Lumet & Nueva York: La ciudad del pecado


Andrés Laguna

Cuando me enteré de la muerte de Sidney Lumet todavía estaba esperando su siguiente película, anunciada en 2007, debía titularse Getting out. Se suponía que sería un drama carcelario escrito por él mismo –algo que hacía con poquísima frecuencia, pues no se consideraba un guionista- y una prueba más de que el maestro seguiría burlando al paso del tiempo. Ah, y ahora… simplemente, nos quedamos con la ilusión de lo que podría haber sido otra gran obra maestra realizada por un director tan prolífico y extraordinario, como poco valorado por una industria que se ha caracterizado por maltratar a sus más brillantes exponentes. Lumet además de haber sido uno de los poquísimos directores con un discurso sustancial, político y revulsivo, era una auténtica maquina de hacer películas de entretenimiento sólido, que si bien a veces no tenía una puntería certera, jamás dejaba la sensación de habernos hecho perder el tiempo. Algo que llama mi atención poderosamente es que, a pesar de haber nacido en Filadelfia, Lumet fue junto a Woody Allen, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Elia Kazan, Spike Lee y John Cassavetes, uno de los grandes cronistas de Nueva York. Rodó una treintena de películas en la Gran Manzana, más o menos la mitad de su filmografía total. Logró, como pocos, no dejarse tentar por las imágenes de postal y por los lugares comunes. La experiencia de vivir en la acelerada y populosa capital de la contemporaneidad forjó su forma de ver el mundo, su forma de entenderlo y, a través de ella, aprendió a hacer un cine flexible, personal, de amplio rango. En sus películas dejó ver su visión desesperanzada, escéptica e incisiva del quehacer humano.

En cintas tan inolvidables como Serpico, Prince Of The City, Network, Before the Devil Knows You're Dead, New York es una suerte de testigo bullicioso de la corrupción de sus habitantes, de las luchas entre la ética y la ambición, de la bestialización del ser humano. Es el espacio privilegiado en el que un conjunto de perdedores olímpicos, de seres frustrados y frágiles, de sujetos bizarros, pueden existir de la única forma que saben: arrastrándose en la genuina jungla de cemento. A través de la ambigüedad moral de cada personaje, de cada situación, de cada opción que se toma, Lumet logró de una manera tan hábil como inexplicable que nos identifiquemos profundamente con seres que de otra forma serían despreciables y repulsivos. Se parecen demasiado a la gente con la que nos cruzamos todos los días, a la gente que hace que nuestras vidas no sean fáciles. Sí, sus personajes se parecen demasiado a nosotros mismos. A veces pienso que los puntos más altos de la obra de Sidney Lumet están en algún lugar en medio de las de Arthur Schopenhauer, Emil Cioran y David Simon.

Lumet tenía una auténtica genialidad para manejar el tiempo de sus películas, en muchísimas de ellas se las arregla para narrar en casi dos horas exactas, las más complicadas situaciones. Sin apresurarse, dejando respirar a la obra, dejando a sus personajes madurar y crecer en cada minuto de metraje, combatiendo ese acelerado y descerebrado timing newyorkino. Esa habilidad le permite sacar provecho, con igual ingenio, de ese espacio vivo que es la ciudad que no duerme. Le sacaba tiempo al tiempo, pero también al espacio. Ya sea que la historia se desarrolle en una pequeña habitación con un jurado deliberando o en toda la ciudad abierta, Lumet lograba mantener la tensión y la fortaleza de las situaciones que narraba. Lo que es admirable es que jamás intentó mostrar a Nueva York en su totalidad, lo que sería una tarea tan inabarcable como estéril. Escogió mostrarnos los pedazos de su ciudad adoptiva estrictamente necesarios para el relato, siempre con sensibilidad, intensidad y exactitud. Jamás fue desmedido. Jamás se aprovechó de la ciudad, de su condición mítica y de sus iconos. Lumet nos convirtió en residentes fugaces, que experimentabamos durante dos horas la sensación de ser verdaderos newyorkers.

En ese sentido lo que también me parece francamente alucinante del cine de Lumet es que tiene la capacidad de mostrarnos la ciudad, sin hacerlo. Por ejemplo, pensemos en 12 angry men, ese equivalente contemporáneo y cinematográfico de los diálogos platónicos, en el que las conclusiones nacen a partir de las preguntas y de la certeza de no conocer la verdad, pero de querer encontrarla. En este filme conocemos una Nueva York que se oculta del espectador, salvo por la breve secuencia inicial en la que se devela un pedacito de Manhattan. En esta maravillosa cinta la ciudad está afuera, rugiendo, hirviendo, pero todo sucede dentro de la habitación en la que delibera un jurado, en la que discuten doce hombre furiosos. Pero Nueva York, con toda su inmensidad, con sus diversas formas de vivir, con su multiculturalidad, está latente en cada uno de los personajes, en sus historias particulares, en sus acentos, en su fisionomía, en cada una de sus argumentaciones, en su forma de vestir, en su forma de moverse, en su forma de limpiarse el sudor, en su forma de armar una argumentación, en su forma de conmoverse. A través de las situaciones más cotidianas, de los hábitos y de los gustos característicos de los diferentes estratos sociales, de las distintas idiosincrasias, se reflexiona sobre la justicia, la democracia, sobre la ley y el sistema político, se reflexiona sobre la verdad. Pero también, a través de esos doce hombres, que son tan distintos entre sí, se hacen presentes Brooklyn, Manhattan, Staten Island, el Bronx y Queens. Por otro lado, en Dog day afternoon pasa algo similar, la película sucede en Brooklyn, pero se desarrolla dentro de una pequeña agencia de banco, en una cuadra y en el aeropuerto JFK, logra hacernos sentir a una ciudad, a un municipio que no vemos, pero que lo impregna todo. Así como El último tango en París de Bernardo Bertolucci es la gran película/homenaje de la Ciudad luz, a pesar de que casi todo sucede en un apartamento vacío. Así como la maravillosa cinta boliviana Hospital obrero de Germán Monje es la gran cinta sobre La Paz –que tiene la sutileza y elegancia que la faltaban a las rimbombantes postales de American visa-, a pesar que casi todo sucede dentro del enorme y tétrico centro de salud que le da título a la película. Cuando un director tiene una indestructible conexión con un espacio geográfico y la habilidad necesaria para reinventarlo en su clave personal, nos puede hacer vivir a una ciudad sin necesidad de mostrárnosla con imágenes evidentes y burdas. Lumet era un genio para eso. Todas sus películas giran en torno a los personajes, en torno a las transformaciones internas, en torno a su contacto con un mundo duro y despiadado. Su Nueva York se nos devela a través de los movimientos del ser de los protagonistas. El carácter, el espíritu de la ciudad se hace presente a través de la gente que camina por las calles, de la gente que vive y construye una ciudad que se ha impuesto como la gran metrópoli, como la gran capital, como la ciudad total, como el centro neurálgico de este pobre mundo globalizado. Con su belleza y con su horror. Con su exceso de horror.

Supongo que la descarnada e inolvidable Baltimore de la extraordinaria The Wire, no hubiese sido posible sin la Nueva York de Lumet. Es decir, fue uno de los padres del realismo moderno norteamericano, ése que nos ha dado tantas satisfacciones en el último tiempo, ya sea en las pantallas de la HBO o en las cada vez menos frecuentes buenas películas políticas.

Muchas lecciones nos ha dejado Lumet en su inabarcable cinematografía, un notable trabajo con los actores, una capacidad reflexiva que muchos filósofos envidiarían, un montón de recursos narrativos copiados hasta el hartazgo y jamás igualados, una prolijidad técnica sólo equiparable a la de monstruos como Stanley Kubrick o Roman Polanski, entre tantas otras. Pero además, nos ha dejado una visión viva, cruda y palpitante de Nueva York, de la Nueva York que configuró para que se ajuste a su cine. Una ciudad llena de pecado y pecadores, que fue registrada por un sacerdote del séptimo arte, de un sacerdote que escuchó con atención sus confesiones. Y las convirtió en películas.

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