Giovanna Rivero: "Mis personajes son librados a la vida y la vida es hermosamente trágica"


Andrés Laguna

Si me lo preguntan, una de las voces literarias fundamentales de la narrativa boliviana contemporánea es la Giovanna Rivero y me permito intuir que su participación en el V Foro de Escritores Bolivianos, que organiza el Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño, será el momento más imprescindible del evento. Hoy día Rivero vive en Florida, Estados Unidos, donde está realizando un doctorado, y ha asaltado al mercado español con Niñas detectives (Bartleby Editores, 2009) y Crónicas de oreja de vaca (junto a Andrea Jeftanovic y Juan Terranova, también publicado por Bartleby Editores), recibiendo críticas muy elogiosas. Rivero es autora de algunos de los cuentos más memorables de la literatura boliviana actual (“Sangre dulce” puede ser el ejemplo más incontestable) y algunas de las novelas más propositivas y audaces de los últimos años, en especial pienso en Tukson. Historias colaterales. De gran técnica narrativa, sin jamás caer en la esterilización de la obra, Rivero es una garantía de lucidez, de un humor negro brillante, de reflexiones punzantes y de historias que son tan entretenidas, como impactantes. Amable y sensible, respondió a la serie de preguntas transcritas a continuación, de manera reflexiva y amena. Hace unos meses, el gran Juan Villoro me comentó que Giovanna había sido invitada a hablar en una clase suya y me recordó que es tremendamente divertida e inteligente, esta entrevista no es más que una pequeña muestra de lo que Villoro afirmó.

Si esta entrevista se estaría realizando en un restaurante ideal, ¿qué ordenaría Giovanna Rivero?

- Una sopa no muy espesa, podría ser de zapallo y corazoncitos de pollo. Una ensalada con langostinos. Para beber, un vaso de agua fresca y una copa de vino blanco, fresquito también. De postre una porción de helado de chocolate con rebanaditas de guineo y jarabe de moras.

En los últimos años su obra se ha difundido mucho en el extranjero, ¿qué efecto ha tenido en su literatura y en su vida personal?

- Ha consolidado mi fe en que trabajando es posible avanzar y también he viajado más. Y al aquietarse ciertas ansiedades me es posible ahora detenerme en los procesos de escritura pensando en el mediano y largo plazo y en ámbitos no estrictamente nacionales, y sobrellevar mejor la frustración cuando percibo que hay demasiadas carencias en nuestro país.

Además del trabajo netamente literario, tiene una vida académica muy activa, ¿es fácil compatibilizar ambos quehaceres? ¿tienen influencia el uno sobre el otro?

- Ni fácil ni difícil, como diría algún sacasuerte. Incluso llegan a ser tareas complementarias en el sentido de que para escribir crítica académica es preciso comparar textos literarios, estéticas, momentos históricos, y cuando escribo y el abismo de no saber qué estoy escribiendo y temer estar yendo hacia ninguna parte me estrangula, me tranquilizo pensando en algunos diagnósticos filosóficos y me automedico. Sin embargo, la literatura es mi prioridad y esta prioridad es mucha veces incomprendida en las esferas académicas y es entonces cuando ciertas batallas intelectuales se me vuelven demasiado personales.

Su literatura siempre se ha nutrido de la cultura popular y de expresiones creativas que muchos llaman “menores”, pues como usted lo ha reconocido, ellas han hecho parte de su cotidianidad, ¿cuáles son los nutrientes de la literatura de Giovanna Rivero hoy día, en el contexto que vive en la actualidad?

Hoy, efectivamente, tengo menos tiempo para leer todo lo que impúdicamente me gustaría. Leo las novelas y libros agendados en mi currícula académica, pero siempre tengo un libro de bolsillo extra escondido en la cartera, generalmente novelas policiales que han sido llevadas al cine. Me gusta esa forma paralela de leer. Y veo mucho cine, claro.

En su obra la corporalidad juega un rol importantísimo, ¿cómo se configuran esos sus cuerpos literarios?

- Sí, el cuerpo me parece una de las tareas más difíciles que le ha tocado al ser humano. Una tarea política enorme. Es el cuerpo el que registra la vejez, el que experimenta discriminación, el que desea, el que es poseído. Es un médium del que la filosofía siempre ha intentado liberarse. Son esas guerras corporales las que tanto me interesa narrar.

Su libro Tukson. Historias colaterales acaba de ser adaptado al cómic, usted es una confesa admiradora de ese arte, pero más allá de ello, ¿está contenta con el resultado?

- Muy contenta. Creo que la adaptación de Billy (Castillo) adquiere su propio ritmo y se enfoca en ciertos personajes que al artista le interesaron más. Pero más allá de esa “edición”, me gusta el dibujo mismo, la fotografía, por decirlo de un modo, refleja la violencia y el lado kitsch de mi libro.

En sus últimos textos se siente un poco más de desencanto, una especie de desconfianza con lo que la rodea, ¿cuál es su percepción del mundo?

- Es una pregunta grande que merecería una respuesta grande, pero lamentablemente solo puedo decir que cada día lucho contra la muerte en este sentido: miedo a perder a las personas que amo. El mundo ha agarrado una onda muy hostil y ese oxígeno es el que hay para mis hijos, para mis amigos, para mis hermanos, para mis padres, y me atrevo a pensar que de todos modos hay una potencia que es preciso explotar para cambiar las cosas. Quizás mis textos oscilan entre ese miedo y esa pulsión rebelde.

Muchas veces sus personajes se enfrentan a “destinos trágicos” y los asumen de las más diversas formas, con sentido del humor, con naturalidad, con una leve mezcla de estoicismo/cinismo, con extrañeza, ¿es la tragedia un elemento importante de su universo literario?

- Una tragedia griega actualizada ciertamente. Claro que estoy lejos de manejar la tragedia borgesiana, que es una trampa matemática en ocasiones urdida por la inteligencia interna de los personajes. Los míos son personajes librados a la vida y la vida es hermosamente trágica. El humor y ese cinismo dulce de algunos protagonistas son los destellos de los momentos de felicidad. Me gusta crear personajes valientes que pescan esos momentos.

Jean-Luc Godard dice que el cine debe ser imágenes que piensan. Creo que la literatura debe ser palabras que piensan. Sin duda sus textos lo hacen. Y mucho. Pero podría intentar resumir ¿cómo piensan?

- Probablemente “piensan” con una inteligencia cósmica o metafísica. Todo piensa. Los árboles, los animales, los ríos, el rouge corrido, el brazo artrítico. Todo es, vibra, duele y muta.

Finalmente, una pregunta algo banal, ¿dónde sitúa su obra dentro de la tradición literaria boliviana?

- Una respuesta banal: No lo sé porque la cercanía es siempre miope. Uno puede decir, soy parte de la literatura súper contemporánea, y sin embargo me atrae más ser un gesto anacrónico, desfasado. Entre lo que uno desea ser y lo que es hay siempre un trecho, y tal vez solo por eso escribo.

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