Los clásicos perrunos del cine
Santiago Espinoza y Andrés Laguna
Scraps en A dog’s life (1918)
Aunque
en cintas como The Champion (1915), The Gold Rush (1925), City Lights (1931) y Modern Times (1936), Charlie Chaplin
compartió escenas con un canino, fue en A
dog’s Life (Vida de perro) que
encontró a un compañero a su altura, que le permitió desarrollar ese tipo de
comedia humanizada que hizo tan célebre y querido a Charlot. Scraps, el perro
que acompaña al Vagabundo en este cortometraje, no es capaz de dar un salto
mortal, desarmar al villano y salvar a un niño que se está ahogando. No, no, no
es Lassie, ni Rin Tin Tin, ni el Comisario Rex, es un ser desamparado y
errante, que suele ser maltratado por los que son más fuertes, que sabe lo
necesario para sobrevivir, pero a pesar de eso jamás pierde la ternura. Scraps
(nombre que sugerentemente quiere decir algo así como “Desechos” o “Sobras”)
tiene las características de los seres que suelen acompañar a Charlot en sus
aventuras, esos a los que suele tener bajo su ala, bajo su protección. Es uno
de esos personajes que encarnan las injusticias sociales y la desigualdad, que
necesitan del elegantísimo vagabundo para enfrentarse a la calle y sus
peligros.
Muchos
dicen que lo mejor de Chaplin son sus cortometrajes. A dog’s life puede ser una de las pruebas más incontestables. La
película es una maravilla de principio a fin, pero hay tres momentos que
destacan gracias a la colaboración entre el maestro silente y Scraps. El
primero es cuando se encuentran, el pequeño perro es atacado por una jauría y
Charlot corre en su ayuda. Esa secuencia contiene esa mezcla de drama, tensión
y comicidad. Típico del cine de Chaplin, uno no sabe si tener pena o lanzar una
carcajada. Estupefacto, con poderosos sentimientos encontrados, el espectador
entiende que la vida es tan trágica como cómica. Un hombre atacado por una
jauría feroz, protegiendo a animal desvalido, se convierte en mártir y en un
bufón. Justamente lo que somos todos. La segunda secuencia extraordinaria es
cuando Charlot quiere entrar a un bar, pero Scraps no está admitido. Ingenioso,
el Vagabundo esconde a su compañero en su pantalón. Por uno de los huecos de la
envejecida prenda, sale la cola del perro, que se menea sin parar, dando la
impresión que es de Charlot. El tercer momento inolvidable de la colaboración
de Chaplin y Scraps es el final de la película, cuando, gracias a haberse
encontrado, ambos dejan de lado a la soledad, descubren su verdadera naturaleza
y la felicidad deja de ser una mera ilusión (AL).
Skippy (Asta) en The Thin Man (1934)
Así
como Jean Dujardin basó su George Valentin en las interpretaciones de grandes
actores como Douglas Fairbanks, la otra gran estrella de The Artist también tiene deudas con el cine clásico. Uggie, el
increíble perro de la película, tiene mucho en común con Asta, la gran estrella
de las seis cintas y de la serie televisiva basada en la novela del maestro del
policial Dashiell Hammet, The Thin Man.
Aunque en el libro Asta es una hembra Schnauzer, Skippy inmortalizó al
personaje como un Fox Terrier macho (aunque sólo lo encarnó en las primeras
entregas, para ser relevado por otros animales similares). Como sucede con el
perro de The Artist, Asta era una
mascota capaz de sacar de los mayores embrollos a su amo, Nick Charles (William
Powell), un detective alcohólico en retiro. Sin duda, Asta llegó a tener mucha
más popularidad que sus compañeros de reparto, le sobraba talento y carisma. Se
sabe, el público tiene debilidad por los animales que parecen ser más
inteligentes que la gente. Corren rumores de que se hará un remake de The Thin Man y que Johnny Depp encabezará el reparto. Sería
francamente genial que Uggie tome el papel de Asta. Lástima que ya hayan
anunciado su inminente retiro (AL).
Terry (Toto) en El Mago de Oz (1939)
“Toto,
creo que ya no estamos en Kansas”, es una de las frases más célebres de la
historia del cine. Se la dice Dorothy (Judy Garland) a su inseparable compañero
en el clásico inolvidable El Mago de Oz.
Encarnado por Terry, una perrita que llegó a ser casi tan famosa como el resto
de sus compañeros de elenco, Toto es un Cairn Terrier adorable y que hace
posible la trama de la cinta. Es para salvarlo que la joven protagonista decide
dejar su casa y se embarca en una de las aventuras más recordadas en el
imaginario popular. El hombre de lata quiere un corazón, el espantapájaros
quiere un cerebro, el león quiere tener valor y Dorothy quiere volver a casa.
Aunque el Mago de ese mágico país llamado Oz no podrá darles lo que buscan, el
viaje en el que se embarcaron los llevará a conseguir sus objetivos. Por su
lado, Toto encarna la fidelidad máxima, lo único que quiere es estar al lado de
Dorothy, jamás dejarla a su suerte. Aunque sus más perrunos instintos puedan
meter a su ama en problemas, jamás se pone en duda su lealtad. Toto es mucho
más que un accesorio de la heroína, es el verdadero acompañante y escudero. A
no dudarlo, el perro es el mejor amigo de la niña (AL).
Flike en Umberto
D (1952)
Pocos
animales han debido provocar tanto pesar y lágrimas en el cine como las que
provocó y provoca aún Flike, el pequeño perro que acompaña a ese viejo
jubilado, pobre, solo y abandonado que se hace llamar Umberto Domenico Ferrari
(Carlo Battisti), en Umberto D (1952),
clásico absoluto del Neorrealismo italiano y cinta imprescindible de todos los
tiempos firmada por el gran Vittorio De Sica. No contentos con haber explotado
el potencial dramático de los niños en El
lustrabotas y El ladrón de bicicletas,
De Sica y Cesare Zavattini (su habitual guionista) apelan en Umberto D a un anciano y a su can, a cuál
más frágil, para ilustrar la precariedad, la crueldad y el olvido al que han
sido condenados los estamentos más vulnerables de la sociedad italiana tras la
Segunda Guerra Mundial.
El
resultado no podría ser más demoledor: un melodrama implacable, que uno
quisiera abandonar cada que lo abisma al llanto, pero que se siente en la
obligación de ver por la honestidad que destilan sus imágenes. De más está
decir que la película no alcanzaría la contundencia dramática que alcanza si no
tuviera al pequeño perro en el centro de su trama. Flike es lo único que le
queda a Umberto, lo único que ata al mundo, el único ser que aún le quiere y
por el que el viejo siente un cariño genuino, en definitiva, lo único por lo
que aún vale la pena sobrevivir. Es imposible concebir a uno sin el otro. Por
eso resultan tan desgarradoras las escenas en que el hombre intenta regalar al
animal, o cuando lo utiliza para pedir limosna, o cuando lo aferra a sus brazos
para lanzarse a las rieles del tren. ¡Malditos sean De Sica y Zavattini! No
solo ver la película es una experiencia dolorosa, incluso recordándola uno se
apesadumbra. (SEA)
Todos los perros de Kaurismaki
Aki
Kaurismaki bien podría haber aparecido en el repaso de los perros que tomaron
la pantalla grande en 2011, en virtud a la presencia cuasi protagónica de Laika
(como Laika) en El Havre, esa joya
cinematográfica que se estrenó a finales del año pasado, como para ponerle un
broche de oro a una gestión para nada amarrete en grandes películas. Pero,
aunque la aparición de Laika es conmovedora y digna de mención, como todo en el
filme, otorgarle una visibilidad particular supondría reducir la afición del
finlandés por los perros a un solo trabajo y desconocer que la presencia de
éstos es una de las marcas más presentes y significativas de su obra
cinematográfica.
Una
revisión de su filmografía, al menos de la más reciente (que es la más
accesible), nos permite caer en cuenta que, al igual que los fumadores
compulsivos, los tangos y los conciertos de rock, si hay algo que nunca falta
en las cintas de Kaurismaki son perros. Ya nos referimos a Laika, pero hay
también uno que rescata el protagonista de Luces
del atardecer, otro que acompaña la resurrección del personaje de El hombre sin pasado, el que persigue
incansablemente a su amo cuando lo abandona en Juha (una escena descorazonadora) y también el que es testigo de la
empresa optimista de los protagonistas de Nubes
pasajeras.
Los
canes cumplen en la obra de Kaurismaki un papel fundamental como acompañantes
pasivos, pero nunca insignificantes ni invisibles, de los perdedores que
protagonizan sus trabajos. Están ahí para subrayar el carácter y la condición
de sus personajes y funcionan como espejo de su soledad, de su tristeza, de su
desamparo, de su frustración, de su desengaño, pero también de su estoicismo,
de su optimismo y de su nobleza. Visto así, el papel de los perros en su obra
podría ser materia de tesis. Pocos autores, cuando no ninguno, han debido
cargar a los animales de tanto sentido representativo para la construcción de
su obra, como lo ha hecho y lo sigue haciendo el genial creador finlandés con
los perros. Y si es así, probablemente se deba a que el amor –parco y hosco,
pero amor al fin- que sus personajes tributan a los canes es, pues, reflejo del
amor genuino del cineasta por estos animales. Solo basta verlo jugar con sus
mascotas, escondiéndoles sus huesos, en el documental que la serie “Cine de
nuestros tiempos” le dedicó al realizador finlandés (dirigido por Guy Girard),
para saber que los perros ocupan un lugar central en la vida y en la obra de
uno de los creadores más relevantes del cine contemporáneo. (SEA)





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