guardan grandes expectativas de lo que se está haciendo en mercados menos comerciales y propositivos. Por tanto, el estreno de la película española Diario de una ninfómana del director Christian Molina podría haber sido una grata noticia. Lamentablemente, el filme es tan bueno, como sutil su título.
Basada en la novela homónima de Valérie Tasso, autora conocida por libros que giran en torno a un solo tema –el sexo-, la película fue polémica en España simplemente porque se censuró su afiche promocional. Supuestamente basada en hechos reales, en las vivencias de la autora, la cinta narra las aventuras y desventuras de una mujer que se la pasa acostándose con todo el que se cruza por su camino, cuenta la historia de una mujer que cree que se expresa mejor con su cuerpo, con su sensualidad, que con meras palabras. Pero, siendo la adaptación de una obra literaria, el guión no puede despegarse del texto escrito y la voz narradora de la protagonista, constantemente y sin la menor necesidad, nos explica lo que está pasando en la pantalla y los movimientos internos de la psicología del personaje. Evidentemente, ahí está una de las enormes fallas del realizador. Para ser una obra que cuenta la historia de una mujer que se expresa con su cuerpo, habla demasiado, la verborrea distrae y la obra irremediablemente se aleja del lenguaje cinematográfico.
Diario de una ninfómana se esfuerza en ser una propuesta transgresora, en ser una crítica al falocentrismo, a la estigmatización de la mujer, a los complejos sociales, pero termina siendo poco más que una colección de memorias inverosímiles, llenas de situaciones tontas y poco sustanciales, con diálogos que rayan en la prefabricación y el cliché, con reflexiones que ni siquiera llegan a tener la altura de las que se podrían encontrar en cualquier libro de autoayuda cualquiera. Tremendamente parecida a Melissa P., la flojísima cinta italiana basada en la exitosa memoir de la por entonces adolescente Melissa Panarello –Cien Cepilladas antes de Dormir-, la película de Christian Molina intenta ser algo así como el diario visual y explícito de la vida sexual de Valérie Tasso, pretende ser una película que entre líneas grita eso de: ¡Mujer, mujer, libérate!. El metraje está lleno de sexo explícito, pero todo lo demás –el viaje interno de la protagonista y la búsqueda de sí misma-, es tan extenso, superficial y aburrido, que pronto la historia pierde todo interés. En comparación, cualquier entrega de Emmanuelle es algo así como Citizen Cane.
Valérie (Belén Fabra), obsesionada por la experimentación sexual, se acuesta con cualquiera, sin dar ni pedir explicaciones, hasta que su vida termina derrumbándose y decide convertirse en prostituta high class. En medio, desfilan personajes estereotipados y mal logrados, un macho latino (un argentino, celoso, violento y chanta, encarnado espasmódicamente por Leonardo Sbaraglia), un exótico y sabio árabe (choca mucho que hable como argentino, aparentemente, a Pedro Gutiérrez no le pareció relevante cambiar su acento para interpretar a un personaje de una nacionalidad distinta a la suya), una liberal y cariñosa abuelita (Geraldine Chaplin haciendo uno más de sus secundarios de luxe, en un papel casi idéntico al que tenía en Cien Cepilladas antes de Dormir), el andaluz gracioso (un ofensivo cliché típico en España, representado por José Chaves), la amiga todo terreno (Llum Barrera), la madame despiadada (Ángela Molina, una de las “chicas” Almodóvar más inolvidables) y la prostituta arrepentida (Judith Diakhate).
Imagino que a su manera el realizador y la autora de la novela, querían criticar al machismo y a la mojigatería, querían hacer una oda a liberación sexual y de género, querían aplaudir a las personas que están dispuestas a vivir la vida intensamente, querían retratar los horrores de la prostitución y la mercantilización de los cuerpos, querían darle una estocada a un sistema y a una forma de pensar arcaica, querían hacer un retrato crítico de la vida urbana contemporánea, pero al final, aunque sea sorprendente, Diario de una ninfómana termina teniendo un discurso casi moralista, en el que la felicidad reside en la construcción de la familia, en el encuentro del amor de pareja, en la normalización de los estilos de vida, en el aprender a acomodarse en el mundo, sin estorbar y sin ser estorbados, teniendo un pequeño espacio para expresar nuestras perversiones más escondidas. La película es tan hipócrita como irrelevante. Seguramente, Diario de una ninfómana quería hacer parte de la selecta lista de películas que logran, desde diferentes lugares, retratar la decadencia y la bestialidad de la sociedad occidental contemporánea, a través de la historia de una mujer que alquila su cuerpo. Pero no le llega ni a los talones a cintas como las extraordinarias y fundamentales Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles de Chantal Akerman y The Girlfriend Experience de Steven Soderbergh –que si un milagro lo permite, podría estrenarse en salas bolivianas-, verdaderas obras maestras, que no sólo logran ser incisivas en su discurso, sino que también son determinantes para la historia del cine intimista y para la exploración formal del séptimo arte.
Diario de una ninfómana cuando mucho llegará a ser una de las películas favoritas de la programación de trasnoche de los canales UHF y de las personas que se siente culpables viendo pornografía, para los que buscan “sexo con mensaje”. La película de Molina se vende como cine alternativo y atrevido, pero no es mucho más que porno suave con ciertas pretensiones argumentales.
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