Iciar Bollaín: “Todas mis películas me han ido mejorando, enseñando”
Texto: Andrés Laguna
Foto: Jorge Dueso
La directora madrileña Icíar
Bollaín (1967) tiene un fuerte lazo con Bolivia, eso es lo que expresa en la
breve comunicación telefónica que mantuvimos a principios de semana. Sin escatimar en elogios al equipo
técnico y a la gente que colaboró con ella en el rodaje de También la lluvia, la importante cinta ambientada en la Guerra del
agua de Cochabamba, que fue recibida de manera dispar por la crítica local y
que tuvo gran éxito en España. Se la acusó de ser paternalista y poco fiel a
los hechos históricos, olvidando que era una ficción y que narraba una historia
singular dentro de un contexto mayor e histórico. Los bolivianos olvidamos, no
quisimos ver, que no nos estaban contando la historia de la Guerra del Agua, la
cinta principalmente narra la toma de conciencia y la transformación de un
individuo, inspirado por el coraje del pueblo organizado.
Lo que es indudable es que,
hoy por hoy, Bollaín es una de las figuras más representativas del cine español
de las dos últimas décadas. Su filmografía como directora compuesta por Hola, ¿estás sola? (1995), Flores de otro mundo (1999), Te doy mis ojos (2003), Mataharis (2007), También la lluvia (2010), Katmandú,
un espejo en el cielo (2011), sus cortometrajes, y su trabajo como actriz
en más de 30 producciones para cine y televisión, lo confirman. Ganadora de
múltiples premios y reconocimientos en festivales de España y el resto del
mundo, Bollaín hoy día es un auténtico referente. Es una realizadora con una
importante marca autoral, que logra equilibrar historias íntimas con
problemáticas sociales. Es decir, a partir de historias muy particulares y
puntuales, toca algunos de los grandes temas de la vida en la comunidad
contemporánea. Bollaín es uno de los emblemas del cine comprometido de hoy.
Pero, de ninguna manera su cine es panfletario, ni recae en paternalismos o
“buenismos” gratuitos, pues se aproxima a las historias y a los personajes con
respeto, complejidad y verosimilitud. La obra de la realizadora madrileña
siempre está del lado del oprimido, pero, parafraseando a Cioran, jamás olvida
que ellos están amasados con el mismo barro que sus opresores.
De una pulcritud formal
sorprendente, de gran inteligencia comunicativa, desdeñosa de maniqueísmos
baratos, de una notable efectividad narrativa, repleta de cargas de emotividad,
la obra de Icíar Bollaín denuncia el lamentable estado del mundo. Pero, tal vez
lo que es más importante, también encuentra la capacidad de redención en sus
personajes. Pocas veces un director se ha aproximado con tanto tino, sutileza y
lucidez, a temas tan delicados como la migración, la intimidad, la violencia de
género, los conflictos sociales o la colonización de América. Esta es una obra
que, atravesando el alquitrán en el que estamos hundidos, busca la humanidad
del ser humano. En tiempos cínicos y descreídos eso es encomiable.
La conversación con la
realizadora fue posible porque, en el cuadro del Festival Internacional de Cine
de Huesca, recibió el prestigioso Premio Ciudad de Huesca, galardón que en
ediciones anteriores recibieron personalidades como Fernando Trueba, Carlos
Saura, Ventura Pons, Bigas Luna, Julio Medem y Vicente Aranda, entre otros.
Entre entrevista y
entrevista, con el ritmo vertiginoso que se tiene en este tipo de actividades,
Bollaín respondió las preguntas que le hice con buen humor y amabilidad.
Tus
películas como directora suelen ser sociales, ¿Crees que el arte siempre debe
ser comprometido?
- Creo que el arte, si está
conectado con el género humano y con lo que pasa, será comprometido. Lo que
pasa es que hay muchos caminos, no solamente se hace a través del realismo, del
documental o del cine. El arte habla de las personas y de lo que ocurre por
muchos caminos. Al final, todo arte que perdura está hablando de lo que nos
pasa. Como Goya, que hablaba de lo que le pasaba a la gente. Creo que el arte
que conecta con el espíritu de la gente, con el espíritu de lo que está pasando,
es el que más perdura.
Una
pregunta obligatoria para un periodista boliviano. También la lluvia es una película que ha tenido gran éxito, pero
que ha despertado cierta polémica en Bolivia. Fue una producción grande, que
apostó por muchas cosas, además es tu único largometraje en el que no figuras también
como guionista. En perspectiva, ¿Cómo evalúas la experiencia?
- La experiencia fue
fabulosa, la verdad. Tuvimos dudas al principio porque a priori no es un país con una industria cinematográfica fuerte. No
sabíamos con que recursos contábamos. Pero, la verdad, tuvimos muchísimos menos
problemas de los que esperábamos. Encontramos un equipo fantástico, gente
joven, con un gran espíritu, que peleó por la película de manera impresionante.
Además tenían experiencia trabajando tanto en Bolivia como en Argentina.
Encontramos una enorme energía para trabajar y muchas ganas. Ni la mitad de los
problemas que esperábamos. La experiencia no pudo ser mejor, por parte del
equipo técnico y la gente. Las autoridades nos aportaron lo que necesitábamos
con relación a permisos y demás. Luego, la gente de los barrios con la que
trabajábamos se involucró para hacer la recreación de lo que fue la Guerra del
Agua en Cochabamba. No he visto a unos extras con más energía, son los que dan
vida a la película y fuerza a las imágenes. Yo volví con las pilas
cargadas.
Tus
dos últimas cintas (También la lluvia
y Katmandú, un espejo en el cielo) suceden
fuera de España, pero son protagonizadas por españoles, en ellas hay un
descubrimiento del otro y de lo otro, ¿Qué buscas con esta exploración?
- Lo que ocurre cuando vas a
rodar a otro país, con otra cultura, el hablar desde adentro es imposible. Creo
que eso lo tiene que hacer la gente de allí. Es decir, para hacer una película
boliviana, habría que ser boliviano. Pero si lo haces desde tu mirada, el
protagonista, el que llega ahí, es extranjero. Me pasó lo mismo en Nepal. No
puedo contar una historia nepalí, para eso hay que ser de allí, conocer la
lengua, la cultura. Y conocer todo muy bien. Pero, si es a través de un
extranjero, que es tus ojos, es más fácil hacerlo. Esa es un poco la razón.
Luego, la experiencia implica otra riqueza, porque cualquiera que se planta en
otro lugar aprende mucho de allí y de sí mismo. Se lleva muchos chascos,
descubre que tiene muchos prejuicios, que tiene muchas ideas preconcebidas,
descubre otra realidad. Viajar a otro lugar es otra realidad y también es más
de uno mismo. Es un poco lo que pasa en los dos casos. Lo que ocurre en la
Guerra del Agua en Cochabamba fue muy simbólico en su momento, es una de las
pocas batallas populares que han conseguido echar a una multinacional. Tenía
mucho de ícono para los movimientos activistas del agua. Por eso atrajo la
atención de Paul Laverty (guionista de la película). También hay cosas que no
puedes contar en tu país, que han ocurrido ahí y que quieres contarlas ahí.
España
vive uno de los momentos más críticos desde el inicio de la democracia, en la
coyuntura actual ¿Cuál crees que es la función de tu cine? ¿Cuál crees que es tu
responsabilidad como creadora?
- Supongo que intentar
contar, al menos, parte de lo que pasa. Es muy difícil, hace poco me
preguntaban qué proyecto tengo y… Es difícil porque ahora mismo hay un
bombardeo de información, de historias. En cualquier esquina están pasando
cosas, algunas muy dramáticas. Luego, hay una cosa global que está ocurriendo,
recortes en todo, pero al mismo tiempo inyectamos cientos de millones de millones
de euros a los bancos… Esto no se quién lo puede contar (risas). Hay muchos
niveles de lo que está pasando y es un poco inabarcable. Hay que encontrar esa
pequeña metáfora que te ayude a reflejar un poco lo que está pasando.
Una
pregunta algo indiscreta, tus personajes suelen vivir momentos iniciáticos,
acontecimientos que les cambian la vida, la perspectiva, la forma de
enfrentarse a ella. Como cineasta, ¿Qué hechos han cambiado tu relación con el
mundo?
- Supongo que algo que me la
cambió, inevitablemente, fue hacer mi primera película con Víctor Erice. No
tenía intención de ser actriz, ni de ser cineasta, era una estudiante de
secundaria. De repente, me escogieron para hacer una película que me ha
cambiado la vida. Ahora me dedico a ello y es mi vida. También me ha hecho ver
mi vida de manera diferente, cuando la miras detrás de una cámara o contando
historias. Es lo que más me ha cambiado. Luego, cada experiencia, cada película
marca mucho. Quizá las dos últimas, haberlas rodado afuera y, además, en
condiciones muy diferentes. Aunque Bolivia está muy cerca culturalmente, sigue
siendo un país muy diferente, con otra cosmología. Todo eso te enriquece
muchísimo. A raíz de esa primera película, El
sur (1983) con Víctor Erice, que fue la que más me cambio, todas las demás
me han ido mejorando, enseñando.
Aunque
no haya sido el primero, eres una realizadora muy joven para recibir un premio
a la trayectoria, como el Premio Ciudad de Huesca…
- Eso digo yo también
(risas)…
¿Cómo
lo asumes, cómo lo asimilas?
- Con sorpresa.
Agradecidísima, por supuesto, pero sorprendida. Pienso que todavía no he
llegado a ningún sitio (risas). Uno siempre piensa que los homenajes son cuando
uno ha llegado a algún lugar y pienso que yo estoy por el camino. Tengo mucho
que hacer, mucho que aprender. Pero muy agradecida, lo entiendo como un
espaldarazo, un apoyo a lo que vas haciendo. Pero me sorprende, sólo he hecho
seis películas de largometraje…

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