También la lluvia: Sobreviviendo

Andrés Laguna
Existe una enorme dificultad en aproximarse correctamente a una obra de arte con la que el crítico, el lector, se siente conectado y comprometido por cuestiones que son ajenas a la obra misma. Si bien en cada momento, inevitablemente, cargamos con nuestra historia personal, con nuestra singularidad, la valoración de una pieza de arte debe hacerse por sus méritos propios. Por tanto, antes de seguir, debo reconocer que mi lectura de También la lluvia, la cinta de Iciar Bollain rodada en Cochabamba, que acaba de estrenarse comercialmente hace unos días en España y Francia, está lejos de ser la más precisa, justa y objetiva.
Recuerdo bien los días en los que el equipo internacional, encabezado por Gael García Bernal y el gran Luis Tosar, comenzó a rodar en nuestra pequeña ciudad del valle, casi todo el mundo hablaba de eso. Recuerdo a poquísimas mujeres que no amenazaban con atrincar ferozmente al diminuto actor mexicano que encarnó a la versión de bolsillo del Che. Por mi parte, guardaba la esperanza de cruzarme con Paul Laverty, el guionista de la cinta, regular colaborador de Ken Loach, una suerte de héroe personal, más por su discurso desenfadado, comprometido y valiente, que por sus dotes narrativas –que no son despreciables-. Me contenté con ver a la parte del equipo menos célebre y glamorosa bailando en la tremebunda discoteca/karaoke Lujo’s, me contenté con ver la espalda de la Bollain, que salía del boliche cuando yo llegaba. Recuerdo también que, ante la presión de la prensa y el público, la producción de la cinta se vio obligada a organizar una conferencia de prensa en las oficinas de Aerosur, de la que participaron Tosar, García Bernal, la directora y el talentoso actor nacional Carlos Aduviri. Sergio de la Zerda y Santiago Espinoza asistieron por Opinión y la Ramona, no tuve el valor de acompañarlos, hace muchos años perdí todo interés en lidiar con adolescentes afiebradas. Curiosamente, semanas después, el destino me regaló una oportunidad inmejorable, que desaproveché porque tenía la cabeza en otras cosas. Entre las dos y las tres de la madrugada, en los primeros días de noviembre de 2009, en la sala de preabordaje del aeropuerto de Viru Viru, divisé a lo lejos la cabeza rapada de Tosar y el cabello ensortijado de Iciar, viajaban a Madrid. Preferí no acercarme y no desenfundar mi grabadora, respetar su privacidad. Seguramente, Sergio de la Zerda me reprochará eso hasta el día que nuestros hijos nos entierren. Durante los siguientes meses seguí las novedades de la película a la distancia, a través de la prensa, como todo mortal. Me alegré cuando la eligieron para representar a España en los Oscar, me sorprendí cuando supe que harían un estreno técnico para que sea elegible, me sentí profundamente incomodo, a veces estupefacto, cuando comencé a leer y escuchar comentarios de ciudadanos españoles que decía que es una estupidez apoyar a una película que denuncia a la colonia, que critica a la madre patria, que siga con la misma “perorata de siempre”, que “a nadie le importa lo que pasa en Bolivia, mucho menos a Hollywood”.
La cinta se estrenó en víspera de Reyes, una festividad que en España es más importante que la navidad. Se sabe, tienen una cierta debilidad por las coronas, ja. Cuando compraba las entradas, en las calles de Barcelona, el multicultural trío de oriente hacía su tradicional y anual cabalgata, espero que por eso las salas no hayan estado repletas el día del estreno. Había gente, pero guardaba la esperanza de verme obligado a emplear mis conocimientos de artes marciales para conseguir el par de butacas que necesitábamos mi mujer y yo. No fue necesario.
Desde el primer hasta el último fotograma, tuve un nudo en la garganta. Supuse que muchas cosas confluían, que mi emoción no sólo se debía a la maestría de las imágenes que Bollain había dispuesto en la pantalla. Aunque, si de algo sirve para la valoración, cuando las luces se prendieron, observé a varias personas conmovidas, a un par de señoras con el pañuelo húmedo en la mano. También la lluvia es una película conmovedora.

A esta altura todos lo saben, la película narra diferentes historias. La que justifica y enlaza a las demás es el rodaje en Cochabamba de una película sobre los primeros viajes de Cristóbal Colón, sobre los primeros enfrentamientos con los indígenas, sobre la figura de Bartolomé de las Casas y la de Antonio de Montesinos. Un equipo de cineastas internacional, encabezado por Sebastián (Gael García Bernal) y Costa (Luis Tosar), el director y el productor, respectivamente, quieren rodar en nuestro país por cuestiones de presupuesto, Bolivia les puede dar todo lo que necesitan a cambio de muy poco. En el casting abierto para escoger a los interpretes de los indígenas, conocen a Daniel (Juan Carlos Aduviri), un tipo combativo, de “mirada profunda”, con la fuerza necesaria en los rasgos y en el espíritu para interpretar a Hatuey, el líder indígena. Todo sale más o menos bien, hasta que estallan las movilizaciones, las manifestaciones en contra de “Aguas de Bolivia” (la empresa que reemplaza a la nefasta “Aguas del Tunari” en la ficción) y del gobierno. Pronto, Daniel encabezará los enfrentamientos y se convertirá en un dolor de cabeza para Sebastián y Costa, con sus acciones hará que salgan a la superficie sus sentimientos más profundos, sus debilidades y fortalezas. Al enfrentarse a la realidad del mundo desde cerca, desde muy cerca, el equipo de filmación internacional, verá como se tambalean las verdades que daban por incuestionables y se probará el material del que están hechos. A veces se tiene la impresión que la cinta intenta apretar mucho, dos temas muy grandes –La colonia y la Guerra del agua-, además de la evolución interna de varios personajes. Felizmente, el guión de Laverty sale airoso, a pesar de tener mucha materia para una sola película, logra un producto muy equilibrado, en el que poco parece ser sacrificado. De hecho, desde un punto de vista meramente narrativo y argumental, lo único que se lamenta son algunos pasajes extremadamente didácticos y la evaporación del protagonismo del personaje de García Bernal, que encarna la reflexión sobre el rol del artista en la sociedad. El guión de Laverty parece preocuparse más por los cambios internos, por la posibilidad de redención y sobre la toma de conciencia del individuo como elemento fundamental en los procesos de cambio.
Por el nivel de su trabajo y por el tiempo que tienen en la pantalla, los protagonistas absolutos son Luis Tosar y Juan Carlos Aduviri, relegando a secundarios de súper lujo a Gael García Bernal y a Karra Elejalde (que hace un notable trabajo interpretando al escéptico Antón, el actor alcohólico que encarna a Colón). Tosar, actor fetiche de Bollain, hace una interpretación muy típica de él, con mucha fuerza, con una brutalidad que abriga una intensa ternura y humanidad, su personaje es el que sufre las transformaciones internas más importantes, la sutileza con la que el actor gallego las encara es notable. Contiene, cuando cada célula de su cuerpo le pide estallar. Aunque se debe reconocer que el libreto de Laverty no siempre lo ayuda, pues a veces lo pone en situaciones incómodas, como al final de la película, pues la transformación de su psicología es tan radical, que con muchas dificultades y sobrada pericia, Tosar la hace creíble. Por su lado, ya son muchos los que lo reconocen –incluidos los Goya-, Aduviri hace un trabajo maravilloso, lleno de naturalidad, de potencia, siempre optando por las alternativas más inteligentes, no por las más fáciles. No temo decirlo, este puede ser el comienzo de una carrera que haga parte del selecto grupo del que hacen parte las de Reynaldo Yujra y Jorge Ortiz, ése de los mejores actores de la historia del cine boliviano.
También la lluvia reflexiona sobre tres experiencias colonizadoras o de explotación. La más evidente, es la del “cine dentro del cine”, la de la conquista española a través de los ojos de Sebastián y de su equipo. La segunda es la de la Guerra del Agua, en la que una multinacional sube los precios del agua hasta convertirla en inaccesible para el pueblo y conduce a una situación social insostenible. Finalmente, la tercera es la menos obvia, en la que la recreación cinematográfica de una experiencia colonizadora se convierte en metáfora de las relaciones dentro de la producción de la película misma, los cineastas terminan siendo explotadores de los indígenas, de sus extras. Todo esto nos recuerda un poco a los making of de las cintas de Werner Herzog, Aguirre, la ira de Dios y, en especial, Fitzcarraldo. Lo que llama la atención es que algunos pasajes, parte del lenguaje cinematográfico, algunos personajes y, en gran medida, el discurso de la película recuerdan peligrosamente a Para recibir el canto de los pájaros, la infravalorada cinta del maestro Jorge Sanjinés. ¿Será mera coincidencia?
Más allá de que sea emocionante ver las calles que uno ha recorrido toda la vida en una película de alto vuelo, que sea lindo ver a rostros conocidos domésticamente codearse con rostros conocidos mundialmente, que enorgullezca el trabajo de Jorge Ortiz como Prefecto, de Luis Bredow como jefe de policía, de Alejandra Lanza como enfermera –aunque sean papeles efímeros-, la cinta tiene valor propio, es cine político del inteligente, de ese que ya no se hace, de ese que además de ser crítico con obviedades, también pretende cuestionar algunos de los valores fundamentales de la sociedad de consumo, que parece haber olvidado las prioridades más básicas, pues ha olvidado que la vida tiene mucho más valor que cualquier otra cosa. También la lluvia, a su manera, nos recuerda que si se nos niega la vida y el agua, que si nos reprimen y explotan, sobreviviremos porque tenemos la alegra rebeldía. Y también la lluvia.
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En este enlace podéis completar alguna información sobre Montesinos y las Casas: http://www.dominicos.org/grandes-figuras/personajes/anton-de-montesinos/tambien-la-lluvia