The tree of life: Breve tratado sobre la vida


Andrés Laguna

Pocas cosas son tan lamentables como las polémicas en torno a una obra de arte que no hacen más que desvirtuar, que banalizar, que se ocupan de nimiedades, de insustancialidades. Eso es lo que ha pasado con The tree of life, el último y esperado opus, de ese esquivo y enigmático realizador llamado Terrence Malick. Si comenzamos esta reflexión preguntándonos si la película realmente merecía la Palma de Oro en la última versión del Festival de Cannes, si los miembros del FIPRESCI (La Federación Internacional de Prensa Cinematográfica, por la sigla en francés) estaban afiebrados cuando la eligieron como la mejor película del año, si sospechamos que es una película pretenciosa, rara y aburrida, estamos por muy mal camino. Creo que esta cinta no puede someterse a imbecilidades, merece una lectura atenta y comprometida, pues nos enfrentamos al trabajo más notable de una filmografía que es admirable, esta es la obra de mayor vuelo de un director que suele reposar en las alturas. Posiblemente, lo que más sorprende es como la visión de un artista logra tener más peso que toda la parafernalia que podría opacarla, pues en esta cinta no se va a ver a estrellas o a innovaciones tecnológicas. Esto no es un mero espectáculo. Acá nos hay espacio para la artesanía y el entretenimiento gratuito. En The tree of life, Terrence Malick, a través de una propuesta puramente artística, busca articular un discurso y por momentos da la impresión que quiere proponer un sistema de pensamiento. Sí, la cinta busca ser una obra maestra, busca la relevancia, ser interpelante y trascendental. Pretende mucho. Pero, a diferencia de lo que opinan muchos críticos, creo que está lejos de ser pretenciosa, pues eso implicaría una cierta incapacidad de llegar a ser lo que aspiraba. Esta es una pieza cinematográfica tan extraordinaria que si no es una rotunda obra maestra, está demasiado cerca de serlo.
El argumento puro y duro es tan simple que sorprende, gira en torno a la vida de una familia de los años ’50. Los O’Brien, papá (Brad Pitt), mamá (Jessica Chastain) e hijos, viven la cotidianidad de la mejor forma que pueden, unidos por un genuino y complejo amor, siempre lidiando con su naturaleza, con la vida misma. Lo verdaderamente extraordinario es que los pasajes de esa vida familiar “rutinaria” y, si se quiere, poco relevante desde una perspectiva “mayor”, están tratados con una intensidad, con una verdadera sensibilidad, con un dramatismo, con un romanticismo –haciendo uso de sentido original del término-, desgarradores y emocionantes. Creo que mis palabras trivializan la conexión que logra la cinta de Malick con la sensibilidad del espectador atento y abierto a la experiencia que se le propone. Con una pericia característica de los genios, el realizador logra que esta película nos hable de nosotros mismos, de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestro propio árbol de la vida, llega a ser nuestra íntima biografía. Por otro lado, sorprendentemente, también es su propio y particular manifiesto filosófico, su singular y desnuda plegaria, su declaración de principios e intenciones, su compromiso, su prueba de fe.
Las escenas de la vida cotidiana de los O’Brien, se intercalan con secuencias del futuro del hijo primogénito de la familia, Jack (Sean Penn) que debe lidiar con la rutina y con las cicatrices que toda historia personal deja. Pero, además, todo se intercala con imágenes que hacen referencia al origen del universo, al movimiento del cosmos, a la evolución de las especies, a diferentes aspectos del movimiento de la vida, que de forma metafórica nos anuncian la esencia del filme. La espectacularidad de la cinta reside justamente en estos segmentos, Malick le encargó al venerable Douglas Trumbull que se haga cargo de los efectos visuales, esta es su primera película desde Blade Runner. No se debe olvidar que Trumbull fue el encargado de los efectos visuales de 2001: A Space Odyssey, la gran obra maestra de Kubrick, con la que The tree of life no para de dialogar.
La película está lejísimos de tener una narración lineal, pero respondiendo a una maestría sorprendente, la narración en sí misma jamás pierde claridad. Lo que puede resultar enigmático, cifrado y complejo, lo que despierta la posibilidad de muchas interpretaciones, son las metáforas que se incluyen en la cinta, las reflexiones y el discurso detrás de las bellas, de las monumentales, imágenes que se proyectan en la pantalla. Pero, el quid  de The tree of life no está en su narrativa fragmentaria, ni en la espectacularidad de lo que se nos muestra. Incluso me atrevo a decir, que poco importa la extraordinaria calidad de las interpretaciones de sus protagonistas (salvo por la de Sean Penn, al que se lo siente incomodísimo, sin saber cuando encajar una de sus ya conocidas, eficientes e intensas rutinas-merecedoras-de-un-Oscar). Pues todo eso no son más que herramientas para configurar el discurso de Malick que es profundamente espiritual, esotérico, místico, religioso y, en sus momentos más altos –aunque los menos frecuentes-, filosófico.
Todo sucede en los años ’50, en Texas, probablemente, en el pueblo natal de Malick, Waco, pero eso no tiene la menor importancia, pues esta historia, a pesar de estar casi perfectamente ambientada en un tiempo y en un lugar específicos, podría desplazarse en la geografía y en la historia. Como los genuinos clásicos, es capaz de trascender todo límite, salvo los impuestos por la más esencial condición humana. The tree of life parece proponernos que evidentemente existe una enorme belleza en el universo, una cierta armonía, se aproxima a develar el orden de lo infinito e ininteligible. Pero también sostiene que toda relación implica cierta violencia, que un genuino temor por lo superior nos oprime, nos somete. Para Malick estamos rebosantes de fe, pero también de miedo. En cuanto tenemos conciencia de la muerte, estamos condenados a vivir paralizados por el temor.
The tree of life tiene evidentes ecos judeocristianos. Las obvias y a veces un poco burdas referencias al libro de Job lo atestiguan. En ese sentido, la película se cuestiona sobre la ausencia de Dios, sobre su indiferencia, sobre su inactividad, su pasividad, ante el sufrimiento de los inocentes, ante los actos injustos. Incluso va más allá, la cinta cuestiona al libre albedrío, cuestiona que Dios nos permita no ser buenos, que nos permita no ser justos. La respuesta a estas preguntas que Malick ensaya es única y es tan poco precisa, como difícilmente cuestionable. Ante lo que la vida nos ponga en el camino, la única alternativa que nos queda es amar a nuestros prójimos y a la creación misma. The tree of life propone que lo único que nos puede redimir, lo único que nos puede permitir superar a lo que nos paraliza, a la finitud, a la muerte, a nuestra extinción, a nuestro ser/hacer injusto y no-bueno, es el amor, es el vivir amando. Si bien al hermano, al semejante, lo explotamos, lo abusamos, lo violentamos, también somos capaces de amarlo, de comprenderlo, de acogerlo. Ahí está el sentido del universo. De alguna forma la inmensidad, la infinitud y la complejidad del orden que mantiene el Dios de Malick, se traduce, se materializa, en los padres de la familia O’Brien. Él es la disciplina, la ley, el que vela por el bien común imponiéndose, al que se teme. Ella es el perdón ilimitado, el amor incondicional, la dicha, la generosidad en la que nos refugiamos.
Durante varios pasajes de The tree of life vemos al sol a través de las ventanas, a través de las ramas de los árboles, al viento inflando las cortinas. Esa luz y ese movimiento aparentemente aleatorio, de alguna forma nos hacen sentir que los personajes están tocados por la gracia, por la vida misma. Las imágenes imponentes del universo y del mundo, en forma de una gran sinfonía, hacen que las imágenes de la cotidianidad de una familia común y corriente sean una evidencia más de que el ser humano es diminuto e insignificante. Al menos, en relación a toda la perfección que lo que lo rodea. Lo que nos debe reconfortar es que, al menos en el universo de Malick, lo que trasciende y es insuperable es el amor, la esencia de la vida misma.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antología de la gastronomía boliviana: Comer para contarla

Discurso de los 40 años del Diario Opinión: El periodismo es una forma de humanismo