Kosmopolis11: El espectro de Pynchon, la física y otras liviandades literarias


Andrés Laguna

En un reciente y bello texto titulado “Aparición de Pynchon en Barcelona” que Enrique Vila-Matas escribió para El País afirma que en la prensa escrita: “(…) como es sabido, se informa de actos culturales antes de que tengan lugar, pero no suele comentarse nada de lo que después se habla o sucede en ellos”. Curiosamente, siguiendo un camino inverso al del periodismo de otras áreas que principalmente informa y se ocupa de hechos que ya han sucedido, el periodismo cultural cada vez dedica menos espacio y atención a las crónicas, a los comentarios y a las reflexiones sobre eventos pasados. Lo que me parece triste, pues si hay algo mejor que experimentar, que atestiguar algo, es hablar sobre eso. Y creo que todavía es mejor escribir al respecto. Además, estoy convencido de que a través de la percepción del cronista muchos otros pueden hacerse presentes en un tiempo y en un espacio en los que no estuvieron físicamente.

Del 24 al 26 de marzo se celebró en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), el festival “Kosmopolis”, que como sus mismos organizadores califican, “es una fiesta-laboratorio donde la literatura es la protagonista en todas sus vertientes en interacción con las artes y las ciencias”. Esta fue la séptima versión de un festival que parte de dos principios fundamentales, que todos somos ciudadanos del cosmos y que la literatura en todas sus formas (oral, escrita y electrónica) debe estar en el centro de la escena. La extensísima lista de autores y artistas que han participado de sus diferentes versiones es tan heterogénea como impresionante, basta mencionar unos cuantos: Roberto Bolaño, Jean-Claude Carrière, Francis Ford Coppola, Carlos Fuentes, Javier Cercas, Rodrigo Fresán, Alejandro Jodorowsky, Amos Oz, David Trueba, Mario Vargas Llosa, Michel Onfray, J. M. Coetzee, Lou Reed, Tzvetan Todorov y Gao Xingjian, entre muchos otros. Uf. Pero lo que hace al evento algo totalmente particular es que no se limita a organizar conferencias, talleres y lecturas. Además de eso, es un espacio para un montón de expresiones relacionadas con la literatura, por ejemplo, en la versión más reciente se pudo ver un jam literario (en el que varios autores escribieron improvisando una novela colectiva, acompañados por música pinchada por Dj’s y por imágenes realizadas en vivo por artistas visuales), interpretaciones de poesía dub (una suerte de hip-hop mestizado con World music y con la declamación más clásica), además de los más variados conciertos y de proyecciones de un sinnúmero de videos de todo tipo. Pero para un lector poco afecto a la experimentación, como yo, lo más atractivo fueron los llamados “Diálogos K”, disertaciones o conversaciones de autores consagrados, poco experimentales en forma, pero altamente sugerentes en fondo.

Kosmopolis se parece mucho, demasiado, a un festival de rock. Hay muchos escenarios, se podía comprar entradas para cada jornada o un abono, había merchandising, se tenían que hacer largas colas para entrar a las actividades más “comerciales”, todos los asistentes teníamos una manilla para poder entrar y salir, la programación es maratónica y agotadora, el público espera tener un gran espectáculo y los escritores cada vez saben darlo con mayor eficacia. Todo tiene mucho de show. Además, hay que reconocerlo, todo lector voraz tiene una groupie dentro. Dejar pasar la oportunidad de conseguir la firma o la foto de un autor amado sería imperdonable. Por tanto, la gran mayoría de los asistentes estábamos impacientes por ver a las “cabezas de cartel”, que este año fueron el jueves Ian McEwan y Jorge Wagensberg, el viernes Eduardo Lago y Enrique Vila-Matas, y el sábado Alessandro Baricco.

Cuestión de física

Quizá aprovechando que el gran Ian McEwan, conocido masivamente por haber firmado el mega-best seller Expiación (que fue llevado exitosamente al cine por Joe Wright), acaba de publicar otra excelente novela, Solar –que es protagonizada por un premio Nobel de física-, los organizadores hicieron que dialogara con Jorge Wagensberg, investigador y divulgador científico, profesor de física en la Universidad de Barcelona y director del Cosmocaixa (un inmenso y didáctico museo de ciencia). La charla giró en torno a anécdotas, a curiosidades de personajes como Pitágoras o Aristóteles (en su faceta de naturalista) y, en menor proporción, a la relación que tiene la ciencia con la literatura. Lamentablemente, el carácter histriónico y tan mediterráneo de Wagensberg impidió que McEwan brille tanto como hubiésemos querido muchos de los asistentes. Pudo hablar poco de su universo literario, que es tan bello y desgarrador, habló poco de los mecanismos que utiliza para construir a sus personajes, a esas historias que tienen la capacidad de dejarnos con una igual dosis de desasosiego y de satisfacción. La elegancia austera y tan británica de McEwan permitió que su interlocutor ocupara en exceso el micrófono, pero dejó ver su inteligencia, su sensibilidad y su puntualidad con las palabras. Firmó libros después de la charla, no los dedicó. Se lo sentía algo incómodo con los fans que querían sacarse una foto con él. A la salida, nos lo encontramos, mi mujer y yo lo observamos continuar el diálogo con Wagensberg lejos del escenario, en la puerta del lugar, como dos seres silvestres y tan distintos entre sí. McEwan es un poco más desprolijo en vivo y directo que en las fotos. A la distancia parece ser uno de esos raros escritores que escuchan mucho y hablan lo necesario, que son poco vanidosos. Cualidad extraña para un narrador prolífico. No me atreví a hablarle, supongo que ninguno de los dos se hubiese sentido cómodo intentado tomar las riendas de una charla llena de formalidades y lugares comunes. Me sentí incapaz de decirle esa horrorosa, aunque cierta frase: “sus obras cambiaron mi vida”. Le ahorré decirme ese incómodo y nervioso “thank you, thank you, thank you”, que tantas veces ha debido pronunciar por obligación.

Un mero divertimento

Alesandro Baricco, el autor italiano de ese fenómeno de ventas que fue Seda, prácticamente estuvo encargado de cerrar el evento. Guardaba muchas esperanzas, aunque lo he leído relativamente poco, siempre he creído que es un gran narrador. Después de escucharlo, no hice más que recordar lo que me dijo hace casi una década el extrañado Yves Froment. Después de que leyó Seda (un ejemplar que le presté y que quiero creer que se llevó al lugar en el que se encuentra ahora), me dijo con una media sonrisa: “no es más que un divertimento”. La disertación de Baricco tenía un título de un mal gusto sorprendente: “Homero, Flaubert, Steve Jobs”. Se puso a hablar, con gracia y estilo, sobre las mutaciones que ha sufrido la literatura, sobre cómo cada momento de transformación ha sido calificado por los “bárbaros” como una catástrofe, como el fin de la literatura. Haciendo uso de argumentos poco profundos, se aventuró a asegurar eso que tantos otros han dicho ya: que hoy día los jóvenes leen y escriben más que nunca, que gracias a los blogs, a los sms, a los mails, a las redes sociales, la literatura tiene garantizada su supervivencia. Olvidando la calidad de lo que se lee y se escribe. Con grandes recursos retóricos y de espectáculo, entre otras cosas, vapuleó a Platón haciendo gala de una ignorancia y de una audacia anonadantes, proclamó al iPhone como la herramienta fundamental para la preservación de la cultura occidental y levantó la bandera de la “literatura por la literatura”. Lo que me hizo pensar que la carencia de muchos escritores está en que no leen otra cosa que ficción. Y lo que es peor, no se esfuerzan por reflexionar profundamente sobre lo esencialmente literario, que es mucho más que la calidad o la belleza de la prosa.

Sobre héroes y tumbas

Por fin llego al punto que me condujo a escribir este largo texto. El jueves, después de ver a un grupo de escritores (entre ellos Andrés Neuman) intentar fallidamente salir airosos del mencionado jam literario. Mi mujer y yo nos dirigimos a escuchar a Eduardo Lago y a Enrique Vila-Matas. El primero es un respetado escritor español, crítico literario, importantísimo traductor, uno de los mejores entrevistadores que jamás haya conocido y Director del Instituto Cervantes de Nueva York. El segundo es uno de los autores barceloneses más importantes, algunas de sus obras más importantes son Historia abreviada de la literatura portátil, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca, Doctor Pasavento, Exploradores del abismo, Dietario voluble y Dublinesca. Ambos son miembros de la Orden del Finnegans, dedicada a reverenciar de manera lúdica a la obra del reverenciable James Joyce. Ambos son grandes amigos. Ambos son grandes lectores. Justamente eso contuvo su diálogo. Literatura e intimidad. Bajo el sugerente título, “La tumba de Moby Dick”, con generosidad, inteligencia y un gran sentido del humor, compartieron con nosotros experiencias, lecturas, intereses… intimidades literarias. Pero el momento clave, fue cuando los dos escritores contaron una anécdota puntual. En un viaje que Vila-Matas realizó a Nueva York, le pidió a Lago que lo llevara a conocer la tumba de Herman Melville en el cementerio de Woodlawn en el Bronx. Fueron junto a la escritora Cristina Grande y, como suele suceder cuando uno busca la tumba de una celebridad, se perdieron. Alrededor de las seis de la tarde, cuando comenzaba a oscurecer, los tres autores fueron detenidos por dos latinos “con cara de pocos amigos”, que salieron de una patrulla en la que se leía “Cemetery police”. Imagino que todos los adictos a la lectura tenemos algo de profanadores de tumbas, así que los dos oficiales no cometieron del todo un error. Armados y con placas, después de que Eduardo Lago les explicó la citación, se dispusieron a ayudar a los literatos en su pesquisa. Giménez y Velásquez, dos guardias puertorriqueños, se convirtieron en los guías de tres sujetos que querían presentar sus respetos a uno de los más grandes, a uno de los más amados, a uno que los ha precedido. Velásquez estaba convencido de que estaban en busca de la tumba de Moby Dick. Un gran ejemplo de cómo la obra termina devorando al autor. Por su lado, Giménez, al despedirse de los escritores, reparó en que Lago llevaba consigo un ejemplar de Bartleby el escribiente y confesó su gran amor por la literatura. Lago le dejó el libro. Giménez es un guardián de cementerio que lee entre tumbas. Sólo esa narración era por sí misma alucinante. Cuando Vila-Matas y Lago anunciaron que Giménez se conectaría con nosotros vía teleconferencia, la cosa se puso extraordinaria. Hijo de maestra, el personaje puertorriqueño recordó el encuentro con esos dos grandes de las letras españolas, hablaron de literatura, de sus preferencias –García Márquez, Henry James, Auster, Bolaño, Vargas Llosa, DeLillo, Foster Wallace y Pynchon-. Giménez decía cosas así: “A las siete de la mañana, antes de abrir el cementerio, entre las tumbas me pongo a leer”, “Auster me gusta porque es el poeta de la ciudad”, “Sé que Vargas Llosa es un grande pero me parece aburrido” o, la más memorable, “a Thomas Pynchon no lo cambio por nadie. Cuando lo leo no entiendo casi nada. Pero cada frase me parece… no lo cambio por nadie. Es mi favorito”. Casi inmediatamente después de que el guardián hiciera esa confesión, con sagacidad los escritores volvieron a recordar su encuentro en el cementerio. Aparentemente, además de los dos puertorriqueños, había alguien más en la patrulla. Alguien escondido en una gabardina y con sombrero. Alguien que no paraba de tomar apuntes. Le preguntaron si era un escritor. Giménez lo confirmó. Le preguntaron si está investigando al cementerio Woodlawn de Nueva York. Giménez lo confirmó. Le preguntaron si era DeLillo. Giménez lo negó. Le preguntaron si era Pynchon. Giménez no contestó, se puso nervioso. Ergo, es muy probable que la próxima obra de uno de los autores más geniales y esquivos de los últimos tiempos sea sobre Woodlawn, que Giménez haya sido el guardián de la redacción de esa novela. Y el espectro de Pynchon se hizo presente. Frente a la tumba de Moby Dick, convirtiendo a los escritores en personajes, la literatura se hizo carne.

Por esos momentos, esos festivales valen la pena.

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