Ciro Guerra y el nuevo cine colombiano: Más allá de mera violencia
Este texto fue encargado por Sergio Zapata y por los chicos de la revista Cinemas cine para su última edición dedicada al cine latinoamericano.
Andrés Laguna
El cine latinoamericano –tanto
como categoría amplia y poco delimitada, así como los múltiples cines
nacionales que lo conforman-, generalmente, ha sido acosado por una serie de
prejuicios y por una serie de estigmatizaciones difícilmente superables. Que,
por cierto, no han sido del todo gratuitas. Así por ejemplo, al cine brasilero
más reciente le ha costado mucho superar a ese espectro que parecía que lo
dominaría para siempre. Pues hasta hace poco menos de una década parecía que lo
único relevante que había en el horizonte era el celebrado Cinema novo, un cine altamente político. Es que, a pesar de tener
una poderosa industria audiovisual –casi dominada por las telenovelas de la O
Globo y por el imaginario de Jorge Amado-, poco había de verdaderamente
propositivo más allá de la obra de popes como Glauber Rocha, Nelson Pereyra Dos
Santos o Ruy Guerra, entre otros. Por otro lado, tal vez está demás decir que
con el cine boliviano pasa algo parecido, guardando las distancias. Pues el
séptimo arte nacional parecía incapaz de hacer y decir más allá del
indigenismo, del cine político y social. Se sabe, para la gran mayoría de los
conocedores del séptimo arte, fuera de nuestras fronteras no existe otro
director boliviano además de Jorge Sanjinés. Las razones para estas categorizaciones
son muchas y en gran medida están relacionadas con la cantidad de filmes
realizados y distribuidos en mercados internacionales (cuestiones íntimamente
relacionadas con elementos económicos y con las condiciones de producción).
Pero no sólo es eso, no se debe olvidar que los regímenes democráticos son
jóvenes en nuestra región, por tanto, los realizadores que habían dominado el
panorama cinematográfico reflexionaban desde la necesidad de denunciar, de
criticar, de hacer arte comprometido. Lo que denota algo muy relevante: así
como el cine es capaz de transformar a individuos y, por tanto, a sociedades,
los realizadores y su discurso artístico no pueden ser disociados de la
coyuntura en la que viven, con la que se relacionan, con la que lidian.
Siguiendo los ejemplos
mencionados, el cine brasilero se liberó con lo que se ha denominado como el
“Cine de la retomada” y el cine boliviano está tratando de mostrar una nueva
cara después de los sucesivos, tal vez sobredimensionados, booms (a partir de la lectura que hacíamos Santiago Espinoza y yo,
el del ’95, el digital de 2006 y el del prolífico 2009).
Tal vez una de las
tradiciones latinoamericanas con más taras, que se ha apegado a una serie de clichés y de temas recurrentes, es la
del cine colombiano. Pues, de manera general y más o menos simplista, se podía
decir que giraba en torno al narcotráfico, a la violencia y a la guerrilla.
Además, casi como nuestro país, Colombia sufría de una producción anual de
películas bastante paupérrima, evidentemente, un fenómeno íntimamente
relacionado con las mencionadas condiciones de producción (algo que debería
llamar la atención en un país con una industria televisiva muy fuerte y una
importantísima producción de telenovelas). Así como también sucedió en Bolivia,
el Estado creó la Compañía de Fomento Cinematográfico (el FOCINE, en 1979), que
durante poco más de diez años, a través de prestamos, intentó revitalizar a la
industria cinematográfica en Colombia. La iniciativa tuvo resultados
sorprendentemente similares a los bolivianos, los realizadores no pagaban sus
deudas y el Estado se convertía en el único productor viable desde un punto de
vista económico –lo que es lamentable-. Pero desde el 2005 la situación cambió
de manera radical, no sólo porque las tecnologías comenzaron a abaratar costos
de producción, sino porque desde 2003 una nueva ley del cine impulsó una
verdadera transformación (una experiencia que puede ser un ejemplo muy útil
para nuestro país). Lo interesante es que la mencionada nueva ley fija a la
producción de cine como un negocio de particulares y, lo que es más relevante,
ofrece ventajas y estímulos tributarios para las compañías privadas. Además,
compromete al Estado a apoyar a la industria, pero no le permite ser productor
o coproductor. Los resultados son contundentes, desde 2005 Colombia estrena por
lo menos ocho películas anuales, algo inédito en su historia. La fórmula es más
o menos simple, después de conseguir buenas condiciones de producción, buenas
películas y buenos directores comenzaron a proliferar. Cintas como Perro come perro (2008) de Carlos
Moreno, Satanás, perfil de un asesino de
Andrés Baiz, Apocalipsur (2005) de
Javier Mejía o Paraíso travel (2008)
de Simon Brand, son pruebas incontestable de que algo muy interesante está pasando
ahí . Seguramente, el indiscutible destape internacional de este nuevo cine
colombiano fue en 2010, cuando dos películas participaron del festival de
Cannes, la notable El vuelco del cangrejo
(2009) de Oscar Ruiz Navía y Los viajes
del viento (2009) de Ciro Guerra. Ambas obras son de notable factura y los
dos jóvenes realizadores (están cerca de los treinta años) merecen muchísima
atención. Pero por cuestiones de tiempo y espacio me concentraré en la obra de
Guerra.
Los
viajes del viento
es la segunda película del realizador nacido en Río del oro, y cuenta una
historia que sin la menor dificultad podría haberse ambientado en algún rincón
del delta de Misisipi. Este es un filme de viaje, en el que los protagonistas
se desplazan geográficamente, cruzan casi toda la Costa Atlántica, cinco
departamentos del Caribe colombiano, desde Sucre hasta La Guajira, pasando por
la imponente Sierra Nevada de Santa Marta. Tienen un objetivo final, un punto
de llegada, pero como es de rigor en las películas del género, el verdadero
viaje es hacia sí mismos, es iniciático. Ignacio Carrillo (Marciano Martínez)
es un viejo y respetado juglar vallenato, es decir, es un maestro de la
improvisación cantando y tocando el acordeón, que decide realizar un largo
viaje en busca de su mentor, el maestro Guerra. Quiere devolverle el
instrumento musical que le regaló, pues dice que ya no puede controlarlo, le
atribuye sus males y pesares. Montado en su burrito, Ignacio quiere realizar un
viaje que concluya con su liberación, con la liberación de esa esclavitud al
vallenato a la que se sometió gustoso. Contra su voluntad, lo acompañará en su
travesía Fermín (Yul Núñez), un muchachito que quiere aprender las artes del
juglar y que seguiría al maestro hasta al fin del mundo. La película sigue ese
clásico modelo de viaje iniciático, en el que un viejo sabio, experimentado y
descreído debe relacionarse con un joven inocente lleno de esperanza. Ambos
terminarán aprendiendo del otro y formarán una relación que supera lo meramente
fraternal. Lo
interesante está en lo que nos muestra Guerra y en como nos lo muestra. La
cinta recupera la tradición del vallenato, olvidándose de su comercialización y
de Carlos Vives, cavando hacia lo profundo del mundo costeño, recuperando toda
la magia, confrontando a esos personajes que superan la ficción. Ambientada a
finales de los años ’60, en Los viajes
del viento nos enteraremos de que el maestro Guerra le ganó el mítico
acordeón al mismísimo Satanás, descubriremos el mundo de los marimberos (los
pintorescos traficantes de marihuana), presenciaremos un duelo de machetes,
escucharemos cuatro lenguas (español, wayunaiky, ikn-arhuaco y bantú),
recorreremos un pueblo construido sobre una ciénaga, asistiremos a los pioneros
festivales de vallenato, veremos ceremonias de iniciación, penetraremos en
mundos míticos. Como en su ópera prima (La
sombra del caminante, 2004), en esta película Ciro Guerra no se aleja de
los estigmas del cine colombiano (el narco, la violencia y la guerrilla), pero
su aproximación a estas cuestiones es casi circunstancial, pues lo que
realmente es relevante en su obra es la recuperación de la cultura, de los
gestos creativos y generosos, es la redención de lo humano y la debelación de
lo poético. Esa es la actitud que está renovando al cine de su país.
Los
viajes del viento
es imponente, está rodada en un formato scope
impresionante (1:2.35), que se pone al servicio de los extraordinarios
paisajes caribeños, nos hace creer que Igancio y Fermín efectivamente están
embarcados en una genuina odisea, en la que deben superar pruebas titánicas, la
que sacará a la luz tanto lo mejor, como lo peor de ellos. Y nosotros los
estamos acompañando. Esta es una película que tiene detrás una gran producción,
mucho trabajo y se han empleado grandes recursos para hacerla posible. Pero
grandioso del filme de Guerra es que ha puesto lo mejor del cine al servicio de
un espacio, de unos personajes, de unas historias, que habían sido
invisibilizadas por la historia y por una tradición artística temerosa de los
profundo. Los parlamentos de Los viajes
del viento dan poca información, todo se sugiere, las imágenes obligan al
espectador a que haga el esfuerzo por embarcarse en un viaje hacia las
profundidades que se nos muestras, nos obligan a que estemos atentos a lo que se
está revelando. El acto creativo del cine de Guerra está en la recuperación
colectiva, en saber escuchar al viento, en saber filmarlo, en saber
registrarlo, en saber proyectarlo, en hacer que se escuche su incontenible
silbido.

Comentarios