The expendables: Los últimos héroes de acción


Andrés Laguna
Durante los años ’80 y buena parte de los ‘90 la hegemonía en el cine del exceso de músculos, de sudor y de explosiones, de la casi total ausencia de intelecto, llegaron a ser avasallantes. La era de Reaggan parecía hacernos creer que el hombre supremo era el que disparaba primero y preguntaba después, el que prefería no pensar, el que estaba dispuesto a hacer pedazos al que se le ponga enfrente o al que atente contra el american way of life. Los héroes hiperindividualistas que casi sin ninguna ayuda podían vencer a un ejército entero, que tenían una “moral” rígida que pretendía estar por encima de lo que sea, harían lo impensable por cumplir con la voluntad del tío Sam. Eran tan sinceramente incorrectos, tan primitivos y básicos, tan simples y maniqueos, que de alguna forma, sin quererlo, lograban ser muy humanos y frágiles. Eran una especie de cavernícolas de buen corazón que estaban siendo manipulados por un poder que no parecían entender e, indirectamente, eso les ganaba simpatías. El pueblo estadounidense se identificó con ellos y engrandecieron a un género que tenía tan poco que ofrecer en sustancia, pero que era fácilmente digerible, efectista y espectacular. El mundo se rindió ante el encanto de los héroes llenos de testosterona que con dificultad podían pronunciar una frase más o menos larga. Los que fuimos niños en los ’80, siguiendo la tendencia de nuestro tiempo, adoramos a Rambo, Comando o Soldado universal, sin mucho criterio, pero convencidos de que el cine debía divertirnos. Los tiempo cambian, aparentemente, el mercado se volvió más sofisticado y pulularon las tramas pseudocomplejas y los protagonistas metrosexuales, que se parecían más a una versión burda y poco interesante del American Psycho de Bret Easton Ellis, que a Rocky, el descerebrado con cuerpo de roca y corazón de oro.
Gracias a ese poderosísimo sentimiento que es la nostalgia, a las crisis creativas y a la tendencia hollywoodense de reciclar todo, la industria le dio la oportunidad a Sylvester Stallone de que haga una película que rescate al cine de acción de los años ’80, a sus héroes, sus temas, sus formatos y sus obsesiones, el resultado es The expendables.
Hace un par de semanas, en una nota a propósito de Machete, la sangrienta y política cinta de Robert Rodríguez, aprovechaba para expresar mi descontento y mi sorpresa de que la más reciente película de Stallone no se haya estrenado en las salas locales. Como si los programadores me hubiesen leído y hubiesen escuchado mis quejas –algo tan improbable como que Film socialisme de Jean-Luc Godard se estrene en las pantallas del Cine Center-, la película se estrenó y estoy seguro que no faltarán los románticos incorregibles que correrán a ver en pantalla gigante una película como las que ya no se hacen. Lo que no deja de llamar mi atención es que por algún extrañísimo capricho de los traductores, la cinta se estrena en nuestro mercado bajo el título de Los indestructibles, que tiene poco que ver con el título original. Mucho más sugerente y coherente hubiese sido, Los sacrificables, un rótulo que no sólo describe a los protagonistas ficticios, sino también a las estrellas que los encarnan, hombres de acción que se jugaron el pellejo por entretenernos, que sometieron a sus cuerpos a diferentes y refinadas formas de tortura, pero que fueron desechados en cuanto dejaron de ser rentables y/o cuando la inevitable flacidez los alcanzó.
Escrita, protagonizada y dirigida por Stallone, The expendables es tan simple, poco compleja y llena de lugares comunes que, inmediatamente, se entiende que es un gran homenaje al género que encumbró a la mayor cantidad de actores inexpresivos de la historia –que compensaban su falta de talento, con su habilidad para dar golpes y para hacer explotar todo lo que los rodeaba-. Los sacrificables son un grupo de mercenarios veteranos que están dispuestos a hacer lo que sea por un puñado de dólares, en realidad, por unos cuantos millones de puñados. Liderados por Barney Ross (Stallone), los miembros del equipo están encarnados por el gran Dolph Lundgren, Jason Statham, Jet Li, Terry Crews, el luchador Randy Couture y Mikey Rourke –un miembro retirado que cumple la función de consejero de lujo, que tiene un monólogo sobre el significado de la guerra extraordinario-. Es una verdadera delicia ver la interacción de todos estos malogrados héroes, que soportan con dificultad el peso de sus vidas en sus contracturadas espaldas y que evidentemente sufren las secuelas de los excesos de esteroides. Por diferentes razones, los mercenarios se embarcan en una operación que parece un suicidio, para no ensuciarse las manos, la CIA los contrata para asesinar a un dictador latinoamericano que está haciendo grandes negocios con narcotraficantes. Incorrección política en su máxima y más sublime manifestación. Absolutamente, todo es previsible, pasa como tiene que pasar. Eso es lo que se agradece, la película no da sorpresas, tiene una fuerte carga de sentido del humor básico, un montón de escenas de acción inverosímiles y graciosas, un argumento nada pretencioso, fuertes dosis de testosterona y de adrenalina. The expendables da lo que ofrece, no nos estafa, como suelen hacerlo con tanta frecuencia autores renombrados como Steven Spielberg o Christopher Nolan. Como casi todo, los villanos de la película, encarnados por el omnipresente “malo” de las cintas clase B Eric Roberts, “Stone Cold” Steve Austin y David Zayas, son arquetípicos, el funcionario corrupto dispuesto a todo, el matón y el dictador inepto, respectivamente. Pero, poco importa. Se debe aplaudir al cine que no se sonroja cuando toma decisiones que evidentemente no son las más seguras y que repite clichés concientemente hasta sublimarlos. Al aventurarse a revivir a un género, con todos sus vicios y sus méritos, en toda su esencia, Stallone hace un trabajo notable, a fuerza de golpes y disparos, recupera su tiempo perdido.
Curiosamente, el momento cumbre de la película llega temprano y no es una secuencia de acción, es el mítico encuentro entre Stallone, Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis, por primera vez en una pantalla. Los dos viejos soberanos y su más brillante heredero. A pesar de ser casi fugaz, el sentido del humor, los guiños y la perdurabilidad de la imagen, hacen que sólo por eso valga la pena ver The expendables.
Por otro lado, muchas de las secuencias de acción se ven falsas, se echó mano a esterilizantes efectos digitales en exceso, no es cierto que la cinta haya sido realizada como en los ’80 – con efectos mecánicos y no meramente visuales-, que el guión debía ser pulido, que alguien como Quentin Tarantino hubiese hecho una verdadera pieza maestra con este material, que el discurso de la cinta es casi nulo, que hubiese sido fantástico que Steven Seagal, Jean-Cluade Van Damme y Chuck Norris hubiesen aceptado los papeles que se les ofrecieron. Lo importante de The expendables es que es un ejercicio lúdico de recuperación de personajes olvidados, de un género también olvidado, con el que muchos crecimos, que nos devuelve a un tiempo remoto y preciado, que nos recuerda que tipos como Tom Cruise, Sam Worthington, Chris Evans y John Cena, no les llegan ni a los talones a los héroes de otros tiempos, a los últimos y genuinos héroes de acción.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antología de la gastronomía boliviana: Comer para contarla

Discurso de los 40 años del Diario Opinión: El periodismo es una forma de humanismo