David Fincher: La refutación de la verdad
Andrés Laguna
Hace un par de semanas el crítico del diario El País,
Gregorio Belinchón en una nota sobre una conferencia de prensa de David
Fincher, escribió: “(…) un puñado de creadores aún luchan por hacer cine de
Hollywood para adultos, con personajes complejos y traumas familiares, y sin
dejar ni un momento que el espectador se aburra. En ese terreno, David Fincher
(Denver, 1962) es Dios, más aún, es el Coppola del siglo XXI”. Más allá de que se
pueda discutir la dimensión de las afirmaciones, no se puede negar que no son
pocos los que han incluido al realizador de El
club de la pelea entre los grandes renovadores del cine estadounidense,
entre los miembros de la generación heredera del cine que se forjó en los años
’70. Su talento está por demás comprobado, así como su imprevisibilidad para
escoger temas y guiones. Pues si bien, una y otra vez, ha hecho un ejercicio de
postmodernización del género negro (The Game, Panic Room, Se7en, Zodiac y, ahora, The Girl with the Dragon Tattoo), también le ha prestado atención a
los entretelones del glamoroso mundo informático (La red social) y ha llevado a la pantalla grande un relato corto de
Francis Scott Fitzgerald, un autor que no es propiamente noir (El curioso caso de
Benjamin Button)
Además de Panic Room que
fue un desacierto casi total, Fincher se ha dado el lujo de haber firmado dos
de las grandes obras maestras de los ’90, Se7en
y, principalmente, Fight club. Pero,
además, realizó una de las cintas más brillantes e interesantes de los últimos
años, una cinta que contiene una visión y una reflexión sobre el cine y la
vida, una verdadera obra maestra: Zodiac.
Lo que salta a los ojos es que en toda su filmografía, el director se sumerge
en los territorios más densos y complejos de la cultura de los Estados Unidos
y, por tanto, de occidente. Sus
películas son atrevidas y valientes, tienen la dosis justa de lo políticamente
correcto (sólo lo necesario para que no lo saquen por completo del circuito
hollywoodense y de premios mayores), logra introducir imágenes, diálogos y,
ante todo, ideas que llaman a cuestionar el curso que está tomando el
mundo. Fincher hace radiografías
de las llamadas patologías sociales, las relativiza, juega con ellas, las
embellece, y cuando están ensangrentadas se las tira en el rostro a la sociedad
contemporánea. Sin el menor pudor.
En Se7en casi termina
por convencernos de que un asesino en serie es el más lúcido y eficaz crítico
de la amoral sociedad masiva y de consumo. Casi hace que nuestros parámetros
éticos se tambaleen. Y caigan. En El club
de la pelea, basada en la polémica e incendiaria novela de Chuck Palahniuk,
casi nos convence de la necesidad imperante de optar por la desobediencia civil
y de proclamar con altavoces la muerte del sujeto y del individuo –esa de la
que tanto hablaban los postmodernos-, en un ejercicio que podría rayar el
fascismo. En Zodiac va más allá, nos
confirma que la búsqueda de la verdad puede consumir la vida, que es un camino
sin fin, sin final feliz, que es imposible descodificar la realidad. Nos
asegura que algo anda mal, que si no tomamos medidas rápidas los efectos serán
incontrolables y violentos. Pero, probablemente, nunca descifraremos el
problema. O, si lo hacemos, será demasiado tarde. Recordemos el final del Se7en.
Todo el tiempo está cuestionando la percepción de la realidad. En
películas como The Game, Fight Club o la misma Social Network, básicamente, nos plantea
que muchas de nuestras verdades incuestionables no son más que falsedades
camufladas, disfrazadas, travestidas y/o infiltradas. En ese sentido, en el
mundo de Fincher, las situaciones límites pueden ser un juego rol, las personas
inspiradoras pueden ser la materialización de un trastorno de la personalidad y
nuestra condición à la Roberto Carlos
–eso de tener un millón de amigos- no
es otra cosa más que el impulso de poseer un virtual, largo y poco fidedigno
directorio. El director de Zodiac quiere
hacernos ver que ante toda certeza se debe tener una duda razonable y que, si
ésta es punzante, puede revelarnos que no hay certezas. Que todo es mentira. El
mundo de Fincher está lleno de asesinos, de ladrones, de gente corrupta, de
corruptores, de misántropos, de gente frustrada, de disfuncionales, de gente
rota por fuera y por dentro. Así ve el mundo.
Curiosamente, Fincher está lejos de querer romper con la industria
y con sus mecanismos. Muestras claras son sus millonarios presupuestos y, en
especial, que poquísimas veces le haya confiado un papel protagónico a un
rostro desconocido (El caso de Rooney Mara es, justamente, curioso). No por
nada lo más parecido que tiene a un actor fetiche es Brad Pitt, con quien ha
colaborado en tres cintas. Siempre ha reposado en el star system para legitimar proyectos que reflexionan sobre las
relaciones sociales y humanas, sobre la interacción del individuo con la
estructura y, lo que es más interesante, con la superestructura. Casi siempre
nos presenta a personajes que están fuera de los márgenes de una sociedad
ordenada, que quieren romper con ese orden o, al menos, retrata a excluidos.
Pensemos en el John Doe de Se7en, en
el Tyler Durden de El club de la Pelea,
en el Alien de Alien 3 o en el
mismísimo Benjamin Button, entre otros. Fincher ha utilizado los rostros de Sigourney
Weaver, Morgan Freeman, Kevin Spacey, Michael Douglas, Sean Penn, Edward
Norton, Jodie Foster, Forest Whitaker, Jake Gyllenhaal, Robert Downey Jr., Mark
Ruffalo, Cate Blanchett, Tilda Swinton, Jesse Eisenberg, Justin Timberlake, todos
tan familiares, identificables y célebres, para plantearnos dudas con relación
al mundo y a sus verdades. Lo que a veces puede resultar un poco burdo. Pues
aunque ponerle el rostro y los abdominales del 007 al periodista Mikael Blomkvist, puede ser una buena maniobra
comercial para llevar más gente a las salas y poder sembrar cuestionamientos en
un mayor número de frágiles cabecitas, también puede distraer al público del
verdadero objeto artístico. Los peces pueden comerse la carnada sin picar en el
anzuelo. Más o menos eso pasó en El
curioso caso de Benjamin Button. El maquillaje de Pitt terminó siendo más
importante que la reflexión sobre la vida, el paso del tiempo, Hollywood,
Estados Unidos, las convenciones culturales y la nostalgia, que propuso
Fincher.
Lo que se debe agradecer es que todo ese complejo discurso casi
filosófico es expresado con todos los recursos que un maestro del celuloide
tiene: una estética poderosa, única, directa y efectiva. Siempre deudor del
expresionismo alemán (por ejemplo, es evidente que Metropolis de Fritz Lang inspiró el video de “Express Yourself” que
realizó para Madonna), Fincher construye ambientes y estados de animo. Tampoco
es casual que le preste tanta atención al sonido en sus películas, que Ren
Klyce –su diseñador de sonido desde Se7en-
tal vez sea su colaborador más cercano e imprescindible, pues se sabe que esa
es la herramienta fundamental para construir un espacio, un escenario, un
estado de animo, en el que se desarrolla la acción cinematográfica. Nos
encierra en espacios que causan claustrofobia, oscuros y húmedos. Como una caverna
en la que estamos atrapados, sin poder salir al mundo exterior. A un mundo
inteligible.
Así como Hitchcock utilizó más de una vez un MacGuffin para
justificar sus tramas, en las cintas de Fincher muchas veces no importa lo que
motiva la acción y los sucesos. Lo relevante es lo que motiva a los personajes,
lo que importa es lo que les está sucediendo internamente. Con pericia técnica,
con un dominio absoluto del lenguaje de la imagen, del cine, Fincher hace que
nos traguemos todas las verdades en las que cree. Verdades incómodas. Verdades
que concluyen en que no hay verdades.


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