Cameron Crowe: de la rockuficción al rockumental
Santiago Espinoza A.
Tuvieron que pasar seis años para
que Cameron Crowe (California, 1957) volviera al cine. Tras el chasco
consecutivo que supusieron Vanilla Sky
(2001) y Elizabethtown (2005), no
fueron pocos los que dieron por acabado al realizador californiano. Y no era para
menos. Aquellas dos cintas fueron sendos fracasos comerciales y creativos, que
poco o nada recordaban a sus dos anteriores trabajos, Jerry Maguire (1995) y Almost
famous (2000), con los que había conquistado al público y a la crítica de
la industria, (y por extensión, a los Oscar: en conjunto merecieron dos
estatuillas -una de ellas para él, por el guión de Almost famous- y varias nominaciones). En honor a la verdad,
quienes seguíamos (me incluyo, desde luego) la carrera de Crowe hubiéramos
preferido que quedara parapléjico antes que filmar sus dos anteriores largos,
en particular, Elizabethtown, una
cinta que resulta casi un completo desperdicio. Digo casi, porque si algo de
ella merece cierta conmiseración, es su soundtrack. Y ya que estamos, si acaso valía
la pena seguir esperando nuevos filmes del realizador, era por la curiosidad de
saber qué nuevas mezclas de canciones nos prepararía.
No se puede entender la carrera,
la obra y hasta la vida de Crowe sin reparar en su desbocada melomanía. Aquellos
que hayan visto Casi famosos y sepan del
origen autobiográfico de su historia, sabrán que Crowe fue un temprano
periodista de música, que empezó a colaborar con revistas especializadas –como Creem
o Rolling Stone- antes de cumplir los 16 años. Desde luego, su fascinación por
la música y, en particular, por el rock había empezado como la de un enamorado
más del pop de los sesenta y setenta. Un enamoramiento que enfiló su carrera
periodística y del que ni siquiera pudo desembarazarse ya convertido en
cineasta. Si ya en sus dos primeros guiones para cine (la exitosa Fast times and Ridgemond High y The wild life) asomaban sus
inclinaciones melómanas, a nadie sorprendió que, una vez detrás de cámaras, le
prestara una dedicación tan personal y escrupulosa a las canciones que
acompañarían su película.
De Say anything (1989), su primer
largo como director, no pocos recordarán nada más que la escena de John Cusack
levantando, en medio de la calle, una radiograbadora por la que Peter Gabriel
susurra “In your eyes”. Tampoco faltarán los que, antes que la popularísima
secuencia de Tom Cruise gritando “show
me the Money”, prefieran quedarse con el final Jerry Maguire, en el que se escucha “Shelter from the storm” (de
Bob Dylan). De Vanilla sky quizá solo
valga la pena recordar la escena en que a Cruise (otra vez) lo despierta la voz
de Tom Yorke en “Everything it’s in the right place” (de Radiohead), además de
los créditos que, además de concretar el añorado fin de la película, son
acompañados por la dulce melodía que McCartney compuso para la cinta. Ni hablar
de Casi famosos, que está repleta de
momentos gloriosos para el melómano de turno, pero que ofrece uno en
particular, digno de cualquier listado sobre los episodios más
entrañables del
rock en el cine: la versión arreglada para banda-de-rock-en-ascenso-a-punto-de-romperse-y-periodista-de-rolling-stone-enamorado-de-la-chica-del-guitarrista-
de
“Tiny dancer” (de Elton John), cantada, a coro por músicos, groupies y
reportero, sobre el bus en el que van de gira. Elton John aporta también
uno de
los contados momentos que le aportan un mínimo de dignidad a Elizabethtown, con la canción “My father’s
gun”; dignidad que le devuelven por unos instantes los músicos de My Morning Jacket,
con su versión, para funeral inundado, de “Free bird” (de Lynyrd Skynyrd). Y claro, los incondicionales del grunge deben
tener a Singles (1992) como una
película de referencia, que, no contenta con reunir en su soundtrack a bandas de
la talla de Soundgarden, Alice in Chains o Mudhoney, se da el lujo de poner en
escena a algunas de ellas, como Pearl Jam (también incluida en el soundtrack,
desde luego).
A la banda liderada por Eddie
Vedder, precisamente, ha dedicado Crowe su retorno al ruedo cinematográfico y,
si se quiere, su debut en el rockumental:
Pearl Jam Twenty, que se acaba de
estrenar. Visto en perspectiva, su ingreso al mundo de los documentales roqueros
era cuestión de tiempo (de hecho, está pendiente de estreno un trabajo del
mismo tipo, The Union). Después de
todo, los largos de ficción que ha escrito y/o dirigido hasta la fecha podrían
ser vistos como una suerte de rockuficciones,
por su tratamiento sonoro, y también por sus tramas, como en Casi famosos, el punto más alto de su
filmografía. Y aunque no he tenido aún la oportunidad de ver el documental
sobre Pearl Jam, del que sí he escuchado buenos comentarios, a lo que le tengo
una fe más ciega es al tacto del realizador californiano para montar el
soundtrack del filme. Es que, en un melómano consumado como él, la confección
de un soundtrack nos remonta, inevitablemente, a esa vieja y añorada manía de
mezclar canciones en un casete (de los antiguos) para una persona querida. De
esos casetes que pueden pasar como una “carta de amor musical” que, más allá de
tener un autor que la “escribe”, suele ser pensada y adquiere sentido en la
medida en que tiene un destinatario que la espera con impaciencia y que la “leerá”
con auténtico gozo.



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