Diálogo en torno a la novela Arrecife: Juan Villoro, coleccionista de memorias
Andrés Laguna
Generalmente, el mes de
abril en Barcelona está marcado por un evento literario que viste a la ciudad
de fiesta, Sant Jordi, el día de San Jorge, patrón de la ciudad. Cada año las
calles se llenan de puestos de libros y de autores que firman sus obras. La
tradición reza que a los hombres se les debe regalar un volumen y a las mujeres
rosas. La liberación femenina ha hecho que ahora las mujeres reciban ambos
regalos. Pero, abril de este año será recordado por muchísimos por las
dolorosas derrotas del Barça, en la Champions, la Liga y por la renuncia de su
ya mítico técnico, Pep Guardiola. Para un círculo más íntimo de personas, para
un grupo de lectores, abril de 2012 será uno de esos meses en los que el
escritor mexicano Juan Villoro dejó su marca indeleble. En la más reciente de
las periódicas visitas a la ciudad de su padre, el autor de El Testigo, impartió clases en la
Universidad Pompeu Fabra –como lo hace desde hace años-, dictó una magistral
conferencia sobre la obra de Jorge Luis Borges y estuvo presente en la
presentación de dos libros. El primero, publicado por la heroica editorial
Candaya, que hace parte de su exquisita colección ensayística, titula Materias dispuestas: Juan Villoro ante la
crítica, un extenso volumen en el que José Ramón Ruisánchez y Oswalo Zavala
recopilan textos firmados por autores de la talla de Juan Antonio Masoliver,
Roberto Bolaño, Javier Marías, Sergio Pitol, Jorge Herralde, Antonio Skármeta y
Carlos Fuentes, entre varios otros. El segundo es su más reciente novela, Arrecife, publicada por Anagrama.
Según mi experiencia, por
esa enorme generosidad y amabilidad que lo caracterizan, en casi todos los
libros que Juan Villoro firma, además de alguna frase iluminadora, escribe:
“Por el gusto de encontrarnos en Barcelona”. Evidentemente, el nombre de la
ciudad no debe ser una constante, lo que no dudo es que su cortesía siempre lo
es. Esa actitud del escritor mexicano nada tiene que ver con la hipocresía o la
mera diplomacia, es una estricta etiqueta personal, Villoro es
irremediablemente hospitalario. Así como sus textos siempre se abren al lector
y lo hacen sentir tan cómodo que nunca quiere abandonarlos, Villoro como
persona siempre está dispuesto a compartir su tiempo, a ofrecer la claridad y
la profundidad de sus opiniones, la inteligencia de sus observaciones y su
afable erudición.
A pesar de saber que le
quedaban muy pocos días en Barcelona, me aventuré a pedirle una entrevista,
prometiendo que no sería tan larga como la que le hice en 2010. Sacando tiempo
al tiempo, la jornada que el Barça jugaría el partido de vuelta contra el
Chelsea, Villoro me dio cita, a las seis de la tarde, en el café Wembley. El
mismo lugar de nuestra primera conversación frente a una grabadora, un lugar
que fue bautizado en homenaje al estadio en el que el equipo culé ganó su primera Champions, un lugar
al que Villoro le guarda gran afecto. Y, gracias a nuestras charlas ahí, yo
también.
La entrevista giró en torno
a Arrecife, una obra que ha sido
aplaudida por la crítica especializada y que esperemos que pronto llegue a
librerías bolivianas. En la presentación de la novela, Rodrigo Fresán aseguró
que tuvo la impresión de que fue escrita con gran placer, sin pretender
manufacturar La Gran Novela Mexicana. Aunque, El Testigo ya recibió ese calificativo, en este texto Villoro nos
presenta una brillante metáfora de la realidad en la que su país está
sumergido. Tal vez sin pretenderlo, Arrecife
es otra Gran Novela Mexicana. El libro cuenta la historia de dos amigos de
infancia, Mario Müller y Tony Góngora, exintegrantes de la banda de rock Los
Extraditables, que se encuentran trabajando en un resort en el Caribe mexicano, que ofrece experiencias extremas a
turistas ávidos de adrenalina y feromonas. Mario es el genio maligno de esa suerte de Isla de la Fantasía para amantes del
peligro y del miedo controlado.
Tony, narrador de los hechos, está ahí para darle una mano a su amigo,
para recomponer su vida, para recuperar los recuerdos que los años de excesos y
las drogas han hecho borrosos. Como en varias de sus obras, en Arrecife Villoro escribe sobre “prófugos
de la contracultura”, sobre personajes quebrados, sobre un país quebrado, sobre
un mundo quebrado, sobre una humanidad quebrada, sobre una memoria quebrada. Ambos
amigos deberán enfrentarse a un asesinato, lidiar con una colección de
personajes y de situaciones que aunque parecen una alucinación, son un reflejo
desenfadado del mundo contemporáneo. En Arrecife
la tierra prometida, que promete sensaciones intensas, esa Utopia para
aventureros, se convierte en una prisión, en una especie de manicomio, que
sirve para recuperar la memoria, pero del que se debe escapar antes de sumirse
en la más profunda enajenación.
Villoro llegó puntual a la
charla, lo acompañaba un compatriota suyo, el reconocido periodista Diego
Osorno, especialista en temas relacionados con el narcotráfico y la corrupción,
esta vez su misión era hacer un perfil del escritor. Pedimos unas cervezas. Casi
inmediatamente después, entró en el bar un africano vendiendo artesanías.
Cuando se acercó a nuestra mesa Osorno y yo estábamos hablando,
desafortunadamente, no le presté atención a la interacción entre Villoro y el
vendedor. Cuando se fue, Juan nos entregó a cada uno, un pequeño elefantito de
cerámica, más o menos del color de la borra del vino. “Para que nos de suerte”,
dijo. En ese momento, supuse que toda la suerte debía estar concentrada en el
Barça. Ahora entiendo que el azar serviría para tener una charla inolvidable.
Hace poco Villoro pasó una
temporada en Nueva York dando clases, le comenté que había leído en una de sus
columnas para El Periódico de Cataluña que había estado cerca de una balacera
en Brooklyn, de lo que dijo: “A tres o cuatro metros de mí unos negros se
pusieron a disparar. Me metí a una lavandería junto a otra gente, para
refugiarnos. Me dijeron: ‘Estos tipos siempre están dando balazos’. Fue horrible
la cosa”. Sentenció: “No hay
mundos perfectos. La ciudad de México se supone que ahora es más insegura que
Nueva York, aunque cuando yo era chavo era mucho más insegura. Era el centro
del hampa. Daba miedo. La primera vez que fui, esos callejones solitarios con
pandilleros… era una ciudad muy brava. Antes de (Rudolph) Guliani”. Volviendo al
hecho dijo: “La lavandería fue peor lugar para esconderme. En esos locales de
lavadoras, ¿dónde te metes? Eran lavadoras del suelo a la pared, la única
manera de esconderte era meterte dentro de una. Pero para eso uno tiene que ser
un contorsionista chino. Quedamos todos súper iluminados, como peces en un
acuario”. Villoro es muy alto, alguna vez leí que alguien lo describió diciendo
que tiene una altura “cortaziana”. Es absurdo imaginarlo tratando de entrar en
una lavadora, pero esa breve anécdota ilustra bien mucho de lo que trata Arrecife: a fin de cuentas, el ser
humano siempre está expuesto a cualquier cosa, sin importar el lugar en el que
se encuentre.
Encendí la grabadora,
naturalmente, eso le quitó espontaneidad a la charla, pero también la ordenó
para poder tratar los temas relacionados con la novela. Aunque no pude aguantar
hacer una pregunta personal más. Haciendo referencia a una confesión que
Villoro hace en su extraordinaria crónica del terremoto de Chile, titulada 8.8 El miedo en el espejo, le pregunté:
¿Sigues
prefiriendo las camisetas de Led Zeppelin para dormir o ya has sucumbido al
“vicio burgués”…
- ¿A la pijama? No. Una
amiga, Laura Lecona, lo cuento al final de 8.8
[El miedo en el espejo], que
compartió conmigo esa experiencia, tuvo el detalle extraordinario de regalarme
una. Pero me siento anticuado con pijama, duermo con camisetas hasta la fecha.
De vez en cuando me pongo la pijama para honrar ese regalo.
Arrecife
trata muchísimos temas sugerentes, como la adicción de occidente por el
exotismo, la adrenalina y el peligro. Es una reflexión sobre México, sobre el
mundo contemporáneo y sobre la condición humana. Pero creo que, ante todo, es
una exploración de grandes cuestiones como la violencia, la amistad, la
redención y la familia. Tu literatura suele aproximarse a los grandes temas.
¿Es expreso e intencional o es un “efecto secundario” en el proceso de narrar
una historia singular y específica?
- Lo primero que quería con Arrecife era contar una historia
interesante. Una de las cosas más difíciles de lograr en la literatura es una
trama que sea a un tiempo lógica y sorprendente. Es decir, que las cosas que
sucedan tengan una congruencia y de alguna manera vayan intrigando y asombrando
al lector. Quería hacer una novela de trama. El testigo, mi novela anterior es una novela de tramas, en plural. Muchas historias se entrecruzan. Varias se
cierran, pero otras permanecen abiertas. Aquí quería que hubiera un
entendimiento total de la trama, que se supiera perfectamente qué había pasado
–se indaga un crimen-, saber quién es el culpable, pero al mismo tiempo
enfrentar temas morales insolubles… ¿quién es el bueno? ¿quién es el malo? Uno
de los personajes es un integrista del bien y es justamente la víctima, muere
al principio de la novela, cree fanáticamente en mejorar las cosas. Queriendo
hacer el bien, se mete en problemas y mete en problemas a otros. Por otra parte,
hay gente que no actúa concientemente de manera positiva y quizá tiene un
efecto más provechoso que este personaje aquejado de buenismo. La novela es una reflexión sobre los claroscuros morales,
me interesaba eso, una vez que dilucidara el misterio policíaco. Quería que
fuera una novela con una resolución del crimen, pero que también realizara un
predicamento moral.
Pero
tiene un final relativamente abierto…
- Respecto a la historia
policiaca tiene un final cerrado. Respecto a la posteridad del personaje, a lo
que va a pasar con él, tiene un final abierto, en la medida en que quería hacer
un final esperanzado. No quiero revelarlo, porque parte del misterio de la
trama es ese, para que los lectores mantengan cierto interés. En un momento de
gran violencia, como el que atraviesa México o, en general, en cualquier
momento de zozobra, de crisis, una de las cosas más complejas es ofrecer una
respuesta de ilusión, de esperanza, de placer. La novela apunta un poco a eso.
Las personas que han sido víctimas de una realidad devastada se unen en una
especie de Sagrada Familia y buscan un futuro. No sabemos qué va a pasar con
ellos, pero se trata de una cuestión de esperanza, se presenta una alternativa.
En ese momento, nos distraen
las acaloradas discusiones que mantienen en la barra los camareros y algunos de
los parroquianos en torno al partido que se jugaría en un par de horas y que resultaría
en la horrenda desclasificación de la Champions. Al día siguiente de la
entrevista y de la batalla, Diego Osorno me comentó que la habían visto en la
redacción de El Periódico, que las sillas volaron, que se ensayaron furiosos
titulares en contra de Messi y de Guardiola. Me dijo que nunca había visto a
Villoro tan triste. Lo que me pareció curioso es la atención que Juan le puso a
la charla de la barra. No la comentó, la escuchó con media sonrisa. Aunque es
algo que se intuye en sus textos, Villoro es un escritor que escucha. Y mucho. Y
bien. Muy bien. Cuando las voces en el bar bajaron de volumen, hice una nueva
pregunta:
Los
personajes principales de Arrecife
son dos exrockeros, amigos de infancia. Por las drogas, uno de ellos –Tony- ha
perdido buena parte de la memoria. En el desarrollo de la trama, el otro
–Mario- le implanta sus propios recuerdos. Más allá de las razones de esta
cuestión, ¿Ese gesto puede sugerirnos que, de alguna forma, la literatura es
una suerte de ejercicio de memoria creativo?
- Creo que eso está muy bien
visto. Me parecía desafiante escribir desde la perspectiva de un personaje que
cuenta su propio pasado sin estar seguro de él. Toda escritura se basa en una
inseguridad expresiva. El escritor más interesante no es el que sabe todo antes
de narrar, sino el que lo va descubriendo a medida que narra. Todos somos un
poco como Tony, el narrador, que al contar una historia la estamos indagando,
la estamos investigando. En su caso, esto tiene que ver con su propio pasado,
del que no está muy seguro. Probablemente, recuerda más de lo que cree. Sabe
que ha tenido problemas de memoria por las drogas. No son problemas de amnesia
total. Simplemente, es alguien que tiene recuerdos flojos. Lo que hace que sea
convincente que alguien le diga, “oye es que eso no fue así”, y él lo crea.
Tiene desmemoria, no amnesia. Me parecía interesante esa condición de incertidumbre,
que alguien pueda estar más seguro de lo que fue el pasado que él, que desde
esa inseguridad construya su pasado. Su mejor amigo estuvo con él, le dice
cosas y no sólo cosas ciertas, sino probablemente algunas añadidas. Su amigo
quiere que tenga el pasado que compartieron, pero también un pasado que le
pertenece más al amigo, que quiere que lo conserve, que sea como un depositario,
un albacea de la memoria común. Luego se va a saber porqué tiene este objetivo.
En
ese sentido una cuestión atormentadora que tiene Arrecife es que el yo
termina siendo una afirmación del otro…
- Sí, Tony va absorbiendo
los recuerdos de su amigo, la vida de su amigo, en cierta forma, se va
convirtiendo en él. También quería hacer una novela sobre la herencia, sobre
las cosas que vamos heredando de los demás. De cómo un amigo que está en los
últimos encuentros que puede tener contigo te puede convertir en el archivo de
su propia memoria, te puede legar lo que le queda de vida, lo que tiene para
heredar. Quería hacer una novela sobre eso, no sólo sobre lo que se destruye
con la violencia, sino sobre lo que se hereda, lo que resiste, lo que se puede
legar. Sobre la tradición afectiva que construimos. Recordamos las cosas como
queremos evocarlas. Todas las familias tienen memorias inventadas o escogidas,
que tienen que ver con una casa idílica que perdieron o con la tía que era
guapísima y seducía a todos los hombres… En fin, leyendas familiares que
engrandecen el pasado. Necesitamos este tipo de recuerdos sentimentales, sean
ciertos o no. La novela reflexiona
un poco sobre eso a partir de recuerdos más o menos recientes en personajes de
cincuenta y tantos años que pasaron por la contracultura y que luego se reúnen
en un enclave turístico en el Caribe.
Eso
devela una especie definición de su concepción del otro…
- Hay una relación de
dependencia entre los dos. La amistad puede generar estas relaciones de
codependencia. En principio, la relación se funda en que uno de los dos es el
fuerte. Como en tantas relaciones de amistad, el otro lo sigue, lo obedece, se
siente protegido por él. Pero, esa relación, en su origen, tiene que ver con
que el débil salvó al otro. En un momento en el pasado, Tony, el vulnerable,
permitió que Mario Müller se salvara. La novela los presenta muchos años
después en una circunstancia en la que por primera vez eso se repite.
Nuevamente, Tony tiene que salvar al otro. En la historia del rock, suelen ser
comunes este tipo de vinculaciones, la más conocida es la de Keith Richards y
Mick Jagger. Los críticos suelen idolatrar a Richards como el gran bohemio, el
genio oscuro del cuarteto –bueno, quinteto, según la formación que utilicen-,
el que mantiene la flama pura de la rebeldía. Pero, solamente, se ha podido
cumplir a sí mismo como músico gracias a que han estado para levantarlo cuando
ha tenido sobredosis, cuando ha vomitado. Alguien lo ha respaldado, quizá con
menos talento, pero ha administrado el destino de ambos, ese es Mick Jagger.
Los dos se necesitan, son como el Ying y el Yang. Algo parecido pasa entre
estos dos miembros de un grupo totalmente fracasado que se llamó Los
Extraditables, en el que el bajista, Tony Góngora, cumplía la función de Keith
Richards, y Mario Müller que era el líder del grupo, el cantante, el frontman, cumplía de Mick Jagger. Lo que
me interesaba en esa dialéctica es que en ocasiones el fuerte de la ecuación necesite
del apoyo del otro. La historia de los Rolling Stones se entiende perfectamente
con esta dinámica que acabo de describir. Pero, si en algún momento es Keith Richards
el que tiene que levantar del escenario a Mick Jagger, eso ya es una novela.
Cambia de signo la relación.
Como
buena parte de tu obra, Arrecife es
muy referencial. Las colecciones de objetos ajenos encontrados, los recuerdos
implantados, toda esa genealogía rockera particular y propia, son elementos
fundamentales de la novela… ¿Eres coleccionista?
- Fíjate que no. Sólo de
memorias o de sensaciones. Tengo una superstición muy grande al escribir,
prácticamente, no confío en las notas que tomo. En ocasiones tomo notas, pero
para los textos de ficción casi nunca lo hago. Tengo la superstición de que si
yo no recuerdo algo, no lo merezco. Se me ocurre una idea para un cuento para
una novela, pasa el tiempo, si se me olvida es que no era para mí. En ese
sentido, soy un coleccionista de recuerdos que con el tiempo, se van
articulando, se van combinando y producen historias. El germen de una historia
nunca es una historia completa, es una especie de imagen, como una fotografía
en la que se cristalizan misterios. Me interesa saber como los personajes
llegaron a esa fotografía y que van a hacer después, pero eso no lo tengo
claro. En ocasiones tengo una imagen, pienso en un tema, en una atmosfera, a
veces pasan años hasta que eso se condensa con otras cosas. Muchas veces se me
olvidan y resurgen. Nunca las apunto. No lo digo como un consejo metodológico
para escribir, lo digo como una superstición personal para escribir, que es la
única manera que tengo de escribir. Si es algo suficientemente fuerte, va a
salir a flote en algún momento. Ahora hay una gran masa de chatarra que se está
desplazando desde Japón hasta las costas de América, se calcula que los
próximos cinco años va ha estar llegando chatarra del tsunami. La memoria es un
poco eso, esa chatarra, esos restos, esos desperdicios, que van a llegar a una
playa, donde eso va a significar algo, ser un mensaje. Soy coleccionista de eso,
pero no tengo ninguna afición para la colección. Nunca la tuve. Ni siquiera
libros, he perdido muchos, otros los he prestado y no se donde están. No tengo
ningún sentido de la colección. Me interesa mucho el coleccionismo…
¿Y
de llaves?
- No. De llaves, sí, pero no
coleccionista. Tengo mis llaves especiales para pensar, con algunas llavecitas
que no abren nada, que estimulan el tacto y para mí la imaginación [Me muestra
un llavero del que he escuchado y leído, con muchas menos llaves de las que
imaginaba, llaman mi atención unas pequeñas y doradas, como las que abren
candaditos de maletas o de diarios, pero son tan limpias y bonitas que parecen
dijes]. Necesito frotarlas. Pero no tengo juegos de llaves, por ejemplo. Mi
padre colecciona búhos. Mario Vargas Llosa colecciona hipopótamos. No tengo
colección de nada. Esa colección dispersa serían los recuerdos.
En
griego hay dos palabras para memoria, anamnesis
y memo. La anamnesis implica una
acción, eso me hace pensar que el gesto creativo y la memoria compartida de los
dos personajes de Arrecife, son un
proceso de anamnesis, una anamnesis compartida…
- Estoy completamente de
acuerdo. Alguna vez escribí sobre Sergio Pitol diciendo que utilizaba la
memoria como una cantera. No la utilizaba como la certeza de que algo ya estaba
ahí. No era un museo organizado, no era la memoria de un erudito, que sabe
perfectamente como están todas las salas de las colecciones, que conoce sus
jerarquías, que las tiene clasificadas, la memoria que ya está establecida. En
el caso de Sergio Pitol, recuerda para sorprenderse, para ser el primero en
descubrir cosas, que lo sorprenden y que activan su literatura. Su memoria
tiene una función de cantera. En mi caso, no soy un escritor tan memorioso como
él, ni mezclo tantas cosas personales, pero en este libro quería jugar con esa
idea de un tipo que tiene una memoria incierta y desde ahí narra la historia.
Por supuesto, la historia también avanza hacia delante. En sus flashbacks tiene una memoria incierta,
pero las cosas están ocurriendo hacia el futuro, en la investigación del
asesinato de un buzo norteamericano que ha muerto en este extraño hotel donde
hay programas recreativos que tienen que ver con el miedo. Ahí empieza una
rehabilitación, se sentía en la última zona de su vida y llega a este resort, donde la gente se comporta de
alguna manera de forma distinta. En esos espacios, en esas ciudadelas del
turismo, totalmente aisladas, encapsuladas, la gente está ahí porque no quiere
estar en otro lado. Hay algo de voluntaria deportación. Los huéspedes llegan
como turistas, pero los que los atienden de cierta forma son deportados
voluntarios. Gente que ha roto con sus amarras y está ahí.
Algo
que me parece muy curioso de Tony es que, además, de tener una memoria frágil,
tiene un cuerpo frágil…
- Me interesaba trabajar un
personaje que, sin ser viejo, se siente en una situación de debilidad ante la
vida, cree que la vida ya no le puede brindar una siguiente oportunidad. Le
falta una parte de un dedo, cojea de una pierna y tiene mala memoria, no son
cosas particularmente dramáticas, por supuesto, son molestias graves. Pero se
siente en estado de prejubilación cuando llega la historia. Y la historia lo
despierta, le permite un tercer acto. Se pregunta al principio, “mi vida tuvo
un primer acto, ha tenido un segundo, ¿esta historia tiene un tercer acto?”. La
novela es ese tercer acto y casi desemboca en un cuarto acto.
Pero
a pesar de su fragilidad es muy fuerte, sobrevive constantemente…
- Sí, a veces no hay nada
más resistente que la fragilidad. Me gusta mucho las heroínas rusas de Chéjov o
de Dostoievski, en donde mujeres aparentemente destinadas a ser humilladas,
vencidas y vejadas, tienen una resistencia extraordinaria, que se basa en su
propia fragilidad, en la fuerza que sacan de esa aparente debilidad. Los
personajes que finalmente resisten son personajes heridos, lastimados, que
integran no una familia ideal, no un grupo humano perfecto diseñado por la
publicidad para anunciar leche u otro producto de consumo domestico. Es gente
que entiende que gracias a su debilidad y a sus heridas puede tener fortaleza.
Una de las pocas cosas que te hacen fuerte es reconocer tu debilidad. Nadie es
más débil que alguien que cree que no tiene debilidades. Esta novela también es
un aprendizaje de la debilidad, en un momento en el que muchos mexicanos nos
sentimos precisamente débiles. Pero también es un aprendizaje de la fuerza que
puede salir de esta debilidad.
“Aprender a encontrar fuerza
en la debilidad”, pocas cosas pueden ser más contundentes, pocas cosas son más
necesarias en los tiempos que vivimos. Aunque hubiese querido seguir hablando
de la novela, entendí que era tiempo de terminar la entrevista. Juan nos había
dicho que antes de ir a ver el partido quería pasar por su casa para llamar a
su mujer. Dio tiempo de pedir unas cervezas más, de hablar de Skármeta, de la
torpeza de los editores a la hora de cambiar el título de un artículo, de la
entrevista que le hizo a Mick Jagger, del texto que escribió hace poco sobre la
relación Piqué/Shakira, de Roberto Bolaño, del cine de lucha libre, de la obra,
la vida y la muerte de Mario Santiago (el Ulises Lima de Los Detectives Salvajes), de Bob Dylan, de Enrique Vila-Matas, de
su reciente encuentro con Marcelo Bielsa y Jorge Valdano... Con el tiempo
Villoro será recordado como uno de los grandes conversadores de nuestro tiempo,
estoy convencido de que es uno de los genios de la retórica castellana.
Insistió en pagar la cuenta, cuando traté de adelantarme, me hizo una especie
de suave tackle de fútbol americano. Confirmando, en un gesto juguetón, que
como pocos Villoro es poseedor de una auténtica genialidad literaria y de lo
que raramente la acompaña, una enorme y franca gentileza. En la calle ninguno
se animó a hacer un pronostico para la noche, nuestra plegaria era por un gol
rápido. Nos esperaba un momento triste que, por contraste, engrandece en mi
memoria a nuestra feliz conversación.
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