Goya 2011: Juan Carlos I en la corte de (de) la Iglesia

Andrés Laguna
No creo que nadie pueda negar que la XXV edición de los Premios Goya fue la más vivida y seguida por los bolivianos. El motivo todos lo conocen: la nominación a “Mejor actor revelación” de Juan Carlos Adiviri, por su trabajo en También la lluvia. Debo reconocer que llama la atención que no haya tenido ni la mitad de revuelo la nominación de American visa a “Mejor película extranjera de habla hispana” en 2007. Tal vez, un galardón de mayor relevancia, pues premiaba a una obra completa, a un producto terminado y, a su vez, a todo un equipo. Supongo que nuestras debilidades por construir ídolos también se reflejan en el cine. Sin lugar a dudas, Aduviri es uno mucho más entrañable que tantos otros que hemos tenido a lo largo de nuestra historia. Su poder es incuestionable, sólo por Juan Carlos muchos se tragaron más o menos tres horas de una gala con muy pocas luces y con menos interés, pues premiaba a un puñado de películas que todavía no se han visto en Bolivia.
Se sabe que este tipo de ceremonias son pesadas y son seguidas con dificultad por la gente que no es cercana a la industria cinematográfica. Pero incluso quienes debemos verlas por cuestiones de interés profesional, sufrimos con los discursos inacabables y con sketches que producen algo de vergüenza ajena. A pesar de haber tenido un gran despliegue técnico, de haber recurrido a casi todas las estrellas del cine español (Bardem incluido), de haber convocado a un maestro de ceremonias que salvó la gala el año pasado (Andreu Buenafuente, el comediante más soportable de la televisión ibérica) y de una sonada polémica entre los miembros de la Academia –a raíz de la conflictiva Ley Sinde-, la premiación no tuvo ni el éxito, ni la trascendencia que se esperaba. Fue francamente aburrida y tuvo un raiting más bajo que el de su antecesora. Está demás decir que para los bolivianos fue una enorme decepción, Aduviri no recibió el busto de don Francisco.
Pero, más allá de que cada vez se haga más evidente que el humor popular español reside en el bochorno, que copiarle al Oscar no hace más que amplificar los problemas que tiene la premiación hollywoodense, que la grandilocuencia y el pseudo-glamour cada vez interpela menos al público, algunas cuestiones relativas al Goya 2011 merecen ser comentadas.
Creer en (de) la Iglesia
Esta fue la última gala en la que Alex de la Iglesia, el notable realizador de películas tan recordadas como El día de la bestia (1995) y Crimen ferpecto (2004), fungía de presidente de la Academia. Incluso se temía que esa mente brillante del cine español, renuncie antes a un cargo que ocupó con sorprendente corrección. ¿Las razones? La ya mencionada Ley Sinde y la polémica en torno a ella, que la prensa alimentó con la delicadeza y el buen gusto que la caracterizan. La actual ministra de cultura española, Ángeles González-Sinde, se ha convertido en la enemiga número uno de las descargas ilegales, de la violación de la propiedad intelectual y de la piratería. Entre otras cuestiones, la Ley Sinde, recientemente aprobada después de un sinnúmero de dificultades, es el mecanismo que le permite al gobierno español cerrar los sitios de descargas ilegales. Lo que evidentemente despertó enormes críticas y discusiones. Los Internautas nos sentimos abiertamente amenazados, muchos tomaron cartas en el asunto. Por su lado, algunos de los artistas más notorios sacaron las garras para defender sus ganancias. Olvidando que los beneficiarios reales de las ventas de CD’s, DVD’s y libros, son las grandes corporaciones, que cada vez hacen más inaccesible el conocimiento y la cultura. Olvidando que se nos cobra precios descabellados e inflados para que un puñado de estrellas y de magnates puedan mantener obscenos estilos de vida. Por ejemplo, el bruto y lengua suelta de Alejandro Sanz, que cada vez se supera a sí mismo, se puso a comparar los derechos de los niños africanos víctimas del SIDA con los derechos de propiedad intelectual de los creadores. España, España, a veces madre y siempre madastra…
Todo estalló cuando Alex de la Iglesia, que como presidente de la Academia representa a un rubro que no quiere perder ningún privilegio, se mostró crítico con la Ley Sinde y afirmó que después de escuchar las voces de las agrupaciones de internautas, cambió de opinión, se puso del lado del público. Incluso artistas de “izquierda”, como Iciar Bollaín y Luis Tosar, respectivamente, la realizadora y la estrella de También la lluvia, quisieron tragarse vivo al desenfadado realizador de La comunidad (2000). Pensar que el arte sea gratuito, para muchos es una herejía. Está bien. El problema está en que tampoco parece molestarles que se haya convertido en un producto de lujo o en una mera estafa.
De la Iglesia decidió renunciar y muchos estuvimos pendientes de lo que diría en su último discurso multitudinario. Estuvo a la altura de la situación, con elegancia, inteligencia, sin ofender a nadie, pero sin hacer concesiones, afirmó que si hay crisis en el cine español es porque los realizadores no están sabiendo llegar al público, que la falla está en los directores. Que las viejas formas de distribución son obsoletas, que Internet es el presente y que no se le debe temer, que se lo debe aprovechar. Finalmente, lo más relevante, le recordó a los cineastas que una película sólo está completa cuando alguien la mira, la aprecia y la siente. Sin espectadores no hay cine, sin gente que vea las películas no hay cine. El público le da sentido al arte. Esa es una lección que nuestros realizadores nacionales también deben aprender. Si el mundo, el mercado, los sistemas de distribución y la miopía de las salas comerciales, nos obligan a recurrir a la piratería, a la ilegalidad, la culpa no la tenemos nosotros. El arte debe ser accesible y debe ser un derecho.
Una sorpresiva declaración de principios
La nota más alta de la ceremonia fue el inesperado triunfo de Pa negre de Agustí Villaronga, una cinta que no era la favorita y que terminó llevándose nueve estatuillas, convirtiéndose en una de las más premiadas de la historia de los Goya. Pa negre (Pan negro) es una obra impecable, durísima, que retrata con gran precisión y hondura a la vida en la Cataluña profunda en los años de la post-guerra. Pa negre es una película de un fuerte realismo, muy oscura, que nos demuestra lo nefasta que puede ser la vida en comunidad para la frágil alma de un niño, que perder una guerra condena y estigmatiza hasta que la vida se extinga, que el ser humano muy pocas veces merece su rótulo. Su triunfo es irreprochable, pero sorprende que los académicos se hayan animado a premiar a una película hablada en catalán. A pesar de que todavía no se hayan podido superar muchas de las ideas y de los malos hábitos heredados de la nefasta dictadura franquista, reconocer a una cinta como Pa negre, con todo lo que implica, es enterrar a esa España en la que la negra pena amenazaba. Es afirmar a esa España que habla varias lenguas, que tiene muchas culturas, imaginarios y formas de pensar, de soñar.
Juan Carlos I
Me pareció extrañísimo que desde que se dieron a conocer las nominaciones a los Goya, los medios de comunicación bolivianos comenzaron a hacer campaña para nombrar a nuestro propio Juan Carlos I. Claro, el nuestro no es Borbón, ni fue coronado por un tal Francisco. El nuestro apellida Aduviri y es profesor de cine en la escuela de El Alto, es actor por accidente. El nuestro se presentó al casting de También la lluvia a regañadientes. E hizo que todo un país se enorgullezca. Lo que me parece intolerable es que la prensa nacional haya puesto en los hombros de Juan Carlos responsabilidades que no le correspondían. Daba la impresión que querían que sea el símbolo de la transformación del destino nacional, de esa constante condición de derrotados, de perdedores perpetuos. Felizmente, Aduviri siempre se mantuvo sereno, sabiendo que estas cosa no son trascendentes, aunque sean importantes y divertidas, jamás definitivas.
Era algo previsible que el premio no iría para nuestro compatriota. Generalmente, se lo dan a papeles protagónicos, que por algún criterio medio raro, no dan la talla para competir con los finalistas de la categoría de “Mejor actor”. En su defecto, se lo dan a un intérprete que tenga alta proyección comercial. El papel de Aduviri en También la lluvia es un gran secundario, pero jugaba con cuestiones en contra, entre ellas, la falta de minutos en la pantalla. Lo que de ninguna manera pone en duda la calidad del trabajo de nuestro actor. Sabemos que la nominación ya es un reconocimiento para Aduviri y para el país. Pero el verdadero motivo de regocijo debe ser que se haya develado un gran talento actoral y creativo.
Hace poco un amigo, me decía que no le había gustado También la lluvia por varias cuestiones, entre ellas, porque no trataba correctamente, dos temas que lo ameritaban, la Guerra del agua y la colonia. Además, que el trabajo de Aduviri le parecía inofensivo, que no hacía mucho. A pesar de haber escrito hace poco sobre la película de Bollaín, temiendo que en Bolivia muchos pensarán igual que este amigo, me animo a apuntar algunas ideas. También la lluvia no es una película sobre la Guerra del agua, ni sobre la colonia. Es una historia sobre personajes, sobre la posición que toman algunos ante los hechos a los que se enfrentan, sobre transformaciones internas, sobre opciones éticas. No es una película sobre los Grandes temas. Todo lo contrario. El retrato que se hace del país, de los hechos sociales, no son lo central, son el telón de fondo. Lo que tampoco quiere decir que la película sea irrespetuosa y poco seria, simplemente hace lo que debe hacer. Si se espera que esta sea la película definitiva sobre la colonia o la Guerra del agua, se comete un grave error. La obra de Bollaín retrata cambios internos ante transformaciones externas. Nada más. Sólo con eso, hace una gran película, no un gran discurso político y/o histórico. Por su lado, lo notable del trabajo de Aduviri no está en que nos ofrezca una interpretación intensa al estilo Sean Penn, en la que se llora, se grita, se tensionan todo los músculos de la cara y las venas están a punto de explotar. No. Aduviri habla poco, es muy sutil en sus gestos, sus emociones prefieren esconderse, lo que hace que cuando explotan son verdaderamente impactantes. La interpretación de Juan Carlos tiene el gran mérito de expresar la psicología de su personaje, transmite estoicismo y combatividad. Sin exageraciones. Siempre justo. Cuando podría chillar, prefiere guardar el grito en el pecho y lo transmite con la mirada. No es una interpretaciones tan eficaz como esas a las que nos ha acostumbrado Hollywood, justamente, por eso es notable.
También la lluvia es una muy buena cinta, la mayor producción que se haya rodado en Bolivia, pero no cambiará al cine boliviano. Sólo ha demostrado que nuestros equipos técnicos y de producción, que nuestros profesionales están a la altura de cualquier trabajo. Ha demostrado, algo que sabíamos y que no queríamos creer, que el genuino talento nos acompaña, que lo único que nos hace falta es un poco más de determinación.
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