Vencer a la bestia negra

En mis más vivas memorias fútboleras, el San José de Oruro siempre fue un rival duro, difícil de vencer, un especialista en aguarnos la fiesta. Es una suerte de bestia negra –haciendo uso de la jerga de los narradores nacionales-, un oponente que siempre inspira respeto y recelo. Jamás podré olvidar a ese equipo de principios de los noventa que nos atormentaba, siempre combativo e incansable. En especial, recuerdo a ese muro que tenían en la saga central que se llamaba Marcelo Sozzani, casi calvo y con melena –aunque suene a oxímoron-, siempre con guantes negros, en 1993 nos complicó ferreamente en la liga y en la Libertadores.
Siempre que el Bolívar juega con San José tengo un sentimiento extraño. Cómo nos cuesta ganarles a los quirquinchos.
Después de una temporada mediocre, en la que el equipo jamás jugó como queríamos, en la que cada rayo de esperanza era borrado por alguna decepción mayor, que nos haya tocado jugar uno de los partidos más difíciles con los santos no me dejaba tranquilo. Más después del horror de los partidos con La Paz Fútbol Club, Real Mamoré y Aurora.
El partido no fue lindo, aunque se jugó de ida y vuelta, ambos equipos tuvieron jugadas de peligro, la posibilidad de abrir el marcador. Jamás bajamos los brazos, con fútbol impreciso, con más empuje que orden táctico, gracias a la genialidad fugaz de Rudy Cardozo, gracias a la letalidad del enorme William Ferreira vencimos a esa bestia que siempre nos atormenta. Sobre la hora, en terreno hostil, sin mucha inspiración, con un hombre menos –Enrique Parada, que parece ser víctima de una suerte de maldición-, ganamos. Sufrimos mucho, pero logramos vencernos a nosotros mismos.
Ferreira ya es uno de los delanteros de los que hablaré con mis hijos, tendré el placer de narrar algunas de sus hazañas vistiendo la celeste, me enorgulleceré de haber sido testigo de ese su juego tan poco aparatoso, tan poco ostentoso, tan limpio, tan austero, tan efectivo, tan certero, tan necesario.
Todavía estamos lejos de la Copa. Si sólo se evaluaran nuestros méritos, objetivamente, no merecemos mucho. A dos fechas de que termine el campeonato, no queda más que esperar que pase lo mejor para el equipo. Me encantaría que ese espíritu académico, esa mística esencial de la tradición bolivarista, invada a los jugadores y que nos regalen momentos mágicos. Después de vencer a la bestia negra, sería magnífico que nos reconciliemos con los dioses del fútbol, ésos que nos llenan de inspiración.
Ver al Bolívar, incluso a éste, siempre es una inyección de vitalidad
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