Sobre Morir en La Paz: Ante la muerte, al Gran Poder
Andrés Laguna
El cariño y la admiración
que los miembros de la Ramona sentimos por el escritor chileno Bartolomé Leal
no es un secreto para ninguno de nuestros lectores habituales. Desde el primer
número, ha sido nuestro colaborador de lujo, el más regular y comprometido, ha
sido algo así como nuestro garante, una especie de padre espiritual, siempre
atento a cada uno de nuestros gestos y, en más de una ocasión, nuestra voz de
la razón. Jamás podremos agradecer su confianza de la manera que lo merece. Pero
a la hora de aproximarse a una obra literaria los afectos personales y el respeto
por el trabajo periodístico, poco tienen que ver o poco tendrían que ver. Por
tanto, siempre que he leído una novela de Leal he tenido una dificultad, pues
no sólo debía intentar hacer una lectura que se deba exclusivamente al texto
como pieza literaria, también debía evitar que los lazos emotivos nublen mi
capacidad apreciativa y valorativa. Desde luego, toda lectura es personal, toda
lectura se hace desde una compleja subjetividad y hay afectos que son
insuperables, toda lectura es determinada por nuestros prejuicios, por nuestras
cargas. Lo que me alegró enormemente fue que, en algún momento, cuando me
enfrenté a Morir en La Paz olvidé al
autor y a nuestra larga amistad. La trama, los personajes y los escenarios, me
liberaron de toda responsabilidad, de toda deuda, con él. Cuando una obra logra
matar a su autor, cuando deja de depender de su prestigio y de su personalidad,
es cuando la novela demuestra su verdadero valor y su calidad. Cuando las
páginas del texto me gritaron: “Bartolomé Leal ha muerto, ¿quién vive
ahora?”. Feliz, respondí en voz
baja y dibujando una media sonrisa: “Melgarejo… Isidoro Melgarejo Daza”.
Protagonizado por un
imprentero, que conjuga ideas anarquistas con católicas, que en su tiempo libre
ejerce de detective privado, que tiene el nombre y los apellidos –nada casuales-
de tres de los espectros más poderosos y determinantes de la historia
republicana boliviana, Morir en La Paz
es un thriller andino, una novela
negra que siendo fiel a la larga tradición a la que pertenece, se ocupa de la
violencia, de la corrupción, de los crímenes, de la ambigüedad humana, pero ante
todo es un retrato crítico e implacable de la sociedad. Como muchos de sus
pares, todo comienza con un asesinato y con su investigación, pero pronto se
nos revela que el verdadero enigma no es el nombre del culpable y las causas
del crimen, sino más bien el destino de un puñado de personajes que responden a
códigos éticos muy personales y que intentan sobrevivir en un mundo que parece
estar demasiado podrido. Melgarejo Daza deberá enfrentar a toda una mafia
narcotraficante y deberá sobrevivir a dos brutales asesinos a sueldo, en
especial a uno, el más duro, que lo perseguirá hasta el final de la narración y
que, en mi humilde opinión, debería ser encarnado por Mickey Rourke en la
posible adaptación cinematográfica. A lo largo de la trama, Isidoro coqueteará
con la muerte, se enamorará, será figura paterna postiza, se implicará con un
sinnúmero de coloridos personajes y recorrerá algunos de los lugares más
entrañables de la geografía nacional.
Una marca fundamental de la
literatura de Leal es que se aproxima a una suerte de etnografía noir o como el mismo suele denominar, haciendo
uso de un término acuñado por la tradición francesa, a la novela policial
etnológica. No son libros exotistas, ni construidos a partir de caricaturas o
de clichés, son textos escritos por un viajero en el amplio sentido del término
que, con asombro y perspicacia, describe lo que ha descubierto en su camino, lo
reinventa, se apropia de lo experimentado. En su universo literario lo otro se convierte en lo propio. Así como Leal nos ofrece su
Nairobi particular, su Kenia personal, a través de la aventuras de su ya
emblemático detective, Tim Tutts, también nos regala el enorme placer de redescubrir
Chuquiago marka, a través de los ojos de un observador atento, de un cronista
agudo, de un creador de intrigas, que ha sido adoptado por el escenario de sus
obras o, todavía mejor, que ha adoptado e incluido en su propio yo al escenario de sus obras.
Pero, además, esta La Paz
que conjura y posibilita toda esta historia, todas esas historias dentro de la
historia, es un gran homenaje a uno de los elementos esenciales de la
peceñidad: Jaime Sáenz. La ambientación es deudora de textos como La Noche, Isidoro Melgarejo Daza camina
por las calles que recorrió Felipe Delgado, se cruza con los conocidos de
Narciso Lima Achá. Pero, si bien en un primer gesto, la ciudad de Morir en La Paz es el territorio de
Sáenz, con la evolución de la trama y de la psicología de sus protagonistas, termina siendo el dominio
de Melgarejo Daza, de sus compinches y de sus enemigos.
Como en muchas novelas, la
ciudad-escenario termina siendo el gran personaje que a través de sus caprichos
y costumbres, de alguna forma, decide los destinos del los otros protagonistas
y determina la resolución de la trama. La alineación de esas estrellas que,
como se describe en la novela, son un espectáculo único cuando están encima de
la hoyada, será mucho más efectiva y determinante que todas las artes de
Melgarejo Daza y que las de sus mordaces perseguidores. La revelación de La
Paz, sus hechizos, misterios y espejismos, están en el fondo de esta trama
policial y de la sucesión de hechos sangrientos, brutales, sexuales, así como
también de situaciones tiernas, solidarias y de gran calidez humana.
Al leer las últimas páginas
del libro el lector comprende que el desarrollo de la novela sólo es posible en
y por La Paz. Esa extraña ciudad habitada por extraños seres que conviven de
manera extraña, y que suelen alcanzar sus limites sustanciales en el calor de la
celebración. Hay que decirlo, de muy extrañas celebraciones. Morir en La Paz es una novela negra que
no se justifica con un crimen o un enigma. La trama encuentra su razón de ser gracias
a un espacio geográfico, el espacio geográfico escrito y representado en sus
páginas. Después de todo lo leído, después de todo lo narrado, después de todo
lo descrito, después de entrar y salir de un espacio fúnebre y a la vez vital, era
imposible morir en ningún otro lugar.

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