Pearl Jam Twenty: La celebración


 
Andrés Laguna


De niños generalmente amamos festejar nuestros cumpleaños. Cuando el tiempo pasa, el entusiasmo se aminora e, incluso, muchos llegan a detestar su onomástico. Supongo que el fantasma de la finitud, la proximidad de la muerte, nos atormentan. Celebrar los nacimientos es una práctica cultural que encuentro fascinante, aunque muchas veces los excesos nos puedan llevar a estar más próximos al más allá que a la afirmación de la vida. Un gesto que es Tanatos y Eros a la vez. Hace un par de años, en el cumpleaños de mi mujer, casi como si hubiese estado confabulada conmigo, una vecina nos despertó con la inmejorable canción “Forever Young” de Bob Dylan. Supongo que no hay nada mejor que alguien te diga: “Mantente siempre joven”. Es decir, permanece actual, repleto de vitalidad, de frescura, de inocencia. Eso mismo es lo mejor que se le puede desear a una obra de arte en su aniversario, que siempre permanezca joven.
Este año se conmemora la publicación del álbum debut de Pearl Jam, el mítico Ten. Los festejos comenzaron el 2009, con la publicación limitada y de lujo de la placa, que se vendía con un montón de objetos pensados especialmente para coleccionistas descontrolados –entre ellos una reproducción del casete que Eddie Vedder le envió a la banda con su voz y una copia del cuaderno en el que el vocalista escribía las letras-, fue un caramelo para los que hacen negocio con la nostalgia y para los fanáticos más fetichistas. Debo reconocer que aunque desee con fervor la caja mencionada, no la compré por dos razones, su elevado costo y la inconsistencia ética que representaba, pues los de Seattle siempre fueron una agrupación que se la jugó por ofrecer entradas, merchandising y discos a precios accesibles para sus seguidores. Si bien en los festejos se suele botar la casa por la ventana, esto me parecía demasiado, uno de esos excesos que cobran una factura demasiado alta. Pero el momento culmen del homenaje al Ten y a sus más de dos décadas de carrera es el documental de Cameron Crowe Pearl Jam Twenty, que se estrenó en el reciente Festival Internacional de Cine de Toronto y que ya se puede ver en la web en diferentes canales –legales y piratas-. Esa era la fiesta de la que queríamos hacer parte todos los que hicimos un juramento de lealtad después de haber escuchado las últimas notas de “Release” –la conmovedora pieza que cierra su placa debut- y que renovamos con cada disco nuevos.
La explosión
Ten salió a la venta más o menos al mismo tiempo que otro de los álbumes fundamentales de lo que lo que la prensa denominó como grunge, el Nevermind de Nirvana y, le pese a quien le pese, fue el verdadero punto de inflexión de la movida musical, que pasó de ser local a ser un auténtico fenómeno global. El llamado sonido de Seattle, se apoderó del mundo y ese su discurso medio nihilista, fecundado en la era post-Reagan, encontró eco en toda una generación que alzó como portavoces a esos desaliñados chicos que habían tenido una infancia difícil, un presente incierto y una visión cuando menos pesimista del futuro.
Como lo reconocía el gran periodista musical de la revista Rolling Stone, David Fricke, si Pearl Jam cometió algún error fue salir al mercado un poco después que Nirvana, pues eso permitió que se los tilde de meros animadores de una moda pasajera. Incluso Kurt Cobain les declaró la guerra, los acusó de comercializar un género del que se sentía abanderado, decía que no eran lo suficientemente “alternativos” (¡qué diría si supiese lo que significa el término ahora!). Poco ayudaron los fans, mucho más dogmáticos y cerrados que los artistas, pues construyeron dos frentes herméticos en los que enfrentaron a las dos grandes bandas de Seattle. De hecho, muchos siguen alimentando y creyendo en ese falso combate. Poco les importa que antes de su muerte, Cobain se reconcilió con Vedder y reconoció la importancia de Pearl Jam.
Lo cierto es que es muy difícil determinar precisamente qué es el grunge y en qué consiste su ahora vilipendiado y subestimado sonido, pues si se escucha con atención la música de las bandas que suelen ser mencionadas como máximas representantes, se encuentran diversas y dispares influencias. Por ejemplo, Soundgarden y Alice in Chains son claramente deudoras del metal, Nirvana de la obra de los Pixies y de Sonic Youth, y Pearl Jam tiene fuertísimos y claros ecos de la amplia gama del rock de los ’70. Además, todas le deben mucho a bandas como The Ramones o The Smtihs. Si se tiene que decir algo, supongo que el sonido de Seattle, el grunge, toma elementos del hard rock, del punk, los actualiza y les imprime una visión despojada de esperanzas en la vida. Y cada quien le aporta elementos de su singularidad. Más allá de cuestiones temporales, geográficas y, en menor medida, discursivas, musicalmente no encuentro un fuerte parentesco entre las bandas mencionadas. Intuyo que al ser la banda con la propuesta más melódica y, si se quiere “fácil”, Pearl Jam fue catapultada al éxito con más fuerza que sus congéneres. No se debe olvidar que hasta la triste muerte de Kurt, la banda de Vedder vendía mucho más, era más masiva.
Los años pasaron y casi todas las grandes agrupaciones que fundaron el movimiento se diluyeron, se separaron, sólo nos dejaron a un montón de imitadores que lo único que han logrado ha sido dinamitar el prestigio que habían conseguido en sus breves años de carrera. La misma estirpe de fans que enfrentaron a las dos bandas más representativas de la escena grunge, sin conocer y guiándose por prejuicios, hoy maltratan a la gran escena musical que salvó al rock de los años ’90. Los únicos que quedan en pié, evidentemente, son Pearl Jam.
Hace algunos años, cuando le hicimos un homenaje a Cobain en la Ramona, después de diagramar el suplemento, Santiago Espinoza, Sergio de la Zerda y yo fuimos a tomar unas cervezas. Sergio gran defensor del legado de Nirvana, decía que lo revolucionario a principios de los años ’90 era volarse la cabeza como Kurt. Una salida nihilista, para un discurso nihilista. Yo no estaba de acuerdo del todo, aunque la idea era fuertemente romántica. Les decía que prefería el camino por el que optaron los autores de “Jeremy”, pues han crecido, madurado y han encontrado su lugar en el mundo, fuera de la industria más comercial, como una banda de culto infatigable. Sergio nos decía que eso poco importaba, que el grunge había muerto. Todos le dimos la razón. Pero Santiago hizo un apunte importante, después de la muerte de un género inventado por la prensa y el mercado, Pearl Jam permanecía, simplemente, siendo una banda de rock, superando los géneros. Casi siguiendo el camino de Derrida, Santiago nos advertía de los peligros de esa falsa y violenta categoría que es el género. Entonces, después de unas Huaris más dejé de guardar ese largo luto por el grunge, por ese cadáver falso del que renegaron casi todos los que fueron catalogados con él. Hago este apunte anecdótico y personal para ilustrar que después de veinte años, después del éxito meteórico, después de haberse enfrentado a las leyes del mercado, a las modas, a la fama y a las categorizaciones, Pearl Jam ha seguido haciendo música, manteniéndose fieles a sí mismos, amplificando, manteniendo, ese  sonido que comenzó con el Ten.
 
Amigos íntimos
De esa larga y entrañable lista de realizadores de cine melómano, el miembro más cercano a la movida de Seattle es Cameron Crowe. Ex-reportero musical de la Rolling Stone, en las películas del director de Almost Famous y Jerry Maguire, la banda sonora siempre juega un rol fundamental y, aunque lo lamentemos, en sus más recientes ficciones es lo mejor de la obra. Crowe vivió bastante tiempo en Seattle, conoció la movida musical de cerca y, justamente, Singles, su segundo largo está ambientado allí. Es más, en esa película el personaje de Matt Dillon, Cliff Poncier, es vocalista de una banda grunge llamada Citizen Dick. Sus componentes son justamente algunos de los integrantes de Pearl Jam, Jeff Ament, Stone Gossard y Eddie Vedder. En pocas palabras, era difícil encontrar a alguien más apropiado para encargarse de organizar la celebración audiovisual de los años de carrera de la banda y de la publicación del Ten.
El esperado documental, Pearl Jam Twenty hace un repaso de todos los momentos importantes de estos últimos veinte años y para los fans tiene una carga incontenible de emotividad. Si usted, amigo lector, es de esos que se conmueve hasta las lágrimas cuando escucha “Yellow Ledbetter” o de los que tienen la piel de gallina cada vez que escuchan los primeros acordes de “Alive”, disfrutará este documental de principio a fin, arrodillado, agradeciendo por haber nacido en el momento justo y por jamás haberse dejado seducir por las malas artes de los Backstreet Boys. Mucho se le podría reprochar al documental de Crowe, pues evita mostrar la cara oscura de todos estos años, no trata de desmitificar a una banda que ha sido santificada por su legión de fans. Incluso algunos pueden acusarlo de haber sido poco profundo. Todos esos olvidan que Crowe antes que nada es un fan más y que ha hecho esta película para festejar la música que ama. Este largometraje es algo así como una reunión en torno a una fogata inextinguible, en la que recordamos los momentos determinantes de un grupo, lo bueno y lo malo, pero siempre con una sonrisa, con un halo de nostalgia. Crowe toca la tragedia que resultó en la fundación de Pearl Jam, la muerte por sobre dosis del vocalista Andrew Wood, íntimo amigo y compañero en la banda Mother Love Bone de Jeff y Stone, que representó la muerte de la inocencia de la escena de Seattle. No se evita hablar de la rivalidad con Nirvana, de lo mucho que afectó la muerte de Kurt a la alineación. Se le dedica mucho tiempo a la tragedia del festival de Roskilde, en la que murieron nueve fans daneses de la agrupación y que casi provocó su separación. Tampoco se evita tocar los temas relacionados con los problemas ocasionados por los egos, la fama, la salud y la militancia, pero siempre se lo hace desde un lugar familiar y cariñoso, con respeto, siempre encontrando en los momentos más terribles material de salvación. Recordándonos que lo que resguardó a Pearl Jam, lo que evitó su autodestrucción fue su fuerza creativa y su profundo compromiso con su público.
Echando mano de una cantidad espeluznante de material de archivo, de filmaciones viejas y de grabaciones perdidas, Crowe hace un trabajo de edición sorprendente, convirtiendo en imágenes en movimiento historias que los fans conocíamos al dedillo, pero que hasta ahora no habíamos podido ver, nos convierte en testigos de hechos que nos cambiaron la vida. Pero ese no es su único acierto, su propuesta es mucho más interesante. Pues desde un comienzo devela que a diferencia de otros booms musicales, el que se gestó en Seattle realmente nace de una genuina comunidad artística, en la que las bandas aprendían las unas de las otras, se ayudaban y se nutrían, el ejemplo más contundente es la férrea amistad y colaboración que tenían Pearl Jam y Soundgarden. Por otro lado, se puede extrañar que casi no se haya incluido canciones de discos como No code, Binaural, Riot Act, Pearl Jam o Backspacer, en especial, siendo que estos dos últimos fueron considerados por los críticos como el renacimiento de la banda. Muchos se han quejado de que se le presta mucha atención a los primeros años de vida de la alineación y que se descuidan los más recientes. Además, casi no hay registro del trabajo en estudio, que se le da demasiado tiempo a las presentaciones en vivo. Intuyo que existen razones concretas para las carencias señaladas, pues creo que Crowe asume que la línea conductora del documental es el Ten –el motivo del filme-, por eso es la parte preponderante y si se le dedica muchísimo espacio a los conciertos es justamente porque la validación de la banda radica en la relación que ha forjado con nosotros, los que los amamos. Crowe ha llenado su película de momentos emotivos, por ejemplo, Chris Cornell se quiebra cuando habla de Andy Wood, también lo hace Eddie cuando recuerda a su padre, pero si hay uno que es extraordinario es justamente el que se sostiene gracias al público. La banda está tocando en un enorme recinto en Nueva York, suenan los primeros acordes de “Better Man”, Vedder comienza a cantar, pero justo después del “Waiting…” permanece mudo y la muchedumbre ocupa su lugar, se apropia de la canción, cantan con fuerza y nos dicen que están vivos, insuflados por el hálito de esa banda de Seattle. Están buscando a un hombre mejor. Y lo tienen en frente. En realidad, tienen a cinco, a Matt, a Stone, a Mike, a Jeff y a Eddie.
En la pantalla desfilan y/o están presentes David Lynch, Bob Dylan, Neil Young, Johnny Ramone, The Who, Jimmy Henrix, Jimmy Page, entre otros, muchos de los que han configurado lo que la banda es hoy. Crowe ha realizado el sueño de todo fan, ha reunido a la agrupación que ama y ha sido la herramienta que les ha permitido revisitar su pasado, recordando los pasajes tristes, pero en especial los momentos extraordinarios y fértiles. Crowe ha manufacturado, ha concertado, una celebración que se completa cuando el público comprometido se sumerge en el metraje. Y se funden las emociones. Y las reverencias se hacen insuficientes. 
* Publicado originalmente en la Ramona de Opinión. 

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